Manual Para Chicas Perfectas

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Summary

La vida como una it-girl no es un cuento de hadas. Es una condena. Luis García Domínguez, 47 años, creía saber lo que era la presión: dirigir un periódico, negociar con élites mundiales, pagar una hipoteca. Qué ingenuo. Ahora, atrapado en el cuerpo de Cayetana, descubre la verdadera tortura: el Manual de la Perfección Imposible. Cayetana es la reina. Es más. Más guapa, más popular, más dramática. Su vida es una maratón sin fin de estética impecable, looks calculados, selfies perfectas y una sonrisa que puede derretir el orgullo de un padre o conseguir un descuento en una tienda de lujo. Luis debe ser la mejor, la más dulce, la más glamourosa, la más... más. Y lo peor es que su cuerpo lo hace automáticamente, traicionando a su mente de periodista gruñón. Está atrapado en un universo donde el mayor conflicto es si su boina de Dior combina con su cinturón del mercadillo. Pero la presión se duplica: Debe mantener a raya a María, su gemela cínica, que disfruta de su colapso. Luis García, el hombre que decidía las noticias que conmueven al mundo, ahora solo reza por no arruinar su look antes de llegar a clase. La vida de una teen dream es agotadora, pero cuando la teen dream es un hombre atrapado, es sencillamente apocalíptica. Bienvenidos al infierno de la perfección. La única salida es sobrevivir sin que tu lip gloss se corra.

Status
Ongoing
Chapters
11
Rating
n/a
Age Rating
16+

1. El cumpleaños

6 de mayo de 2024

La cena estaba servida, pero el ambiente pesaba más que un cierre de edición en agosto. Allí estaba yo, frente a un plato de salmón perfectamente emplatado, y frente a ella, el epicentro de mi migraña crónica.

—María, querida descendiente, permíteme ser honesto —solté, dejando los cubiertos con una precisión quirúrgica sobre la mesa—. La diplomacia ha muerto hoy junto a mi última neurona sana. De verdad, no sé por qué eres tan... un fascinante experimento de la NASA sobre la resistencia humana al estrés.

Ella ni siquiera parpadeó. Seguía con la vista fija en su móvil, moviendo el pulgar con una velocidad que debería ser ilegal.

—Mira que lo intento, ¿eh? —continué, elevando un tono que en la redacción del ABC hace que los redactores busquen refugio—. Te lo juro por mi suscripción premium. He leído artículos, he consultado expertos —mi terapeuta me cobra doble desde que mencioné tu nombre— y he repasado mi vida buscando si esto es una venganza kármica de algún pobre becario que exploté en los noventa. Pero nada. No encuentro explicación lógica para este nivel de terrorismo adolescente de baja intensidad.

María bloqueó la pantalla y me dedicó una mirada de soslayo. Esos ojos azules, mis ojos, pero cargados con una versión actualizada de sarcasmo que yo no recordaba haber instalado.

—Yo, Luis García Domínguez —proseguí, señalándome el pecho—, CEO de la Paciencia Agotada, hombre de principios, de orden y de éxito profesional, estoy viendo mi mundo tambalearse porque he engendrado a un espíritu del caos con un talento para la provocación que ya querría cualquier community manager.

—¿Es el discurso de apertura o hay turno de preguntas, papá? —soltó ella, apoyando la barbilla en la mano con una desidia magistral.

—A mis cuarenta y siete años, decido qué noticias conmueven a la élite mundial. Y, sin embargo, soy incapaz de hacer que mi propia hija siga una sola directriz de convivencia básica. El mundo me teme, María, pero tú me has relegado a la posición de becario doméstico. Me eduqué en el ICADE, con los jesuitas. Orden, disciplina y una tipografía seria. Y tú has decidido que mis convicciones son simplemente “Ideas de Boomer” que se pueden archivar en la papelera de reciclaje.

Ahí estaba. Diecisiete años de puro desafío. Astuta, elocuente y con la belleza de su madre, lo cual solo hacía que sus ataques fueran más difíciles de esquivar. Era una combinación explosiva que, en otra familia, la haría líder de la ONU. Aquí, era el némesis de mi presión arterial.

—En serio, ¿podrías considerar unirte a la oposición política? Al menos allí tu nivel de insubordinación estaría justificado. María, de verdad... ¿por qué eres así? —pregunté, con la voz de un hombre al borde del colapso.

