1 – El principio es un grito (Alma)
“Si alguien encuentra esto, es porque no me escucharon a tiempo.”
No sé si esto va a llegar a ti, o si acabarás borrándolo sin mirar.
Pero si has llegado hasta aquí, detente.
No soy una nota más. No soy un grito sin eco. Soy la prueba de algo que no debería estar pasando.
Escúchame. Con el cuerpo. Con los dientes apretados si hace falta. Porque esta voz —la mía— ya no tiene nada que perder.
Me llamo Alma, tengo dieciocho años y estudio primer curso de periodismo en la universidad.
Si. Esto es lo que tienes por delante… no esperes historias bonitas, ni finales felices. Aquí solo hay ruido. Ruido que araña. Gritos que rasgan calma. Y cadáveres que no tienen forma física, sino que se disfrazan de secretos que no se atreven a nombrar. Y ahí es donde comienza todo, no con una historia, sino con un grito que sale de un lugar profundo, de miedo, de rabia, de necesidad de existir.
Tiene que quedar claro: esto que estás escuchando no es un diario emocional, ni un desahogo puntual. Esto es mi defensa. Mi blindaje. Mi escudo. Esto es mi verdad y, si debes creer en algo, que sea en las palabras que ahora mismo se alimentan de mi pulso acelerado. Mi voz no titubea por capricho: estas líneas son fragmentos de supervivencia.
Aquel martes los pasillos del campus estaban casi vacíos. Las clases habían terminado, y lo único que quedaba era el eco suave de pasos distantes, alguna risa ahogada, y el murmullo repetido de la cafetera automática de la sala común. Las luces fluorescentes parpadeaban en la esquina del techo, como si también estuvieran agotadas. Todo parecía tan rutinario, tan insignificante, que me sentí casi a salvo. Casi.
Entré en la sala como otras veces, buscando desconectar. Me senté junto a la ventana con vistas al patio interior, desenrollé los auriculares y empecé a repasar unos archivos del taller de radio. Nada exigente, solo apuntes, frases sueltas, ideas que quizás más adelante se convertirían en algo serio. Ese momento de calma absurda duró exactamente lo que tardó mi móvil en vibrar contra la mesa.
Lo miré sin curiosidad, por inercia. Esperaba una notificación más: un correo, un grupo, un meme tonto. Pero no. Era un mensaje privado. Anónimo. En una cuenta sin foto, sin nombre, sin rastro.
“Sé lo que hiciste.”
Cuatro palabras. Frías, escuetas, imposibles de ignorar. Mi estómago se encogió. Sentí como si alguien me hubiese lanzado una piedra directa al pecho. El corazón me dio un vuelco y luego empezó a latir sin ritmo, rápido, como si quisiera escaparse. Me quedé mirando la pantalla sin parpadear, y durante unos segundos mi cerebro no supo qué hacer. Ni qué pensar.
El mensaje no tenía contexto. No había hilo de conversación. Era una frase lanzada como cuchillo al cuello, sin motivo aparente. Mi brazo temblaba. Lo intenté borrar, como si eso pudiera borrar también lo que acababa de sentir. El gesto fue torpe, casi desesperado. Lo borré. Respiré. Me obligué a no imaginar. Me forcé a tragar saliva.
Diez segundos después, otro zumbido. Otro mensaje. La misma cuenta anónima.
“Te lo haré pagar.”
Esa frase fue peor. Más cerrada. Más definitiva. Como si algo ya hubiese comenzado y yo ni siquiera lo supiera. Como si estuviera dentro de una cuenta atrás sin haber escuchado nunca el “tres, dos, uno”.
Cerré los ojos. No porque quisiera serenarme, sino porque necesitaba que el mundo desapareciera un segundo. Todo se volvió monocromo. Silencio. Respiración cortada. El resto del campus podría haberse desvanecido y yo no lo habría notado. Mis sentidos se replegaron sobre mí: solo escuchaba mi respiración entrecortada, sentía el latido pulsando con violencia en mis sienes, y un calor inesperado expandiéndose por el pecho.
