Prólogo
Crecí creyendo que la familia era un molde perfecto: madre, padre, hijos, una casa con hipoteca, oraciones al caer la noche y mañanas dominicales impregnadas de un silencio espiritual que se confundía con la paz.
Mi futuro estaba escrito en tinta indeleble: me enamoraría de una mujer, me casaría, tendría hijos y viviríamos felices para siempre. No me juzguen; era el único evangelio que conocía, la verdad absoluta que grabaron en mí desde la cuna... una verdad que creí a pies juntillas hasta el día en que lo conocí a él y voló en mil pedazos.
Conocerlo fue como ser testigo del primer arcoíris después de un diluvio eterno: algo tan hipnóticamente bello que te borra cualquier certeza anterior y te planta una sonrisa en el alma que perdura por horas, incluso ahora.
Pueden tacharme de loco, pero yo sé la verdad que palpita en mi pecho: él fue la respuesta a todas mis oraciones. Ahora les contaré mi historia, y serán ustedes quienes juzguen al final.
Pero para entender el milagro, debemos retroceder hasta el principio. Hasta el instante preciso en el que sus ojos, de un azul desafiante, irrumpieron en mi gris existencia, y su sonrisa empezó a llenar de un significado nuevo cada latido de mi corazón.








