Capítulo 1 - Cobardía
Era la mañana siguiente de la reunión con Dama Ze’yalín, y los preparativos, para desgracia de Khallma, estaban casi finalizados. La guerrera inspiró hondo y enarboló su mandoble con los dedos crispados, inmóvil aún. La ventisca agitó su melena añil. De súbito, su acero recortó ese céfiro a la mitad. El golpe fue tan potente que los dedos del pie quedaron hundidos en el barro del arroyuelo. Repitió el ataque; cuatro, seis veces más, con la soltura con la que un cocinero esgrime el cuchillo. Si no practicaba a diario, el mandoble jadaná empezaría a pesar, y si pesaba, recibiría un corte mucho antes de que pudiera propinarlo ella. Se detuvo a respirar. El sudor se abría paso hasta la evidencia de sus errores pasados. Mientras secaba sus cicatrices, volteó hacia los carromatos.
La formidable caravana de los aerquos había detenido su marcha junto a una represa natural que se ensanchaba hasta romperse en múltiples arroyos delgados. En los barrizales bajos crecía un precioso bosquecillo de mimbre tidh, que daba espigas en colores amarillos y rojos y azules y blancos. Los carros parecían castillos asediados por un despliegue de banderillas militares.
Al pie de esa colina apartada, el príncipe Íleos argüía de algún desacuerdo con la Radiante Striga, sacudiendo las manos con impaciencia. El argumento parecía más bien unilateral. Iuren intentaba convencer de alguna cosa a ese muro llamado “Striga con sueño”, pero la chica se distraía con unos animalillos que pasaban al nado. Los samhures llevaban mimbre entre los dientes para fortalecer su represa.
Anoche Iuren había litigado largo rato a favor de su plan de dirigirse al nororiente en vez de directo a Avrabin. Buscaba parlamentar con Omis de Navadein para hacerla desviar su ejército. Khallma suspiró. “Ese chico no entiende lo que me pide”. Ella había conocido a Omis en la guerra, y recordaba sus bravatas incesantes y las discusiones que no conducían a nada. Recordaba cosas más dolorosas también. Si Iuren no podía hacer entrar en razón a Striga, dudaba que pudiera con ella.
Antes de que la transpiración se le enfriara, Khallma volvió a sus ejercicios. Cercenaba aire con acero, una y otra vez, cuando su imaginación ubicó un enemigo bajo el metal. Le repugnó el hecho de que la resistencia del hueso contra su jadaná, por lo general, no era tanto mayor a la del aire.
Se preguntó si el derramamiento de sangre, esta vez, sería útil. No solía ser útil.
Los pulmones le rogaron clemencia, así que partió a beber en el arroyo. Cuando se sació, descubrió que ya no estaba sola junto a las aguas verdosas.
La cabellera de Rádegast se arremolinaba a sus espaldas como un rubio capote de piel. El chiquillo le plantaba esos ojos tan extraños que tenía, verdes y negros y largos. Era difícil decidir si su mirada de animalillo era insondablemente sabia, o sólo un tanto estúpida.
Khallma se cubrió el pecho por cortesía, ya que entrenaba desnuda de la cintura para arriba, pero no supo qué decir.
—Hola —aventuró tras un rato, como para decirle algo.
Rádegast se aclaró la garganta.
—La noto abrumada con el peso da su pasado, pero paralizada por los prospectos da su futuro.
La guerrera solo supo pestañear.
—¿¡Quién abre una conversación así!? —Alzó las palmas con brusquedad—. ¡Si hemos hablado como dos veces! ¿Qué no sabes decir hola?
—¡Hola! —contestó Rad con sonrisa cordial, y se sentó tan cerca que ella tuvo que apartar el filo del jadaná, tirando del anillo del pomo. Pero luego no añadió nada más. Se quedó ahí, mirando el riachuelo manar.
Khallma concluyó que hubiera estado más cómoda rodeada de enemigos. Le entraron ganas de beber, y no agua.
—¿Por qué no me ayudas a rellenar las cantimploras? —se inventó al final.
Rad aceptó gustoso.
Afanaron largo rato, pero el jovenzuelo no se alejó mucho de su cadera. ¿Sería su forma de despedirse de ella?
Khallma levantó la vista de las mimbreras y descubrió que varios familiares de Qo’yotzin se bañaban y retozaban a corta distancia. No podía ser casualidad. No pasó por alto los músculos curtidos por el trabajo que se les pegaban a la ropa, ni las sonrisas coquetas que algunos le dedicaban. Sonrió también, maquinando planes para esa noche, cuando Rádegast le soltó:
—¿Usted le gusta matar, señor Dama Álrij?
El gesto se le amargó sin quererlo. Perdió el ánimo y continuó con lo suyo.
—A nadie le gusta matar.
—Los animales sí gustan da matar. Somos animales ¿no? —razonó el chiquillo. Señaló a un dheraunat que se hacía pasar por un tronco. Estaba a la espera de que algún samhur distraído pasara junto a sus dientes serrados—. Da hecho, hemos comprobado en experimentos que, al sentir la sangre en la piel…
Khallma le cubrió la cara con la manota, pero Rad siguió balbuceando ahí abajo.
—¡Mira! Tu prima practica con su Pulso. ¿No la quieres acompañar?
