La Balada de Aries

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Summary

[Saga: Horóscopos || Libro 1] Ariel Wallas abandona su vida y su equipo de hockey para cuidar de su madre enferma, empezando de cero en una nueva universidad. El desafío se intensifica cuando descubre que su nuevo compañero de cuarto es Larry Tucson: carismático, provocador y, para colmo, jugador del equipo rival. Aries contra Libra. Fuego contra aire. Dos polos opuestos se ven forzados a convivir, competir y soportarse. Entre partidos tensos y una cercanía imposible de evitar, el odio comienza a desdibujarse en algo mucho más peligroso. Enamorarse del enemigo no solo rompe las reglas del juego, puede hacer que todo arda.

Status
Ongoing
Chapters
10
Rating
n/a
Age Rating
18+

Hat trick

Ariel

Nunca pensé que mi vida pudiera resquebrajarse en mi segundo año de universidad por culpa de una llamada telefónica. Ni siquiera una de esas que presientes antes de contestar, sino una común, aparentemente inofensiva, justo antes de comenzar los entrenamientos con los “Snow Tigers”, mi equipo de hockey.

Debería haberla ignorado. O, al menos, haberla archivado mentalmente en ese cajón donde uno guarda los problemas para más tarde, como solía hacer cuando creía que entrenar era la forma más eficaz de recordarme que, aunque durante años todo hubiera sido un caos, llevaba tiempo sin descarrilarme.

Pero no. Algo me decía que debía de aceptarla. Llámalo intuición, mal presentimiento, o como te dé la gana. Simplemente es algo que solo aparece en momento exactos.

Tenía los mejores amigos que alguien podría desear. Los mismos que me sostuvieron en Newport, Connecticut, cuando llegué con dieciocho años, una beca deportiva bajo el brazo y esa mezcla peligrosa de entusiasmo e ingenuidad que acompaña a la primera independencia adulta. Durante cinco años había ahorrado todo lo posible, repitiéndome frente al espejo, semana tras semana, que algún día conseguiría una beca, que haría sentir orgullosa a mi madre y que demostraría —aunque no supiera muy bien a quién— que no había nacido para fracasar. Cuando el mundo exterior se me presentó como un territorio extraño y vasto, ellos fueron quienes me abrieron la puerta. Aquello fue una aventura completa, pero también una lección temprana: si quería mantenerme a flote, tendría que esforzarme el doble para no convertirme en una carga para nadie.

Con el paso del tiempo —o, siendo más honesto, en menos de un año— Casandra Hernández (aunque yo la llamaba Cassie) apareció en mi vida y acabó convirtiéndose en mi novia. Era una estudiante de intercambio procedente de Tijuana, México, y recuerdo con demasiada nitidez el momento en que mis amigos me la presentaron. Me quedé, literalmente, sin palabras. No porque no supiera qué decir, sino porque me pareció encantadora de una forma desarmante. Tenía un acento suavemente latinizado que me arrancó una sonrisa inmediata; no por burla, sino porque me resultó curioso, distinto, casi magnético. Hablar con ella era sencillo, sorprendentemente sencillo, a pesar de su timidez inicial. Pero poco a poco fui ayudándola a salir de su caparazón y, sin darme cuenta, terminamos funcionando como un equipo compacto, casi invulnerable.

Cassie llegaba siempre la primera al estadio. Gritaba mi nombre con una entrega absoluta y agitaba un cartel improvisado que, al principio, solo conseguía provocarme una vergüenza incómoda, propia de quien aún no sabe cómo gestionar la atención. Con el tiempo, sin embargo, aquella exposición se transformó en otra cosa: una mezcla extraña de orgullo y afecto que se te instala en el pecho y se queda ahí, presionando suavemente, recordándote que alguien cree en ti incluso cuando tú dudas.

Además del hockey, trabajaba en una tienda de deportes. Mi jefa, Carol Smith, era una mujer de carácter firme. No porque levantara la voz ni porque resultara desagradable, sino porque poseía esa presencia que descoloca a ciertos padres de familia convencidos de tener siempre la razón solo por ser hombres. Carol los ponía en su sitio con una calma casi pedagógica, sin necesidad de elevar el tono ni una sola vez. Admito que al principio me resultó difícil tratar con ella; su franqueza podía parecer cortante. Sin embargo, con el paso de las semanas, terminábamos recolocando chaquetas de plumas y balones en cestas metálicas hasta las siete de la tarde, hablando de cualquier cosa: estudios, deporte, la vida en general. Fue entonces cuando entendí que su dureza no era más que una forma de orden.