Ese calor no era reconfortante. Era sofocante. Como una fiebre súbita o el inicio de un ataque. No sabía si levantarme o quedarme quieta. Pensé que si movía un músculo, alguien —él, quien fuera— sabría que había leído el mensaje. Pensé que había cometido un error fatal solo por existir.
Nada en mi cuerpo recuerda algo más intenso. Algo más puro. Una mezcla perfecta de miedo, desconcierto y vulnerabilidad absoluta. Todo se congeló en ese instante: el tiempo, mi voluntad, incluso la noción de estar despierta. Podría haber gritado, pero no lo hice. Ni siquiera se me ocurrió.
En ese estrangulamiento involuntario, supe que lo que estaba ocurriendo ya no era una anécdota, ni un malentendido. Era una señal. Una grieta. Una entrada a algo que no sabía nombrar. Y también supe que no podía vivirlo en silencio.
Así que grabé. No por histeria, no por capricho. Lo hice porque, en ese momento, entendí que si no dejaba constancia, si no convertía lo invisible en tangible, nadie me creería. Y no quiero que esto se pierda. No quiero que alguien diga: “seguro que exageraba”, “seguro que estaba confundida”.
No.
Esto es real.
Este archivo es mi testigo.
Al salir al pasillo, sentí que el aire se volvía espeso, como una presencia que me seguía. Cerré la puerta tras de mí con un golpe sordo que retumbó en los pasillos vacíos, y me apoyé contra la pared, notando cómo el frío de la piedra atravesaba mi camiseta. Mis piernas parecían gelatina; los minutos anteriores estaban repitiéndose en un bucle que amenazaba con hacerme derrumbar.
Las luces fluorescentes parpadeaban de forma irregular, lanzando destellos que proyectaban mi sombra como si se contorsionara. Cada vez que una se encendía, sentía que el pasillo se estiraba, como si el espacio pudiera absorberme. Cada vez que se apagaba... sentía que un murmullo invisible cobraba forma. Era mi pulso el que dictaba ese parpadeo, un latido que temblaba en mi lóbulo, visible en la danza de luces y sombras.
Con cuidado, di un paso. El sonido de mis zapatillas contra el suelo de linóleo retumbó por todo el pasillo, sobrepasó mis oídos. Me di cuenta de que estaba respirando agitadamente, como si acabara de terminar una carrera. Me agarré el pecho con la mano, conté mis respiraciones: una, dos, tres... Pero cada paso que seguía, sentía que alguien podía oír hasta mis latidos. No era una sensación: era la certeza incómoda de no estar sola.
Un paso más. Dos. Y otro. El pasillo se volvió pecaminoso, hostil. Había pasado de ser un enlace entre aulas a un camino sembrado de trampas invisibles.
El jueves siguiente regresé al mismo pasillo con un nudo en el estómago. Avanzaba despacio, a modo de patrulla incómoda. Me decía a mí misma: recuerda, aquí no pasa nada, es solo un pasillo. Pero no podía engañar a mis sentidos.
Ahí estaba él. Apoyado contra esa pared que hacía un momento había sido mi único refugio, y ahora parecía su territorio. Alto, corpulento, brazos cruzados, encajado en sombras. Su figura parecía recortada de una película de intriga. Frente a mi taquilla. Me miraba. No dijo nada. No se movió. Simplemente estaba. Observándome.
El latido de mi corazón se disparó otra vez, reencontrando mi ritmo y elevándolo. Mis sentidos me dislocaron: oí un zumbido constante, como un altavoz cercano en una sala enorme. Me aferré a mi mochila. Noté el tejido áspero rozando mis dedos, cálido y real. Respiré hondo. Intenté calmar la cabeza, pero mis pies obedecían al miedo.
