Sagrada Mentira

All Rights Reserved ©

Summary

Ella empieza a visitar la iglesia del pueblo buscando un lugar donde el ruido no la alcance. Allí conoce al cura: un hombre sereno, demasiado atento, cuya presencia termina convirtiéndose en el único punto firme de su vida. Él ve en ella dulzura, fragilidad, una vulnerabilidad que despierta en él un impulso de protección que no debería sentir. Y ella… sonríe, baja la mirada, finge temblar un poco. A veces incluso parece sincera. Entre ambos nace una cercanía que ninguno admite, hecha de silencios prolongados y confesiones que nunca llegan del todo. Pero bajo su aspecto suave, algo oscuro se mueve: una mentira que late cada vez que él le pregunta si está bien.

Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1

Hacía tanto tiempo que no pisaba aquel lugar que casi me costaba reconocerlo. El gran portón de madera lacada seguía igual de imponente, cerrado a la espera del repicar de las campanas. Me detuve un instante frente a él, respirando hondo, como si ese aire frío y húmedo me ayudara a reunir el valor necesario. Detrás de mí, un grupo de mujeres mayores cuchicheaba sin pudor, comentando la inesperada novedad de verme allí. Intenté ignorarlas, contener ese impulso de dar media vuelta y salir corriendo, pero mis pies parecían decidir por sí mismos. Y justo cuando sus susurros empezaban a subir de volumen —lo suficiente como para que ya pudiese distinguir alguna frase mal disimulada—, el portón se abrió.

Ellas entraron primero, una tras otra, como un pequeño rebaño perfectamente organizado. Sus pasos resonaban en el piso de piedra, y cada crujido parecía un pequeño recordatorio de mi torpeza por atreverme a estar allí. Yo las seguí, más por inercia que por convicción, sintiendo cómo la brisa del interior me recibía con un olor a incienso y madera vieja que se mezclaba con el de los cirios encendidos. Mientras ellas se acomodaban en los primeros bancos y se persignaban repetidamente —no sé si por devoción o por puro teatro—, yo me refugié en la última fila, lo más lejos posible de toda aquella pantomima.

Me quedé allí, de pie, con las manos pegadas a los laterales del banco. Era extraño, porque en ese preciso momento ni siquiera recordaba con claridad qué me había llevado a volver. Tal vez fueron las pequeñas capillas laterales, con sus vitrales teñidos de colores que contaban historias que no alcanzaba a descifrar; o ese olor a incienso que parece pegarse a la piel y quedarse un tiempo, como una memoria persistente. No era belleza lo que me despertaba, ni admiración. Era algo más incómodo, algo parecido a la culpa… pero aun así, sentir cualquier cosa me pareció suficiente.

Mientras me acomodaba lentamente, traté de distraerme observando a las otras mujeres. Sus movimientos eran casi idénticos, como si un guion invisible guiara cada gesto: inclinaciones leves, manos cruzadas sobre el regazo, labios que se movían murmurando palabras que no llegaban a mis oídos. Me pregunté cuántos de esos gestos eran verdaderos y cuántos simple repetición de años de costumbre. Y mientras pensaba eso, me sentí más sola que nunca en medio de tanta gente.

Perdida en mis pensamientos, reparé por fin en la figura que yacía frente al altar: un hombre vestido de verde, de cabello canoso, rondando los cuarenta. Apenas tuve tiempo de observarlo mejor porque, de pronto, las mujeres que tenía alrededor se pusieron de pie al unísono, como si hubieran recibido una señal silenciosa que yo me había perdido por completo. Las imité con un ligero retraso, intentando que no se notara demasiado.

Mientras me incorporaba, sentí una mirada fija clavarse en mi perfil. La reconocí al instante: era la mujer del sombrero beige, la que se había sentado dos bancos adelante. No sabía en qué momento había empezado a observarme, pero la pillé por lo menos tres veces durante la siguiente estrofa, con ese gesto suyo tan… inquisitivo, como si hubiera algo en mí que requiriera un examen minucioso. Qué sabría ella. Ni siquiera debía de tener vida propia, pensé un segundo antes de corregirme mentalmente, obligándome a poner cara de recogimiento y a bajar la mirada para no parecer desagradable.

Aun así, cada vez que levantaba la vista hacia el altar, una parte de mí notaba su presencia, como un cosquilleo irritante en la nuca. Fingí que no me afectaba, pero me sorprendí ajustando mi postura, acomodando el abrigo sobre mis hombros con una elegancia estudiada, exagerando apenas el gesto contrito cuando tocaba responder al unísono.

Me limité a seguir cada uno de sus movimientos durante el resto de la misa, intentando no llamar la atención, aunque estaba segura de que aquella mujer seguía lanzándome de reojo sus pequeños juicios silenciosos. Y, por algún motivo, me descubrí deseando que no apartara la vista.

