DESTINO | YOONMIN¹⁸

Summary

Tras una serie de dolorosos acontecimientos, Jimin decide comenzar de nuevo, dejando atrás su vida junto a Yoongi y llevando consigo a sus cachorros. Cree que al alejarse podrá protegerlos... pero el pasado no se deja enterrar tan fácilmente. El mal aún lo observa desde las sombras, esperando el momento perfecto para atacar. ¿Podrá Jimin mantener a salvo a su familia o su nueva vida se desmoronará antes de comenzar?

Genre
Scifi
Author
Lizzvet
Status
Complete
Chapters
41
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1


Miércoles, 10 de abril del 2025

La oscuridad lo cubría todo.

Seúl yacía envuelta bajo un manto negro, como si la propia noche se rehusara a marcharse. Todos creyeron que la guerra había terminado, que finalmente vendría la paz... Pero qué equivocados estaban. Porque aquello no fue el final, sino apenas el principio de una nueva era teñida de sangre y ruinas.

La mayoría de los clanes cayeron como pólvora seca. Las alianzas se rompieron, los pactos se olvidaron y las criaturas que una vez dominaron las tierras fueron arrastradas por el caos. Solo unas pocas ciudades lograron resistir. Seúl, por un milagro o por fuerza, fue una de ellas. Pero esa supervivencia tuvo un precio, uno que no todos estaban dispuestos a pagar.

Hoy en día Seúl se mantenía a flote gracias a la unión tensa de sus clanes más poderosos: lobos, cazadores e incluso humanos. Unidos no por la hermandad ni la compasión, sino por la necesidad. Era un pacto silencioso, sin palabras, sin promesas, sostenido únicamente por el interés mutuo de no desaparecer. La desconfianza reinaba. No se hablaban... pero peleaban codo a codo. Todo por la supervivencia.

Mientras las calles intentaban no ceder al terror, Yoongi se refugiaba entre cuatro paredes. Su oficina, antes un símbolo de control y estrategia, ahora se había convertido en su prisión voluntaria. El aire olía a licor derramado de recuerdos rotos. Bebía sin control, como si al fondo de cada botella pudiera encontrar respuestas... o el consuelo.

Había perdido a Jimin. Y con él, a sus hijos.

Los buscó por cielo, mar y tierra, sin descanso, sin tregua, sin esperanza. Era como si jamás hubieran existido. Como si la vida se los hubiera tragado sin dejar huella. Y lo peor de todo era que sabía perfectamente quién era el culpable de su ausencia: él mismo.

Todo por un maldito recuerdo.

Sulli.

Aún dolía pronunciar su nombre.Como si cada sílaba abriera una herida vieja que nunca terminó de cerrar. Ardía en su pecho, quemándolo lento, como una culpa que se negaba a desvanecerse. Y ahora, con la desaparición de Jimin, todo por lo que había luchado, todo lo que había construido con manos fuertes y esperanza, se estaba desmoronando poco a poco... como un castillo de arena arrastrado por el viento.

Nada significaba ya.

Nada tenía sentido. Todo por culpa de sí mismo. Por aferrarse a un recuerdo vacío, hueco, ennegrecido por el pasado. Como si pudiera recuperar algo que ya no existía, como si amar con desesperación fuera suficiente para sanar. Pero no lo era. No lo fue.

Había perdido absolutamente todo.

Incluso Agust, su lobo interior, se había desvanecido, callado y apagado.

No lo sentía. No lo escuchaba.

Desde el día en que Jimin se marchó, su otra mitad se había hundido en un silencio brutal, como si también lo hubiera abandonado. Como si lo hubiera juzgado... y condenado. Y en el fondo, él lo entendía.

Porque Agust le advirtió. Le rogó muchas veces que escuchara. Que soltara. Que inciaria de nuevo. Pero él no quiso.

No pudo.

Y ahora, estaba solo.

Completamente solo.

Era solo un cuerpo vacío cargando un alma rota.

Yoongi apretó el vaso entre sus manos y con un rugido furioso lo arrojó al otro extremo de la habitación. El vidrio estalló contra la pared, quebrándose en mil pedazos, como sus propios pensamientos.

Gritó.

Y gritó desde lo más profundo de su alma.

Frustración. Dolor. Decepción.

Porque había dado un paso hacia el amor, hacia la redención... y con unas cuantas palabras lo había arruinado todo.

Se dejó caer de rodillas. La luna brillaba en lo alto, como única testigo muda de su miseria.

—Lo siento, Madre... —murmuró entre sollozos, con la voz quebrada—. Te fallé otra vez. Lo lastimé... de la manera más cruel.

Hablaba al viento, a la luna, a los espíritus de su pasado. Como si contar su verdad al universo pudiera aliviar su carga.

