El viaje
Capítulo único - El viaje
Andrés y Ana salieron del hospital. Estaban muy tristes; los dos acababan de escuchar que a su tío le quedaban menos de tres meses de vida. Tenía un cáncer de páncreas muy agresivo y ya no podían hacer nada por él. El tío lo sabía desde hacía tiempo y lo había aceptado. Llevaba mucho enfermo y decía que, en el fondo, solo quería descansar.
Llegaron al coche. Andrés lo abrió y se sentaron en los asientos delanteros. Arrancó el motor y puso un poco de música. Les esperaba un viaje largo hacia Galicia, donde habían quedado con unos amigos para pasar el fin de semana.
Durante los primeros kilómetros ninguno habló. Hasta que Ana rompió el silencio.
—Qué difícil debe de ser —dijo— saber que no tienes futuro. Le quedan menos de tres meses… y aunque quisieras hacer algo, ¿con qué fuerzas lo afrontas? ¿Con qué ganas? Yo intento pensar en el fin de semana, en lo que viene… pero él ya no puede. Debe de ser durísimo levantarse cada día sabiendo que es uno menos. En esa situación el tiempo se hace real, casi lo puedes oír… imagínate un reloj aquí —señaló el salpicadero— tic-tac, y cada segundo es un segundo menos que te queda.
Andrés asintió, mirando la carretera.
—A nosotros nos pasará lo mismo, claro… pero al menos no sabemos cuándo , lo que hace que podamos pensar en un futuro. Esa es la única diferencia entre saber o no saber la fecha de tu muerte. Pero bueno, el mundo es así. Unos seguimos viviendo y otros… otros tienen que marcharse.
Ana suspiró.
—No sé si yo podría vivir así, sabiendo que la muerte está tan cerca. Creo que ni podría levantarme de la cama. Seguro que acabaría… —se cortó— no sé, perdiendo las ganas de todo. ¿Y tú? ¿Qué harías?
—No lo sé —respondió Andrés tras unos segundos—. Nunca me lo he planteado. Y tampoco quiero pensarlo ahora. Disfrutemos del momento.
Ana sonrió levemente.
—Este verano en Grecia lo vamos a pasar bien. Con todos esos monumentos… y tú y yo, que somos arqueólogos, disfrutaremos como niños.
—Sí —respondió él—. Hablar de cosas alegres,estando la muerte ,sólo, a treinta minutos de aquí, en un hospital…. supongo que es egoísta. Pero tampoco podemos dejar de disfrutar.
—Estoy de acuerdo —respondió ella.
Andrés subió la radio. Empezó a sonar una canción alegre, casi veraniega.
—¡Música, música! —dijo riendo—. ¡La alegría del alma! Esto sí que es felicidad. Vamos a cantar, ¿la conoces?
—¡Claro que sí! —rió Ana.
Los dos se pusieron a cantar a pleno pulmón, llenos de vida. Tenían amigos esperándolos, un viaje por delante, planes, futuro. No se podía pedir nada más.
Lo que no sabían era que, en ese mismo instante, un camión salía de una gasolinera.
No sabían que una hora después ese camión se cruzaría en su camino.
No sabían que el conductor haría una maniobra temeraria para esquivar a otro coche.
Y que esa decisión… cambiaría todo.
No sabían que esa noche ellos la pasarían en un congelador de la morgue.
Mientras su tío, dormía en una cama del hospital, simplemente… esperando un nuevo día.