Capítulo 1: La Conejita Fatale de Haverford 🐰
Transcripción breve — Haverford Howler.
Entrevistado: Denissio "Duck" Samuels.
Lugar: Duck Pond.
⸻
—No sé por qué me preguntas esto... todos saben que pasó algo raro. Muy raro. Pero nadie dice nada.
Eh, hola, bro... sí, ahorita voy.
Perdón.
Solo... solo quiero dejar claro que no fue la estufa del Green Engine..
Yo lo vi. Fue un hombre enorme. Con dientes como... como de tiburón.
Y Justine... él se la llevó.
Y su hermano... y sus amigas. Todos.
No tendrían que estar vivos.
Pero ahí están.
Justine, Mimi, Layla... incluso Gonzo. Caminan por los pasillos como si nada.
Y la gente los mira... pero nadie dice nada.
Es como si todos tuvieran miedo.
Yo también.
No sé qué son ahora.
Pero no son... no son exactamente como antes.
¿Ya? ¿Puedo irme?
⸻
Pie de página:
Grabación realizada por Linnie Horowitz a Gecko Samuels para la edición de invierno del Haverford Howler.
La tarde caía sobre la preparatoria privada más famosa de Pensilvania, Haverford Prep, como un telón de terciopelo oscuro.
Yo lo recuerdo clarísimo, porque desde la ventana del aula de al lado estaba viendo cómo el viento arrastraba hojas secas por los pasillos exteriores y pensaba: perfecto, clima de colapso nervioso.
Los edificios olían a papel viejo, a calefacción antigua y a esa mezcla de perfume adolescente y desinfectante barato que solo una escuela rica y neurótica puede producir.
En el aula 204, el profesor McAllister se quebró.
No "se sintió mal". No "tuvo un mal día". Se quebró.
—¡Ya no más! —gritó, con las manos temblorosas—. ¡Estoy harto! ¡Harto de fingir que todo está bien con esa... esa niña! ¡Esa perra de Justine Powel puede irse al carajo!
El silencio fue tan fuerte que casi se oyó.
Una frase así, dicha por un viejo profesor con el rostro encendido, sonó como una maldición lanzada al aire acondicionado.
Desde el pasillo, yo me acerqué un poco más a la puerta. No por chisme, claro. Documentación periodística.
Algunos estudiantes se rieron nerviosamente; otros se quedaron inmóviles, con la boca entreabierta.
El profesor Weller, que estaba de pie junto a la puerta, trató de intervenir.
—Barry, por favor... cálmate.
—¿Cálmate? —repitió McAllister, con un hilo de saliva brillándole en la comisura—. ¡Rompe el código, no porta el uniforme, se burla en mis narices! ¡Y el consejo la protege porque su tía dona dinero a la escuela! ¡Todos lo saben! ¡Esa niña debería estar en los prostíbulos si quiere vestirse así! ¡Ha puesto mi reputación por los suelos!
Yo, desde el marco de la puerta, solo pensé: wow, alguien no está listo para la era de las it girls.
Weller avanzó un paso, levantando una mano.
—No puedes hablar así de una estudiante.
—¿Ah, no? —McAllister dio una risa amarga—. ¿Tú también estás deslumbrado con esa Justine? ¿También te crees parte de su pequeño culto?
El golpe fue breve, seco, torpe. Ni siquiera cinematográfico; solo patético.
El aula entera contuvo el aliento.
Los papeles de McAllister flotaron en el aire como mariposas grises, cayendo sobre los pupitres.
Y así, en apenas treinta segundos, Haverford tenía su nuevo rumor.
En treinta y cinco, yo ya estaba pensando: edición especial del Howler, seguro.
⸻
Mientras el murmullo crecía detrás de las paredes, Justine Powel, la Conejita Fatale, cerró un libro de arte en la biblioteca y caminó hacia el pasillo principal, ajena a la tormenta.
O lo fingía muy bien.
Yo ya sabía quién era la protagonista del día y, si tengo que ser honesta, del semestre.
Tenía la cara ovalada. Su piel —tan blanca como resistol de preescolar— no le hacía ningún favor a los profesores cardíacos.