—Él no es un reemplazo... nunca lo fue. Pero no puedo mentir, aún la extraño... —rio, pero fue una risa amarga, vacía—. ¿Cómo puedo decir eso cuando tenía un esposo... y dos hermosos hijos? Una familia que jamás veré crecer... Todo por mi maldita estupidez.

Golpeó el suelo con fuerza. Una, dos, tres veces. El concreto se agrietó bajo sus manos ensangrentadas. Sus lamentos salían uno detrás de otro, pesados, desgarradores, como si el corazón se le rompiera en mil pedazos.

Y allá arriba, la luna lo observaba. Fría, silenciosa y lejana.

Porque, aunque el mundo ardiera a su alrededor, aunque las ciudades cayeran y los clanes se extinguieran, a veces no hay salvación inmediata. A veces... uno necesita romperse por dentro para luego aprender a amar con locura. Sobre todo, cuando te persiguen los fantasmas del pasado.




Parado frente a la puerta, Hoseok observaba a Yoongi con una sonrisa torcida. No sentía ni una pizca de remordimiento o culpa hacia él. Después de todo, había sido el propio Yoongi quien había cavado el pozo de su dolor. Lo merecía. Pero él quería que sufriera aún más... tanto como él sufría cada día al ver a Sulli tendida, dormida en un sueño del que jamás despertaría.

Cada jornada era un tormento insoportable, tanto para él como para su lobo interior. Por eso le reconfortaba verlo así ahora, roto, derrumbado. Porque finalmente Yoongi probaba el mismo sabor amargo de la impotencia y el dolor.

—Esto es apenas el comienzo —murmuró Hoseok con frialdad—. Aún te falta mucho por sufrir, Yoongi. No me detendré hasta que supliques clemencia.

Con esas palabras como sentencia, se dio media vuelta y cerró la puerta suavemente tras de sí, como si quisiera saborear el silencio que quedaba después del golpe.

Durante todo ese tiempo, no había movido un solo dedo para buscar a Jimin ni a los cachorros. Sin embargo, había hecho creer a Yoongi que sí lo había hecho. Incluso Namjoon, en algún momento, le había pedido que lo ayudara a encontrar al otro humano, pero Hoseok siempre encontraba una excusa. Había otras prioridades... o eso pensaba entonces.

Pero ahora todo había cambiado.

Ahora tenía que encontrar a esos cachorros.

Su plan finalmente empezaba a tomar forma. Estaba a punto de forjar un nuevo orden, un mundo justo al menos, justo según sus términos. Un mundo donde los Enigmas dominarían, como en los tiempos antiguos. Como debía ser desde el inicio.

Durante años se creyó que los primeros lobos habían sido Alfas, Betas y Omegas. Pero eso era solo una mentira conveniente. La verdad era mucho más antigua... y más poderosa.

Por eso quería devolverlo todo a su origen. Porque solo así podría vivir junto a su Omega. Estaba dispuesto a dar todo su poder por despertar a Sulli... y no dudaría en utilizar a quien fuera necesario para lograrlo.

Incluso si eso significaba sacrificar a cachorros.

El pelirrojo sacó su teléfono con una calma antinatural, como si cada movimiento suyo estuviera cuidadosamente calculado para destruir. Marcó un número. Al otro lado, la línea se conectó con un pitido áspero.

—¿Jikook? ¿Ya los encontraste?

—No... —respondió una voz con fastidio—. Esos malditos humanos saben esconderse bien, son como ratas.

Hoseok frunció el ceño con una expresión de asco. Le hervía la sangre.

—Pues sigue buscando. Pregúntale a Taemin. Estoy seguro de que él sabrá dónde buscar... —hizo una breve pausa, una chispa de crueldad encendió su voz—. No, espera... Jungkook lo sabe. Después de todo, él era el maldito protector de Jimin, ¿no?

Se hizo un silencio pesado, casi tenso.

—Aunque tengas razón, él jamás me dirá algo. Ese bastardo es una maldita rata leal. No soltará nada.

—Pues para eso estás tú. Haz tu trabajo —escupió Hoseok con desprecio y colgó sin esperar respuesta—. Inútiles. Estúpida gente incapaz de pensar por sí misma...

Apretó el teléfono con tanta fuerza que el plástico crujió en su mano. Luego alzó la vista y escaneó el lugar con una mirada cargada de odio. El entorno estaba devastado, herido por la guerra, con estructuras a medio caer y humo en el horizonte. Todo se desmoronaba, y sin embargo... ese caos le agradaba. Porque él había sido el causante, él era la destrucción y solo él tenia el control.

—Voy a encontrarte, Jimin... —murmuró, su voz goteando de veneno—. Y también a tus malditos cachorros.

Sus ojos brillaron con una mezcla de rabia y deseo retorcido.

—Y cuando lo haga, no me importará si lloras, si suplicas... te los voy a quitar uno por uno. Aunque tenga que hacerte pedazos.




