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Bajo la Misma Tempestad

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Summary

Una novela de amor y ficción

Genre
Romance
Author
Millaray
Status
Complete
Chapters
21
Rating
n/a
Age Rating
16+

Cuando el ciolo se abre

El viento del atardecer llegaba tibio desde el océano y agitaba los flecos del poncho que Clara llevaba sobre los hombros. El muelle de Valparaíso, con su madera vieja y crujiente, estaba casi vacío a esa hora del día; solo algunos turistas rezagados tomaban fotografías mientras los pescadores recogían sus redes impregnadas de sal. Clara solía caminar por ese lugar al final de cada jornada, sobre todo cuando necesitaba ordenar su mente, que últimamente era un mar dejando olas difíciles de comprender.

Había decidido volver a vivir a Chile después de cinco años, y aunque amaba su ciudad natal, el regreso removía recuerdos que creía enterrados bajo capas de tiempo. Dejó escapar un suspiro largo y profundo. A veces no entendía por qué una sola decisión podía cambiar tanto el destino de una persona: estudiar fuera había sido un sueño cumplido, pero implicó alejarse de quienes había amado de verdad.

—Qué manera de complicarnos la vida —murmuró para sí.

En ese instante, una ráfaga más intensa levantó su cabello oscuro, obligándola a cerrar los ojos por un segundo. Cuando los abrió, no estaba sola. A unos metros, recortado contra un cielo que comenzaba a teñirse de naranja, un hombre observaba el horizonte apoyado en la baranda del muelle. No se fijó en él al principio; la silueta era solo parte del paisaje. Pero cuando él giró la cabeza hacia ella, Clara sintió un pequeño golpe en el pecho, como si su corazón hubiera saltado para recordarle algo urgente.

Ese perfil… esa mirada profunda y firme…

No podía ser.

El hombre entrecerró los ojos, tal vez intentando reconocerla. Clara retrocedió un paso, no por miedo, sino por el vértigo que provoca ver un fantasma en plena luz del día. Cinco años eran suficientes para que cualquiera cambiara, pero había algo en él, en la forma en que tensaba la mandíbula, en ese modo sereno de pararse, que no dejaba dudas.

Era Jake.

Jake, el amor que dejó atrás.

Jake, el hombre que le había prometido esperarla… y que, según ella misma se dijo tantas veces, jamás realmente olvidó.

Clara sintió el corazón acelerarse como si el tiempo retrocediera de golpe: a sus risas compartidas bajo la lluvia, a las noches en las que miraban las luces del puerto desde los cerros, a esa despedida amarga que ninguno supo manejar. Ella se había ido persiguiendo un sueño; él se había quedado tratando de construir los suyos. Y aunque ambos prometieron mantenerse en contacto, la vida terminó alejándolos hasta convertirlos en dos desconocidos con un pasado demasiado intenso.

Él se incorporó, sorprendido, reconociéndola al fin.

—Clara… —pronunció su nombre con una mezcla de incredulidad y emoción contenida.

El sonido de su voz bastó para que todos los recuerdos se abrieran como un libro que llevaba años cerrado.

—Hola, Jake —respondió ella, esforzándose por mantener la calma.

La brisa marina trajo consigo un silencio inesperado, lleno de algo que no lograban nombrar. Jake dio unos pasos hacia ella, lentos, casi estudiados, como si temiera que al acercarse demasiado la visión se deshiciera.

—Volviste —dijo él.

—Sí… hace unas semanas. Aún me estoy acostumbrando.

Jake no apartaba los ojos de ella. Algo en su mirada, cálida y triste a la vez, la invitaba a quedarse, aunque una parte de Clara solo quería correr para continuar evitando reabrir heridas. Pero había también otra parte —la que cinco años no habían logrado apagar— que ansiaba escuchar cada una de las palabras que él todavía no decía.

—No sabía que estabas aquí —comentó Jake, frotándose la nuca, nervioso. Era un gesto que él hacía solo cuando algo le importaba demasiado.

—No buscaba que nadie lo supiera —respondió ella con suavidad—. Quería… tomarme mi tiempo.

Él asintió, comprendiendo más de lo que ella confesaba.

La miró como quien observa una constelación que creía perdida en el cielo.

—Te ves diferente —dijo—. Pero igual.

Clara sonrió, una sonrisa breve y frágil.

—Tú también.