La verdad es que yo no estaba allí para escuchar sermones. A mis veintidós años, las enseñanzas bíblicas me resultaban tan lejanas como ininteligibles. Solo buscaba un poco de paz, ese silencio íntimo que uno espera encontrar cuando se atreve a hablar con Dios, aunque sea en voz baja. Quería mi momento. Mi espacio. Y sabía que, si alguien podía perdonarme por lo que arrastraba, tenía que ser Él. Nadie más.

El tiempo, insufrible, siguió pasando con una lentitud casi cruel, hasta que por fin la sala empezó a vaciarse. Yo no me moví. Me quedé allí, anclada al banco, como si levantarme fuese a romper un hilo invisible que por fin había logrado sostenerme.

Cerré los ojos, crucé mis manos y comencé a rezar en voz baja. O, al menos, a intentar lo que yo creía que era rezar.

¿Pero por dónde se empezaba?

Supongo que lo lógico era agradecer a Dios por su ayuda en los momentos difíciles… pedirle que me mostrara el camino… arrepentirme por mis pecados. ¿No era eso lo que hacía la gente? Aun así, cada palabra que salía de mi boca sonaba torpe, imprecisa, como si balbuceara el idioma de un niño que acaba de aprender a pronunciar su propio nombre. Era casi embarazoso.

Pero no me detuve.

Había algo en aquel silencio que me envolvía. Una paz parecida a meditar, o a sostenerse justo antes de desmoronarse. No necesitaba contarle a Dios por qué estaba allí. Él no iba a preguntarme. Ambos lo sabíamos, y ese acuerdo tácito nos mantenía unidos en las esporas del aire.

—Efesios 4, versículos 31 y 32.

Mi corazón dio un salto violento. Abrí los ojos de golpe, sobresaltada, dándome cuenta de que no estaba sola.

La figura que minutos antes había permanecido frente al altar, ahora estaba a mi lado, tan cerca que pude oler el incienso impregnado en su túnica.

—¿Quieres rezar conmigo? —preguntó, con una suavidad que me desconcertó.

—No sé rezar —admití, sintiéndome de pronto demasiado joven, demasiado expuesta, demasiado todo.

Él esbozó una sonrisa casi imperceptible, de esas que parecen un puente tendido hacia un lugar seguro.

—Repite después de mí.

Su voz se volvió más baja, íntima, como si el mundo entero se hubiese reducido a las dos figuras solitarias que quedaban en la iglesia.

—Señor, ayúdame a perdonar a quienes me han herido… y a quienes amo.

—Señor… ayúdame a perdonar a quienes me han herido… y a quienes amo —repetí, con un hilo de voz, y sentí un extraño calor subir por mi pecho al escucharlo tan cerca.

—Ahora añade esto —continuó él, tranquilo—: Guíame para comprender mis errores, y enséñame a ser compasiva conmigo misma y con los demás.

—Guíame para comprender mis errores… y enséñame a ser compasiva conmigo misma y con los demás —dije, esforzándome por concentrarme en las palabras, pero notando cómo nuestra cercanía creaba un silencio que pesaba de manera extraña y agradable.

Durante un momento, nuestras miradas se encontraron sin querer. Fue fugaz, apenas un instante, pero suficiente para que un pequeño cosquilleo recorriera mi espalda. No hubo palabras, ni gestos más allá de nuestras voces repitiendo la oración, y aun así sentí que algo había cambiado: un reconocimiento silencioso, una conexión que no necesitaba explicaciones.

—Tómate tu tiempo —susurró después, volviendo a mirar el altar—. Deja que cada palabra se asiente.

Cerré los ojos de nuevo, repitiendo la oración, y por primera vez en mucho tiempo sentí que no estaba sola. No solo por Dios, sino por la presencia cercana de alguien que, sin tocarme, parecía comprender la fragilidad que llevaba dentro.

Abrí los ojos con cuidado, como si temiera romper el hechizo que nos envolvía. Él seguía allí, tan cerca que podía ver la luz dorada del sol filtrarse por los vitrales y reflejarse en sus ojos.

Por un instante, no había murmullos, ni mujeres cuchicheando, ni bancos vacíos. Solo estábamos él y yo, compartiendo un silencio que sabía a promesa y a confesión a la vez.

Sentí un calor inesperado subir por mi pecho, un temblor suave que no estaba segura de si pertenecía a la oración o a su presencia. Él me miró, y en esa mirada encontré algo que no podía nombrar, pero que me hizo contener la respiración: una mezcla de comprensión, paciencia y un leve atisbo de curiosidad.

—No tienes que hacerlo sola —dijo finalmente, y su voz, apenas un hilo, parecía acariciar mis pensamientos—. Siempre puedes buscar ayuda. Incluso aquí.

—Gracias —susurré.

Él sonrió, y fue un gesto tan pequeño, tan leve, pero cargado de algo que me hizo querer descubrirlo entero.

Y en ese instante, entre incienso y palabras de perdón, comprendí que aquella visita a la iglesia no era solo un reencuentro conmigo misma. Era el inicio de algo que ni siquiera me había atrevido a imaginar: la posibilidad de que alguien pudiera entenderme.