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Summary

En un campus universitario perdido entre campos nevados de Minnesota, donde el invierno parece no terminar nunca y los secretos se entierran bajo capas de hielo, llega Noah Novak: un estudiante de diecinueve años, extranjero, reservado, con un mundo interior que nadie alcanza a ver del todo. Aquí conoce a Bastian : un hombre de veintiocho, con una presencia tranquila y una experiencia que lo hace parecer de otro tiempo. Nueve años de diferencia que, en cualquier otro lugar, quizá no importarían... pero en St. Augustine pesan como una sentencia. Una mirada que se cruza en el pasillo. Una conversación que se alarga más de lo necesario. Un silencio compartido que empieza a decir demasiado. En 2015, el mundo exterior celebra avances que aquí llegan como ecos lejanos. En este campus conservador, ser hombre y desear a otro hombre sigue siendo algo que se susurra con miedo, que se oculta detrás de bromas o silencios incómodos. Y cuando a eso se suma una diferencia de edad que levanta cejas, un vínculo que crece en la sombra puede volverse algo peligroso... algo tóxico. Lo que nace como una conexión profunda se enreda poco a poco: protección que se convierte en control, cercanía que genera dependencia, secretos que atan más fuerte que cualquier cadena. Slow burn intenso | Diferencia de edad | Homofobia internalizada y externa Relación compleja y tóxica | Tensión emocional |Dark

Genre
Lgbtq
Author
creamy
Status
Ongoing
Chapters
4
Rating
n/a
Age Rating
18+

0

Capítulo 0: El inicio de todo

La Universidad de St. Augustine se alza en medio de cientos de acres de campos congelados en una zona rural de Minnesota, lejos de las ciudades grandes. Es un campus compacto pero solemne: edificios de ladrillo rojo oscuro, torres góticas que destacan contra el cielo gris del invierno, ventanas altas que reflejan la nieve como espejos helados. Fundada hace más de un siglo por una orden católica, la universidad mantiene un ambiente conservador y tradicional; en los pasillos aún huele a cera de piso, café de máquina y libros viejos de la biblioteca. Las residencias están separadas por género, hay misa los domingos en la capilla del campus y un código de conducta que, aunque ya no es tan estricto como antes, sigue pesando: nada de fiestas ruidosas, respeto obligatorio y ciertos temas que simplemente no se mencionan.

Es noviembre de 2015. Afuera, el mundo habla de matrimonios igualitarios recién legalizados en todo el país, de apps de citas, de series con personajes abiertamente gay. Pero aquí, en St. Augustine, las cosas van más lentas. Los estudiantes susurran sobre quién sale con quién, pero nadie habla en voz alta de ciertas atracciones. Los grupos religiosos del campus organizan charlas sobre “valores familiares tradicionales”; los entrenadores de deportes todavía hacen bromas que nadie se atreve a cuestionar; y en las residencias masculinas, una mirada que dura demasiado puede convertirse en rumor toda la semana.

Noah Novak tiene diecinueve años y este es su primer semestre. Llegó hace apenas unos días desde Checoslovaquia —un país que ya no existe con ese nombre, pero que para él sigue siendo el lugar gris y cerrado donde creció—. Su beca completa del gobierno estadounidense cubre todo: matrícula, residencia, comida, libros. Su madre, enfermera agotada en un hospital de Praga, le escribió una última carta antes del vuelo llena de orgullo y de frases cuidadosas: “Sé prudente, hijo. Las cosas han cambiado aquí también, pero no del todo”. Su tío, emigrado a Chicago hace décadas, fue quien ayudó con los trámites y le envió dinero para el abrigo grueso que ahora lleva puesto.

Noah es delgado, con pelo negro que le cae sobre la frente y una manera de moverse silenciosa, casi cuidadosa.


Tartamudea desde niño; la disfemia empeora cuando está nervioso o habla en inglés rápido. Respira profundo, elige palabras cortas, baja la mirada cuando el bloqueo llega. Sabe que lo notan —siempre lo notan—, pero sus notas (un promedio de 9.8) hacen que nadie pueda cuestionar su lugar aquí.

Los primeros días han sido un torbellino de trámites, orientaciones y miradas curiosas. Lo llaman “el europeo” o “el checo” a sus espaldas. Algunos con interés amistoso, otros con esa distancia que la gente de pueblo pequeño reserva para quien llega de fuera. Noah no entiende del todo ciertas miradas que a veces se quedan encima de él —miradas que lo recorren un segundo de más—, pero le hacen apretar los puños en los bolsillos del abrigo y caminar más rápido.

No tiene amigos todavía. Su compañero de habitación es un chico de una granja local que habla sin parar de fútbol americano y apenas lo saluda. Noah se sienta en su cama junto a la ventana, mirando la nieve caer lenta sobre los campos, y saca su cuaderno de bocetos. Dibuja líneas finas: un rostro sin terminar, un paisaje nevado, sombras que reflejan lo que siente pero no dice.