Ella sonrió. Fue esa sonrisa de satisfacción pura, la de “te tengo justo donde quería”.

—No lo sé, papá. Supongo que soy una obra maestra de la genética.

Su tranquilidad me hizo dudar de mi propia cordura. Sabía que se estaba riendo de mí, pero la maldita cría tenía razón: era demasiado buena en esto.

—Mira, María, solo quiero que entiendas algo —dije, reuniendo los restos de mi autoridad—. En esta casa hay normas. El mundo funciona porque hay normas. Si cada uno hace lo que le da la gana, esto es un absoluto desastre. ¡Anarquía pura!

Ella ladeó la cabeza, fingiendo un interés casi académico que me dolió en el alma.

—Ajá. ¿Y no crees que tal vez el mundo ya es un desastre, papá?

Apreté las sienes. Esto era lo peor. Que encima argumentaba bien. Si fuera abogada, me habría hundido en la bancarrota moral en cinco minutos.

—Fingiré que no dijiste eso, María. Por el bien de mi póliza de seguros de vida.

—Mejor, papá —concluyó ella, pinchando un trozo de salmón con elegancia—. Porque si lo piensas demasiado, igual te da un infarto. Y entonces, ¿quién me llevaría a la universidad dentro de dos años?

Dios, dame paciencia. O un billete de avión solo de ida.

Me serví una copa de Ribera del Duero con la precisión de un cirujano. Necesitaba el alcohol para procesar que mi mayor inversión genética —María, diecisiete años, cerebro de élite y futuro brillante— estaba empeñada en triturar el manual de instrucciones que yo le había redactado con tanto esmero.

María tenía todo para ser la próxima gran figura de este país. Solo hacía falta un pequeño detalle sin importancia: que me hiciera caso. Que se dejara encauzar por el camino correcto para convertirse en mi versión de ella. Pero no, ella prefería el caos.

—María, ¿de verdad no te gustaría probar algo más... acorde? —pregunté, sintiéndome como un antropólogo tratando de introducir la etiqueta en una tribu salvaje.

Ella apartó la vista de su ensalada de quinoa y me clavó un ceño fruncido que destilaba una incredulidad de alto voltaje.

—¿Acorde a qué, exactamente, papá? ¿A tu tablero de Pinterest de “Hijas Perfectas de la Transición”?

Bien. Ahí íbamos. Directos al Averno del Debate de Género, un lugar donde los padres de cuarenta y siete años siempre salimos con quemaduras de tercer grado.

A ver, que no se me malinterprete. Mi hija es guapa. Es más, podría ser hermosísima si se lo propusiera. Pero en lugar de resaltar su feminidad o verse como una señorita de buena familia, ¿qué hacía? Fútbol. Gimnasio. Más fútbol. Y por si fuera poco, más gimnasio.

—Me refiero a algo con menos riesgo de ligamentos rotos —dije, intentando sonar razonable—. ¿No podrías encontrar algo más... elegante? No sé, ¿ballet? ¿Piano? ¿Literatura? Algo que te preparara para un futuro donde uno no tiene las rodillas perpetuamente raspadas.

—Papá, estamos en 2024, no en un internado suizo de los años cincuenta —replicó ella, ladeando la cabeza con ese aire de superioridad intelectual que me daba ganas de aplaudir y de castigarla al mismo tiempo—. El fútbol no es una patología, es un deporte. Y se me da mejor que a la mitad de tus redactores de deportes.

Apreté el tallo de la copa. Yo soy un hombre chapado a la antigua, lo admito. Me eduqué con los jesuitas: orden, disciplina y un peinado que no se mueve ni con un huracán. Mi visión del mundo es clara: mi hija debería ir a la universidad, estudiar Derecho, conocer a un buen muchacho de buena familia y casarse con alguien que le dé estabilidad. Un guion perfecto, simétrico, con letra Times New Roman.

Pero ahí estaba ella, con sus mallas de deporte, su sudadera oversize y esa determinación que, en lugar de usar para cerrar acuerdos comerciales, usaba para marcar goles y levantar pesas. Mi pelo cano era distinguido; su look era sencillamente subversivo.

—Solo digo que hay un orden natural, María —insistí, aferrándome a mi copa de vino como si fuera un salvavidas en mitad de un tsunami—. La elegancia, el saber estar... eso abre puertas que un balón de fútbol no puede ni rozar.

—¡Papá, vete a la...!