Todo aquello que había construido durante cuatro años se detuvo en seco con una llamada. Al otro lado del teléfono escuché a mi madre llorar, esforzándose por articular palabras que parecían demasiado pesadas para su garganta. Cáncer de ovario. Terminal. Fase IV. Lo dijo como pudo, entre sollozos que atravesaban la línea con una claridad devastadora. Los tratamientos no estaban funcionando y el médico le había dado menos de un año.

En el instante en que comprendí el alcance de aquella noticia, mi mundo —hasta entonces estable, casi luminoso— se transformó en una pesadilla.

—¿Por qué no me lo dijiste antes? —le grité por teléfono, con un nudo doloroso cerrándose en mi garganta—. Mamá… joder. De verdad, ¿por qué esperaste a…?

—Lo siento —me interrumpió, con la voz baja, quebrada—. Lo siento tanto, Ariel…

Mi madre siempre había sido mi mundo, en el sentido más literal de la palabra. La distancia, en ese momento, se volvió insoportable. Mi padre nos había abandonado de la peor manera posible y yo, con apenas cuatro años, apenas lograba entender qué estaba ocurriendo. Me aferré a ella como a un último punto de apoyo, sin saber que aquel apego me obligaría a crecer demasiado rápido, mucho antes de estar preparado.

Pasé de vivir en un barrio tranquilo, rodeado de familias, con una casa y jardín donde invitaba a mis compañeros de escuela, a un apartamento de una sola habitación, situado en una zona peligrosa y alejada de mi centro de estudios. Fue entonces cuando comprendí, por primera vez, lo que significa perder un mundo entero sin que nadie te avise.

Ella sabía que aquello tenía un peso enorme, casi insoportable, y yo nunca había sido especialmente hábil a la hora de tomar decisiones que no implicaran jugarme todo a una sola carta o dejarme arrastrar por mi propia impulsividad. Siempre había funcionado así: saltar primero y pensar después, confiando en que el golpe no fuera mortal. Sin embargo, esta vez no se trataba solo de mí, y esa diferencia lo contaminaba todo.

Tan importante era, de hecho, que todo lo que había construido por mí mismo amenazaba con evaporarse. No de forma gradual ni elegante, sino de manera abrupta, como si alguien hubiera pasado una mano descuidada por encima de una mesa y hubiera barrido cada logro al suelo. Literalmente.

La elección era clara y, al mismo tiempo, devastadora: quedarme en Newport, con mis estudios, mi equipo de hockey, mis amigos, mi trabajo y mi pareja, o regresar a Boston para estar con ella. Volver al punto de partida. Empezar otra vez desde cero, con una mochila mucho más pesada. ¿Alternar entre un lugar y otro? No, eso no era una opción realista. El problema no residía en recorrer ciento setenta y cuatro kilómetros; no era la distancia lo que me derrotaba, sino la suma de todo lo demás. Yo era estudiante, mi sueldo apenas cubría lo básico y el precio de la gasolina estaba por las nubes, como si se hubiera puesto de acuerdo con el universo para recordarme que no todo depende de la fuerza de voluntad.

Me obligué a respirar hondo y llevé una mano al puente de la nariz, presionándolo con los dedos cerrados, porque aquel asunto era demasiado serio como para dejarlo a medias. Sentía la cabeza a punto de estallar. Pensé en el entrenador, en su expresión severa, en el sermón que probablemente me caería encima por no haberle avisado antes. Quizá, cuando supiera el motivo, su enfado se atemperaría. Quizá no. En cualquier caso, ese ya no era mi principal problema.

—Está bien… —murmuré, esforzándome por mantener la voz estable mientras trataba de contener todo lo que me estaba atravesando en ese instante—. Cuéntamelo todo. No te saltes nada, ¿de acuerdo? Necesito entenderlo bien antes de decidir.