Sin pensarlo, giré y corrí. El sonido de mis pasos golpeaba el suelo repetidamente, con un compás irregular de carrera. El pasillo se alargaba infinitamente y luego terminaba en una puerta cerrada, brillante.
Todavía hoy, cuando cae la noche, ese lugar vuelve a mí. Como si no hubiera salido nunca de él. Cierro los ojos y vuelvo a sentir su presencia —esa sombra inmóvil, esa mirada que aprieta más que un puño—. Me pellizco el brazo para confirmar que existo, que soy real, que mi cuerpo no está esculpido por el miedo. Lo hago porque si no, siento que lo puedo disolver. Si no lo hago, temo que todo sea una alucinación.
Pero no lo es. No hay paranoia. Él está aquí. Ese recuerdo pesa en mi memoria como una roca. Cada vez que paso por ese corredor, espero verlo otra vez. Y mi reacción es la misma: corazón explosivo, piernas temblorosas, respiración entrecortada. Me convierto en un resorte, lista para quemar la distancia de un salto.
Esa noche, me encerré en la habitación como quien se encierra en una cápsula de supervivencia. Dejé la puerta entornada, como si así pudiera escapar rápido. Pero no quería oscuridad completa. No quería silencio absoluto. La ventana quedó entreabierta, dejando entrar un aire que no refrescaba, pero al menos me hacía sentir que no me ahogaba.
Encendí la luz tenue del flexo. Apagué la del techo. Coloqué el móvil frente a mí, encima de la mesa, con la cámara apuntando al vacío. Me miré en la pantalla durante unos segundos. No me reconocía. Tenía los ojos más abiertos de lo normal, la piel más pálida, los labios mordidos. Parecía que acababa de ser rescatada de un naufragio.
Di al botón de grabar.
Mi voz salió bajísima, pero temblaba como si estuviera gritando desde dentro:
“Escucho su presencia en mis hombros.
Siento el sonido de mis pasos retumbar, como si alguien siguiera mi ritmo.
Me sigue, me observa.
Me borra. Me redibuja. Como si yo ya no fuera mía.
Esta no es una broma. Esta es una fuerza que me dirige.
Y mi voz temblorosa es mi salvoconducto.”
Hablaba despacio, pero no para entenderme mejor, sino para que la grabación no quedara saturada por el miedo. Quería que cada palabra pesara, como prueba. Como advertencia.
La habitación parecía contraerse conmigo. El aire vibraba, literalmente, como si la frecuencia de mi miedo se filtrara por las paredes. La cortina se agitaba levemente, apenas un movimiento, pero lo suficiente como para que creyera que alguien acababa de rozarla. La ventana crujía a ratos, como si algo invisible se apoyara en ella desde fuera. Era un lenguaje que no entendía, pero sí sentía: algo —alguien— estaba cerca.
Cerré los ojos por un instante, solo uno. Y lo vi. No en la realidad, no como un cuerpo, sino como una silueta mental que avanzaba hacia mí, desde la puerta hasta la cama. Como una sombra que caminaba sobre el parqué sin dejar huella. Como un frío que se instalaba en los tobillos y trepaba lentamente hasta la garganta. Me estremecí.
Y entonces, lo oí.
No sé si fue real.
Pero lo oí.
Un susurro al lado de mi oído: “déjate ir.”
No abrí los ojos enseguida. Esperé. Aguanté el aire. Conté cinco. Luego diez. Cuando abrí los ojos, no había nadie. Pero tampoco hacía falta. La amenaza ya estaba dentro.
Por eso grabo.
Para que alguien sepa.
Para que alguien entienda que esto no es una historia, sino un documento.
Un testimonio que no quiero que desaparezca conmigo.
No quiero sonar paranoica. No quiero ser la que ve sombras en todas partes. Pero hay miradas que se clavan con una intención que va más allá de la casualidad.
Me vi cruzando miradas con un chico en las prácticas de radio. Se llama Marcos, está en segundo. Lo conocí de forma informal: vino a ayudarnos con la mesa de sonido y se ofreció a supervisar unas grabaciones. Al principio parecía amable, incluso algo torpe, como esos tipos que sonríen para caer bien. Pero hay algo en él que no cuadra.
