Capítulo 1 : El Limbo Ansioso
Una notificación en el celular despertó a Violet. La cama estaba helada esa mañana; era fresca y, a su lado, solo había vacío.
Pensó en el aparato. Había un dolor sordo en el pecho y esa incomodidad helada en el estómago, una sensación a la que se estaba acostumbrando poco a poco; esa preocupación que siempre la acechaba. La notificación decía, simplemente: “Buenos días”.
Sintió un vacío inmenso ante esa distancia horrible. ¿Cómo habían llegado hasta ese punto? Un simple “buenos días”, tres letras huecas.
“Que todo te salga bien hoy”, respondió, sintiendo el ardor del dolor.
Esa ausencia que no sabía dónde localizar. ¿Sería en su cuerpo entero? ¿En su alma? ¿O era su corazón el que, por fin, estaba aceptando la verdad que se negaba a dar por hecho?
—Vamos, Violet, tú puedes —se dijo a sí misma—. No puedes deprimirte y pasar acostada todo el día.
Trató de hacer todo: lavarse los dientes, bañarse, comer, hacer ejercicio, salir a correr. Lo hizo con ese dolorcito, ese malestar en el estómago, ese vacío. Un día era sobrevivir, era asegurarse de que podía llegar al siguiente sin colapsar.
—En diez minutos paso por ti —dijo una voz femenina al teléfono.
—No, quiero salir, es mi día libre —respondió Violet, la voz pesada por el agotamiento.
—En diez, ya dije. Soy capaz de sacarte de esa casa como estés.
La chica colgó sin darle a Violet la oportunidad de rebatir. No tenía alternativa; tuvo que ceder. No tenía fuerzas ni para protestar.
—Bueno, vámonos. No estoy para que me lleves la contraria, Violet —anunció Emily, entrando de golpe a la habitación.
Violet no respondió, la mirada fija en el techo.
—Bueno, al menos te alistaste para salir, ya es algo tratándose de ti —dijo Emily, acercándose a la cama—. Vamos, Violet, levántate.
Violet permaneció inmóvil.
—Violet... no puedes encerrarte en estas cuatro paredes toda tu vida —dijo Emily, suavizando la voz.
—Emily, me duele… —su voz era apenas un soplo.
—Por eso salgamos. Déjame llevarte a un lugar a distraerte. Esto no te hace bien —dijo Emily, la preocupación palpable.
Violet se mantuvo como una estatua.
—Ok, entonces así será. —Emily agarró el brazo de Violet y tiró de ella, obligándola a levantarse de la cama—. ¡Vamos, tienes que salir!
Bajaron las gradas, subieron al auto de Emily e iniciaron la marcha en un silencio denso.
—¿Y cómo va el trabajo? ¿Algo nuevo? —preguntó Emily, intentando romper la pesadez.
Violet, con la mirada fija en la carretera, no respondió.
—Ya te diste cuenta que tengo auto nuevo... —insistió Emily.
—La amo, Emily. Lo sigo haciendo… y solo siento que la brecha sigue creciendo. Antes la saltaba para alcanzarla, ahora… tengo miedo de caer. Miedo de que al dar ese salto, ella ya no extienda su mano. —Violet suspiró con amargura—. No es solo decir: ‘Terminamos’. Es más difícil. Tal vez es porque aún tengo esa luz de esperanza, pero dejé de ser yo la que iniciaba todo y las cosas empezaron a derrumbarse. Pero aún en las ruinas, tengo la esperanza de que algo se pueda salvar.
Emily la escuchó. —Pero, ¿por qué tienes esa fe aún? —preguntó.
—La amo… y cuando intento ver un futuro donde ella no esté, no veo nada. Simplemente, no veo futuro. Siempre miré hacia adelante estando junto a ella. Juntas... las dos.
—Hablen —cortó Emily, seria—. No dejen que esa brecha siga creciendo. Dejen los filtros, aclaren esto y lleguen a una respuesta final.
