Entre Líneas

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Summary

¿Qué harías si el hombre que te arrebató todo se convierte en tu único aliado? Erin Callahan lo perdió todo el día que Kian Byrne, un CEO tan frío como irresistible, compró su bufete familiar. Su primer movimiento: quitarla de su despacho. El segundo, mucho peor: obligarla a demostrar que merece seguir allí. Ahora, cada reunión es una batalla de poder y cada decisión puede costarle algo más que su trabajo. Entre cláusulas, auditorías y silencios peligrosos, la línea entre el enemigo y el aliado empieza a difuminarse. Porque Kian no solo quiere control. Quiere que Erin elija quedarse. Y lo más peligroso no es que ella esté perdiendo el juego... sino que empieza a preguntarse si ganarlo significa perderse a sí misma.

Genre
Romance
Author
V. Page
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1. Línea de Fuego

La lluvia de Clonthraigh acariciaba los cristales del ventanal de Harbour Street, dibujando caminos efímeros a través del paisaje gris del puerto. Erin Callahan no percibía la belleza melancólica; solo veía el reloj. Cada tic—tac del viejo reloj de pared, cinco minutos atrasado como siempre, era un latido más cerca del final.

Había pasado la noche revisando el contrato de compra por enésima vez, buscando una cláusula, un error, un resquicio de luz. No lo había. La firma temblorosa de su padre, Ronan, en la página final, era la losa que acababa con cien años de historia. Callahan & Kelly Legal ya no le pertenecía.

Un ruido en el recibidor la sobresaltó. No era el paso cansado de Mrs. O’Leary, la recepcionista. Eran pasos firmes, acompasados, ajenos. De hombre. El corazón le dio un vuelco contra las costillas, justo donde el pequeño trébol tatuado parecía querer protegerla.

Él no llamó. Simplemente apareció en el umbral de su oficina. Kian Byrne llenaba el espacio de una manera que iba más allá de su estatura. Su gabardina colgaba, impecable, del perchero junto a la puerta, como si ya fuera suyo. Su pelo castaño cobrizo estaba ligeramente húmedo, desordenado. Con la frialdad de un tasador, los ojos azul grisáceo examinaron la habitación: a ella, los estantes de madera oscura y el retrato de su bisabuelo, ya empaquetado.

—Miss Callahan —saludó. Su voz era un bajo grave, una mezcla fascinante entre la educación de Boston y algo más profundo. No ofreció su mano—. Llegó más pronto de lo esperado.

Erin se forzó a enderezarse y a ocultar los puños tras la espalda, para que él no los viese. Su escudo, su humor sarcástico, brotó como un acto reflejo.

—Señor Byrne, el clima en Clonthraigh es impredecible. Como usted, al parecer.

Una esquina de su boca se tensó. No era una sonrisa. Era el principio de algo.

—Los tontos son los únicos impredecibles —corrigió, avanzando hasta quedar al otro lado de su escritorio. Su mirada se dirigió a la carpeta abierta—. Yo soy todo lo contrario. Organizado. Y mi primer método consiste en la cercanía.

Erin frunció el ceño. —¿Cercanía?

Kian apoyó la punta de sus dedos en el borde del escritorio de Erin. Un gesto de posesión tan personal que le hizo contener la respiración.

—He decidido que mi oficina principal estará aquí, en Harbour Street. Este despacho tiene las vistas que necesito —su mirada se deslizó hacia la ventana y luego de vuelta a ella, clavándose en sus ojos verdes—. A partir de mañana, será el mío. Usted puede usar la oficina contigua, la que da al patio de luces. He visto que está…aceptable.

Su despacho. Aceptable. Erin sintió el calor subirle por el cuello, la ira palpitando en sus sienes. No era sólo un despacho, era el santuario de su abuelo, el lugar desde donde, hasta esa mañana, había creído posible salvar lo que más amaba.

—Mis clientes me necesitan aquí. Este bufete funciona por la confianza, no por… vistas.

—Sus clientes —la interrumpió él, su voz un susurro cortante— son ahora mis activos. Y la confianza se gana con resultados, no con nostalgia. Mañana a las ocho, en Meridian Plaza. Tendremos nuestra primera reunión de estrategia.

Se dio la vuelta con la intención de irse, pero se paró. Como recordando algo. Sin mirarla, dejó caer una carpeta delgada sobre el escritorio.

—Un ejercicio de priorización. Quiero su evaluación para mañana.

Y se fue. Sus pasos se desvanecieron en el pasillo, dejando solo el olor de su perfume, notas de cedro, sal marina y algo indefiniblemente peligroso— y un silencio denso.

Con manos temblorosas, Erin abrió la carpeta. Era un listado interno de empleados, con columnas de cifras: sueldos, antigüedad, evaluación de productividad. Al final, un breve mensaje de “optimización de recursos” de Kian Byrne Holdings proponía una disminución del 40% para “sanear la estructura”.

Su sangre se congeló. El primer nombre destacado en la lista de “baja prioridad” era Michael “Mickey” O’Donnell. Archivo y conservación. 45 años en la empresa. El hombre que le afilaba los lápices y le relataba historias del puerto cuando era una niña que jugaba bajo ese mismo escritorio.

La lluvia seguía golpeando el cristal. Sin embargo, en este momento, el ruido que resonaba en sus oídos era el de su propio mundo colapsando. Y, en algún lugar entre un odio intenso y un miedo paralizante, surgió una pregunta tan clara como desesperada: ¿Hasta dónde estaría dispuesta a llegar para salvar lo que quedaba?.