En la ribera contraria, Psin supervisaba a Striga mientras ella intentaba controlar su emisión de calor. Sabían que era tan alta que le dolía. Psin algo decía sobre que el Pulso podía manifestarse en cualquier lugar de la piel, no sólo las manos, y entonces sacó la lengua. En la puntita brilló una flama pálida. Striga casi cayó al agua de la impresión.
Rad las veía de reojo.
—Nunca he probado practicar con mi Pulso. Ma pregunto si podré hacer algo así.
—¡Claro! Qué buena oportunidad. Aprovecha que tienes Pulso y yo no.
Striga se había puesto a imitar el truco de Psin, pero por poco se quemó los labios. Los apuestos jóvenes aerquos (de cuya compañía Khallma se estaba perdiendo) carcajearon.
Psin humedeció su mano en la corriente y les lanzó un beso que produjo una voluta de vapor. Varios chicos aplaudieron.
—¿Por qué no sa puso Pulso prestado como mi prima, Dama Álrij? —Rad jugueteaba con el odre—. Usted es muy fuerte. Podría serlo más.
Ella rio entre dientes.
—¿Y arruinar esta piel perfecta? —Posó de una forma que acentuaba sus cicatrices.
Él levantó el índice como si se le hubiera ocurrido una idea genial.
—¡Otá! Ya entiendo. Usted no sa pone glifos porque es una “cobarde”.
El comentario la tomó con la guardia más baja que un ataque armado hubiera hecho nunca.
—¿Disculpa? —No pretendía que la voz le saliera tan afilada. El chiquillo retrocedió de soslayo.
—¡Digo! Perdone idioma, mi manejo muy malo. Seguro era palabra incorrecta, únn. —Tosió—. Con “cobarde”, ma refería: “persona incapaz da afrontar situaciones da riesgo por temor consecuencias negativas”.
Sus dientes chirriaron.
—¡Sí! ¡Eso es lo que significa cobarde!
—¡Otá! —El jovencito caviló un tanto—. Pero eso no tiene nada da malo. ¡Quizás por eso ha sobrevivido-un rubro tan peligroso, pesar da su edad!
—Si supieras con quién estás hablando, pedazo de… —Khallma puso la sonrisa más forzada de su vida— simpática ternurita. Regresemos al campamento ¿sí?
—¡Muy bien! —asintió él con agrado.
“Por lo visto es bueno que nunca tuve hijos. No tengo la paciencia para no despellejarlos”, mascullaba Khallma en el trecho de retorno entre los vados enlodados.
—Deberías ser más considerado con las experiencias de tus mayores, chiquilín. —explicó a Rádegast, quien caminaba a pocos pasos de ella—. Muchos preferimos no hablar de ciertas partes de nuestras vidas. Para mí, lo de la guerra es como… —¿Cómo hacerle entender?—. Mira, imagina te hubieses cagado los pantalones frente a un gran público. Seguro has vivido algo vergonzoso de esa calaña. Es un momento horrible, en el que evitas pensar a toda costa. Y cada vez que lo recuerdas, te colmas de vergüenza y sientes ganas de arrancarte la piel. Para mí, la guerra es lo mismo. —Pero no era vergüenza lo que le hacía sentir. Su mente la llevó a un sitio extraño. Su tono se ensombreció—. Una vez estuve a cargo de un chico un poco más alto que tú. Le llamábamos Tin. Era el año 16.35, y marchábamos por el Shyfar. Era un río parecido a este. El agua estaba tan atestada de cadáveres que, aunque la tierra era dura, se formaba un fango pegajoso en el que…
Rádegast tropezó y dio un grito agudo. El agua se había tornado profunda de súbito y su pierna se hundió hasta la rodilla. La mente de Khallma se escapó del presente.
“¡Niño imbécil!” le había gritado a Tin, “¡Te advertí que no te fueras por ahí!”. Los refundistas brotaron de la nada, y la pólvora estalló en lo alto de la colina. El cielo era negro, pero las lunas blancas, y el río de un nauseabundo carmesí. Le zarandeó el hombro a Tin, pero no era el barro lo que lo tenía paralizado.
El joven se afirmaba el estómago. Tosía cuando volteó, con los pulmones llenos de sangre. Cuando descubrió la bala en sus carnes tenía mucho miedo para llorar.
Khallma no pudo evitar que los dedos rojos del barro lo siguieran reclamando. Si se quedaba a librarlo, los enemigos caerían sobre todos los demás.
—¡Suban! ¡Suban, inútiles de mierda! —ordenó,
Eran como el doble que ellos. Tin tendría que haberlo entendido. Pero cuando intentó continuar, sintió un tirón en la muñeca.
—Dama Señor Khallma —le rogó Tin con la cabeza sumergida, enterrándole las uñas, abriéndole la piel; llorando, ahogándose, llorando—, Khallma Álrij ¿está usted bien?
Rádegast se hallaba sentado en la ribera. El agua no era tan honda. Cuando volvió en sí, Khallma se encontró con que el gladio corto que llevaba en el costado estaba en su mano. Más allá, los bañistas habían detenido sus juegos para mirarla.
—Estoy bien —logró graznar, envainando con bochorno. Rad le ofreció ayuda para salir, y ella aceptó. Llegó a la orilla seca. Observó su mano. No había dejado de temblar.
“Así que cobarde, ¿eh?”.