Desde lejos, el mar golpeó con fuerza el muelle, salpicando parte de la estructura; pero ninguno de los dos se movió. Era como si todo alrededor se hubiera detenido para permitir ese reencuentro. Ella no sabía qué decir; él tampoco parecía encontrar palabras adecuadas. De pronto, un trueno sonó a lo lejos, anunciando una tormenta inusual para esa temporada.

—Va a llover fuerte —comentó Jake mirando el cielo—. No es un buen momento para quedarse aquí.

Ella asintió, pero se quedó inmóvil. ¿Por qué era tan difícil dar un paso?

Él lo notó. Y sin pensarlo demasiado, extendió la mano.

—Ven. Te acompaño.

Fue un gesto simple, pero cargado de un pasado que vibraba en el aire. Clara dudó apenas un segundo antes de tomarla. Sus dedos se entrelazaron con una facilidad peligrosa, como si jamás se hubieran soltado. Y en cuanto hicieron contacto, una corriente cálida le recorrió el cuerpo.

Los dos caminaron rápido hacia el sector donde comenzaban las escaleras que conectaban con la costanera. La primera gota cayó justo cuando alcanzaron el final del muelle; luego vinieron miles más, golpeando la madera y empapando sus ropas en cuestión de segundos. Ambos corrieron entre risas sorprendidas hasta refugiarse bajo un toldo improvisado en la entrada de un viejo local de mariscos cerrado por el horario.

Allí, bajo la lluvia que caía con furia a pocos centímetros, Clara volvió a encontrarse con los ojos de Jake. Respiraban agitadamente, mojados, cercanos.

—Siempre nos persiguen las tormentas —dijo él con una sonrisa que ella recordaba demasiado bien.

—Siempre —respondió ella, sintiendo cómo algo en su interior cedía, como si el tiempo no hubiera pasado.

Un momento de silencio los envolvió, lleno de sentimientos que ninguno había dicho y que ahora flotaban entre ambos. Jake dio un paso más cerca, pero se contuvo, como si temiera cruzar un límite invisible.

—No pensé que volvería a verte —confesó en voz baja—. O… que volvería a sentir esto.

Clara tragó saliva, consciente de que su corazón golpeaba con demasiada fuerza. La lluvia marcaba un ritmo sobre el techo metálico que parecía acompañarlos.

—Ni yo —murmuró—. Pero aquí estamos.

Él levantó una mano, muy despacio, rozando con sus dedos una gota que había quedado atrapada en el borde del rostro de ella. El contacto fue tan suave que pareció una pregunta más que un gesto. Una pregunta que no sabía si ella estaba lista para responder.

—¿Puedo? —susurró Jake.

Clara cerró los ojos un instante. Si decía que sí, el pasado volvería con toda su intensidad. Si decía que no, se condenaría a otra serie de noches preguntándose qué habría pasado si se permitía sentir de nuevo.

Cuando abrió los ojos, la tormenta afuera pareció intensificarse, como si la naturaleza misma aguardara su respuesta.

—Sí —dijo ella, apenas audible.

Jake acercó su frente a la de ella, sin besarla aún, simplemente compartiendo el mismo aire, la misma duda, el mismo deseo contenido por años. Ese roce, esa cercanía, bastó para encender algo que ambos creían apagado. La respiración de él se mezcló con la de ella, creando una tensión dulce, cargada de una pasión que no necesitaba gestos explícitos para ser abrumadora.

—Te extrañé —dijo él.

—Yo también —respondió ella sin poder evitarlo.

Y entonces, con una delicadeza casi reverente, Jake la besó. Fue un beso firme pero lleno de emoción contenida, de tardes perdidas, de sueños rotos y de esperanzas que aún latían. Un beso que no buscaba poseer, sino reencontrar. La lluvia golpeaba el mundo alrededor mientras ellos dos se sumergían en ese instante que lo cambiaba todo.

Cuando se separaron, ambos estaban respirando rápido. Él apoyó su frente contra la de ella.

—No quiero perderte otra vez —dijo.

—Ni yo a ti… pero tenemos que hablar —respondió Clara, con la voz temblorosa.

Él asintió, sabiendo que ese era apenas el primer capítulo de algo que apenas comenzaba a renacer.

La tormenta continuó afuera, pero dentro de ese pequeño refugio el mundo parecía arder de nuevo.

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