Tiene una sonrisa que se curva de más cuando hablo. Como si se burlara en silencio de algo que yo no he dicho. Me observa más tiempo del necesario. Lo noto: los ojos no pestañean, y cuando aparto la mirada, aún lo siento encima. En clase intenta estar cerca. No dice mucho, pero su silencio tiene bordes. A veces nos cruzamos fuera de clase: en la cafetería, en los pasillos, incluso una vez en la entrada del baño de chicas. Lo vi, lo miré, y él simplemente se giró… y desapareció.
No digo que sea él. Pero hay algo en su quietud, en esa forma de estar demasiado presente sin hacer nada, que enciende todas mis alarmas.
Y luego está ella.
La profesora de multimedia.
Mi tutora.
Confiaba en ella. Era cálida. Cercana. Pero una escena se repite en mi cabeza como un eco en una cueva: fue durante mi primera grabación, cuando tenía que leer un guion en voz alta. Estaba nerviosa, y ella se acercó para ayudarme con el tono. Se colocó a mi espalda. Muy cerca. Tanto que su aliento se coló entre mi cuello y el pelo. No dijo nada extraño. Solo daba instrucciones. Pero su mano rozó la silla, luego mi hombro, luego mi espalda. Fue leve. Pero fue. Y aunque me repito que seguro fue un gesto sin intención, mi cuerpo entero se tensó como una cuerda.
Desde entonces no puedo estar a solas con ella sin sentir esa tensión.
Y hay más:
Un técnico que pasa demasiado tiempo en las aulas cuando no hay clase.
Una alumna que me sigue en redes y reacciona a publicaciones que no están visibles. Cosas que creí haber borrado. O que nunca subí.
Una madrugada recibí un mensaje anónimo. Solo un emoji: un ojo. Sin texto. Sin remitente claro.
No son pruebas.
No son certezas.
Pero cada vez que me siento a grabar, vuelven.
Se alinean como constelaciones deformes.
Y yo solo puedo contarlas, dejarlas aquí, en este archivo, antes de que alguien me diga que lo imaginé todo.
No quiero que pienses que me lo invento.
Solo pongo lo que siento. Y lo que siento... me asusta.
En casa no hablo de esto.
Mi madre no sabe. Ni preguntaría.
Se limita a dejarme la comida en el microondas y a gritar desde la cocina si he cerrado bien la puerta de entrada. No es que no me quiera. Es que está rota desde hace tiempo.
Mi padre ya no está. Murió hace dos años. Un accidente absurdo, rápido, sin despedidas. Y desde entonces el mundo se volvió más frío, más vulnerable, más expuesto.
Yo también.
En mi habitación aún está su foto, enmarcada, sobre la mesita de noche. Me mira desde allí con esa sonrisa ladeada, como si estuviera a punto de contarme algo. A veces le hablo sin hablar. Solo pienso fuerte. Pienso: “¿Qué harías tú si sintieras que te están cazando?”. Pero la foto no responde. Ni siquiera devuelve calma. Solo... permanece.
Hay días en los que creo sentir su olor al abrir el armario.
Y otros, como anoche, en los que la ausencia me golpea como una bofetada sin manos.
Estaba en el escritorio. Cansada, con los ojos clavados en el ordenador. Tenía los cascos puestos, sin música, solo para aislarme. Afuera, los coches pasaban de vez en cuando, pero dentro todo estaba en paz.
Hasta que se fue la luz.
Fueron dos segundos. Solo dos.
Pero bastaron.
La pantalla del portátil se apagó.
El router parpadeó.
Y en el silencio absoluto, el cursor —cuando volvió— titiló como si dudara de su existencia.
Luego el móvil encendió la pantalla por sí solo.
No entró ningún mensaje.
