Mas allá de todo

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Summary

¿Como se sentiría ser amado? es la pregunta que Bakugou quiere responderse, la enfermedad que aqueja su cuerpo poco a poco va consumiendo su vida... el siendo un alfa poderoso, no puede encontrar a su mitad o algún omega para aliviar lo que lo envenena

Genre
Drama
Author
Asahi Arata
Status
Ongoing
Chapters
4
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1

Las luces de la ciudad empezaban a encenderse. El crepúsculo caía sobre ella, y a Katsuki no le importaba en lo más mínimo lo que había a su alrededor. Caminaba solo, con las manos metidas en los bolsillos y la bufanda cubriéndole la mitad del rostro.

Soltó un suspiro pesado. Había salido de aquella última cita a ciegas… ya hasta había olvidado cuántas llevaba. Cuántos encuentros o presentaciones organizadas. Quizás treinta… o cuarenta. En cada una de ellas, se repetía la misma rutina: un restaurante, comida deliciosa y, después, una habitación. Un omega, miradas incómodas, feromonas que no llevaban a nada.

Ni una chispa, ni deseo, ni el olor que se suponía debía reconocer entre millones de personas.

El sistema decía que cada alfa tenía un omega destinado, y que cuando se encontraban, las feromonas se enlazaban como raíces buscando agua. Pero en su caso, el suelo estaba seco, más bien vacío.

Katsuki Bakugou, treinta años un alfa puro. Director de una pequeña empresa de ingeniería. Genéticamente sano. Físicamente fuerte.

Y completamente solo.

Los médicos habían empezado a preocuparse. Las pruebas de sangre mostraban un aumento anormal de toxinas: residuos generados por sus propias feromonas. Sin un vínculo que las estabilizara, su cuerpo comenzaba a deteriorarse.

Lo llamaban síndrome de combustión feromónica.

Un nombre elegante para algo tan simple como cruel.

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En la oficina, sus empleados fingían no notar los temblores de sus manos o la forma en que, a veces, apretaba los dientes para no gritar del dolor.

El olor agrio que dejaban sus feromonas era más fuerte cada semana, aunque él intentaba cubrirlo con neutralizadores.

Aun así, veía cómo los demás se apartaban un poco al pasar junto a él. Era instintivo.

—¿Todo bien, Bakugou-san? —le preguntó Mina, una de las secretarias, con voz temerosa.

Él asintió. —Sí. Solo estoy cansado.

Cansado.

Qué palabra tan insuficiente.

En realidad, sentía como si su cuerpo ardiera desde dentro, como si cada célula liberara una pequeña descarga en todo su sistema. Un dolor punzante y persistente.

Por las noches, el dolor era peor. El aire de su departamento se volvía pesado, irrespirable. Su propio olor lo saturaba, lo envolvía hasta el ahogo. Tenía que abrir las ventanas, incluso en pleno invierno.

A veces despertaba empapado en sudor, con los músculos rígidos y el corazón latiendo demasiado rápido.

Otras, simplemente se quedaba mirando el techo, contando los segundos que le quedaban antes de que el veneno lo venciera.

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Había intentado todo: agencias de compatibilidad, clínicas hormonales, terapias alternativas.

Incluso, por desesperación, aceptó una propuesta de vinculación temporal con un omega dispuesto a ayudarlo.

Pero apenas los aromas se cruzaron, su cuerpo reaccionó con violencia. Náuseas. Dolor de cabeza. Rechazo inmediato.

El médico le explicó después que, en casos raros, el cuerpo de un alfa podía rechazar cualquier aroma que no fuera el de su pareja real.

Y él… no la había encontrado. Sus esperanzas se agotaban.

—Su organismo está funcionando con sobrecarga, Bakugou-san. Las feromonas se acumulan en la sangre y, sin liberación natural o vinculación, comienzan a mutar. Si no encontramos una solución, en seis meses su sistema inmunológico podría colapsar.

Seis meses.

Katsuki salió del consultorio con el informe doblado en el bolsillo. Lo tiró a la basura antes de llegar a casa.

No soportaba ver el papel.

No soportaba ver su nombre junto a la palabra terminal.

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El cielo se despejaba lentamente. La ciudad olía a petricor. Katsuki se detuvo frente a una cafetería, observando a través del vidrio a las parejas que reían, compartiendo tazas de chocolate y gestos que parecían tan sencillos.

Una pareja de alfa y omega jóvenes se tomó de las manos. El olor dulce de sus feromonas atravesó la puerta abierta cuando alguien salió, y él lo sintió: esa mezcla de aromas que le resultaba casi ajena.

Por un momento, imaginó cómo sería eso:

Despertar con un aroma que calmara todo su dolor.

Dormir con alguien que no temiera estar con él.

Reír sin tener que contener el temblor en el pecho.

Pero la imagen se desvaneció tan rápido como llegó.

Encendió un cigarrillo, aunque hacía años que había dejado de fumar. No por gusto, sino porque necesitaba algo que opacara su propio olor, esa marca amarga que lo seguía a todas partes.

La primera calada le quemó la garganta. Tosió, se inclinó hacia adelante y, por un segundo, sintió un mareo intenso, seguido de un dolor de cabeza agudo.

Tuvo que apoyarse en la pared. Su visión se nubló. Un hilo delgado de sangre corrió por su nariz.

El cuerpo le estaba cobrando factura.

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Cuando volvió a abrir los ojos, estaba en el hospital.

El techo blanco, las luces demasiado brillantes. El olor a desinfectante no alcanzaba a tapar el rastro amargo de sus feromonas.

Una enfermera le tomó la presión con expresión preocupada.

Al lado de la cama, un médico revisaba su expediente.

—Bakugou Katsuki, ¿cierto? —dijo el hombre sin levantar la vista—. He leído su caso. Es… complicado.

Katsuki giró la cabeza con lentitud. —Eso ya lo sabía, y no necesito su compasión.

—No es compasión —respondió el médico—. Es un diagnóstico. Su cuerpo está reaccionando con una intoxicación progresiva. Necesitaremos hacer análisis y mantenerlo en observación.

—Ya me lo han dicho antes. —Su voz fue apenas un murmullo.

—Aun así, me gustaría que aceptara ver a un nuevo especialista. Alguien recién asignado al área de endocrinología genética. Tiene experiencia con casos como el suyo. Llega mañana.

Katsuki no respondió.

No creía en milagros.

No después de tantos intentos fallidos, de tantos rostros y aromas que no significaban nada.

Giró la cabeza hacia la ventana, observando cómo el cielo se pintaba de anaranjado, el color después de que el sol se pone.

Aun así, una voz dentro de él casi imperceptible y obstinada le susurraba que tal vez no todo estaba perdido.

Que en algún rincón del mundo, su omega seguía respirando.

Y que, aunque llegara tarde, quería creer que aún habría tiempo para reconocer ese aroma…

Antes de dar su última respiración.

Continuará....