—¡SEÑORITA! —la corté en seco, disparando la palabra con la autoridad que me quedaba (que en ese momento era equivalente a la de un becario de fotocopiadora). No iba a tolerar ese lenguaje. Y menos de una chica.

Silencio. Un segundo. Dos. El tiempo justo para que mi propia estupidez me golpeara en la cara con la fuerza de un titular a cinco columnas.

Su mirada se afiló como un cuchillo jamonero. Me observó como si acabara de soltar un discurso a favor del regreso de la peseta. Como si yo, el proveedor de todo, el pilar de la disciplina y jefe de sección del ABC, fuera el villano de una película de Disney.

—¡Pero es que eres tan injusto! —bufó María, cruzándose de brazos con un nivel de drama digno de una nominación al Óscar—. A Raúl lo animas constantemente a que mejore en el básquet. ¡Y yo solo te gusto si soy animadora!

Ah, sí. El “Dramático Asunto de la Injusticia Fraternal”, con subtítulos en voz alta y música de violín de fondo. Raúl, mi hijo mayor, era mi puerto seguro. Un chaval con disciplina, talento para la canasta y un camino recto. María, en cambio, era un espíritu del caos que disfrutaba hackeando mi sistema de valores.

—Es que claro, Raúl es perfecto —soltó con una teatralidad hirviente—. Alto, deportista estrella, el orgullo de papá. La prueba viviente de que la genética funciona si se sabe encauzar. Y yo... ¡ay, pobre de mí! ¡La gran decepción! ¡El error de fabricación! Perdón, papá, siento mucho haber arruinado tu legado varonil por preferir unas botas de fútbol a unos tacones de cóctel. Qué vergüenza, de verdad.

Me pasé una mano por la cara. Sentía que se me fundían los plomos cerebrales.

—No es lo mismo, hija —intenté razonar, con la calma forzada de un hombre que ve cómo su póliza de seguros sube de precio por momentos—. El baloncesto es un deporte con futuro, un trampolín. Raúl puede conseguir una beca...

—¡Ah! Claro, porque el fútbol femenino no existe en tu universo paralelo —replicó con un sarcasmo que cortaba el aire—. Y aunque existiera, te da igual. Lo que quieres es que salga con un chico que te parezca “adecuado”.

Me pilló en fuera de juego. Tosí, buscando una salida digna.

—Bueno, mira a Mario —solté, lanzando una granada de humo—. Es un chico excelente. Sus padres son jueces, tiene una familia intachable. Es educado, correcto, un caballero. Alguien con quien podrías tener una conversación inteligente sobre algo que no sea el VAR.

En mi fuero interno, una parte de mí (la parte que aún vive en el ICADE de los 90) esperaba que dijera: “Tienes razón, papá, qué buen partido”.

—¡Papá, por favor! —gimió, llevándose las manos a la cabeza como si le hubiera propuesto matrimonio con un registrador de la propiedad de cincuenta años—. Mario es un friki. Se pasa los recreos solo en la biblioteca hablando de cosas raras con sus dos amigos.

—Es un chico con aspiraciones —insistí, recuperando mi tono de Jefe de Sección—. No todo en la vida es músculo.

Ella entrecerró los ojos. Peligro. Se estaba gestando una tormenta y yo era un velero de papel.

—No, claro —dijo con esa calma aterradora que precede al desastre—. Lo que pasa es que para ti, si un chico es deportista, es un crack. Pero si lo soy yo, es una fase que tengo que superar para aprender a ser una “señorita”.

Había caído en la trampa. Me había tendido un puente de plata y yo lo había cruzado al galope hacia el abismo.

—No es exactamente así...

—Oh, no, claro que no. Raúl puede ser un deportista de élite y es el éxito personificado. Pero si yo quiero lo mismo, qué horror, qué desperdicio de feminidad. —Me dio una palmadita en el hombro, con esa condescendencia que yo suelo reservar para los becarios que confunden el nombre de un ministro—. No te preocupes, papá. Tú solo quieres que me case con Mario, use falda de domingo y sea una dama recatada, ¿verdad?

Tragué saliva. Me estaba derrotando. De nuevo.

—¡Oh, Dios mío! —exclamó de pronto, tapándose la boca con fingido horror—. ¿Me estás intentando emparejar con Mario? ¡Es que no me lo puedo creer! ¡Estás planeando mi futuro social y económico como si estuviéramos en una novela de Jane Austen!