Solo luz. Azul, fría, hueca. Como una señal sin contenido.
Me quedé inmóvil. Literalmente sin mover ni un músculo.
El corazón se me subió al cuello. Me toqué la garganta para comprobar si seguía latiendo allí, como una criatura atrapada. Y sí, latía. Irregular. Descontrolado.
La cortina se movió aunque no había corriente.
La puerta, entornada, crujió un poco.
Nada más.
Pero fue suficiente.
No sé si fue un fallo.
O una advertencia.
Pero mi mente no es neutra.
Y esa noche lo interpreté como un pulso de control.
Como si algo o alguien quisiera recordarme que puede tocarme incluso aquí. En mi espacio. En lo único que aún sentía mío.
Vi la camiseta de mi padre en el respaldo de la silla. Una de esas que nunca quise guardar. La toqué.
Estaba fría.
Y me sentí como si ya no quedara nadie al otro lado.
Me he convertido en una fugitiva de mi propia rutina.
Cada gesto, cada paso, cada prenda, responde a una lógica de huida.
Ya no camino sola. Me esfuerzo por salir de clase al mismo tiempo que otras chicas, aunque ni las conozca. Me mantengo cerca, lo justo para que me incluyan sin hablarme. Me siento como un parásito discreto: pegada a sus movimientos, a sus risas, a sus pasos firmes. A veces creo que notan mi presencia y aceleran. Lo entiendo. Yo también lo haría. No pertenezco. Soy la pieza temblorosa del puzzle.
He empezado a avisar a mi madre cada vez que salgo o vuelvo. Le escribo: “ya estoy”, “salgo ahora”, “Intenta no tardar hoy, ¿vale?”. A veces ni responde. Otras, me llama solo para decir: “relájate, no pasa nada”. Pero en su voz hay un tono que no estaba antes. Como si empezara a sospechar que sí pasa. Que no me lo invento. Aunque no lo quiera ver.
Grabo constantemente. Todo.
No solo estas notas. También mis pasos por los pasillos. Las conversaciones de clase. Las puertas que se abren. El ascensor. El zumbido de los fluorescentes. Me he acostumbrado a poner el móvil en modo grabación como quien respira: automático, vital.
He aprendido a leer mi entorno.
El cambio de volumen en un pasillo.
Un silencio que no encaja.
Una puerta entreabierta que antes estaba cerrada.
La ropa mal colocada.
La pantalla del ordenador encendida sin que yo la toque.
Ya no uso ropa “bonita”.
He sustituido colores vivos por prendas oscuras, neutras, sin logotipos. Nada que destaque. Nada que dé pistas. No es solo por seguridad. Es un modo de borrar mi contorno. De pasar desapercibida. No quiero ser la que llama la atención en una fotografía. Quiero ser fondo.
Sigo todas las comunicaciones del campus como si fueran pistas. No me permito desconectar.
He leído protocolos.
Repasado mapas de salidas de emergencia.
Sé cuántas cámaras hay en el edificio de periodismo.
Sé cuál es el aula sin ventanas.
Y también cuál tiene dos puertas.
He revisado los correos del departamento de seguridad.
He pasado noches enteras imaginando cómo escapar si ocurre algo en plena clase. O en los baños.
O en la biblioteca.
He dejado de hacer cosas que amaba.
Como quedarme sola editando audios.
O ir a la biblioteca a leer hasta tarde.
O escribir en el jardín cuando el sol baja.
Todo lo que hago ahora nace del pánico.
Pero no es un miedo difuso.
Es una certeza.
No quiero desaparecer sin dejar rastro.
No quiero que borren mi nombre.
No quiero que digan “estaba rara últimamente” y nada más.
Quiero dejar constancia.
Y si esto termina mal, al menos que alguien encuentre las piezas.
Y sepa que hice todo lo posible para no caer.
Anoche no pude dormir.
Otra vez.
