Prólogo
Narrador Por Thiago Rivas, futuro magnate, presente idiota con botines caros.
Hubo un tiempo —lo juro por mis abdominales, que entonces estaban asegurados por una marca de lujo y no por la voluntad divina— en que mi vida era una ecuación simple: yo corría, la gente aplaudía, el balón entraba. Un sistema perfecto. Ni la física cuántica era tan eficiente.
Amanecía siempre igual: yo, con el pelo perfecto sin esfuerzo (algo que debería estar patentado), el desayuno que me preparaba la nutricionista del club —una mujer que creía que la felicidad era enemiga del gluten— y mi reflejo en el espejo devolviéndome el saludo como diciendo “Tranquilo, campeón, hoy otra vez la rompes”. Y yo le creía. Yo siempre me creí.
Ser joven, exitoso y jugador estrella tiene la ventaja de hacerte pensar que sos inmortal. Que las malas decisiones están diseñadas para los demás. Que jamás te va a tocar el caos. Ah, el ingenuo que era. El Thiago pre-catástrofes, pre-fotógrafos escondidos, pre-Zoe.
Pero aquel día puntual —el que quiero contar ahora— arranca en el vestuario del club, con esa mezcla olorosa entre triunfo, transpiración y aerosol que solo entienden quienes han convivido con veintidós bestias emocionadas gritando goles imaginarios. Yo me sentía en la cima del mundo: llevaba tres partidos seguidos convirtiendo, la prensa decía cosas como “figura del momento” y “promesa consolidada”, y mi representante ya olía a billetes nuevos.
Recuerdo que entré al vestuario con una toalla al hombro y una sonrisa de “yo puedo con todo”. Un compañero me gritó:
—¡Rivas! ¡Hoy te entrevista la cadena internacional!
Yo levanté la mano como un monarca saludando plebeyos.
—Por supuesto —respondí—. Que preparen luz suave, el lado derecho es mi perfil bueno.
La verdad es que ambos lados son mi perfil bueno, pero humildad ante todo.
Salimos a la cancha para entrenar y la tribuna —sí, aunque fuera un entrenamiento— estaba llena de fans. Gritaban mi nombre como si yo fuera el hijo perdido del rock y el deporte. Yo saludaba, guiñaba un ojo, hacía jueguitos de exhibición. Un equilibrio perfecto de talento y leve narcisismo que hacía de mí un personaje irresistible.
Y ahí, en ese preciso instante, el universo decidió divertirse a mi costa.
Estaba haciendo una gambeta espectacular, de esas que después se repiten en cámara lenta con música épica, cuando un perro —sí, un perro, un golden con el autoestima altísimo— irrumpió en la cancha, me ladró como si yo le hubiese robado el hueso de la felicidad, y se lanzó directo a mis botines. Yo intenté esquivarlo con gracia atlética… pero terminé en el césped abrazando el aire, el perro, y mi propio ego herido.
La tribuna explotó de risa.
Yo, desde el piso, dije lo único digno que un jugador profesional puede decir cuando un perro lo tacklea:
—¿Y este quién lo fichó?
De fondo escuchaba a mi entrenador gritar:
—¡Rivas, si te lesiona un perro te pongo de aguatero!
El perro, por cierto, se retiró trotando como si hubiera marcado un gol en una final internacional. Nunca me recuperé de esa humillación.
Pero incluso ese nivel de desastre tenía su encanto entonces. Porque yo seguía siendo el chico de oro, el futuro ídolo, el que todo lo podía. Nada podía tocarme. Nada podía derrumbar el edificio perfecto de mi vida.
Hasta que, claro, la conocí a ella.
Zoe llegó a mis días como un rayo, pero un rayo que te ilumina y al mismo tiempo te deja medio tonto. Yo era un futbolista joven, con contrato millonario y cero problemas reales, y de pronto apareció esta mujer que no sabía nada de tácticas defensivas, pero sí sabía exactamente cómo hablarme para que olvidara mi nombre, mi club y hasta la dirección de mi casa. Me miraba como si yo no fuese “Thiago la figura”, sino simplemente... un tipo intentando gustarle. Y eso, dinos la verdad, es más peligroso que cualquier perro con espíritu competitivo.
Pero ese capítulo llega después. Este prólogo es del tiempo en el que yo todavía creía que mi vida sería una línea recta hacia arriba. Antes del escándalo, antes de las cámaras, antes de arruinarlo todo.
Antes de convertirme en el hombre que ahora soy: un tipo que firma contratos millonarios para fingir que todo está bajo control… y que solo sonríe porque, de algún modo extraño, esa mujer sigue arruinándome la existencia de una manera que me encanta.
Así que sí: hubo un momento en el que yo era feliz, exitoso y completamente idiota. Y aunque ahora mi vida es un rompecabezas incomprensible, todavía pienso en esos días… y me río. Porque nada, absolutamente nada, se compara al caos que vino después.
Y lo peor es que, si me dieran a elegir, lo repetiría todo.
Incluyendo al perro.
Para ese entonces, mi vida era perfecta.
Hasta que me retiré demasiado pronto para volcarme a ser un empresario del deporte. Hasta que mi mundo se mezcló con el de las influencers.
Hasta que Zoe llegó a mi vida y el mundo me mostró una cara muy, muy, muy diferente a todo lo que creía…