El cabello negro y liso caía hasta la cintura con un brillo casi líquido. Sus ojos, enormes y almendrados, siempre entrecerrados como los de un anciano intentando leer sin lentes; una nariz pequeña, casi invisible; labios gruesos, con un heavy upper lip "seminatural", como si estuviera siempre al borde de pedir un beso; y un mentón diminuto, casi de porcelana.
El suéter peludo, caído hasta los codos, dejaba ver los tirantes de su blusa negra.
La falda guinda, recortada, rozaba el borde superior de sus pantimedias blancas.
En los pies, tacones de plataforma cuadrada marcaban un ritmo constante —el sonido de su propio reinado.
A la espalda, su mochila de Conejito rosa —un remanente de su antigua obsesión con la línea de juguetes "Furry Budies" — que parecía observar al mundo con los mismos ojos que ella: dulces y amenazantes al mismo tiempo.
Cada vez que la veía pasar con esa cosa, sentía que el muñeco también me estaba juzgando a mí. Y con razón.
Raquel Turner, una de esas chicas "medianamente populares" — las que flotan eternamente en la segunda fila de las fotos — la interceptó con la respiración agitada.
—Justine... ¿ya sabes lo que pasó?
Justine la miró con calma.
—¿Qué pasó, Raquel?
—El profesor McAllister explotó. Dijo cosas horribles de ti. Que el consejo te protege, que eres... intocable. Dijo cosas del señor Weller y él lo golpeó en la cara. Después se los llevaron a la oficina del director.
Justine parpadeó. La serenidad de su rostro no se movió ni un milímetro.
—Qué pena —dijo finalmente—. Ese viejito solo necesitaba sobrevivir aquí otros dos años y lo jubilaban. Qué pena, de verdad.
Raquel no supo si Justine hablaba en serio. Yo sí: Justine casi nunca habla en serio. Habla en categoría estética.
La conejita ya estaba sacando de su mochila un manojo de volantes color crema con letras doradas.
—Mira, estoy organizando una posada en mi casa. Va a haber música en vivo, comida, luces... ¿me ayudas a repartir esto?
Raquel los tomó con una mezcla de confusión y entusiasmo.
—Claro, Justine. Y de verdad, lo siento por lo del maestro...
—No te preocupes —interrumpió ella, sonriendo con suavidad—. Hay gente que no entiende que algunas cosas simplemente pasan.
Yo, que estaba apoyada en el estante de referencia fingiendo leer un boletín escolar, anoté mentalmente:
"Hay gente que no entiende que algunas cosas simplemente pasan" — Justine P., frase peligrosa, posible cita de portada.
⸻
Y entonces se escuchó el eco de dos pares de tacones resonando por el pasillo.
El aire se detuvo.
Ahí supe que el universo iba a hacer zoom.
Primero entró Layla, con paso elástico, la gorra de los Fords ladeada y una coleta alta y ondulada que parecía moverse con vida propia.
Su piel era dorada; los ojos, verdes; las cejas, apenas visibles; la nariz, puntiaguda por cirugía reciente; y la boca, grande, casi cinematográfica, recordaba a Cameron Díaz.
El uniforme escolar le quedaba como una declaración de guerra a la modestia, y sus tacones de aguja Saint Laurent Paris Opyum, con el logotipo dorado sosteniendo el talón, golpeaban el suelo con una música de cristal.
Cada paso decía: si te caigo mal, es asunto tuyo.
Detrás de ella venía Mimi Campbell.
Más baja, con el cabello rubio en un corte bob bien peinado hasta el inicio del cuello y un fleco que le rozaba las cejas.
Su rostro tenía la suavidad de una muñeca: mejillas redondas, ojos tan grandes como los de Justine e igual de claros, labios pequeños.
Vestía el blazer negro y la camisa blanca como los demás estudiantes, pero llevaba la falda guinda recortada, el ícono de la Tríada.
Sus sandalias de plataforma Karl Lagerfeld Kondo 2.0 relucían al caminar; cada paso sonaba más como una duda que como una afirmación.
