Corazón que miente

All Rights Reserved ©

Summary

Hay amores que destruyen. Y otros que sanan. Almudena y Damián son como gasolina y fuego: se consumen, se odian, se desean… pero jamás logran escapar el uno del otro. Desde el primer encuentro, la tensión entre ellos se convierte en un campo de batalla donde los celos, las heridas del pasado y los errores se acumulan como cicatrices invisibles. Entre caricias que arden y palabras que hieren, se enfrentarán a sí mismos, a otros amores y a la cruda verdad: ¿lo suyo es amor o solo una obsesión disfrazada de pasión? Cuando Simón entra en escena, todo cambia. Él no arde: abraza. Él no exige: espera. Almudena empieza a descubrir que tal vez amar no es arder hasta quedar hecha cenizas, sino encontrar la paz que nunca tuvo. Pero Damián tampoco está listo para dejarla ir. Y cuando el pasado regresa a reclamar lo que dejó inconcluso, los secretos, las despedidas y las decisiones finales marcarán el destino de todos. "Corazón que miente" es una historia de deseo, heridas abiertas, decisiones valientes y amores que dejan marcas… pero también de aquellos que curan. Porque a veces el corazón miente cuando arde, pero dice la verdad cuando ya no duele.

Status
Complete
Chapters
30
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1

La música golpeaba como latidos sordos contra las paredes del local. Las luces cálidas, casi doradas, caían sobre los rostros ajenos, entre copas de vino, miradas cómplices y conversaciones frívolas. El aire olía a éxito, a perfumes caros, a champán sin fondo.

Almudena se detuvo en la entrada, con los labios pintados de rojo sangre y los ojos más fríos de lo que permitía su vestido. Un evento más, otra noche entre rostros que no le importaban. Su vestido negro, de seda ajustada, no dejaba mucho a la imaginación, pero tampoco necesitaba ocultarse. Si algo había aprendido, era a usar la armadura correcta: sonrisa sutil, distancia emocional, y un poco de desprecio bien dosificado.

Se movió entre la multitud como una sombra elegante, saludando con la cabeza a quienes la reconocían, ignorando a quienes no valían su tiempo. Iba a dirigirse a la barra cuando su cuerpo se tensó al sentir una presencia a su espalda. No necesitaba girarse para saber quién era.

La voz llegó como un susurro envuelto en veneno:

—¿Vienes sola o solo viniste a buscar problemas, como siempre?

Almudena se giró lentamente. Ahí estaba él: Damián Rivas, traje oscuro, mirada oscura, sonrisa aún más oscura. El hombre que podía arruinarte con una sola frase o encenderte con una sola mirada, aunque ella prefería pensar que era más lo primero.

—Qué lástima —respondió ella sin emoción—. Pensé que este lugar tenía cierto nivel, pero si tú entraste, me equivoqué.

Él rio. No era una risa auténtica, sino esa carcajada breve y controlada que usaba como arma.

—Y yo pensé que habías aprendido a comportarte desde la última vez que hiciste una escena.

—¿La escena que hiciste tú? Vaya, qué memoria selectiva tienes. ¿Ya se te olvidó que tú me provocaste?

—Tú provocas sola. Naciste para molestar, Alma.

—Y tú para destruir todo lo que tocas, Damián. Incluidos los nervios de quien tiene la mala suerte de oírte hablar.

Durante unos segundos, solo se miraron. La tensión era casi tangible, como electricidad entre dos polos opuestos a punto de estallar. Ella dio un paso más cerca. Él no se movió. El mundo a su alrededor parecía apagarse mientras se enfrentaban en silencio.

—¿Qué haces aquí? —preguntó ella al fin.

—Lo mismo que tú. Fingir que pertenezco. Sonreír cuando quiero golpear. Buscar a alguien que me entretenga.

La chica ladeó la cabeza con los ojos entornados.

—Pues sigue buscando. Yo no estoy en alquiler.

—¿Quién dijo que quiero comprarte? —replicó él, con un destello arrogante—. No tengo estómago para causas perdidas.

Ella sonrió. Y esa sonrisa fue una daga envuelta en terciopelo.

—Tú no tienes estómago para nada que implique algo real. Por eso saltas de cama en cama como un cobarde con miedo al vacío.

Damián frunció el ceño. Por un momento, la máscara se le quebró.

—¿Eso crees? ¿Que soy un cobarde?

—Lo sé. Porque yo también lo he sido. Y a diferencia de ti, ya no huyo.

Silencio.

El DJ subió el volumen y la gente gritó celebrando algo. Un brindis, un beso, una fortuna hecha. A ellos no les importaba. Porque Almudena y Damián estaban en otro plano, donde solo existía ese odio feroz que ardía justo debajo de la piel.

—Podrías besarme ahora —dijo él de pronto, con voz baja, casi retándola—. Solo para probar que me odias.

Ella se echó a reír, pero fue un sonido seco, sin alegría.

—¿Y tú podrías soportarlo? —inquirió con el filo de una cuchilla—. Porque después de besarme, no podrías dejar de pensar en mí. Y eso... eso sería insoportable para alguien como tú.

El chico se acercó aún más. Ella sentía su aliento, el calor de su cuerpo, la maldita atracción que odiaba con todas sus fuerzas. Su mirada descendió por un segundo a sus labios. Fue apenas un instante, pero lo suficiente para encender una alarma interna.

—Cuidado, Almudena —murmuró él, con una media sonrisa peligrosa—. Juegas con fuego y ni siquiera llevas protección.

—¿Y tú qué eres, el incendio? Por favor. Eres solo humo, y ni siquiera del bueno.

—Pero tú igual vuelves. Siempre vuelves.

—No me conoces —escupió ella, dando un paso atrás—. No intentes adivinarme.

—Te leo como un libro abierto, nena.

—Entonces tu nivel de lectura es penoso.

Ambos respiraban con fuerza. Demasiado cerca, demasiado expuestos, demasiado tentados.

Y en ese cruce de miradas, donde el odio chocaba con el deseo como una ola contra la roca, algo se rompió y algo se formó al mismo tiempo. Una línea invisible que ninguno iba a poder cruzar sin consecuencias.

—¿Quieres saber la verdad? —preguntó él, con la voz ronca por la rabia contenida.

—Sorpréndeme.

—No sé si quiero besarte o estrangularte.

Ella sonrió.

—Yo tampoco sé si quiero abofetearte... o que me arranques el vestido.

Silencio. Un silencio distinto. Un silencio que temblaba.

Ella fue la primera en romperlo, girando sobre sus tacones con elegancia afilada.

—Suerte con tu entretenimiento, Damián. Tal vez esta vez consigas a alguien que te aguante más de cinco minutos sin vomitar.

—Y tú, Almudena... No te enamores, ¿vale? No hay nadie que te salve de ti misma.

Ella no respondió. Ya caminaba lejos. Pero su espalda recta y su paso firme no podían esconder lo que hervía por dentro. Tampoco los ojos de él, clavados en su figura, podían disimular el deseo amargo que le cruzaba el cuerpo como un latigazo.

El juego había comenzado. Y ninguno estaba dispuesto a perder.