PRÓLOGO
Seúl siempre había sido una ciudad ruidosa, llena de luces que parecían no apagarse nunca.
Pero aquella noche, para Jimin, el mundo sonaba como si alguien hubiera bajado el volumen de todo. Caminaba con las manos en los bolsillos y el corazón demasiado pesado, siguiendo el rastro tenue de la lluvia que dejaba brillos en las aceras.
No buscaba nada.
Solo quería desaparecer un rato entre la multitud.
Se detuvo bajo un toldo cuando una ráfaga de viento le desordenó el cabello. Suspiró, cerró los ojos y apoyó la frente contra la fría pared metálica.
—Otro día más… —murmuró con una voz rota que solo la noche escuchó.
Entonces lo oyó.
—¿Estás bien?
Una voz baja, cálida. Una que no pertenecía a ningún recuerdo suyo.
Jimin abrió los ojos y lo vio: un chico de mirada intensa, cabello húmedo y una expresión que mezclaba curiosidad con una preocupación extraña para un desconocido.
Había algo en él… algo que iluminaba incluso entre las sombras.
—Sí… creo que sí —respondió Jimin, aunque no estaba seguro.
El chico no pareció convencido. Dio un paso más cerca, dejando que la luz cálida del puesto de ramen bañara su rostro.
—No te ves bien —insistió él—. ¿Quieres sentarte un momento? Puedo invitarte algo caliente.
Jimin dudó. Nadie se había detenido por él en mucho tiempo.
—No tienes por qué hacerlo —susurró, mirando al suelo.
—No es por obligación —dijo el chico, con una pequeña sonrisa—. Es solo… que siento que no deberías estar solo esta noche.
Jimin alzó la vista. Sus ojos se encontraron, y por un instante todo ruido urbano se desvaneció, como si la ciudad dejara de existir para escucharlos a ellos dos.
—Soy Jungkook —agregó el desconocido, extendiendo una mano.
Jimin la observó, vacilante, como si aceptar aquel gesto cambiara algo más profundo de lo que podía ver.
—Jimin… —respondió finalmente, dejando que sus dedos rozaran los de él.
Un contacto leve.
Un puente nuevo.
Jungkook sonrió, y algo en el pecho de Jimin se aflojó sin permiso.
—Vamos —dijo Jungkook, inclinando un poco la cabeza hacia el puesto de comida—. Si hoy el mundo te pesa, déjame al menos hacer que esta noche sea un poco más ligera.
Jimin lo siguió sin entender por qué. Tal vez porque esa voz lo hacía sentir seguro.
Tal vez porque sus ojos parecían prometerle que el dolor no era para siempre.
O tal vez porque, sin saberlo, estaba dando su primer paso hacia un Seúl completamente distinto del que había conocido.
Un Seúl que apenas comenzaba a revelarse.
Un Seúl que, desde aquella noche, ya no sería solo una ciudad, sino el comienzo de todo.
---