La amaba. La odiaba. Las dos cosas al mismo tiempo.
Los estudiantes sintieron un escalofrío colectivo. Yo también, pero el mío venía con ganas de ponerle nombre a todo eso en una columna.
Verlas juntas era presenciar una alineación cósmica.
El murmullo se transformó en zumbido: ahí vienen, están juntas las tres reinas.
Raquel, que aún sostenía los volantes, sintió un mareo de felicidad absurda.
Estaba hablando con Justine Powel y, de pronto, con Mimi y Layla también.
Cuando las tres se encontraron frente a ella, el pasillo entero contuvo la respiración. Yo también, aunque fingí toser para no verme ridícula.
Layla, sonriendo, posó la cabeza sobre el hombro de Justine. Mimi solo la sostuvo del brazo, con una devoción casi infantil.
Raquel habló atropelladamente:
—Justine, te juro que si necesitas algo, todas te apoyamos, o sea, de verdad, la escuela entera...
Y un chico, con acento extranjero y una sonrisa nerviosa, soltó desde el fondo:
—Parecen tus gatitas... tú eres como su... amaestradora o algo así.
Las risas brotaron en oleadas contenidas.
Yo tuve que morderme la lengua para no decirle: felicidades, acabas de hacerte un tatuaje social en la frente.
Justine lo miró con una calma quirúrgica.
Y pensó:
Este pobre animalito acaba de levantar su dedo hacia mí. Parece nuevo en esto de encajar en sociedad. Es como un conejito comiendo su zanahoria como un sinvergüenza, fuera de su madriguera, a plena luz del día.
Sintió un cosquilleo eléctrico recorrerle el pecho.
El placer secreto de saberse admirada.
Pero era momento de fingir humildad.
—Nos están mirando todos, qué demonios... jeje, nos largamos, chicos. La fiesta, vayan todos —dijo, bajando un poco la cabeza y sonrojándose apenas—. Gracias por su calidad humana, de verdad.
Y levantó la mano, saludando con modestia teatral antes de tomar a Mimi y Layla de las manos.
Las tres caminaron por el pasillo entre los murmullos, envueltas en el aire templado del mito.
Cuando doblaron la esquina, una chica murmuró:
—Ooow... creo que las estábamos asfixiando.
Yo cerré la libreta donde no estaba escribiendo nada y pensé:
Sí. Y a mí también.
Tengo que ir por un café.
⸻
Afuera, el sol ya empezaba a apagarse.
El aire, dorado como a las cinco y media, hacía que todo pareciera más cinematográfico, como si el cielo se hubiera puesto de acuerdo con el ego de Justine.
Las tres avanzaron por el estacionamiento vacío hasta detenerse frente al ice blue Mini Cooper S convertible de Justine.
Mimi miró el coche un momento, jugando con sus dedos, como si buscara valor para decir algo tremendo.
Era el momento del celular —su pequeño ritual diario cada vez que llegaban al auto, justo después de clases. Una pausa obligatoria de la Tríada.
Justine se apoyó en la puerta del conductor y revisó notificaciones con la misma calma con la que respira.
Layla abrió el copiloto, se dejó caer y scrolleó también, ambas distraídas, como si cualquier incomodidad estuviera prohibida por reglamento.
—Justine... —dijo Mimi, con voz temblorosa—. ¿Podrías... llevarme a ver a tu hermano?
Justine, más rápido que la luz, la miró, arqueando una ceja.
—¿A Gonzo? ¿Para qué?
—Él... me prestó algo —respondió Mimi, mordiéndose el labio.
—Yo puedo llevárselo —replicó Justine.
—No, no... es que... es mío —dijo Mimi de pronto—. O sea... él me lo prestó, pero... es valioso. Tengo que dárselo yo.
El silencio cayó como un telón.
Layla levantó la vista del celular.
Mimi tragó saliva, su cara ardiendo.
Por un instante, el sol que ya pasaba a despedirse se detuvo por el silencio dramático de la Tríada.
Justine la observó con una mezcla de desconcierto y ternura.
Su amiga rara vez se descomponía así.
