THE LINE I CROSSED [KOOKMIN ❤️‍🔥]

Summary

Jungkook siempre fue el chico invisible: el tímido, tartamudo, experto en pasar desapercibido para sobrevivir a las burlas. Jimin, en cambio, lo tenía todo: capitán del equipo de baloncesto, popular, guapo, inalcanzable. El tipo de chico que brillaba... y que podía destruir a cualquiera que se acercara demasiado. Lo que empezó como simples tutorías pronto se volvió algo imposible de negar: miradas que ardían, besos robados, caricias que dejaban sin aire. Jungkook quería huir, pero cada vez que Jimin lo tocaba sentía que el mundo podía arder a su alrededor. Entre exámenes, partidos y fiestas, ambos quedan atrapados en una atracción prohibida, desesperada, capaz de romperlos o salvarlos. Jungkook tendrá que elegir: seguir escondiéndose... o entregarse al único chico que le enseña a no tener miedo. Y Jimin descubrirá que su mayor reto no está en la cancha, sino en proteger al único que realmente le importa. Oscura, adictiva y explícita. Una historia de deseo, redención y amor prohibido que te hará temblar.

Status
Complete
Chapters
34
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5.0 2 reviews
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18+

Capítulo 1

El césped del campus siempre estaba lleno a esas horas. A un lado, los novatos, ingenuos todavía, tirados al sol con las mochilas abiertas. Algunos se habían quitado las zapatillas y revolvían los pies en la hierba, otros hojeaban apuntes que no pensaban estudiar en serio, y había quien simplemente cerraba los ojos, disfrutando de un descanso que se sentía eterno. Todavía no sabían que, a esas horas, el sol caía directo y abrasador, y que en pocos minutos acabarían arrepintiéndose.

Más lejos, los grupos pequeños buscaban su propio espacio: mantas dispersas, charlas en voz baja, alguna pareja medio escondida que fingía estudiar mientras se perdía en todo menos en los libros.

Al fondo, en la entrada del pabellón deportivo colgaba un vinilo:

“¡SEMIFINALES DE BALONCESTO EN 3 SEMANAS! ¡ARRIBA LOS TITANS!”

Bajo los árboles, en cambio, el ambiente era otro. Allí el ruido subía de tono entre carcajadas, empujones y galletas lanzadas de un lado a otro. Un balón rodaba sin rumbo, las botellas a medio terminar servían de excusa para bromas tontas, y un altavoz portátil dejaba escapar música que se mezclaba con las voces. La sombra se había convertido en punto de encuentro habitual, el lugar donde acababan los de siempre, como si ese sitio solo estuviera reservado para ellos.

—Tres semanas para las semifinales — dijo Tae, tumbado en la hierba con los brazos bajo la cabeza—. Luego la final, si es que no la cagáis antes.

—Nosotros no la cagamos nunca—replicó Yoongi—. Para eso está tu equipo, que se pasa todo el partido llorando en el suelo.

DK soltó una carcajada.

—Yoon, no es nuestra culpa que el baloncesto sea para los que no sois capaces de aguantar ni diez minutos corriendo.

—Ni nuestra que los de fútbol deberíais de matricularos en artes escénicas—rio Yoongi, arqueando una ceja—. Lo vuestro son más caídas que goles.

—Qué gracioso...—Tae le lanzó una de las galletas de la bolsa que compartían—. Tú preocúpate de meter en canasta los tiros libres, vicecapitán.

—Dejad de medírosla un segundo, por favor. Llevo toda la semana con sesiones dobles, tengo los dedos arrugados de tanto cloro, así que no necesito escuchar a dos capitanes en celo—dijo Jin, sonriendo.

—El único capitán soy yo—dijo Tae, riéndose solo para molestar a Yoongi.

—Sí, del club de teatro—remató Yoongi, tirándole el mechero.

Las carcajadas alrededor estallaron. Varios jugadores del fútbol intentaron contenerse, pero ni su propio subcapitán pudo.

—Joder, Tae—dijo DK entre risas, casi doblado—. Te la ha clavado.