A las dos y cuarto, abrí el portátil. Cerré la cortina. Me puse los auriculares, no para escuchar nada, sino para crear una especie de burbuja. El clic del ratón sonaba amplificado. Mis dedos estaban fríos.
Hace unas semanas, la universidad envió a todos los alumnos un enlace a una plataforma de seguridad. La mayoría lo ignoró. Yo no.
Pude acceder al histórico de cámaras públicas del campus. Solo las exteriores, claro. Las interiores están restringidas. Aun así, algo me empujaba a intentarlo. A comprobar.
Fui directamente al martes. Doce y siete.
Allí estaba yo: cruzando la explanada entre los edificios A y B.
Avancé el metraje segundo a segundo. Aceleré.
Vi sombras. Gente que pasaba. Y luego…
Vi una figura que se detenía justo debajo de la cámara de la esquina noroeste.
No se veía bien el rostro. Tenía capucha. No era grande. Pero tampoco pequeño. Movimientos nerviosos. Parecía mirar hacia la puerta trasera del edificio de medios.
Rebobiné.
Lo vi moverse en círculos. Como si esperara algo.
O a alguien.
O a mí.
Justo a las doce y trece, se detecta una apertura en esa puerta trasera. No hay cámara enfocando directamente, pero hay un registro de acceso digital: una tarjeta sin identificar. Sin nombre.
Solo un código de seis cifras. Sin dueño.
La puerta se abrió y cerró en menos de un minuto.
Intenté cruzar esa información con los correos del campus, los informes públicos, cualquier referencia a problemas de seguridad… pero no había nada. Silencio total. Como si nunca hubiera ocurrido.
Después abrí Facebook. No mi cuenta personal, sino un grupo cerrado de alumnos de primer y segundo curso de periodismo. Uno de esos donde se suben PDFs de exámenes, memes de profesores y fotos de fiestas. Nunca pensé que allí encontraría algo útil.
Pero allí estaba.
Una publicación sencilla, sin contexto:
“¿Alguien vio a Alma salir del edificio ayer? No parecía normal.”
Y debajo, algunos comentarios.
Uno ponía:
“La vi en el pasillo sur. ¿Con quién iba?”
Otro:
“¿Quién la bloquea?”
Y un tercero:
“Yo la escuché decir algo raro en la sala común. ¿Todo bien?”
Me quedé en blanco.
¿Quién la bloquea? ¿Por qué usan mi nombre como si yo fuera un personaje ajeno?
Capturé pantalla.
Una por una.
Las guardé en una carpeta oculta dentro del móvil: /Documentos/Alma_Pruebas
También grabé el sonido del clic al abrir la carpeta, el de la tecla ENTER, el zumbido de la cámara 04 activándose. Todo eso lo guardé en el siguiente audio.
No sé si esto servirá como prueba real.
Pero cada archivo, cada imagen, cada segundo que documento, me da un poco de control sobre lo que me está desbordando.
Y si alguien intenta silenciarme, que sepa esto:
Ya hay pruebas flotando por la red.
Y no se van a borrar solas.
Estoy agotada.
Exhausta. No solo por el cansancio físico, sino por algo más denso, más invasivo.
Es como si cada pensamiento pesara. Como si respirar se hubiera convertido en un acto consciente y forzado.
El miedo ya no es un visitante: es mi compañero de piso.
Cada paso es una ecuación.
Si salgo por tal puerta, ¿quién puede estar esperándome?
Si giro por tal pasillo, ¿habrá una sombra?
Si cruzo la mirada con alguien, ¿qué sabe de mí?
Mi día no se mide en horas ni en clases.
Se mide en latidos.
En respiraciones cortas.
En mensajes reenviados a mí misma como prueba de que estoy viva.
Cuando suena un móvil, salto.
Cuando vibra el mío, me paralizo.
Cada notificación es una amenaza potencial.
El “ding” de WhatsApp se ha convertido en un disparo invisible.
Hoy, algo cambió.
Entré al baño del segundo piso. No había nadie. O eso creí.