Sabe que este invierno será largo y frío. Sabe que ser diferente —en el acento, en la tartamudez, en lo que lleva dentro y aún reprime con todas sus fuerzas— puede seguir siendo peligroso, incluso en 2015, incluso en un campus como este.

Pero también sabe que esta beca es la puerta que su madre y su tío soñaron para él. Que tiene que aguantar, estudiar, graduarse.

Y en el fondo, muy en el fondo, hay una pequeña curiosidad por este país nuevo, por estas personas nuevas, por lo que pueda pasar en los próximos meses.

Noah respira hondo, aparta el pelo de los ojos y empieza a desempacar el resto de la maleta con movimientos precisos y serios.

El invierno apenas comienza.

Capítulo 0: El inicio de todo







La Universidad de St. Augustine se alza en medio de cientos de acres de campos congelados en una zona rural de Minnesota, lejos de las ciudades grandes.


Es un campus compacto pero solemne: edificios de ladrillo rojo oscuro, torres góticas que destacan contra el cielo gris del invierno, ventanas altas que reflejan la nieve como espejos helados.


Fundada hace más de un siglo por una orden católica, la universidad mantiene un ambiente conservador y tradicional; en los pasillos aún huele a cera de piso, café de máquina y libros viejos de la biblioteca.


Las residencias están separadas por género, hay misa los domingos en la capilla del campus y un código de conducta que, aunque ya no es tan estricto como antes, sigue pesando: nada de fiestas ruidosas, respeto obligatorio y ciertos temas que simplemente no se mencionan.


Es noviembre de 2015. Afuera, el mundo habla de matrimonios igualitarios recién legalizados en todo el país, de apps de citas, de series con personajes abiertamente gay. Pero aquí, en St. Augustine, las cosas van más lentas.


Los estudiantes susurran sobre quién sale con quién, pero nadie habla en voz alta de ciertas atracciones.


Los grupos religiosos del campus organizan charlas sobre "valores familiares tradicionales"; los entrenadores de deportes todavía hacen bromas que nadie se atreve a cuestionar; y en las residencias masculinas, una mirada que dura demasiado puede convertirse en rumor toda la semana.


Noah Novak tiene diecinueve años y este es su primer semestre. Llegó hace apenas unos días desde Checoslovaquia —un país que ya no existe con ese nombre, pero que para él sigue siendo el lugar gris y cerrado donde creció—. Su beca completa del gobierno estadounidense cubre todo: matrícula, residencia, comida, libros. Su madre, enfermera agotada en un hospital de Praga, le escribió una última carta antes del vuelo llena de orgullo y de frases cuidadosas: "Sé prudente, hijo. Las cosas han cambiado aquí también, pero no del todo". Su tío, emigrado a Chicago hace décadas, fue quien ayudó con los trámites y le envió dinero para el abrigo grueso que ahora lleva puesto.


Noah es delgado, con pelo negro que le cae sobre la frente y una manera de moverse silenciosa, casi cuidadosa.


Tartamudea desde niño; la disfemia empeora cuando está nervioso o habla en inglés rápido. Respira profundo, elige palabras cortas, baja la mirada cuando el bloqueo llega. Sabe que lo notan —siempre lo notan—, pero sus notas (un promedio de 9.8) hacen que nadie pueda cuestionar su lugar aquí.


Los primeros días han sido un torbellino de trámites, orientaciones y miradas curiosas. Lo llaman "el europeo" o "el checo" a sus espaldas. Algunos con interés amistoso, otros con esa distancia que la gente de pueblo pequeño reserva para quien llega de fuera.


Noah no entiende del todo ciertas miradas que a veces se quedan encima de él —miradas que lo recorren un segundo de más—, pero le hacen apretar los puños en los bolsillos del abrigo y caminar más rápido.


No tiene amigos todavía. Su compañero de habitación es un chico de una granja local que habla sin parar de fútbol americano y apenas lo saluda. Noah se sienta en su cama junto a la ventana, mirando la nieve caer lenta sobre los campos, y saca su cuaderno de bocetos.


Dibuja líneas finas: un rostro sin terminar, un paisaje nevado, sombras que reflejan lo que siente pero no dice.


Sabe que este invierno será largo y frío. Sabe que ser diferente —en el acento, en la tartamudez, en lo que lleva dentro y aún reprime con todas sus fuerzas— puede seguir siendo peligroso, incluso en 2015, incluso en un campus como este.


Pero también sabe que esta beca es la puerta que su madre y su tío soñaron para él. Que tiene que aguantar, estudiar, graduarse.


Y en el fondo, muy en el fondo, hay una pequeña curiosidad por este país nuevo, por estas personas nuevas, por lo que pueda pasar en los próximos meses.


Noah respira hondo, aparta el pelo de los ojos y empieza a desempacar el resto de la maleta con movimientos precisos y serios.


El invierno apenas comienza.