Jimin no participaba. Tenía un mechero en la mano y lo abría y cerraba sin encenderlo. Clic. Clic. Cada sonido cortaba las risas de su lado del círculo.

—¿Quieres dejar de darme dolor de cabeza? ¿Qué mierda te pasa?—dijo Tae frunciendo el ceño, incorporándose un poco para mirarlo—. Llevas media hora sin abrir la boca y me estás poniendo nervioso.

—No me pasa nada.

—Mentira—saltó Jin—. Tienes la misma cara que cuando fallas los triples.

—Y me tienes harto con el clic-clic de los cojones. Suéltalo—dijo Yoongi, quitándole el mechero.

Jimin dejó escapar el aire y apoyó los codos en las rodillas. Sabía que, si no lo decía, se lo iban a sacar a empujones.

—El profesor Ahn me ha dicho que si no apruebo el próximo parcial, me quedo fuera del equipo.

la frase cayó entre ellos como una bomba. Tae se rio por lo bajo, incrédulo.

—Venga ya. ¿Fuera, fuera? Pero si quedan apenas tres semanas para las semifinales...

—Sí, fuera fuera—repitió Jimin—. Y si me quedo fuera, pierdo la capitanía, después de lo que me ha costado. Todo por la puta normativa nueva: promedio de 7 o banquillo... y no llego.

Jin chasqueó la lengua.

—Te dije que no dejaras esa asignatura para el final.

—Pensé que podría—contestó Jimin, bajando la mirada—. Siempre he hecho todo en el último momento y me ha funcionado...

—Ya, pero no todo funciona igual—murmuró Yoongi—. Esa clase es una puta pesadilla.

Eunwoo, que había permanecido callado hasta ese momento, se acomodó contra el tronco.

—¿Y qué vas a hacer?—preguntó.

—Ahn me dijo que busque al mejor. Que si quiero aprobar, tengo que encontrar a un tal Jungkook.

El nombre se quedó flotando entre ellos. El silencio duró más de la cuenta.

—¿Jungkook quién?—preguntó Jin al fin, arqueando una ceja.

—Ni idea—contestó Jimin, encogiéndose de hombros—. Solo me dijo “Jungkook” y que es el mejor de la carrera.

Yoongi soltó una risa seca.

—Genial. Como si no hubiera cien Jungkook en el campus.

—Exacto—añadió Dk—. ¿Qué pretende, que vayamos llamándolos uno por uno por megafonía hasta que lo encontremos?

Jimin se pasó la mano por la nuca.

—A ver, se supone que es el mejor en esa mierda de asignatura, así que imagino que será alguien del club de ciencias, ¿no? Dudo que sea alguien que conozcamos... los del equipo apenas saben sumar dos más dos...

—Los nerds—resumió Tae, sin mala intención—. Esos siempre saben sobre esas cosas de integrales, probabilidades...

—Sí—asintió Yoongi, riéndose—. Tiene que ser de ese grupo, nadie sería el mejor en esa asignatura si no fuera un ratón de biblioteca...

—Podrías preguntar por ahí—dijo Jin, encogiéndose de hombros.

—O ve directamente a la biblioteca—dijo Tae, como si fuera lo más obvio del mundo—. Seguro que ese tal Jungkook vive allí metido.

Jimin guardó silencio. Le molestaba reconocerlo, pero era verdad: no tenía ni una sola referencia de alguien que podía ser su única salida.

—Entonces, ¿qué?—rompió Jin—. ¿Vas a buscarlos a la biblioteca?

—Tengo que hacerlo. No hay otra.

—Pues buena suerte, colega—rio Tae—. Imagínate la escena: tú entrando en la biblioteca como si fuera una discoteca, buscando a un Jungkook invisible.

—No voy a entrar como si fuera una discoteca—gruñó Jimin.

Jimin se levantó despacio, metiéndose las manos en los bolsillos. Notaba la tensión en la mandíbula de tanto apretar los dientes.

—Voy a buscarlos.

—¿Ahora?—preguntó Tae—. Espérate al descanso, Chimmy.