A ver, tampoco era para tanto. Solo era una pequeña sugerencia de logística vital. Pero bajo su mirada, me sentí como si acabara de proponer que volviéramos al carruaje de caballos

—Solo digo que podrías darle una oportunidad —intenté sonar casual, con la misma entonación que uso para sugerir una columna de opinión sobre el mercado de valores—. Hablar con él, ver que es un chico brillante...

—Brillante en jugar al rol y hablar de historia antigua, papá. ¡No me interesa!

Bien. Otro intento fallido. Mi racha de fracasos como mediador padre-hija seguía intacta, firmemente cimentada en mi incapacidad para aceptar que mi hija prefería el sudor de un entrenamiento a la seda de un vestido. Estaba a punto de lanzar un contraataque basado en la importancia de las humanidades cuando el cielo se abrió. O más bien, se cerró.

—Suficiente.

María del Pilar, mi esposa, había hablado.

Su voz resonó en el salón con la autoridad de una reina dictando sentencia sobre dos súbditos increíblemente infantiles. Ah, mi Pilu. Mi María del Pilar. La mujer de mi vida. Cuarenta y cinco años, maestra en un colegio privado, disciplinada, serena y con un cuerpazo que mantenía a base de yoga y una voluntad de hierro. Ella era la luz de mi existencia: cariñosa, alegre y, en ese momento, claramente harta de nuestra guerra de guerrillas.

—Vosotros dos —dijo con una mirada que podría haber congelado el mismísimo núcleo de la Tierra—. Raúl, ¿puedes traer la tarta?

Raúl, el Príncipe de la Casa, el favorito de todos (incluido el algoritmo de Instagram), se levantó con una sonrisita burlona. Porque claro, él no tenía que demostrar nada. Él era el hijo modelo. El deportista estrella que sí me gustaba. Inteligente, pero no demasiado rebelde. Independiente, pero dentro de los límites de lo que yo consideraba “decoroso”. Y, lo más importante, no discutía conmigo cada cinco minutos como si fuera un deporte olímpico.

Desapareció en la cocina con la agilidad de quien sabe que acaba de esquivar una bala. Un privilegiado.

Y mientras tanto, ahí estaba yo. El Jefe de Sección y el Padre Agobiado. En mi cumpleaños.

Porque sí, irónicamente, hoy era 6 de mayo. Un día que compartía con la criatura que me estaba costando un infarto por entregas. Dos personas que compartían el mismo día en el calendario, la misma sangre y el mismo grupo sanguíneo, pero que parecían proceder de realidades paralelas. Para mí, era un día de reflexión y de consolidar el futuro que había planeado con la precisión de un cierre de edición. Para María, en cambio, era un día de irreverencia pura, de recordarme con cada mirada que la genética tiene un sentido del humor bastante retorcido.

De alguna manera que aún no comprendía, de mi propia sangre había salido un terremoto con piernas y mallas de Nike.

Me llevé una mano a la sien, masajeando el dolor de cabeza que amenazaba con convertir este cumpleaños en una crisis diplomática internacional. ¿Cómo era posible que mi propia hija y yo, nacidos el mismo maldito día, pareciéramos venir de planetas distintos?

Suspiré. Pilu tenía razón. Necesitábamos azúcar. Con suerte, la tarta nos traería un alto el fuego... al menos hasta que llegáramos al café y yo cometiera el error de mencionar la universidad.

6 de mayo. Mi cumpleaños. También el de María. Y, por supuesto, en esta casa, yo era el único que parecía estar sufriéndolo.

Raúl apareció desde la cocina con la tarta que Pilu había preparado. Ahí estaban los números, burlándose de mí: 17 y 47. Pero antes de soplar las velas, llegó el momento de los regalos.

Pilu, como siempre, no falló. Me entregó un paquete envuelto con una precisión que rozaba lo obsesivo-compulsivo. Al abrirlo, sentí un coro de ángeles: un Omega. Elegante, sobrio, caro. El tipo de reloj que dice: “Tengo la vida bajo control”. Le di un beso a mi mujer; ella era mi bálsamo, la única que entendía que el orden no es una opción, sino una religión.

Pero entonces, el desastre cambió de bando.

Raúl se giró hacia su hermana con esa sonrisa cómplice de los que comparten un secreto que probablemente me va a costar dinero o salud. Sacó una caja.

