Chapter 1 El sombreron
En un pueblo de Guatemala llamado San Juan Comalapa, de esos donde las campanas de la iglesia marcan el ritmo del día y donde todos se conocen por nombre y apellido, vivía un joven hacendado muy apuesto y rico.
Residía en Chimaltenango, en una finca llamada El Músico, nombre heredado de su padre, quien solía cantar y tocar la guitarra con tal pasión que los vecinos decían que las madrugadas olían a serenata.
Rafael, su hijo, había heredado no solo el talento musical, sino también el don de enamorar a las muchachas del pueblo con sus canciones y su encanto.
Siempre lo veían montado a caballo, con un sombrero que le cubría casi la mitad del rostro y su guitarra descansando sobre el pecho.
Cada noche se detenía bajo el balcón de alguna joven y tocaba una melodía que hacía suspirar a cualquiera.
Las muchachas caían rendidas, pero Rafael no buscaba enamorarse. Lo hacía solo por vanidad, por presumir lo galán que era. Juraba que jamás se enamoraría.
Las mujeres morían de amor por él, algunas de tristeza, otras de celos; pero a Rafael eso le daba igual.
Pasaba los días en la cantina, jugando cartas y bromeando con sus amigos, mientras presumía de su fortuna.
En la hacienda, solía pasar las tardes tocando su guitarra y trenzando las crines de los caballos. Aquello le recordaba a su madre, quien trenzaba el cabello de las hijas de las criadas. Fue lo único que aprendió de ella, pues su padre decía que eso no era “de hombre”.
Un día llegó una nueva familia al pueblo: don Vinicio, doña Hortencia y su única hija, María Teresa, a quien todos llamaban María Tere.
Era una joven bellísima; su cabello negro le caía hasta la cintura, y sus ojos verdes brillaban como jade recién pulido.
Casi nunca salía de casa, y cuando lo hacía, era para ir a la tienda o al mercado, siempre acompañada de su madre.
La noticia de aquella muchacha tan hermosa llegó pronto a oídos de Rafael.
Y, como buen Don Juan, fue a tocarle serenata bajo su balcón.
Pero algo extraño ocurrió.
María Tere no salió.
Ni esa noche, ni la siguiente.
Ni ninguna de las que siguieron.
El pueblo empezó a murmurar.
En las esquinas se escuchaba:
—¿Será que Rafael ya perdió su encanto?
—Tal vez la muchacha no cae tan fácil…
—Dicen que ella no quiere cantos reciclados…
La envidia también empezó a despertar: las jóvenes hablaban entre dientes, las madres aconsejaban a sus hijas no mirar al galán y las comadres comentaban que “ninguna mujer decente” debía prestarle atención.
Desesperado por el silencio de María Tere, Rafael decidió esperarla cuando saliera rumbo al mercado.
Cuando la vio, quedó atrapado en sus ojos verdes y se acercó.
—Señorita, disculpe —dijo.
—¿Qué desea? —respondió ella, firme pero educada.
—¿Por qué no sale cuando le toco? —preguntó él, con su sonrisa de siempre.
María Tere sonrió sin caer en el juego y dijo: —Porque esas melodías ya las tocó para otras. Si quiere que salga, componga una solo para mí.
Desde esa tarde, Rafael ya no fue el mismo.
Pasó noches sin dormir, sin comer, sin ir a la cantina.
Intentaba componer algo nuevo, pero ninguna melodía lo convencía.
La finca se llenó de notas incompletas, de suspiros y frustraciones.
Los vecinos lo veían distinto: ojeroso, serio, perdido en sus pensamientos.
Las muchachas del pueblo murmuraban con veneno contenido: —A saber qué le dio esa María Tere…
—Como si fuera la gran cosa…
—Ya le quitará lo bonito…
Pero Rafael no escuchaba a nadie.
Solo pensaba en ella.
Al fin, después de días de tormento, terminó la melodía.
Esa noche, como siempre, llegó con su sombrero, su caballo y su guitarra.
Pero esta vez, cuando tocó, María Tere salió.
—Ay, Rafael… —dijo ella con dulzura—. Te llevó tiempo.
—Pero lo logré —respondió él, orgulloso—. ¿Y ahora sí saldrás conmigo?
Ella asintió.
Comenzó un noviazgo que hizo temblar al pueblo entero.
Los celos crecieron como maleza.
La envidia se respiraba en las calles, en el mercado, en las puertas entreabiertas.
Con el tiempo, se comprometieron. Preparaban su boda.
Y ahí fue cuando la desgracia cayó.
Una noche, mientras todos dormían, unos hombres entraron a la hacienda.
Dicen que no se escucharon pasos, solo un viento helado.
Dicen también que las sombras parecían moverse solas, como si alguien —o algo— las guiara.
Los hombres se llevaron a María Tere.
Rafael trató de defenderla, pero fue inútil.
Durante tres días la buscó sin descanso.
El pueblo murmuraba:
—Eso pasa cuando uno provoca envidia…
—A saber quién la quería ver muerta…
Finalmente, la hallaron en el río, flotando entre hojas y lirios.
Rafael la sostuvo, llorando.
Su piel estaba fría como el amanecer.
Le acarició el cabello y, entre lágrimas, le hizo una trenza, como lo hacía su madre.
Desde entonces, Rafael dejó de ser Rafael.
No dormía.
No comía.
No hablaba.
Solo tocaba la guitarra y trenzaba clines, como si buscara el tacto perdido de María Tere.
Dicen que una noche pidió verla una última vez…
y alguien —o algo— lo escuchó.
A la mañana siguiente, la hacienda estaba vacía.
La guitarra quedó apoyada en una silla.
El sombrero apareció tirado en el suelo, cubierto de polvo.
El caballo relinchaba como si hubiese visto algo que ningún hombre debía ver.
Nadie volvió a ver a Rafael.
Pero desde aquella noche, bajo los balcones, se escucha una melodía triste.
Un hombre montado a caballo, con un sombrero que le cubre el rostro, aparece en silencio.
Toca su guitarra y trenza el cabello de las jóvenes y las clines de los caballos.
Lo llaman El Sombrerón.
LA CHICA DEL CAFE ☕️🥀


![The Moon's Weapon : the cursed mate [ MOVING TO GALATEA]](https://cdn-gcs.inkitt.com/vertical_storycovers/ipad_123f31099804e79c6de11657975bcaae.jpg)