—Está bien —dijo al fin—. Vamos.
Layla abrió la boca, confundida.
—¿A dónde?
—A la escuela otra vez —respondió Justine.
Las dos gatitas parecían no entender la comanda.
—Al gimnasio viejo —explicó Justine, ya molesta, echando a andar con paso decidido—. A veces Gonzo se queda ahí después de clases.
Layla y Mimi intercambiaron una mirada breve antes de seguirla.
Los tacones de Layla y las plataformas de Mimi resonaban en el cemento como un ritmo contenido.
Las luces del estacionamiento titilaban con un zumbido tenue, y las tres figuras se recortaban contra el resplandor naranja del edificio mientras regresaban, sin hablar, hacia la escuela.
Las tres desfilaron por el mismo sendero, ahora envuelto en una penumbra azulada.
Los faros en cada esquina las exhibían, lanzando sombras largas sobre el pavimento.
El aire olía a tierra húmeda y a nieve próxima, como si algo muy viejo estuviera despertando bajo el concreto de Haverford Prep.
Cuando llegaron al viejo gimnasio, la puerta estaba entreabierta.
Un hilo de aire frío se colaba desde dentro, junto con el eco hueco de algún tubo golpeando contra metal.
El suelo frente a la entrada estaba marcado por huellas enormes de lodo, frescas, deformadas, casi animales.
Parecían hechas por algo que hubiera aprendido a caminar mirando tutoriales incompletos.
Layla se detuvo en seco.
—No pienso entrar ahí —murmuró, apretando los dientes.
Sus dedos jugaban nerviosamente con sus anillos antiestrés.
—Justine, en serio... eso no es de Gonzo.
Mimi la miró, sin saber qué decir.
El viento movió las hojas secas a sus pies, haciendo un sonido áspero, casi como un susurro.
El edificio frente a ellas parecía exhalar un aliento viejo: olor a humedad, a madera hinchada y a sudor seco.
Justine ladeó la cabeza, observando las marcas con detenimiento.
Se agachó un poco, su falda rozando el concreto, y pasó la mirada por el rastro de barro.
Las huellas eran demasiado grandes.
Demasiado anchas.
Parecían hechas por algo que había querido fingir que sabía caminar.
—A este humanoide le das cierta libertad y decide bañarse en el lodo —dijo con un tono frío, casi divertido—. Aullarle a la luna y volver a su hogar húmedo y oscuro para dormir. Qué bello.
Layla cruzó los brazos, mirando sus propios zapatos.
El logo dorado de sus tacones Saint Laurent relucía apenas con el reflejo de la luz del estacionamiento.
Por primera vez, le pareció ridículo: el tacón fino hundiéndose en el lodo, la falda corta pegándose a sus piernas, el bolso colgando como una joya inútil.
Mimi, con sus plataformas relucientes, tampoco parecía lista para nada que implicara miedo o misterio.
Layla tragó saliva.
—No sé si somos las más capacitadas para esto —susurró, medio en broma, medio en pánico—. Parecemos un mal episodio de Scooby-Doo, edición boutique.
Justine no respondió.
Solo enderezó la espalda, se sacudió un poco las manos y caminó hacia la entrada sin mirar a sus amigas.
—Entonces quédate —murmuró.
La puerta del gimnasio se balanceó lentamente con un chirrido.
El interior estaba negro, y el olor a tierra mojada parecía salir de algún lugar profundo.
Mimi la siguió con pasos cortos, la respiración contenida.
Layla permaneció en el umbral, indecisa, hasta que el frío la obligó a dar un paso más.
Y mientras Justine y Mimi se hundían en la penumbra del gimnasio, el eco de los dientes temblorosos de Layla en la entrada marcaba el ritmo de la orquesta.
Era como un arete de diamante perdido en Walmart... justo frente a una oferta de pañales para bebé.
Qué horror.
Algo que, más tarde, alguien intentaría explicar en el Haverford Howler.
Y que, por supuesto, nadie creería del todo.
🐰🐰🐰🐰🐰🐰🐰🐰🐰🐰🐰🐰🐰🐰🐰