Capítulo 1: El regreso a Santa Aurelia
El camino a Santa Aurelia serpenteaba junto al mar. El sonido de las olas se colaba por las rendijas del coche y, con cada curva, el corazón de Isabella Morel latía un poco más rápido. El letrero oxidado la recibió igual que siempre: "Bienvenidos a Santa Aurelia." Las letras, carcomidas por la sal, parecían susurrar que nada realmente desaparece… solo cambia de forma.
Habían pasado ocho años desde la última vez que vio ese paisaje. Ocho años desde que prometió no volver a este lugar donde perdió todo. Pero el mar no entiende de promesas rotas. Ahí estaba, brillante y vivo, extendiéndose hasta donde el cielo comenzaba a desteñirse en azul.
El reflejo del parabrisas le devolvió el rostro de una mujer distinta a la que se fue. De piel clara, con el cabello rubio oscuro que el sol había desteñido en las puntas y unos ojos verdes donde siempre se ocultaba el mar. Su padre solía decir que esos ojos eran la ventana a su alma: cambiaban de tono según lo que sentía, y por eso él podía leer en ellos antes de que ella hablara.
Ahora él ya no estaba para explicarle la vida, para contarle historias sobre el mar y sus secretos. Su padre, su mejor amigo, su confidente y ayudante de travesuras. Él lo fue todo. Y, sin embargo, ahora ya no podría verlo reír por sus ocurrencias, pero el viento parecía apiadarse de ella, le trae la voz de su padre mezclada con el olor a sal y redes húmedas.
Santa Aurelia seguía siendo la misma: hermosa y peligrosa, un pueblo enigmático, lleno de secretos y recuerdos tormentosos, porque recordar todo también duele.
El apellido Morel aún tenía peso en el pueblo. Su padre, Andrés Morel, había heredado parte de los antiguos viñedos costeros del norte, junto con los astilleros familiares, un negocio que había pasado de generación en generación desde el siglo XIX. Los Morel eran una de las cuatro familias que fundaron Santa Aurelia: junto a los Vega, los Del Monte y los Ribera. Sus apellidos aparecían en las placas del ayuntamiento, en las donaciones a las iglesias y en las historias que los ancianos contaban en los cafés.
Pero, a diferencia de los otros, Andrés nunca fue un hombre de títulos ni apariencias. Decía que el dinero no debía usarse para encerrar a nadie, sino para abrir horizontes. Le gustaba caminar descalzo por el muelle, hablar con los pescadores. Y aunque su esposa, Elena, jamás entendió esa sencillez, Isa la admiraba.
En su mirada de niña, su padre era un hombre que había sabido domar el mar sin volverse parte de su soberbia. Por eso dolía tanto su ausencia. No solo había muerto el padre amoroso; también el puente que la unía a ese pasado luminoso de su infancia. Qué arrepentida se siente de no haber tenido el valor de volver y estar con él antes de su muerte.
Isa estacionó el coche frente a la cafetería de doña Carmen, donde solía comprar pasteles de limón con su padre.
Entró.
El sonido de la campanita la sacudió.
El lugar seguía igual: las mismas mesas de hierro forjado, los frascos con caramelos de colores sobre el mostrador, la misma mujer, aunque con el cabello más blanco.
—Isabella… —susurró Carmen con ternura—. Lo sentimos tanto. Tu padre era un buen hombre.
Isa sonrió apenas y agradeció. El pecho le ardía. Pidió café y una caja de dulces, los favoritos de él. Mientras esperaba, observó la calle por la ventana: todo seguía tan familiar que dolía.
Al salir, se detuvo frente al callejón que llevaba al viejo faro. El aire estaba lleno de ese brillo húmedo que tienen las tardes antes de que caiga el sol.
Y entonces, sin aviso, la memoria la arrastró atrás en el tiempo…
Era verano. Tenía quince años y acababa de descubrir que el mundo podía detenerse en un solo segundo. Lucas Andrade, estaba junto al muelle, riendo con sus amigos.
El viento le alborotaba el cabello, el sol le encendía la piel, y en ese instante ella supo que todo lo que sería o haría después tendría algo de él. El mar rugía, pero lo único que escuchaba era su propia respiración.
El murmullo del presente la trajo de sus recuerdos, dejándola ahí parada frente a la escalera del faro. Sonrió con melancolía y cruzó la calle con la caja de dulces en las manos y la certeza de que, aunque había vuelto para despedirse de quien tanto amaba, el pasado no pensaba dejarla ir tan fácilmente.
El camino hacia su casa fue un desfile de memorias: las fachadas color pastel, las bicicletas apoyadas contra los muros, el sonido distante de los niños jugando frente a la plaza.
Todo igual.
Todo distinto.
La casa Morel se alzaba en la colina de los cipreses, donde vivían las familias antiguas del pueblo. Desde su balcón se veía todo Santa Aurelia: los tejados color terracota, el puerto, las calles adoquinadas que bajaban hasta el mercado.
De niña solía pensar que el viento allí soplaba diferente, más fuerte, más libre.
Ahora le parecía que soplaba con un frío desgarrador.