—¡Toma, enana! —exclamó.

María abrió la caja como si contuviera el Santo Grial. Eran unas Adidas Predator. Unas zapatillas de fútbol de un color que solo puede describirse como “grito de guerra”.

—¡Rulo, eres el mejor! —gritó ella, lanzándose sobre él en un abrazo que casi lo tumba.

Yo miraba la escena como si estuviera presenciando la caída del Imperio Romano en directo. Ahí estaba mi hija, acariciando unos tacos de goma como si fueran joyas de la corona. Pero lo peor estaba por llegar. Pilu, con su elegancia habitual, le extendió su paquete: otra caja de Omega. Dentro, una gargantilla de oro blanco. Una pieza de arte. Clase pura.

María la abrió, le echó un vistazo de tres segundos y... nada.

—Oh, gracias, mamá. Es... preciosa —dijo, con una sonrisa más falsa que un titular de tabloide, antes de deslizar la caja a un lado para volver a admirar sus botas de fútbol.

Sentí que la sangre me subía a las sienes a la velocidad de una notificación de “última hora”.

¿Eso es todo? —solté. La indignación me quemaba la garganta—. ¿Un simple “gracias” y la apartas como si fuera un folleto de publicidad? ¡Es una gargantilla de oro blanco, María!

María suspiró, echando la cabeza atrás con esa teatralidad que me saca de mis casillas.

—Papá, es que no soy de joyas. Ya sabes que no las uso. Pero gracias, de verdad —añadió, con la cortesía mecánica de un contestador automático.

—¡No es solo la gargantilla! —exclamé, y ya no hubo vuelta atrás. El tapón de mi paciencia había saltado—. Es tu actitud, tu forma de vestir, la gente con la que te juntas... ¡Siempre con esos pantalones anchos y camisetas deportivas! ¡Pareces un chico, María!

Su cara pasó de la aburrición al desafío puro. Se cruzó de brazos, clavándome esos ojos azules que, en ese momento, eran dos puñales.

—¿Y qué más da cómo me vista? —respondió ella, subiendo el volumen—. ¿Afecta en algo a mis notas? Soy buena estudiante, soy responsable... ¿Qué más quieres de mí?

Ah, no. Aquí no iba a cambiar de tema. María siempre usaba las notas como un escudo nuclear, pero yo iba directo al corazón del problema.

—¡Quiero que seas una chica como Dios manda! —solté, alzando la voz más de lo que pretendía—. Que te comportes como una señorita, que tengas amigas normales, ¡que no parezca que te has criado en un vestuario masculino!

María abrió los brazos, indignada. Un gesto de ofensa de categoría cinco.

—¿Amigas? ¡Claro, porque solo me junto con tíos, ¿no?! —me espetó—. Tengo amigas, papá, pero no las ves porque no encajan en tu catálogo de muñequitas de porcelana. ¡Qué tragedia que no me guste ir al salón de belleza cada fin de semana!

—Si sigues con esta actitud, voy a hacer algo al respecto —advertí. Intenté sonar severo, como cuando firmo un despido, aunque por dentro me temblaba hasta el Omega.

Silencio absoluto. María dejó de respirar un segundo. Sus ojos se afilaron como bisturís.

—¿Qué se supone que significa eso?

Bien. Momento decisivo. Iba a jugar mi carta más alta, la amenaza final que había guardado bajo llave en el cajón de “padre desesperado”.

—Que si sigues así, voy a matricularte en un instituto de señoritas. Un internado donde aprendas a comportarte.

Explosión nuclear. La expresión de María cambió: de la indignación pasó a una furia volcánica.

—¡¿QUÉ?! —gritó, dando un paso adelante—. ¡¿ME ESTÁS AMENAZANDO CON UN INTERNADO?! ¡¿ESTÁS DE COÑA?!

—No, María. No estoy de coña. Quizá necesites un entorno sin tanta influencia masculina, donde aprendas valores apropiados.

—¡NO PUEDES OBLIGARME! —rugió, con la cara roja de rabia—. ¡TODO PORQUE NO LLEVO FALDITAS!

—¡ES POR TU BIEN! —grité, golpeando la mesa. Era la frustración acumulada de diecisiete años de paternidad fallida—. ¡NO VOY A DEJAR QUE TE CONVIERTAS EN UNA CUALQUIERA!

Silencio.