—Sí, por sí acaso nadie sabe quien es y tengo que dar vueltas por ahí...

—Pues ve tranquilo—le aconsejó Jin—. Y no vayas en plan “soy el capitán”, a esos les da igual.

—Ofréceles el culo—añadió Yoongi, riéndose—. Te aseguro que les va a gustar más que el dinero.

Jimin sonrió de lado, siguiendo la broma.

—Lo que haga falta con tal de aprobar y seguir siendo capitán.

Jin lo miró una última vez, serio.

—De verdad, Jimin. Si quieres quedarte en el equipo, tómalo en serio.

—Si-dijo Yoongi, volviendo a esa seriedad típica suya—. Ya sabes cómo es el entrenador con el tema de las notas.

Jimin asintió. Por primera vez en mucho tiempo, sentía que no tenía el control de la situación, y eso lo estaba matando.


La biblioteca se veía al fondo del campus, con sus ventanas de vidrio brillando al sol. A cada paso, sentía que algo se cerraba detrás de él. Jimin entró y, de repente, su forma de caminar -esa que siempre imponía- le pareció demasiado ruidosa.

En el mostrador, una mujer de gafas y moño lo observó antes de que hablara. Su mirada fue rápida y tajante: ya lo había clasificado.

—¿Qué necesitas?—preguntó, seca.

Jimin se inclinó un poco, con esa sonrisa suya que solía abrirle todas las puertas.

—Busco a alguien. Un tal Jungkook. El profesor Ahn me dijo que lo encontrara aquí.

La mujer entrecerró los ojos.

—¿Jungkook?—repitió, como probando la palabra—. Sí. Ya sé a quién te refieres.

—Entonces... ¿puede decirme dónde está?

—¿De verdad tú necesitas a Jeon?—preguntó, y la forma en que dijo “tú” fue como escupirlo.

Jimin sostuvo su mirada sin pestañear.

—De verdad.

La bibliotecaria suspiró, con cierto fastidio, pero lo señaló con la barbilla.

—Sala intensiva. Ventana norte, mesa de la esquina. Lleva sudadera gris. Si tienes suerte, te escuchará. Si no, no insistas.

Jimin asintió.

—Gracias.

—Y recuerda—añadió ella, con una dureza que le arrancó la sonrisa—. Él no es como tú. No le hagas lo que los de tu especie les hacen a las personas como él.

Jimin no respondió. No porque no quisiera, sino porque no entendió a lo que se refería. “¿Los de mi especie? ¿Qué soy? ¿un extraterrestre?“, quiso contestar. Pero se lo guardó. Le dio la espalda y se adentró por el pasillo.

La “sala intensiva” era distinta a todo lo demás. Allí no había risas ni susurros, ni teléfonos brillando bajo la mesa. Allí el silencio tenía peso. Había mesas largas, mochilas en el suelo, libros abiertos como trincheras. Nadie levantó la vista al verlo entrar, como si él ni existiera. Y, de algún modo, eso lo incomodó más que cualquier mirada.

Al fondo, junto al ventanal, tres chicos ocupaban la mesa de la esquina. Tenían apuntes esparcidos, portátiles abiertos, fórmulas garabateadas en hojas arrugadas. No hablaban; solo trabajaban como si el tiempo les debiera algo.

Jimin se acercó. Se detuvo frente a ellos. Y el aire cambió. El de la izquierda (alto, con gafas redondas) lo miró de reojo, y endureció la espalda, tragando saliva. El de la derecha (más pequeño, con la capucha medio subida) paró el rotulador sobre una linea y se lo llevó a la boca, un gesto automático de nervio. El del centro, con sudadera gris y bolígrafo girando entre los dedos, tardó en levantar la vista, pero cuando lo hizo, solo duró un segundo, y la bajó como si en frente de él estuviera un fantasma.

—Perdón... busco a Jungkook.

Nadie respondió de inmediato. El alto movió el portátil un centímetro hacia él, un gesto de protección. El más pequeño arrimo su cuaderno como si quisiera cubrir algo. Y el del centro, al fin, levantó la mano apenas.