Porque aquello iba a ser una decisión, aunque muchos la calificaran de impulsiva o excesiva. No se trataba de hacer lo que otros considerarían correcto o ejemplar, sino de elegir entre dinamitar mi vida desde los cimientos o salir corriendo hacia donde estaba mi madre y convertirme en su apoyo absoluto. No había términos medios, ni soluciones elegantes, ni finales amables.

Abandonar la universidad significaba perder la beca. Así, sin más. La Universidad de Connecticut cancelaría la ayuda deportiva en el momento en que dejara de asistir a clases y de competir para ellos. No existía la posibilidad de presentarme ante la NCAA y exponer mi tragedia personal esperando compasión; nadie concede becas por adelantado ni por lástima. En Boston, además, me colocarían en un periodo de inactividad. Para un jugador de hockey, eso es casi una condena: perder un año entero de aquello que te mantiene cuerdo, tener que adaptarte después a un equipo nuevo, a otro entrenador, a dinámicas distintas… y hacerlo completamente solo. Sin respaldo económico, sin la red de amigos que había construido, sin mi pareja. Y, por si fuera poco, con la necesidad urgente de encontrar otro trabajo.

Todo aquello se acumulaba en mi cabeza como una lista interminable de obstáculos, cada uno más pesado que el anterior. Me pregunté, con una ironía amarga, si los grandes manuales de supervivencia mencionaban algo sobre cómo no derrumbarse cuando todo lo que te daba estabilidad desaparece de golpe.

¿Cómo demonios se suponía que iba a hacer todo eso sin romperme por el camino?

Así transcurrieron los cuarenta y cinco minutos más largos que recordaba haber vivido nunca. Agónicos, densos, casi irrespirables. Permanecí en silencio, con el teléfono pegado a la oreja, mientras mi madre lo explicaba todo con una calma forzada que solo podía sostenerse a base de costumbre y cansancio. El motivo por el que no me había avisado antes —porque no quería preocuparme—; la razón por la que había esperado hasta ese instante —porque ya no quedaban alternativas—; y el estado de su situación económica, que, pese a los ahorros que había ido reuniendo desde que me marché de casa para construir mi propia vida, se deterioraba con rapidez porque cada circunstancia parecía jugar en su contra.

Cuanto más hablaba, más ofuscado me sentía. Una parte de mí se reprochaba no haberlo visto venir. Debería haberlo notado cuando iba a verla en Navidad o en Acción de Gracias, ¿no? Algún indicio mínimo: un cansancio más persistente, una forma distinta de sentarse, una pausa demasiado larga al levantarse del sofá. Cualquier señal. Pero no. Nada. Yo siempre la veía igual: maternal, intacta, con esa sonrisa fácil que aparecía cada vez que le hablaba de mis entrenamientos o de algún partido de hockey especialmente duro. Incluso llegó a conocer a mi novia, a la que abrazó con una naturalidad tan cálida que parecía haber encontrado en ella a la hija que nunca tuvo.

Dios. Hasta bromeaba con total ligereza, asegurando que no lograba imaginarme esperando en un altar el día que regresara a casa, yo, con mi carácter impulsivo y esa incapacidad crónica para quedarme quieto demasiado tiempo. Se reía al decirlo, y yo también. Recordarlo ahora me resultaba casi insoportable, porque implicaba aceptar que no habría boda, ni fotografías, ni recuerdos compartidos de ese momento. Porque ella ya no estaría allí. Porque ella ya no estaría en ningún sitio.

—Está bien, mamá —dije al final, cuando su relato se agotó y quedó un silencio espeso al otro lado de la línea. Podía imaginármela con demasiada claridad: encogida, frágil, diminuta, tan distinta de la mujer que se levantaba a las cinco de la mañana para ir a trabajar y que, por la tarde, corría apresurada de un empleo a otro para que nada nos faltara—. Necesito… necesito organizar un poco todo esto, ¿vale?

—Lo siento —repitió, como si esa palabra pudiera servir de refugio ante algo que ninguno de los dos sabía cómo afrontar.

Sabía que para ella no era tan sencillo como subirse a un autobús y aparecer en mi residencia universitaria en quince minutos. Sabía que la distancia pesaba tanto como la enfermedad.

—Te llamaré mañana —añadí, intentando sonar más firme de lo que me sentía.