Me encerré en un cubículo, como siempre hago. Me tomo unos segundos antes de volver al mundo.
Entonces oí pasos.
Lentos.
No de prisa. No de entrada casual.
Sino de alguien que camina sin querer hacer ruido.
El sonido de suela contra una baldosa. Uno. Otro. Otro.
Me quedé en silencio.
No respiré.
Solo escuché.
Y entonces alguien se detuvo frente a mi puerta.
No vi pies. No había espacio. Pero lo sentí.
Una presencia. Como si el aire cambiara de densidad.
Como si me olieran.
Saqué el móvil con manos temblorosas. Marqué el botón de SOS que había programado días antes. Una llamada silenciosa, supuestamente directa a seguridad.
No sé si funcionó.
No lo comprobé.
No me atreví a hacer ruido.
Solo me encogí sobre mí misma.
Abracé lo primero que encontré en el bolso: un estuche con lápices, un paquete de toallitas, mis llaves.
Me aferré a ellos como si pudieran protegerme.
Me temblaban las piernas, el cuello, la mandíbula.
Sentía el corazón latiendo en las sienes.
No sé cuánto tiempo pasó.
Los pasos se alejaron.
O eso creí.
Pero no salí.
Me quedé ahí dentro hasta que escuché voces nuevas, reales, normales.
Chicas riendo, una puerta que se cierra, una cisterna.
Entonces sí. Abrí la puerta. Miré. Nada. Nadie.
El espejo me devolvió una cara que no reconozco: los ojos rojos, el pelo pegado a la frente, la piel tan pálida como si alguien me hubiera apagado.
Y al salir, algo peor:
Una risa detrás de mí.
No burlona. No alta.
Solo...
conocida.
Anoche fui a trabajar a la sala 12 del edificio de multimedia.
Quedaba lejos. Casi nadie la usa por la noche. Es pequeña, rectangular, sin ventanas. Se escucha el zumbido del aire acondicionado incluso cuando está apagado. Yo había ido solo a editar unos cortes de audio. Quería distraerme. Fingir que sigo siendo estudiante y no una especie de espía paranoica con miedo a su sombra.
Estuve allí poco más de una hora.
No recuerdo todo con claridad.
Solo que salí deprisa.
Que olvidé cerrar sesión en el portátil.
Y que, sin saber cómo, dejé la grabadora encendida.
El archivo está ahí.
Lo vi esta mañana.
“Nocturno_12_multimedia.wav”
Dura 00:32:41
Y aparece marcado como última modificación: 03:14 am
Yo no estuve allí a esa hora. Al menos… no consciente.
Lo abrí.
Solo unos segundos.
Al principio se oyen mis pasos, mi respiración, el clic del ratón, el teclado.
Luego silencio.
Silencio real.
De ese que se mete en los huesos.
Y después...
un golpe.
No sé qué fue.
No suena metálico. Ni seco.
Es como si algo —o alguien— hubiera caído o chocado contra el mobiliario.
No quise seguir escuchando.
Mi dedo se quedó flotando sobre el espacio del teclado.
El silencio, incluso antes de que terminara, ya me estaba devorando por dentro.
Me quedé en la puerta de la sala esta mañana.
No entré.
Solo observé desde el marco, como si eso pudiera protegerme.
La manilla de la puerta estaba caliente. Como si alguien la hubiera soltado justo antes que yo.
Guardé el archivo.
Lo encripté.
Lo subí a tres nubes distintas.
Tengo un correo programado para enviarlo si no entro al móvil durante 48 horas.
No sé si esto es paranoia o intuición.
Pero he cruzado una línea.
Ya no hay vuelta atrás.
Y si alguien encuentra esto, este archivo, este audio, esta voz…
que sepa que esto no fue el final.
Fue el principio.
Un grito.
Una advertencia.
Una prueba.
Estoy asustada.
Pero voy a continuar.
Porque necesito que alguien me crea.
Y sobre todo…
que no me borren.
— Alma