Los pequeños pasos de dos diminutas personitas resonaban por toda la sala. Risas, tropiezos, murmullos infantiles llenaban el aire con una dulzura casi irreal. Jimin los observaba desde la cocina, con una sonrisa serena dibujada en el rostro... aunque sus ojos delataban algo más.

Tristeza.

Porque a pesar de la felicidad que sentía al ver a sus hijos crecer, aún dolía.

Dolía como la primera vez.

Alejarse de Min Yoongi había sido una de las decisiones más dolorosas y desgarradoras de su vida. Y no porque le faltara amor... sino porque le sobraba decepción.

Yoongi jamás había sido claro con sus sentimientos. Siempre escondido tras silencios, miradas evasivas o palabras a medias que herían más de lo que sanaban. Jimin nunca dudó de que lo amaba, lo sabía. Lo sentía en cada poro de su piel, en su alma. Pero hay una enorme diferencia entre amar... y cuidar.

Él lo amaba, porque así era su corazón.Y lo seguiría amando, en esta vida y en todas las que vinieran. Porque él era su alfa. Pero que lo amara no le daba derecho a romperlo, a hacerle daño cada vez que el quisiera, a dejarlo vacío. No.

No esta vez.

Por eso tomó esa decisión. Por amor a sí mismo. Quería alejarse, sanar, reconstruirse lejos de quien no supo protegerlo ni elegirlo. Y tal vez, solo tal vez, algún día regresaría... Pero no por migajas. No por promesas vacías ni caricias llenas de culpa. Él solo volvería por amor, uno real, maduro y valiente.

Y para ello Yoongi tendría que demostrárselo.

Escapar no fue fácil. Las noches fueron largas, los temores pesados, vivía con la incertidumbre de que Yoongi los encontraría. Si no hubiera sido por Jungkook y Taehyung, que los ayudaron sin pedir nada a cambio, estaba seguro de que él pelinegro ya los habría encontrado y todo habría terminado demasiado pronto.

Sin embargo, sabia que ese momento llegaría y que tarde o temprano, él los encontraría.

Pero por el momento, nada de eso importaba.

Porque sus hijos estaban bien. Porque los veía correr, reír, jugar. Y porque cada día crecían más rodeados de amor y aunque fuese solo por ahora, en paz.Sabía que esa calma era frágil, que no duraría mucho. Nada lo hacía.

Y menos en un mundo en guerra.

Suspiró, intentando alejar esos pensamientos y volvió su atención a la cocina. Estaba batiendo huevos para la cena cuando un grito lo sacó de su concentración.

—¡¡¡Papiii!!! —gritó una vocecita, aún algo torpe y chillona.

Un pequeño de no más de dos años venía corriendo o al menos lo intentaba por el pasillo. Sus pasos eran tambaleantes y sus bracitos iban extendidos hacia el frente como si con ellos pudiera atrapar el aire.

Jimin dejó el bowl sobre la mesa y se agachó rápidamente para interceptarlo.

—¿Qué ocurre, cielo? —preguntó con dulzura, abrazándolo y levantándolo en brazos.

El niño, con el ceño fruncido y los cachetes inflados, señaló hacia su hermano gemelo que estaba sentado en el suelo con chocolate esparcido por toda la cara y una expresión completamente inocente.

—Minji no me quere dar... —se quejó con un puchero.

Jimin soltó una pequeña risita, intentando contener la carcajada.

—¿No te quiere compartir?

El pequeño asintió con energía, como si aquel acto fuera la peor traición de la historia.

Jimin depositó con cuidado a Jihoo en el suelo y caminó hacia el pequeño. Minji, quién sostenía el frasco de chocolate con ambos bracitos y al ver que su padre se acercaba, soltó un pequeño gruñido. Literalmente gruñó, como si fuera una pequeña bestia defendiendo su tesoro.

El pelirosa casi se echó a reír.

—Minji... sabes que no debes comer dulce antes de la cena, cariño —dijo con ternura, quitándole el frasco con cuidado.

El niño frunció los labios en clara desaprobación, pero no puso resistencia. Jimin fue a la cocina, sacó unas toallitas húmedas y regresó para limpiarle el rostro, manchado de chocolate hasta la nariz.

—Mío —gruñó él con seriedad, estirando los bracitos hacia el frasco, aún molesto por la injusticia.

Jimin lo limpió con cuidado y besó su frente.

—Sí, es tuyo, pero después de la cena.

Minji entrecerró los ojos, evaluando la promesa y finalmente se dejó limpiar sin más protestas. Jihoo, por su parte, se sentó a su lado y le hizo una caricia torpe en el brazo.

—Yo te compato del mío —le dijo.

El corazón de Jimin se apretó. Incluso en medio de una vida de huidas y secretos, sus hijos estaban aprendiendo lo más importante: el amor.

Y pensó, que tal vez eso era suficiente... o al menos por ahora.