Ella guardó silencio unos segundos, aún hipando, y esa pausa me atravesó con una incomodidad inmediata.

—Ariel, pero… mañana es demasiado pronto, cariño.

—Mejor arreglarlo todo antes de que empeore —respondí, con una claridad que me sorprendió incluso a mí—. Cuídate, mamá. Y cualquier cosa, llámame. ¿Vale? Te quiero.

Colgué sin esperar su respuesta, ya que no habría soportado escucharla despedirse.

Cubrí mis ojos con la mano libre, apreté los dientes hasta que me dolió la mandíbula y dejé escapar un grito ahogado, seco, más parecido a un rugido contenido que a un sollozo. Me quedé así unos segundos, respirando mal, consciente de que algo fundamental acababa de romperse y de que ya no existía marcha atrás.

Actúa primero, piensa después.

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Bajé del autobús justo frente al complejo donde solíamos entrenar y me quedé quieto unos segundos, observando el campo de hockey, que por algún motivo parecía más grande de lo que me había parecido la primera vez que puse un pie allí dentro. No porque hubiera cambiado, sino porque yo sí lo había hecho. El edificio se alzaba con esa arquitectura funcional tan propia de las instalaciones deportivas universitarias estadounidenses: líneas rectas, grandes paneles metálicos y cristal reforzado, banderas desgastadas por el viento colgando de mástiles que habían visto pasar demasiadas temporadas. A un lado, el aparcamiento medio vacío; al otro, una hilera de árboles desnudos que anunciaban un invierno largo.

Todo seguía exactamente en su sitio, y aun así, la idea de perderlo esto se me hacía frustrante.

Tomé aire, como si fuera a sumergirme bajo el agua, y crucé la entrada principal. El olor me golpeó de inmediato: hielo, caucho, detergente industrial y ese rastro indefinible que solo existe en los vestuarios después de años de sudor, esfuerzo y derrotas mal digeridas. Saludé con un leve gesto de cabeza a Matt, el guardia de seguridad al que había visto durante dos años seguidos. Era un buen tipo; siempre tenía una palabra amable cuando salíamos de un partido ganado y una palmada en el hombro cuando perdíamos, como si entendiera que el deporte también consiste en aprender a encajar golpes.

—El entrenador Anderson estará molesto —comentó, casi como un recordatorio en vez de un advertencia leve—. Lo sabes, ¿verdad?

Solté una risa breve que no sonó auténtica, casi un reflejo mal ensayado, y agité la mano con desgana, restándole importancia a algo que, en realidad, estaba muy lejos de ser mi mayor preocupación.

—No te preocupes, Matt —respondí mientras pasaba de largo, sin mirarle siquiera—. Hoy voy un poco justo de tiempo.

No dijo nada más, pero pude imaginarlo frunciendo el ceño al reparar en que no llevaba la mochila ni el palo de hockey. A eso se sumaba que ni siquiera me despedí con el habitual “luego hablamos”, algo que solía hacer para que no pensara que era un crío desagradecido que no valoraba sus charlas improvisadas. Aquella omisión, tan pequeña, me pesó más de lo que debería.

Crucé el pasillo a paso rápido, con el eco seco de mis zapatillas golpeando el suelo pulido. A medida que me acercaba al arco que separaba la entrada de la pista de hielo, los sonidos se volvían más nítidos. Escuché la voz del entrenador Anderson elevándose por encima del resto, corrigiendo posiciones, marcando tiempos, señalando errores. No lo hacía por crueldad ni por ego; lo hacía porque creía, casi con fe religiosa, que un equipo perfectamente coordinado garantizaba victorias, mientras que uno desordenado estaba condenado a perder, por mucho talento individual que tuviera.

Al atravesar la entrada, la pista se abrió ante mí con su habitual grandiosidad. El hielo, recién alisado, reflejaba las luces del techo como un espejo opaco, atravesado por las líneas rojas y azules que tantas veces había cruzado a toda velocidad. Las gradas estaban vacías, silenciosas, salvo por alguna chaqueta olvidada y los carteles publicitarios de patrocinadores locales que llevaban años ahí, como reliquias de otra época. Desde el banco, mis compañeros se movían de un lado a otro, patinando en círculos, chocando palos contra el hielo, ajustándose los cascos. El sonido de las cuchillas cortando la superficie helada era casi hipnótico, un ruido que siempre había asociado con estabilidad, rutina y propósito.

