Capítulo 1
Capitulo 1
Su vida era tranquila... o al menos, lo había sido. Acababa de terminar sus vacaciones, estaba a punto de volver a la universidad, aunque en realidad no las disfrutó. Había pasado el mes entero haciendo de ama de casa: limpiando, cocinando, ayudando, siendo una buena hija. Nada nuevo, pero cansado.
El cambio más reciente había sido el más extraño: su familia se había mudado a un barrio nuevo. Uno de esos lugares donde la gente baja la voz y mira por encima del hombro. Tan pronto como llegaron, no dudaron en instalar cámaras de seguridad. ¿Paranoia? Ojalá. Donde vivían, salir de día o de noche era igual de peligroso. Algo como “La Purga”, pero sin final ni anuncio.
Esa noche, estaba en su habitación, en pijama, con su perro metido bajo la cama. Solía burlarse de él por sus ronquidos adorables. Todo estaba en silencio, hasta que unanotificación de movimientosonó en su celular.
Al principio pensó que era un gato o alguien del vecindario. Pero al abrir la cámara... viovarias figuras frente a la entrada. Hombres. No uno. No dos. Varios. Con intenciones que su instinto le gritó que no eran buenas.
Su cuerpo se congeló.
Corrió a cerrar la puerta de su cuarto y buscó con desesperación algo para defenderse. ¿Qué tenía? Perfumes, un par de tijeras, y un cable de pistola caliente inalámbrica. Tal vez podría usarlo para estrangular si tenía oportunidad. Su perro, alerta, salió de debajo de la cama y se plantó frente a la puerta, gruñendo.
Pensó en bajar por un cuchillo, pero era tarde. Escribió a su madre y hermano. Ambos estaban trabajando. Su hermano, mínimo, tardaría tres horas en llegar.
El miedo era real. Pero el terror más grande era quesu perro saliera herido. No podían mover muebles pesados para bloquear la puerta, apenas si podían con el refrigerador. Abrió todas las cámaras. Empezó a grabar. Llamó al 911. Le dijeron que la unidad tardaría.
Tardaron poco en entrar. Patearon la puerta principal. Se encerró en su cuarto, su cuerpo temblando. Nunca se había sentido así. Pero no se dejó vencer: se dio una bofetada, respiró profundo. No podía morir sin luchar. No podía permitir que su perro se sacrificara por ella sin hacer nada.
Preparó los perfumes como armas. Sostuvo el cable como látigo.
La puerta cayó.
Eran cinco. Fuertes, grandes. Claramente no eran ladrones comunes. Pero aún así los enfrentó.Roció sus rostros con perfume, usó el cable como látigo, su perro saltó a morder, gruñir, defender.Una pelea caótica. Ellos gritaban por el escozor en los ojos. Su perro mordía sin soltar.
Corrió hacia la cocina. Agarró todos los cuchillos que pudo. Regresó.
El corazón le latía con tanta fuerza que apenas oía otra cosa.Luchó. Peleó. Cortó.Uno de ellos le alcanzó con un cuchillo, directo al abdomen. Dolió. Pero rió. Rió porque su perro seguía vivo. Rió porque no se rendiría.
Las sirenas se escucharon a lo lejos.
“Ya vienen... ya vienen...” pensó.
Pero no fue suficiente.
Ellos no querían testigos.
Le clavaron los cuchillos. Vio los rostros de todos. Sintió su sangre correr por las escaleras.
Su perro cayó. Pero respiraba.
“Mi hermano me va a regañar por no cuidar bien a su sobrino...” pensó entre lágrimas y risa.
Se arrastró. Quiso acercarse a su perro. Vio cómo la puerta se abría. Policías. Enfermeros. Gritos. Tiros. El mundo se apagaba.
Y aun así,sonrió.
Sonrió porque lo logró. Su perrovivía.
La sangre seguía saliendo. Ya no dolía tanto. Sentía frío.
Sus pensamientos eran lentos, desordenados, pero claros.
“Sé que no podía sobrevivir... lo sabía desde el momento en que vi cómo forzaron las cerraduras. Aunque me hubiera escondido con mi perro en la parte trasera... ellos habrían llegado igual. Nos habrían robado, o matado. No había salida.”
Una pausa. Una sonrisa.
“Pero al menos no hubo más bajas... o bueno,solo la mía.”
Se permitió cerrar los ojos con una sonrisa serena. Su perro estaba vivo. La policía había llegado. Su familia estaría a salvo.
Y eso... era suficiente.
El dolor desaparecía. El peso también. Una luz la envolvió.
Cuando abrió los ojos... estaba en una cama absurdamente cómoda. Ropa suave. Una habitación decorada con un gusto que gritaba “niña rica que ama las cosas cursis”.
Se sentó, desconcertada.
“¿Me morí...? ¿Reencarné?”
Era una opción. Tenía una lista larga de mundos a los que no quería ir: medievales con guerras, edad victoriana con enfermedades incurables, cosas raras con novios y maltrato. No quería morir joven otra vez.
Se levantó y caminó al espejo.
Y ahí... se quedó helada.
—¿Qué... qué carajos?
La cara que la miraba desde el reflejo erala de Rimuru Tempest.
Piel blanca, cabello azul suave, ojos de un color imposible, y un aura... ¿angélica? ¿demoníaca?
—¡No mamen...!
Rió. O lloró. No estaba segura. ¿Era guapo? ¿Guapa? ¿Las dos cosas? ¿Ninguna?
—¿Estoy en un anime? ¿Estoy en ese anime?
Pero no. Rimuruno vivía en un cuarto así.
Entonces...
¿Dónde demonios había reencarnado?