PRÓLOGO
La primera regla de Hayang era clara: no mires a las Bestias. No los nombres. No los mires. No los provoques. Y, bajo ninguna circunstancia, te cruces con Knox Blackwood.
Pero yo lo hice.
El primer día, aún con la falda del uniforme nueva y la sonrisa intacta sin saber lo que venía, lo miré. Y cuando sus ojos se clavaron en las míos, lo supe. Ya no había vuelta atrás. El mundo que conocía – lleno de fiestas, privilegios y apellidos tan poderosos que te abrían cualquier puerta – empezó a desmoronarse.
Y él fue el que dio el primer golpe.
Dicen que Knox es una leyenda. Que ha visto más sangre de la que un cuerpo puede derramar, que tiene las manos manchadas de cosas que ni el propio infierno se atrevería a nombrar. Y, que cuando sonríe, es porque va a destruirte.
Yo era la hija predilecta de la alta sociedad. La mujer perfecta. La esposa perfecta. El futuro que todos querían comprar.
Él, el líder de las Bestias, de los bajos mundos, del infierno.
Yo tenía todo.
Él no tenía nada.
Ahora, todo lo que existe para mí es él.
Pero Knox no viene solo. Donde el pisa también llega el resto del infierno: Veil, Dane, Rowan. Monstruos. Los otros reyes de ese imperio podrido. Y aunque todos los caminos parecen llevar a la destrucción, nadie puede escapar de ellos.
Nadie.
Porque hay cicatrices que no se ven.
Amores que, más que amar, devoran.
Y deseos que no deberían de existir.
Esto no es una historia dulce.
Es un juego de poder, obsesión y peligro. Aquí, amar es un acto de guerra, y mirar a los ojos de la Bestia, la sentencia de muerte.
¿Quieres seguir leyendo?
No digas que no te lo advertí.