Me aclaré la garganta y, cuando hablé, mi voz salió más alta de lo que había previsto, rebotando en el espacio amplio de la pista y regresando hacia mí deformada, casi ridícula, como si el lugar se empeñara en recordarme que aquello no iba a ser una conversación privada ni sencilla.

—¡Entrenador Anderson, tengo que hablar con usted!

El hombre se dio la vuelta de inmediato, con una brusquedad casi similar a haberse pellizcado el culo con algo, y su rostro, marcado por décadas de nicotina, madrugadas interminables y noches mal dormidas, se contrajo al instante. Las cejas negras, espesas, parecían trazadas con carbón, y la barba de dos días reforzaba ese aspecto áspero que intimidaba a cualquiera que no lo conociera lo suficiente. Hizo un gesto seco con el brazo para que el resto del equipo continuara entrenando, como si nada fuera a interrumpir su rutina.

—¡Wallas! —bramó—. ¿Dónde demonios están tus malditas cosas?

Me quedé en mi sitio, cerca del arco, observándolo mientras salía de la zona de bancos de plástico duro y subía las escaleras con un andar cargado de irritación. Llevaba la gorra torcida, con las siglas del equipo bordadas en un azul cobalto ya algo apagado por el uso. La visera estaba rozada y de uno de los laterales asomaba un hilo rebelde. Aquella gorra era casi una reliquia, un recuerdo físico del primer año en que formó el equipo tras una selección despiadada que había dejado a medio campus mascullando su orgullo herido.

Cuando llegó frente a mí, superándome en altura por al menos una cabeza, me sostuvo la mirada sin parpadear. Sus ojos recorrieron mi figura con rapidez: ni equipación, ni palo de hockey, ni rastro del lenguaje corporal habitual de alguien que llega tarde y se prepara para disculparse.

—Ni una llamada en casi hora y media de retraso —espetó, clavándome el dedo en el pecho—. ¿Qué llevo repitiendo desde tu primer año, Wallas?

“La tardanza con excusas es la defensa de los vagos” —respondí, reproduciendo casi de memoria una de sus frases favoritas, esas que soltaba al final de sus charlas interminables en la sala interior de la universidad—. Pero, entrenador, lo mío no es una excusa absurda para no haber avisado antes.

—Llamar te lleva segundos —replicó, dándome un par de golpecitos firmes en el pecho con el dedo—. Lo toleraría si estuvieras ardiendo de fiebre en una cama, si hubieras tenido un accidente y estuvieras en un hospital o si…

—Tengo que abandonar el equipo.

Las palabras quedaron suspendidas entre nosotros, pesadas, e irrevocables. Anderson cerró la boca de inmediato y su enfado se transformó en una confusión profunda, casi desconcertante. Durante unos segundos me observó como si hubiera hablado en otro idioma, como si su mente se negara a procesar lo que acababa de oír.

¿Abandonar? Así, sin más. No era una idea fácil de asimilar, y lo entendía. Durante todo ese tiempo siempre había dejado claro que el hockey era algo más que un deporte para mí. Lo había demostrado a base de golpes, de raspaduras que ardían bajo la ducha, de hombros resentidos tras placajes mal medidos y de caídas ridículas por perder el equilibrio. Lo desagradable nunca había conseguido eclipsar lo que realmente importaba: esa sensación de estar exactamente donde debía.

—¿Por qué diablos ibas a dejarnos, muchacho? —preguntó al fin, con la voz ronca por la incredulidad. Su expresión se suavizó lo justo como para revelar que empezaba a sospechar que aquello no era un arrebato cualquiera—. ¿Alguien te está acosando? Ya sabes que no permito ese tipo de mierda en mi equipo.

Una persona normal habría optado por una respuesta tibia, cuidadosamente formulada, diseñada para amortiguar el impacto y evitar miradas incómodas. Yo no. No buscaba compasión ni frases vacías cargadas de buena intención; lo único que necesitaba era exponer la razón real, cruda y definitiva, por la que debía abandonar aquello que me hacía sentir vivo. No había forma agradable de decirlo, ni me interesaba encontrarla.

