Mágica navidad

Summary

Severus le muestra a Harry como es la navidad. Es la primera navidad de Harry, y juntos descubrirán nuevas y viejas tradiciones.. -> Disclaimer: Los personajes son propiedad y autoría de JK Rowling y WB.

Status
Complete
Chapters
1
Rating
5.0 1 review
Age Rating
13+

Capítulo único

La nieve caía en hilos delgados y persistentes sobre el tejado de la austera casa en Spinner’s End, cubriendo cada teja y cornisa con un manto blanco que hacía resplandecer la calle sombría en la penumbra de diciembre. La luz grisácea del amanecer se filtraba a través de las cortinas, Harry dormía, arropado bajo mantas que olían ligeramente a lavanda y menta. Severus Snape, de pie junto a la ventana de la cocina con una taza de té negro, contemplaba el paisaje invernal y reflexionaba sobre la nueva realidad que el destino había depositado en sus manos.

¿Qué sabía él de criar a un niño? Nada, pensó con amarga honestidad. Todo cuanto tenía era una colección de recuerdos dolorosos y algunos instintos aprendidos por pura necesidad. Miró hacia la escalera, arriba, donde sabía que el niño descansaba. Era demasiado pronto para bajar, pero Severus ya estaba despierto desde hacía horas, analizando mentalmente la lista de tareas del día. En otro tiempo, habría dedicado la mañana entera a la lectura solitaria o la preparación de pociones; ahora, debía pensar en desayunos, ropa limpia y libros para un niño que no sabía pedir.

La primera nevada marcó un punto de quiebre en la resiente adquirida paternidad de Severus Snape al convertirse en el nuevo tutor de Harry, el pocionista sabía que seria todo un desafío criar al niño, más después de todo lo que había pasado a expensas de sus familiares, pero la primera nevada marco el comienzo de la época navideña y eso era un punto clave. Su casa, ahora también hogar de Harry, se impregnaba de un silencio tenso y expectante: Harry dormía arriba, lo cual ya era un logro, luego de convencerlo de que no era necesario que durmiera en la alacena, ni era una pérdida de espacio. El niño no lloraba ni pedía nada, aceptando todo con una obediencia inquietante, señales que Severus reconocía bien y tenia que admitir también que le inquietaba mucho.

La llegada de Harry había sido silenciosa, casi tanto como el propio muchacho. Nadie había llamado a la puerta con anuncios rimbombantes ni cartas oficiales; Amelia Bones jefa del departamento de aplicación de la ley, con voz cargada de gravedad y compasión, le había explicado las circunstancias. Petunia y su horrible marido habían cometido actos atroces contra el niño y él era el único disponible para hacerse cargo del niño. Así, fue Severus quien abrió la puerta y encontró a un niño escuálido, ojos verdes fijos en el suelo, una pequeña maleta en la mano y las marcas del abandono reflejadas en el temblor constante.

Esa primera noche, luego de una muy larga explicación sobre por que dormiría en una habitación, Harry subió. No pidió agua, ni historias, ni siquiera una luz encendida. Se acurrucó en la cama asignada y durmió. Severus se quedo casi toda la noche en la puerta preocupado por lo que veía.

Así comenzó la rutina. Harry se levantaba temprano, nunca después de las ocho, era callado. Severus preparaba el desayuno, y Harry nunca protestaba, nunca solicitaba otra cosa. Si el plato contenía gachas o unas tostadas y mermelada, Harry comía igual. Si la leche estaba tibia, fría o muy caliente, no decía palabra y nunca pedía más de lo ofrecido, después de una semana Severus había logrado que Harry comiera la comida de su plato sin pedir permiso, pero aun batallaba con el hecho de repetir Leía los libros que Severus le prestaba, recogía su ropa, mantenía el cuarto ordenado, y respondía a las preguntas con monosílabos.

Al principio, Severus agradeció el silencio. Su vida, estructurada por reglas estrictas y rutinas inamovibles, era perfecta para alguien tan reservado como él. Pero con el paso de los días, ese mismo silencio empezó a pesar. Los ojos de Harry, grandes y expectantes, a veces seguían los movimientos de Severus como si midiera la distancia de un posible golpe. Otros días, evitaba el contacto visual por miedo a molestar. A Severus le costaba recordar la última vez que alguien en esa casa se había atrevido a pedir algo—ni siquiera él mismo lo hacía y eso era lo mas doloroso, ver al niño ser como él a su edad.