Los ojos de Jungkook se encontraron con los de Jimin apenas un instante. Fue suficiente. Eran grandes, oscuros, demasiado expresivos. Y en cuanto se cruzaron, se apartaron rápido, como si lo hubieran sorprendido en algo indebido. Sus dedos apretaron el bolígrafo y lo giraron nerviosos.

Jimin no esperaba eso. Lo había imaginado distinto: borde, seco, arrogante. Pero lo que encontró fue timidez. Vulnerabilidad. Sumisión. Pero también algo más: miedo. Y algo en su interior se tensó, una chispa peligrosa.

—¿Tú eres Jungkook?—preguntó, bajando un poco la voz.

El chico asintió, casi sin levantar la vista.

—Soy Jimin, el capitán del equipo de baloncesto-dijo él, inclinándose apenas sobre la mesa, y a la vez arrepintiéndose de haberlo dicho, porque aquí eso no significaba nada—. El profesor Ahn me dijo que eras el mejor en Ecuaciones Diferenciales. Necesito que me enseñes.

Jungkook tragó saliva.

—Lo siento... yo no doy clases—lo cortó, suave.

Su voz era baja, insegura.

—¿Nunca?—Jimin arqueó una ceja.

—No tengo tiempo.

El bolígrafo se le resbaló de los dedos y rodó sobre la mesa. Lo atrapó torpemente, con las orejas rojas. Jimin lo observó, y esa torpeza lo atrajo aún más. Tan diferente a todo lo que conocía.

Se inclinó un poco más, invadiendo su espacio sin tocarlo.

—Mira, si no apruebo este parcial, me echan del equipo. Y tú puedes ayudarme.

Jungkook negó, bajando la cabeza.

—Yo... no puedo.

Era un “no” frágil, más miedo que rechazo. Y Jimin lo notó.

—No te estoy pidiendo un favor gratis. Te pagaré. Lo que quieras.

Jungkook levantó los ojos apenas, dudando. Jimin sonrió despacio, bajando el tono hasta convertirlo en un susurro sugerente.

—Hagamos un trato. Tú me enseñas matemáticas... y yo te enseño lo que no vas a encontrar en ningún libro.

Los ojos de Jungkook se abrieron, sorprendidos, y se apresuró a bajarlos otra vez. Se mordió el labio, nervioso. Ese gesto, esa reacción, fue lo que terminó de encender a Jimin.

Sí, era tímido. Sí, parecía asustado. Pero había curiosidad. Estaba ahí, oculta detrás de sus gafas. Jimin se enderezó, satisfecho.

El alto y el de la capucha intercambiaron una mirada corta de alarma. Jimin la pilló: No te fíes. Jungkook estaba nervioso, las palmas empezaban a sudarle, y Jimin se fijo. No parecía estar rechazándolo a él, sino a lo que él representaba.

—No vengo a reírme de nadie, de verdad. Solo necesito ayuda, prometo que me voy a portar bien y me lo voy a tomar en serio, por favor—dijo Jimin, mirando directamente a Jungkook—. Te pagaré, solo dime una cifra.

Jungkook respiró hondo, pero aún así Jimin notaba la tensión en su cuerpo.

—A las 5—dijo al fin, como si se estuviera traicionando—. Aquí.

—Gracias, de verdad—dijo Jimin.

Jungkook no dijo nada más. Bajó la mirada al cuaderno, con las manos tensas sobre la mesa. Jimin dio un paso atrás, sonriendo apenas.

—Nos vemos, Jungkook.

Cuando se giró para irse, pudo notar como el alto suspiró y como el de la capucha cogía aire. Habían aguantado la respiración.


La sala intensiva estaba casi vacía a esa hora. El sol entraba a ráfagas por el ventanal norte, tiñendo de naranja la mesa de la esquina donde Jungkook lo esperaba. Tenía ya los libros abiertos, el cuaderno impecable y un par de bolígrafos alineados con precisión. Parecía más un soldado preparado para la batalla que un chico a punto de dar una tutoría.