La entrada estaba llena de retratos de antepasados, todos con la misma mirada altiva, esa mezcla de orgullo y distancia que parecía heredarse junto con el apellido. A Isa le incomodaban. Siempre había sentido que esos ojos, inmóviles y severos, la juzgaban por no parecerse a ellos.
En uno de los cuadros, su padre sonreía con los brazos cruzados al pie del viejo barco familiar, El Isabella. A diferencia de los demás rostros a su alrededor, él no miraba con soberbia, sino con humildad. Con esa certeza que le daba el haber podido trabajar duro por lo que tenía sin valerse del apellido familiar.
Isa se quedó quieta frente a ese retrato. Era como mirarse en un espejo roto. La ausencia del hombre en la foto llenaba todo el lugar, tan presente que parecía moverse entre las sombras. Sin él, la casa Morel era un cascarón: grande, elegante, pero vacío.
Aún recordaba a su padre contarle hace diez años, como adquirió el barco, sus ojos felices mientras le decía como soñaba con navegar con ella, pero que su madre nunca la dejaría subir.
—Isabella… —la voz de su madre llegó desde el comedor, sacándola de sus recuerdos, seca, casi sin emoción.
Se giró. Elena Morel —una mujer de rostro sereno y mirada helada— la observaba desde la puerta. Tenía la misma elegancia distante de siempre, como si la vida nunca terminara de tocarla del todo.
—Llegaste antes de lo que esperaba —dijo, con ese tono que era más protocolo que cariño.
Isa intentó sonreír.
—Hola, madre. El viaje fue más corto de lo que pensé.
Se abrazaron sin abrazarse realmente. Era un gesto aprendido, un eco del afecto que alguna vez existió.
—Tu hermano está arriba. Ve a verlo… ha crecido mucho —dijo la madre en reproche, ella no perdona que su hija se olvidara de ellos en este tiempo. Se dio la vuelta y se alejó con pasos firmes hacia la cocina.
Isa subió las escaleras, sintiendo que cada peldaño la hundía un poco más en el pasado. A mitad de camino, una risa juvenil la sorprendió.
—¡Isa! —gritó su hermano—. ¡No puedo creerlo!
Tomás salió de su habitación corriendo a los brazos de su hermana. Tiene diecisiete años, los ojos verdes de su hermana y el desorden alegre de su padre. Se abrazaron con fuerza. Él sí lo hacía con todo el cuerpo, sin miedo, sin reservas.
—Pensé que no volverías nunca —le dijo. Isa le revolvió el cabello.
—Yo también lo pensé.
—¿Te irás después del funeral de papá? —preguntó con pena.
—Sí, cariño. Mi vida está en otro lugar —respondió, intentando sonar firme—. Pero puedes visitarme en vacaciones. ¿Te quedas una temporada conmigo?
Tomás sonrió.
—Bien, pero no te arrepientas después de esta invitación, ¿vale?
—Claro que no, cariño.
A lo lejos se escuchó la voz de su madre llamándolos a cenar. Isa aún no podía acostumbrarse a que algo tan cotidiano ahora fuera solo un recuerdo.
—Ve tú primero, Tomi. Yo dejaré mis cosas en la habitación.
—Vale, le diré a mama que tomaras tiempo en bajar.
Mientras su hermano bajaba corriendo, ella se dirigió a su antiguo refugio. La puerta seguía igual, con las pegatinas de su adolescencia y el cartelito con su nombre que había hecho junto a su padre: Isa.
Al entrar, sintió que el aire se espesaba. Nada había cambiado. La colcha azul, los libros en los estantes, el espejo con marcos de conchas. Era como si los años se hubieran detenido para esperarla.
Se sentó en la cama y pasó los dedos por la tela, reconociendo cada arruga. En esa habitación había reído, llorado, planeado escapar mil veces. También había amado por primera vez.
Una tarde de verano, la ventana abierta, el olor a mar y el sonido de una voz subiendo por la enredadera, hasta por fin cruzar el umbral de la ventana.
—Silencio Lucas. —le dice con el ceño fruncido.
—Dijiste que estarías sola. —alega él con una sonrisa pícara en sus labios.
—Mis padres llegan tarde hoy, pero esta mi hermanito durmiendo. Lo despertamos y le dirá a mi madre.
—Vale, no te preocupes, estaremos en silencio.
Se acerca a besarla y ambos caen sobre la cama de isa.
Él alzaba la vista, sonreía, y todo se detenía para ella. Las promesas que se hicieron entonces parecían eternas. Ahora nada lo era.
Isa volvió a su presente con la voz de fondo de su hermano que la llama.
Se levanto de su cama y vio el atardecer entrar en franjas doradas por la cortina. Sintió una punzada en el pecho. El pasado tenía ese modo cruel de mezclarse con el aire, de recordarle que hubo un tiempo en que fue feliz sin saberlo. El mar rugió a lo lejos, como si también guardara sus secretos. Isa respiró hondo, apoyó la caja de dulces sobre la mesa y salió de la habitación.
Afuera, las campanas del faro comenzaron a sonar, marcando el final del día. Y con ese sonido, supo que su regreso recién empezaba.