Ambos pudieron adaptarse rápidamente a la rutina con sencillez. Pero con la Navidad cerca, Severus estaba decidido a hacer algo radical, ciertamente nunca fue un hombre que celebrara la navidad pero también recordaba con cariño los momentos con la familia Evans y las navidades de Hogwarts por lo que quería que su ahora proclamado hijo viviera una buena experiencia, movido por la falta de pedidos y las miradas silenciosas al escaparate, decidió hacer todo lo que él recordaba era especial en estas fechas.

Una tarde cualquiera, mientras la oscuridad temprana del invierno caía afuera, Severus observó a Harry sentado en el alféizar, mirando distraídamente hacia la calle nevada era evidente en sus ojos la curiosidad y el anhelo. Al día siguiente al pasar frente a una tienda iluminada y ya decorada, el niño se detuvo ante el escaparate adornado con guirnaldas y luces doradas. Entre osos de peluche, trenes de madera y dulces envueltos en celofán rojo, Severus vio reflejado en el cristal el rostro de Harry: deseo contenido, silencioso, y una aceptación resignada de que nada de aquello era para él.

Esa noche, después de apagar todas las luces salvo la de su estudio, Severus se sentó a la mesa con una hoja de papel. Tomó la pluma y trató de recordar todo lo que el sabía y había disfrutado en su infancia, y que era digno de ser recreado, no había mucho, pero lo que había en su memoria seria suficiente para darle al niño lo que se merecía.

Los días pasaron, y la casa fue cambiando poco a poco.

Una mañana de sábado, Severus llevó a Harry al mercado. Compraron manzanas, pan fresco y, tras recorrer varios puestos, Severus se detuvo ante un vendedor de árboles de Navidad. Escogió uno pequeño, apenas más alto que Harry, y lo cargó sin hacer comentarios. De regreso en casa, dejó el árbol en un rincón del salón y, sin mirar a Harry, murmuró:

—Si quieres, puedes ayudarme a decorarlo cuando termines tu lectura.

Harry lo miró sorprendido, los ojos brillando de curiosidad.

—¿Puedo...? —empezó, pero la pregunta murió antes de terminar.

Severus asintió en silencio. Un tímido destello de emoción cruzó el rostro de Harry antes de desaparecer, reemplazado por la prudencia habitual.

Esa tarde sacaron cajitas polvorientas del altillo, llenas de adornos antiguos: esferas de vidrio agrietadas, cintas desteñidas, pequeñas figuras talladas en madera. Harry las examinó con asombro reverente, tocando cada adorno como si fuera un tesoro oculto. Cuando colgó una estrella plateada en la punta del árbol, Severus notó que sus manos temblaban levemente.

—¿El árbol estará aquí toda la Navidad? —preguntó Harry, la voz baja, casi un susurro.

—Sí —respondió Severus—. Es lo que suelen hacer las familias. Dejarlo hasta Año Nuevo.

Harry sonrió, y ese gesto, simple y breve, bastó para que Severus decidiera esforzarse aún más. Eso y el hecho de que el pequeño estaba fascinado por las decoraciones mágicas y el tren encantado que volaba alrededor del árbol.

El siguiente gran paso fue casi una semana después de ese hecho, Harry había acompañado a Severus al supermercado y allí una mujer vestida de duende de navidad con una sonrisa enorme que provocaba todo el cinismo de Severus le regalo el sobre y el papel para hacer la lista de navidad. Harry había estado más que un poco sorprendido con la ideay no sabía muy bien de que se trataba por lo que Severus le explico la tradición de escribir lo que uno desea recibir en navidad y según la tradición mágica debía colocarlo en el sobre y debajo del árbol.

Harry no había entendido la importancia pero acepto la tradición casi con curiosidad, Severus se dio cuenta ese día que poco a poco esta viendo un poco del verdadero Harry y el brillo ansioso era tan parecido al de Lily que le cortaba la respiración.