Jimin se acercó con paso tranquilo. Se sentó a su lado, dejando apenas un palmo de aire entre ellos. Podía olerlo: jabón limpio, papel, algo indefinible que no tenía nada que ver con el sudor de los vestuarios ni con el alcohol de las fiestas que solía frecuentar.

—Entonces... —murmuró Jimin, poniendo su móvil boca abajo-enséñame.

Jungkook asintió rápido, casi con un sobresalto. Pasó la página de su cuaderno.

—Vamos a empezar por lo más básico... en la ecuación del calor... lo primero es separar variables. Buscamos una solución...

Su voz era baja, clara, con un temblor que delataba lo que pasaba por dentro.

Jimin se inclinó más para mirar la hoja. Su hombro rozó el de Jungkook y lo notó tensarse, pero no se apartó. Solo tragó saliva y continuo escribiendo.

—Tranquilo, no voy a hacerte nada, sigue explicando—dijo Jimin, casi en un susurro.

Jungkook obedeció, su bolígrafo se movía ágil, pero su letra empezaba a perder fuerza.

—Al ... al sustituir, separamos térmi-minos, y nos queda una ... constante lambda.

Jimin lo observaba, no tanto por lo que explicaba sino por cómo reaccionaba. La forma en que se mordía el labio cada vez que sentía su cercanía, como los dedos se apretaban contra el bolígrafo, el leve temblor en su respiración. Jimin sonrió a penas.

—¿Te sueles poner muy nervioso cuando alguien se te acerca o es solo conmigo?

Jungkook parpadeó.

—N-no es eso.

—¿No?—Jimin bajó su voz, acercándose un centímetro a él—. ¿Estas seguro?

El bolígrafo casi se le resbaló. Jungkook lo atrapó torpemente, con las orejas encendidas.

Jimin bajó la mirada y lo vio. La tensión en sus vaqueros era evidente, dibujada contra la tela. Un fogonazo lo atravesó al instante. Había algo en Jungkook que le había atraído desde que lo vio antes, pero al verlo así, se dio cuenta de lo que era, deseo. El suyo propio. Y Jimin no lo entendió. Jungkook no se parecía en nada a los chicos a los que Jimin estaba acostumbrado: directos, sin miedo. Pero ese miedo era exactamente lo que encendió a Jimin.

Jimin se inclinó más, casi rozando con sus labios la mejilla de Jungkook. Queriendo ver hasta donde llegaba el deseo de Jungkook.

— Sigue explicando, profe—ordenó.

Jungkook cerró los ojos un segundo, pero obedeció.

—La fu-función... resuel-elve una ecuación diferencial —su voz se quebraba—. Con condiciones de...

Jimin apoyó la mano en su muslo. Al principio, solo un peso leve, como si lo hubiera hecho sin pensar para inclinarse más cerca del libro. Pero Jungkook se detuvo de golpe.

—Sigue—susurró Jimin—. Se está poniendo interesante la lección.

—S-se usa seno y... y coseno pa-para satisfacer las co-condiciones...—intentó seguir Jungkook.

Su respiración se volvió irregular. El bolígrafo temblaba entre sus manos. Jimin deslizó la mano un poco más para arriba, sintiendo el calor que traspasaba el vaquero. Jungkook dejó escapar un sonido roto, tan inesperado que parecía arrancado de lo más hondo.

—Dime algo, Jungkook, tengo curiosidad. ¿Alguna vez has estado con alguien?—preguntó Jimin, apretando levemente la mano en el muslo.

Jungkook negó con la cabeza gacha.

—¿Alguna vez alguien te ha tocado?

—N-no, nu-nunca...

Esa simple confesión golpeó a Jimin con otra descarga, más fuerte, en su ingle, endureciéndose solo de imaginar a Jungkook virgen, intacto, y suplicándole más.

—Mejor, me encanta ser el primero—susurró.

La mano subió más, hasta rozar el bulto evidente. Jungkook se arqueó, sorprendido, dejando escapar otro gemido, esta vez más alto. Intentó cubrirse la boca, pero Jimin le sujetó la muñeca con firmeza.