—¿Cómo hablo de esto? Ya no sé cómo. Solo miro cómo se derrumba todo y mi única opción es esperar —la voz de Violet sonó agotada.
—Entonces, ¿lo estás dando por hecho? ¿Se están rindiendo en pleno combate? —preguntó Emily, asombrada.
—Tal vez las dos ya lo estamos dando por terminado… y solo estamos esperando que una de las dos lo haga oficial.
Llegaron a una librería. El olor a papel nuevo, el ambiente calmado y los estantes prometían un refugio. Tomaron asiento. Violet abrió un libro, pero no leía; solo pasaba las páginas sin registrar la trama.
—Lo están dando por terminado porque no saben hablar sin filtros. Siempre omiten cosas —dijo Emily, cerrando su propio libro.
—Ella tiene razón, y eso me quema, pensó Violet.
—Sigan así, y lo poquito que les queda se perderá por la inmadurez y por dejar que ese miedo las venza. Ambas son unas cobardes. —Emily la miró fijamente—. Vos por tener miedo de saltar esa brecha y caer en el abismo, y ella por ser una miedosa que dejó que el terror invadiera todo.
—Tal vez solo es el destino… —murmuró Violet, herida.
—O tal vez es la cobardía de dos personas dejando que sus miedos les ganen. Hay sacrificios por amar a las personas tal como son —dijo Emily, cruzando la pierna.
—Yo lo sé. La amo como es, pero... tengo miedo de que a quien estoy amando sea una máscara. Tengo miedo de que cuando esté más arraigada, esa máscara caiga y todo se derrumbe de golpe. —Violet se quebró—. Tengo miedo de que esa armadura siga en nuestro hogar. Al hogar se llega sin armaduras. ¿Para qué es el hogar entonces? ¿Por qué usar una armadura en un lugar seguro, en un lugar donde hay amor?
—Ves lo que te dije: ambas son unas cobardes —insistió Emily—. Una por no soltar su armadura, y la otra por tenerle miedo a saltar la brecha. ¡Carajo! Hablen las cosas. Trabajen en eso.
Emily se inclinó, suavizando su voz. —Está bien si no pueden aún, pero hablen de que la espera valdrá la pena. Que no será en vano. Si no sueltan esos miedos, esos traumas, den por perdido lo que imaginaban juntas.
Violet sintió el golpe. Su amiga la había puesto a pensar y no supo cómo responder.
—Ahora, vamos a comer, carajo, que tengo hambre —dijo Emily.
Se levantaron. Justo en ese momento, la señora de la librería pasó y se le cayeron unos libros. Violet se agachó.
—Permítame, le ayudo, por favor.
—La Renuncia al Hilo Rojo —leyó Violet en voz baja, entregando el último libro a la mujer.
—Oh, sí, es nuevo. Solo llegaron unos cuantos —dijo la señora.
Violet miró la portada.
—¿Es posible renunciar al hilo rojo…? Dicen que nos une al amor de nuestra vida. ¿Es posible renunciar? —preguntó Violet, la curiosidad compitiendo con el dolor.
—No sé… tal vez deberías leerlo. Entrar en una nueva aventura para responder tu pregunta —dijo la mujer con un tono misterioso.
—Violet, ya llevas un libro, ¡vámonos, tengo hambre! —dijo Emily.
—Claro, ¿por qué no? Lo llevaré —dijo Violet, intrigada.
Pagó el libro y salieron. Subieron al auto.
—¿Sabes qué? Mejor cocinamos algo en tu casa hoy. Me quedo a dormir ahí.
Llegaron a casa.
—¡Dios, casi quemas la casa, Emily! Por eso no es bueno que estemos cerca del fuego —dijo Violet, tratando de sonar dramática para aligerar el ambiente.
—¡Ay, cálmate, que vos no ayudaste en nada! —respondió Emily.
Se sentaron a comer y hablaron de sus trabajos. En medio de la conversación, cayó una notificación en el celular de Violet. Ella lo miró. Por el tono personalizado, supo de quién se trataba.
—Es ella… —dijo Violet.








