Prólogo
Su libertad terminó con la misma rapidez con la que sus vidas escaparon de sus cuerpos.
El silencio es su recuerdo más persistente. Esos instantes en los que el mundo pareció contener la respiración junto con él, como si esperara que todo fuera una ilusión. Después, llegó el peso de la ausencia. Y, finalmente, la sensación de estar siendo envuelto por fuertes brasas de fuego que lo alejaban de todo lo que alguna vez fue suyo.
Jun-Woo fue lo último que vio antes de perderlo todo y lo primero que jamás pudo olvidar.
Las palabras sobraron y las promesas nunca existieron. Tan solo el movimiento constante de una vida arrancada a la fuerza y la imposición de una nueva, una donde el dolor aprendió a habitar en paredes limpias y el encierro se confundió con cuidado. Desde ese momento, Dae entendió que el miedo no siempre grita, sino que susurra con una calma desesperante.
El odio floreció despacio, como una flor que crece en la oscuridad. Fue su refugio, su defensa, la promesa silenciosa con la que sostuvo su existencia cuando todo se redujo a cenizas. Odiar a Jun-Woo era un recuerdo doloroso, pero también su única forma de mantenerse en pie.
Pero incluso algo tan longevo como el odio puede desgastarse con el tiempo.
La cercanía obligada comenzó a difuminar los límites que el mismo había impuesto. La presencia constante logró invadir su silencio, con esos gestos tan íntimos y en la forma en que el miedo dejó de ser la primera emoción que tenía al verlo. Y, de pronto, sin previo aviso, el odio dejó de protegerlo.
Sentir algo era una traición sin nombre. Un error que jamás debió existir.
Sin embargo, la resistencia que pretendió sostener comenzó a fracturarse en pequeñas renuncias, en momentos tan invisibles que dejaron de importarle. Dae no supo el momento en que dejó de luchar, tan solo comprendió que había llegado a un lugar donde rendirse dolía menos que mantenerse de pie.
Ese fue el lugar donde dejó de resistirse.
Y en ese silencio, por primera vez, tuvo miedo de tener que abandonarlo.