PRÓLOGO: La última función
La sala de estar flotaba en una penumbra azulada, esa iluminación espectral que solo producen los televisores antiguos pasada la medianoche. En la pantalla, granulosa y parpadeante, una figura envuelta en vendas de utilería perseguía a una mujer que corría con tacones por una pirámide de cartón. La música de la película era una estridencia de violines desafinados y trompetas dramáticas que intentaban inyectar terror donde solo había bajo presupuesto.
Para la mayoría, aquello era una comedia involuntaria. Para Rosa, de dieciséis años, era la antesala del infierno.
Acurrucada en el extremo del sofá, con las rodillas pegadas al pecho como un escudo humano contra el mundo, Rosa no veía los efectos especiales baratos ni los hilos invisibles que movían a los murciélagos de goma. Ella veía la amenaza. Su mente, una máquina perpetua de catástrofes, llenaba los huecos de la mala producción con sus propios miedos, mucho más vívidos y HD que cualquier película.
A su lado, María masticaba palomitas con una cadencia rítmica y relajante. Su madre era un pilar de calma rubia envuelta en un camisón de seda, una mujer que parecía inmune a las supersticiones y al pánico que gobernaba la vida de su hija.
En el televisor, la Momia Azteca lanzó un rugido que sonó sospechosamente como un león con bronquitis y alzó una mano rígida hacia la cámara.
—¡Ay! —El grito de Rosa fue agudo, involuntario, un resorte que saltó dentro de su pecho.
Sus manos se sacudieron por el espasmo, y el tazón de cerámica que sostenía salió disparado. Fue un desastre en cámara lenta: el recipiente giró en el aire, y una lluvia de palomitas de maíz estalló sobre la alfombra persa como metralla blanca y salada.
El silencio que siguió solo fue roto por los gritos de la mujer en la televisión.
María suspiró. No fue un suspiro de enojo, sino de esa paciencia infinita y un poco cansada que las madres reservan para los hijos complicados. Se sacudió una palomita del hombro con la elegancia de quien se quita una mota de polvo imaginaria.
—Ya viste lo que hiciste —dijo María, su voz tranquila cortando el aire tenso.
Rosa miró el desastre en el suelo, sintiendo que las lágrimas le picaban en los ojos. No lloraba por las palomitas; lloraba porque sus nervios siempre ganaban.
—Perdón, mamá... es que la película me asustó —murmuró, con la voz pequeña.
María se inclinó hacia adelante, recogiendo el tazón vacío. Lo dejó sobre la mesa de centro y miró a su hija con una ceja arqueada, una expresión de escepticismo cariñoso.
—Es una película mexicana, Rosa —sentenció, como si estuviera explicando que el agua moja o que el sol sale por el este.
—¿Y luego? —preguntó Rosa, genuinamente confundida. Para ella, el origen geográfico del monstruo no disminuía sus ganas de matarte.
María comenzó a recoger las palomitas del suelo, una a una, con movimientos precisos.
—No hay películas mexicanas que den miedo —declaró con la autoridad de una crítica de cine suprema
Rosa la miró, su cerebro procesando la afirmación. Su madre vivía en un mundo lógico, estructurado. Pero Rosa sabía algo que su madre ignoraba.
—Claro que sí —rebatió Rosa.
—¿Ah, sí? —María se detuvo, con un puñado de maíz en la mano—. ¿Cómo cuál? A ver, ilumíname.
Rosa dudó un segundo, pero su inteligencia, siempre afilada incluso bajo capas de ansiedad, encontró la respuesta perfecta.
—Casi cualquier documental —dijo.
María se detuvo en seco. Por un segundo, el silencio volvió a la sala. Luego, una risa corta, seca y genuina escapó de los labios de su madre. Se puso de pie, sosteniendo las palomitas caídas en sus manos ahuecadas.
—Vaya niña... —dijo María, negando con la cabeza, con una mezcla de orgullo y advertencia—. Esa clase de comentarios te pueden causar problemas algún día.
María se dio la vuelta y caminó hacia la puerta, su camisón ondeando suavemente, una figura etérea recortada contra la luz del pasillo.
—Voy a hacer más. No te muevas —dijo, saliendo de la habitación.
Rosa se quedó sola. Sin la presencia sólida de su madre, las sombras de la sala parecieron alargarse. La televisión seguía con su escándalo, pero ahora los sonidos de la casa cobraban vida. El refrigerador zumbando a lo lejos. El viento golpeando suavemente la ventana.
María entró en la cocina, un santuario de azulejos blancos y electrodomésticos que zumbaban con una electricidad monótona. Dejó el plato vacío sobre la encimera de granito y buscó el maíz palomero en la alacena. Sus movimientos eran automáticos, una coreografía doméstica ensayada mil veces: abrir la bolsa, verter los granos dorados como pequeñas joyas en el sartén, encender la hornilla.
El fuego brotó con una llama azulada. María observó la llama un segundo, hipnotizada.
—¿Vas a querer algo más? —gritó hacia la sala, su voz resonando con fuerza, vital y presente.
Esperó la respuesta, con la mano suspendida sobre la tapa del sartén.
—No, mamá —llegó la voz amortiguada de Rosa, mezclada con los gritos estridentes de la televisión.
María asintió para sí misma y colocó la tapa. El sonido del metal contra el metal fue el último sonido normal que escucharía en su vida.