Un silencio tan denso que dolió. Fue un error de principiante. Un periodista de mi calibre acababa de soltar un titular incendiario y falso en la portada de su propia vida. Los ojos de María se llenaron de un brillo que no era solo furia, sino traición.

—¡¿EN UNA CUALQUIERA?! —se lanzó sobre la mesa, temblando—. ¡¿Eso piensas de mí porque prefiero el fútbol a tus joyas?! ¡Eres un puto cavernícola, papá!

—¡CUIDADO CON EL LENGUAJE! —troné, pero ya no tenía autoridad. Solo tenía ruido.

Raúl nos miraba desde su silla con los ojos como platos, como si estuviera viendo un choque de trenes a cámara lenta.

—Vale, ya está bien... relajaos... —intentó intervenir.

—¡CÁLLATE, RAÚL! —le gritamos los dos al unísono. Dos cañones disparando al mismo objetivo. Mi hijo levantó las manos en señal de rendición. Inteligente.

Entonces, apareció Pilu.

No caminaba, levitaba con una furia gélida. Sus ojos entrecerrados eran la calma antes de la avalancha.

—¡Basta! —su voz fue un látigo—. No voy a tolerar ni un grito más. María, siéntate. Luis, respira antes de que digas algo que rompa esta familia definitivamente.

Nos hundimos en las sillas. Como dos escolares castigados, humillados por la única persona con sentido común en la habitación. Yo me pasé la mano por el pelo, soltando un resoplido de derrota. María cruzó los brazos, fulminándome con una mirada que prometía años de terapia.

Pilu, imperturbable, tomó la caja de cerillas. Encendió las velas de la tarta una a una. Las llamas iluminaron los números: 17 y 47. El contraste me golpeó en el estómago. Me sentí ridículo. ¿Cómo habíamos llegado de un Omega a un campo de batalla?

—Ahora, los dos —dijo Pilu con una serenidad que me hizo sentir aún más pequeño—. Antes de soplarlas, pedid un deseo.

María rodó los ojos, pero los cerró con fuerza, resignada a la farsa. Yo suspiré y cerré los míos.

Me olvidé del instituto de señoritas, de las Adidas Predator y de mi orgullo herido. Justo cuando el aire abandonaba mis labios y las velas empezaban a apagarse, mi deseo apareció con una claridad brutal:

Desearía, poder llevarme bien con ella

El humo ascendió lentamente entre nosotros, como una cortina de humo en una guerra que, hoy por hoy, nadie estaba ganando.


¡Menudo inicio de temporada! ¿Alguien más ha sentido cómo le subía la tensión arterial solo de leer a Luis, o soy solo yo?

A ver, analicemos la situación: tenemos a un CEO de la Paciencia Agotada que confunde una cena de cumpleaños con un cierre de edición del ABC y a una reina del caos que desayuna sarcasmo y entrena para demoler el patriarcado (o al menos las rodillas de sus rivales).

Puntos destacados de este “atentado doméstico”:

Luis: “Hija, te he comprado una joya de oro blanco digna de una infanta”.

María: “Gracias, papá, pero ¿dónde están los tacos para sembrar el pánico en el área pequeña?“.

El momento estelar: Luis soltando el comentario de “señorita” y “una cualquiera” como si estuviera en un club de caballeros de 1920. ¡Bravo, Luis! Te has ganado el premio al “Boomer del Año” antes de soplar las velas. Si el objetivo era que María te mirara con amor, te has quedado a unos 300 kilómetros de la meta.

Y mención especial a Pilu, la única persona con superpoderes en esa casa, capaz de encender velas en mitad de una explosión nuclear.

¿Logrará Luis que María no lo mande a un asilo antes de los cincuenta? ¿Acabará María en un internado de monjas aprendiendo a hacer punto de cruz o fichará por el Real Madrid? ¡Hagan sus apuestas!


¿Qué os ha parecido este primer asalto?

Vota si tú también preferirías las Adidas Predator antes que el collar (el oro no marca goles, seamos realistas).

Comenta: ¿Quién tiene más razón? ¿Luis y su obsesión por el orden jesuita o María y su derecho a vivir en mallas de deporte?

¡Dale a la estrellita si crees que el deseo de Luis de “llevarse bien con ella” va a durar menos que un becario en su redacción!

¡Nos leemos en el próximo capítulo, donde probablemente alguien acabe necesitando una tila o un abogado de familia! 🥂⚽🔥

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