—No—dijo, sin apartar la mano de su entrepierna—. Quiero escucharte, pero bajito, hay gente aquí.

Jungkook lo miró con los ojos brillantes tras los cristales de su gafas, la respiración entrecortada, el pecho subiendo y bajando rápido. Era como si cada sensación fuera demasiado, como si su cuerpo no tuviera memoria del placer, y no la tenía.

Jimin se giró un poco en la silla hasta quedar de frente a él, tapando así lo que hacían a los que estaban estudiando con ellos. Su mano libre la puso sobre el respaldo de la silla de Jungkook, y la que estaba en su entrepierna la subió lentamente, desabrochando el botón y bajando la cremallera, disfrutando del clic. Abrió el pantalón, introduciendo su mano hasta llegar al bulto por encima de la ropa interior, rozando la tela húmeda con la yema de los dedos.

Jungkook jadeó, aferrándose al borde de la mesa, como si necesitara algo sólido que lo anclara.

Jimin lo envolvió con la mano por encima de la tela. El calor y la rigidez eran insoportables. Su cuerpo reaccionó al instante: la presión en sus pantalones crecía, fuerte, excitado por el contraste entre la inocencia y la entrega de Jungkook.

—Dios... estas tan duro...—murmuró Jimin, casi contra su cuello—. No te haces una idea de todo lo que quiero hacerte ahora mismo... sigue explicando.

Jungkook cerró los ojos con el rostro encendido y la boca abierta en busca de aire.

—Yo no... no puedo...

—Sí puedes—le corrigió Jimin, apretando su mano alrededor de él—. Sigue.

—La... la serie de Fourier de-describe los mo-modo-dos...—Jungkook intentaba hablar, tartamudeando.

Jimin empezó a mover su mano, marcando un ritmo lento, acariciando, apretando, soltando. Cada movimiento arrancaba un jadeo nuevo. Jungkook estaba perdido, atrapado en una vorágine de sensaciones que nunca había conocido.

—Mírame Jungkook—exigió, su voz en un susurro áspero.

Jungkook obedeció. Sus ojos temblaban, vidriosos, llenos de vergüenza y de deseo. Jimin aumentó el ritmo, su propio pulso acelerado al ver cómo el chico se retorcía, inocente y sumiso. La cadera de Jungkook lo traicionaba, empujando contra su mano en busca de más.

—Vamos, necesito ver como te corres—le susurró Jimin al oído.

El gemido que salió de Jungkook fue bajo y quebrado, la primera vez que su voz se rendía por completo. El orgasmo lo atropelló como un golpe eléctrico, sacudiéndolo entero. Se arqueó, aferrándose a la mesa, y dejó escapar un sonido tan puro que a Jimin le recorrió con un escalofrío.

Lo sostuvo hasta el final, acariciando suave cuando el temblor bajó. Luego lo arregló con calma: sacó un pañuelo de su mochila y lo limpió con cuidado, subiéndole la cremallera y abrochándole el botón.

Jungkook lo miraba, rojo, con la respiración agitada y sin saber que hacer. Jimin se puso de pie, su propia erección evidente pero controlada, e inclinándose hacia él, tan cerca que sus labios rozaron su oído, susurró:

—El jueves nos vemos a la misma hora. Reserva una sala privada, solo para los dos, y aquí tienes mi número—dijo, inclinándose sobre la libreta de Jungkook y garabateando algo—. Mándame la sala cuando la reserves. Hasta entonces...

Jungkook lo miró confundido, como si no entendiera aún como se seguía respirando bien, como si no fuera capaz de procesar lo que Jimin decía.

—¿Hasta entonces...?—fue lo único que consiguió decir.

Jimin le levantó la barbilla con dos dedos, obligándolo a mirarlo.

—Hasta entonces, tienes prohibido tocarte. Nada. Ni una sola vez. Quiero que pienses en esto cada noche.

Se enderezó, recogió su mochila y se fue, sin mirar atrás. Sabía que lo había dejado temblando, con el cuaderno delante de el y la piel marcada por un descubrimiento imposible de olvidar.