Porque no se trataba solo de dejar un equipo o de renunciar al deporte que me obligaba a levantarme cada mañana incluso cuando el cuerpo pedía tregua. Entre esas personas había amigos. Gente que me había hecho un hueco en su círculo cuando llegué a Newport, cuando todavía era un desconocido con demasiada energía y pocas certezas, y que convirtió mis primeros pasos allí en el inicio de una historia que, hasta hacía muy poco, yo creía lejos de terminarse.

Mientras hablaba con el entrenador, podía verlos en la pista, detenidos de forma inquisitiva por no haberme acercado, observándonos desde la distancia. Sus expresiones eran un coro silencioso de preguntas: ¿Qué demonios está pasando? ¿Por qué no bajas a entrenar? Ninguno decía nada, pero el desconcierto flotaba en el aire con una claridad incómoda.

—Mi madre está en fase terminal —solté sin filtro, a un nivel que solo Anderson pudiera escuchar—. Es cáncer, en un estado avanzado. Tengo que dejar la universidad, aunque no quiera.

Las palabras cayeron con un peso inmediato. Anderson se enderezó ligeramente, como si la tensión le hubiera recorrido la espalda de golpe.

—Joder, Wallas… —murmuró, pasándose la mano por la cara hasta detenerse en el puente de la nariz—. Eso es una mierda, y no una cualquiera. Una madre es… —se quedó a medias—. Esto que dices es realmente duro.

—Lo sé.

No añadió nada durante unos segundos. Podía ver que buscaba una respuesta adecuada, algo que no sonara hueco ni cruel. Yo sabía, porque lo había sabido desde el año anterior, que su propia madre había muerto de cáncer cuando él tenía quince años. Aquella información, que en su momento había sido solo un dato más, ahora cobraba un peso distinto. Entendí que ese recuerdo debía estar empujando su opinión en direcciones opuestas al mismo tiempo.

También era consciente —y él lo sabía igual de bien— de que mi marcha no solo dejaba un hueco incómodo en el equipo, sino que implicaba la revocación automática de mi beca deportiva. A ojos de cualquiera, yo era un universitario de veintidós años a punto de recibir golpes desde todos los frentes, y ninguno prometía ser fácil de encajar.

—No puedo hacer mucho por ti, Wallas —dijo al fin, con un tono más bajo—. Pero cuando estés en la otra universidad, deberías hablar con tu nuevo entrenador. Quizá pueda ayudarte a solicitar una exención en la NCAA, sobre todo si le das mi número para hacerlo todo más ameno.

—Gracias, entrenador —respondí, sabiendo que aquello era más de lo que podía ofrecerme.

—Eso no garantiza que te elijan —añadió, levantando el dedo que antes había usado para marcar territorio en mi pecho—. El hardship waiver no es automático. Vas a tener que moverte mucho, hacer llamadas, insistir, pelearlo todo cuando llegue el momento de ir a…

—Boston —completé—. Allí es donde tendré que transferirme.

Asintió una vez, y luego otra, como si ese nombre cerrara definitivamente el mapa.

—Bien, Boston —repitió—. Como te he dicho, no pierdas el tiempo haciendo el imbécil con tus amigos o con tu novia. Cuanto antes lo tengas todo atado, menos mierda tendrás que tragar después. ¿Queda claro?

—Sí, señor.

Y aquello no era, ni de lejos, el problema más grave. Apenas representaba la superficie. Todavía quedaban los verdaderamente complicados: decírselo a mis amigos y enfrentarme a lo inevitable con Cassie.

Lo segundo era, sin discusión, lo más difícil. No porque no la quisiera lo suficiente, sino precisamente por lo contrario. La distancia no iba a convertir nuestro vínculo en algo más fuerte; no éramos una excepción milagrosa ni una historia diseñada para sobrevivir a kilómetros, silencios y horarios incompatibles. Esto no era una película romántica en la que el conflicto se resuelve con un montaje rápido, un par de llamadas emotivas y quince minutos finales de música suave antes del beso definitivo.

En la vida real no hay elipsis benévolas ni promesas que se sostengan solas.

Mi realidad era mucho más simple y, al mismo tiempo, más cruel: estaba a punto de perderlo todo por una llamada telefónica... y no había manera de rebobinar.