La lista de Harry era extremadamente corta:

Un cuaderno para dibujar (él tenía su crayón verde no hacía falta más)

Un par de calcetines de lana (podían ser usados)

Que el señor Severus lo quiera (este era el que más quería, pero sabía que era difícil)

Severus leyó la carta con mucho cuidado y se prometió guardarla para cuando Harry fuera mayor y viera todo lo que había crecido en su vida. También deseo poder hacer más por el pequeño que dormía a solo dos puertas de él y que parecía tan desamparado en el mundo.

Probablemente hacer galletas era la tradición navideña favorita de Harry si su sonrisa y entusiasmo infantil tenían que ser una medida para Severus. El mayor había estado muy dudoso, sabía que los muggles lo habían obligado a cocinar y no estaba muy seguro de que la experiencia fuera agradable, pero Harry había preguntado por su tradición navideña favorita cuando era niño y el solo pudo recordar el momento en que el junto con Rose Evans y Lily Evans (Petunia era demasiado mayor para esas cosas) habían invadido la mesa de la cocina preparando galletas para regalar en el pueblo, Henry quien era muy malo para la repostería se había limitado a tocar en el piano algunos villancicos. Después de compartir eso con Harry el niño estaba deseoso de realizar las galletas de navidad por lo que Severus dispuso todos los ingredientes y le enseño la tradición Evans de las galletas. Hicieron el arenado que Rose le había enseñado, enfriaron la masa y cortaron con formas navideñas, Severus incluso le enseño a decorarlas como había aprendido.

―¿También podemos repartirlas?

Severus se pregunto como ese niño tan lastimado aun tenia afecto en su corazón suficiente. Se sintió capaz de negarse por lo que lo ayudo a armar paquetitos y a repartirlos por todo el barrio, incluso a la mujer vestida de duende que le dio el papel para la lista.

La mañana de Navidad, Severus despertó a Harry con una taza de chocolate caliente y lo llevo escaleras abajo para mostrarle los regalos bajo el árbol; había mucho más que dos o tres cosas, Severus estaba decidido a que tuviera todo lo que su pequeño corazón deseara, además debía compensar siete años de abuso. Entre los regalos estaba efectivamente lo que había pedido, un cuaderno, un par de calcetines de lana. También había colores, pinceles, un par de zapatos, unos libros sobre animales mágicos, tema que parecía fascinar al niño. Y para el ultimo regalo Severus había decidió enmarcar algunas fotos de Harry solo y algunas de ambos y le propuso que las colocara en la chimenea.

Harry lo había mirado con sus grandes ojos verdes llenos de lágrimas y le preguntó si podía quedarse para siempre. Severus le respondió que esa era su casa y que siempre tendría allí un lugar para él. Afuera nevaba, y adentro Harry comenzaba a entender lo que era realmente un hogar y Severus se reconectaba con una parte de si que creía perdida.

Para Harry esa no solo fue la mejor navidad de todas, sino que la más mágica, incluso mucho años después, cuando le preguntaban por la mejor navidad de su vida él siempre recordaba la primera navidad en la casa del maestro de pociones.

Fue la navidad de sus veinte años, sentado en el sueño mientras ayudaba a su hijo de un año a decorar el árbol de navidad el abuelo Sev, que Harry le confeso a su padre adoptivo que era el recuerdo de su primera navidad, de sus primeras galletas lo que usaba cuando debía crear un patronus poderoso, porque esa había sido la primera vez que se había sentido en casa, en familia y rodeado de magia.

Muchas cosas luego de esa navidad se volvieron tradición, además de las galletas, también estaba elegir un árbol del tamaño de Harry, leer historias de navidad el veinticuatro a la noche, luego de un par de años, Harry volvió tradición hacerle una hermosa carta a Severus para agradecerle por el año, y Severus las colocaba en la chimenea hasta que pasaba la época navideña y luego la guardaba en un hermoso álbum que tenia con un montón de recuerdos de Harry. Harry en su propio álbum aun guardaba parte del papel de regalo de sus primeros regalos de navidad, un hermoso papel verde con estrellas que bailaban.

Fin.