Prologo
¿Cuánto dolor puede soportar una diosa?
Se despierta de su sueño.
Asimilando el mundo que le ha rodeado.
Se encuentra cubierta de cadenas qué están alrededor de su cama.
Fuertes e inamovibles para la pequeña divinidad.
Enrojecidas por el sufrimiento divino.
Y el agitado corazón.
En su calabozo, Artemisa revive la estaca del tormento, profundizando en las preguntas más crueles qué jamás se ha hecho ¿cuántas veces ha permitido estos actos?
El embrujo maldito de su corazón infalible se convierte en su única verdad, un sueño cumplido entre la unión de un murciélago del infierno y un pájaro celestial.
Levanta la mirada hacia las paredes.
La cama del Rey Demonio se ha transformado en el altar de Artemisa.
Las antorchas ardientes apenas iluminan el cuarto. Ese calor tenue le revela lo que no quiere admitir.
Tan atroz es esa experiencia que, en cualquier otro lugar, sería un pecado imposible de redimir…
Sangre.
Tortura.
Amor.
Un pecado que solo podría ser salvado a través de la muerte.
Redimido a través del dolor.
Dazzling y Punished: polos opuestos, imposibles de compartir un mismo destino. Ineficientes para forjar una evolución que abarque la verdadera prosperidad de las almas.
¿Eso era lo correcto? Un vínculo con dos razas diferentes.
No consiguen absolutamente nada rebelándose contra su propia naturaleza, y aun así, ambos se mantienen firmes, atrapados en aquel perverso momento.
Mira sus manos.
Cicatrices.
¿Era necesario ir más lejos?
De pronto, la puerta de la habitación se abre.
El Rey Demonio entra para el acto perverso. Sus ojos ardiendo de lujuria posan sobre Artemisa qué yace sobre la cama, serena, pero atrapada en el fuego de su mirada.
—Ha sido mi pacto maldito lo que me ha atormentado en esta prisión. Me falta el aliento para respirar. Y, aun así, me has logrado obsesionar —Menciona Artemisa mientras se incorpora lentamente, camina hacia Damien.
Luego, se recuesta en el suelo.
El rey demonio ha maldecido a todo ser que caiga al infierno a un mundo donde las sombras de los pecados abundan y los instintos más oscuros se revelan.
No obstante, Artemisa, quiere buscar algunas alternativas para escapar y solo existe una.
Fingir.
Mentir al rey para conseguir tiempo para liberarse de la prisión.
—Desde el principio, este pacto nos unió. Tú y yo... —Suspira, excitado —¿acaso no lo recuerdas? —responde él, avanzando con pasos decididos.
Artemisa cierra los ojos.
Todo lo que abandona a sus espaldas son los cargos que ha sostenido durante tanto tiempo sobre sus hombros, peso impuesto por las necesidades de su gente, quienes parecen rechazar aquella unión prohibida. Pero para él, nada de eso importa. Solo necesita compartir su mayor anhelo con la mujer que lo creó, moldeándolo para castigar a los pecadores que ella nunca podría dañar.
Porque Artemisa es la Diosa del paraíso y Damien el rey demonio qué gobierna el mismísimo infierno.
Así, la separación entre ellos no es solo de caminos, sino también de ideales, principios, moralidades y dignidades que luchan por mantenerse intactas… aunque el deseo los arrastre, una y otra vez, hacia el abismo.
Abre los ojos.
—Me has desnudado con tu mirada, atándome a este lugar de lujuria. Las paredes, teñidas de deseo, laten con cada uno de tus pasos hacia mí —susurra Artemisa, su voz cargada de pasión.
—Mi ángel divino, te he llamado... —Murmura, excitado —pero aún no he oído tu gozo rendido ante mí —replicó el Rey, su tono cargado de posesión.
Artemisa, con un gesto decidido, deja caer sus prendas.
Revela la blanca esencia de su piel.
La frescura de las rosas de su pecho.
—¿Intentas convencerme de ceder mi pacto y huir contigo? —pregunta, su tono desafiante.
—Anhelo verte sufrir, entregada por completo. Mis deseos se funden en cada jadeo que nace de tu ser —responde él, cada palabra impregnada de pasión.
Damien sujeta el rostro de la Diosa.
Se mantiene durante un largo rato averiguando esa llama que siempre los caracterizó.
Sin embargo, Artemisa, confiesa con tristeza sus inquietudes que la gobiernan.
—Tus sueños que nunca los cumplí. La familia que siempre deseaste… Y mi amor que no fue suficiente…
Sus ojos comienzan a arrojar lágrimas.
El dolor se impregna en el ambiente.
Y por último, decide hacer una última pregunta para ponerlo a prueba.
—Sin este pacto, ¿me habrías aceptado mi libertad? ¿Me amarías incluso si yo te pido que abandones todos los pecados carnales?
El silencio entre los dos es abismal.
Damien no es digno.
El rey demonio nunca dejará de ser demonio.
Acepta lo que fueron alguna vez ya no existe.
—El final ya no nos pertenece y yo he dejado de amarte —responde Artemisa con firmeza mientras recoge sus prendas del suelo.
Se aleja de él.
Le da la espalda a todo lo que destruye moralidad.
El vacío.
La soledad de Damien no le gusta.
El Rey Demonio, lleno de furia y obsesión, la alcanza antes de que pueda salir.
La empuja contra la pared.
Sus manos sujetan con fuerza las muñecas de Artemisa.
Fuertes.
Furioso.
—Liberarte de mí no será tan sencillo. Tus placeres han sido mi adicción, y tu cuerpo mi templo. ¿Crees que escaparás de mí sin consecuencias? —gruñe el Rey.
—¿Qué oscuros pensamientos rondan tu mente? —replica Artemisa, su voz cargada de desafío.
—Una última ronda... —Susurra —Te enseñaré todos los manjares qué mi mundo puede darte.
Con una fuerza inesperada, Artemisa lo empuja.
—¿Por qué no puedo cambiarte?
Ambos, envueltos en miradas rotas, revelaban que algo dentro de ellos se había quebrado para siempre.
La imagen que alguna vez creyeron conocer del otro se apagó en ese mismo instante, destruida por una traición silenciosa que parecía ocultarse en ambos corazones.
Los sueños sinceros que compartieron cuando eran niños se esfumaron, consumidos por el dolor de la realidad.
Sin poder soportarlo más, Damien sujetó a Artemisa del cuello, acercándose con violencia para besarla, impidiéndole escapar de aquel encarcelamiento desesperado que había ideado.
Un juego de sometimiento en el que no habría tregua, ni regreso.
Artemisa, con la dignidad temblando en su mirada y el miedo anidado en su corazón, comprendió que necesita huir.
Porque ella lo manchó de oscuridad.
Las lágrimas rodaron por sus mejillas. En un susurro ahogado, se prometió a sí misma que muy pronto todo acabaría.
Y entonces, sin fuerzas para resistirse más.
Lo empujó.
—Destruiré este mundo. Y también a su rey.
Sale corriendo.
Escapa de la habitación.
No obstante, el rey del infierno está enfurecido por el comportamiento.
Desenfunda su daga.
Mira con ira la hoja brillante.
—Si la muerte es la única manera de eliminar este amor… Entonces te asesinaré.