Primero fue el brazo izquierdo. No fue un dolor, al menos no al principio. Fue un hormigueo, como si cientos de hormigas invisibles marcharan bajo su piel, desde el codo hasta el hombro. María frunció el ceño, sacudiendo la mano, pensando que se le había dormido el músculo por la mala postura en el sofá.
Pero entonces, las hormigas se convirtieron en agujas.
—Ay... —susurró.
El aire en la cocina pareció volverse repentinamente denso, irrespirable, como si alguien hubiera cerrado una válvula de oxígeno invisible. María intentó inhalar, pero sus pulmones se negaron a expandirse. Era como si un cinturón de hierro le estuviera apretando las costillas, cerrándose muesca a muesca.
El dolor estalló en el centro de su pecho. No fue un pinchazo. Fue un golpe devastador, masivo, como si un mazo hubiera impactado directamente contra su esternón, rompiendo no solo el hueso, sino la realidad misma.
María se llevó la mano al pecho, arrugando la seda fina de su camisón, buscando instintivamente arrancar aquello que le dolía, sacarlo de su cuerpo. Sus ojos se abrieron desmesuradamente, no por miedo, sino por pura incredulidad biológica. Esto no puede estar pasando, pensó. Solo vine a hacer palomitas.
El dolor irradió hacia su mandíbula, un fuego líquido que le nubló la vista. Las luces fluorescentes de la cocina empezaron a parpadear, o tal vez eran sus propios ojos fallando, el cerebro apagando los interruptores uno a uno para conservar energía.
Intentó agarrarse de la encimera, pero sus dedos, que segundos antes manipulaban la estufa con destreza, ahora eran inútiles, garras de trapo que resbalaron sobre la superficie lisa.
Las piernas le fallaron. No se doblaron; simplemente dejaron de existir bajo su peso.
El mundo giró violentamente. El techo blanco se convirtió en pared, la pared en suelo.
El impacto contra el linóleo fue seco, pesado. Un sonido sordo que hizo vibrar los vasos en el escurridor. María quedó tendida de espaldas. El dolor era ahora un universo entero, devorándolo todo. Intentó gritar el nombre de su hija, mover los labios para formar la palabra “Rosa”, pero de su garganta solo escapó un gorgoteo húmedo, un suspiro roto.
Miró hacia el techo. Una mosca volaba en círculos alrededor de la lámpara central, indiferente al final de una vida. Qué tonto, fue el último pensamiento coherente de María mientras la oscuridad periférica se cerraba como un telón negro sobre su visión. Dejé la estufa prendida.
Su corazón dio un último vuelco, un aleteo desesperado de pájaro atrapado, y luego, se detuvo. El silencio que siguió fue absoluto, más profundo que la falta de ruido; era la ausencia de presencia.
En la estufa, el aceite comenzó a calentarse demasiado. El primer grano de maíz estalló dentro del sartén cerrado.
En la sala, Rosa esperó.
El grito de la Momia Azteca en la televisión había dado paso a una escena de diálogo aburrido. Rosa miró hacia el pasillo oscuro que conectaba con la cocina. Había escuchado el golpe.
—¿Mamá? —llamó, sin apartar la vista de la pantalla, esperando la respuesta sarcástica habitual.
Nadie contestó.
—¿Qué fue eso? ¿Estás bien? —insistió Rosa. Su voz tembló ligeramente. Esa pequeña vibración en sus cuerdas vocales era el radar de su ansiedad detectando la catástrofe antes que su cerebro.
Se levantó del sofá. Sus calcetines de lana se arrastraron sobre la alfombra. El pasillo parecía más largo de lo normal esta noche, un túnel que se estiraba.
—Mamá, si es una broma no tiene gracia —advirtió, avanzando paso a paso.
Al llegar al umbral de la cocina, el olor la golpeó primero. No era olor a muerte, todavía. Era el olor acre del aceite quemándose, humo gris escapando por los bordes de la tapa del sartén.
Y entonces, bajó la vista.
El grito de Rosa no salió de inmediato. Se quedó atorado en su garganta, una bola de hielo seco que le quemaba. María yacía en una postura antinatural, con una pierna doblada bajo la otra, la mano todavía aferrada al pecho, como si intentara proteger un secreto. Sus ojos azules estaban abiertos, fijos en la lámpara del techo, pero ya no reflejaban la luz; eran vidrio opaco, vacíos de madre, vacíos de todo.
—¿Mami?
Rosa cayó de rodillas junto a ella. Tocó su hombro. La piel todavía estaba tibia, pero era un calor residual, un calor que se estaba fugando rápidamente.
—Mamá, despierta.
Sacudió el cuerpo, esperando el regaño, esperando el movimiento. La cabeza de María se ladeó pesadamente hacia un lado, la mandíbula relajada en una mueca inexpresiva.
En la estufa, el maíz comenzó a estallar violentamente, una ametralladora de detonaciones dentro del sartén, una celebración macabra de ruido en medio del silencio de la muerte.
Rosa retrocedió, arrastrándose hacia atrás sobre el suelo frío hasta chocar con la pared opuesta. Se llevó las manos a la cabeza, jalándose el cabello rubio, y abrió la boca. Esta vez, el grito sí salió. Fue un aullido largo, desgarrador, que compitió con el ruido de las palomitas quemadas y la televisión lejana, anunciando que la película de terror de su vida acababa de empezar de verdad.