Capítulo 1
—Hoy trabajadores de la Comisión Federal de Electricidad, tras realizar algunas excavaciones en el centro del Distrito Federal para instalar un cableado eléctrico, han hecho un hallazgo que dejó a la comunidad de arqueólogos del Instituto Nacional de Antropología e Historia con la boca abierta. Veamos la nota.
>>Se encontró un monolito, que, tras la llegada del personal del Instituto Nacional de Antropología e Historia al lugar de los hechos pudo reconocer como Coyolxauhqui, la diosa luna y las estrellas del sur. Símbolo importante de la cultura mexica. Los arqueólogos no tardaron en empezar las excavaciones correspondientes para mantener lo más intacto posible este pedazo de la historia de México. Sin duda hoy 21 de febrero de 1978 es un día que quedará grabado en la historia.
>> En otras noticias pasando a algo no tan agradable, hoy en la madrugada se registró un nuevo homicidio a la orilla de la Calle Londres 9, en la colonia Juárez. Lo que los vecinos y peatones que rondaban el lugar comentan que era una pareja de homosexuales que salían de uno de los bares de la zona donde se junta este tipo de gente. El homicida los siguió hasta que llegaron a un lugar no visible por las cámaras de los establecimientos para cometer el homicidio. El joven de nombre Roberto N de veinte años, fue apuñalado en más de siete ocasiones. Es irónico que siendo un puñal lo matara uno, mientras que el otro puñal salió huyendo.
En el televisor que se encontraba en un pequeño taburete lo suficientemente alto para que esté a la vista del que atiende la tienda y de los clientes, mostró la imagen del cuerpo tirado en medio de la calle con solo una sábana blanca que ya se encontraba manchada por la sangre del joven al que le habían arrebatado la vida por un crimen de odio. El lugar ya estaba acordonado; sin embargo, algunas personas le habían dejado una veladora y un vaso con agua al costado del cuerpo sin vida. No había familiares, solo policías que hacían bromas con la delicada situación. Cerca del cuerpo aún se encontraba el arma manchada de sangre. La toma que hizo el camarógrafo del cuerpo completo tapado y el arma a tan solo unos centímetros de su cuerpo ocasionó que Francisco apartara la mirada del televisor de la tienda donde había llegado a comprar. Una sensación de incomodidad e impotencia llenó su pecho, apretó las manos y solo suspiró. Era la segunda noticia sobre homicidio hacia esas personas en tan solo una semana. Ser diferente a los demás se pagaba con sangre y eso le hacía querer vomitar.
Miró de nuevo al hombre que tenía enfrente, el cual aún tenía la vista puesta en el televisor.
—Un joto menos, así estamos mejor; no necesitamos tanto rarito por la capital. Debe ser una vergüenza para la familia que haya muerto así. Bueno, dime, Panchito, ¿qué vas a llevar?
Dijo el señor de la tienda restando importancia a las noticias para mirar al joven que tenía enfrente. Francisco había ido por unas cosas que su madre le había encargado, aunque después de ver las noticias, la lista que le había dado su madre sobre los artículos que necesitaba se le había olvidado. Abrió los ojos al darse cuenta de que había olvidado todo; la sensación de incomodidad se extendió por todo su cuerpo. No era la primera vez que se le olvidaban las cosas, solo que esta vez tenía un motivo por el cual las había olvidado. Empezó a tronar sus dedos mientras veía los productos del lugar, a ver si Dios se apiadaba de él y le hacía recordar.
—Cosas... Emm, bueno.
—Ya se te olvidó, ¿verdad, muchacho?
Asintió llevando una mano a su nuca para rascarse; su mirada trataba de evitar el televisor. Eran suficientes noticias por el día de hoy y por la semana.
—Voy a preguntar de nuevo y regreso; gracias, don Ernesto.— Dio media vuelta y salió aprisa del lugar; se sentía avergonzado por haber olvidado lo que le habían pedido e incómodo por la noticia que había visto. Sacudió la cabeza varias veces, haciendo que el cabello se le desacomodara. Antes de que la gente notara que ya estaba algo largo, más de lo permitido, se acomodó el cabello alborotado y suspiró. El camino de la tienda no era lejos; sin embargo, se entretenía con cualquier cosa, mirando las nubes o acariciando a los perros y gatos callejeros. Aunque hoy no era un día para perder el tiempo, su padre había llegado borracho a la casa y eso solo significaba una cosa: gritos y golpes para su madre, hermana menor y para él por defenderlas. Al llegar al portón de la vecindad, al parecer Dios lo iluminó, pues recordó lo que le habían pedido. De inmediato corrió hacia la tienda; en el camino casi cayó al piso tras pisar la cola de un perro que se encontraba acostado en la banqueta. El chillido del animal hizo que se detuviera y bajara la mirada.
—Perdón, güero, luego te doy un pan.
Le dijo al animal que había pisado, para volver a correr hacia la tienda. Brincando algunas irregularidades de las banquetas, llegó a la tienda y miró a don Ernesto y, jadeando, empezó a repetir antes de que se olvide de nuevo.
—Tres cigarros, una caguama negra, una docena de huevos, frijoles en lata y dos panes.
Dijo con el poco aire que le quedaba mientras se agarraba de la entrada de la tienda para no caer. El dolor en el pecho se hacía cada vez más fuerte; de igual manera, la falta de aire hacía que la vista se le nublara. La falta de aire le ocasionaba dolor de cabeza, lo que hizo que se inclinara sobre sus rodillas, recargando las manos en estas para poder recuperar el aire. El cabello castaño le caía por la frente, tapando apenas sus cejas; los labios se le veían pálidos y secos por la falta de aire. Llevó una de sus manos a su pecho para oprimirlo, a ver si así disminuía el dolor, pero sabía perfectamente que eso solo funcionaba para no entrar en pánico por no poder respirar. A pesar de sus intentos por volver a regularizar su respiración, su cuerpo no cedía; incluso había empezado a toser por la falta de aire. Don Ernesto miró al chico que casi se desmayaba frente a su local, levantó su cuerpo de la silla donde se encontraba sentado y la llevó a donde Fran. Caminó hasta el refrigerador donde estaban las botellas de agua y sacó una de 600 ml. La abrió a pesar de que sus ancianas manos ya se notaban cansadas.
—Calma, muchacho, no te vayas a desmayar aquí; siéntate y toma el agua. — Estiró la mano para ofrecer la botella de agua, pero él no la aceptó, negando varias veces con la cabeza mientras se tocaba el pecho, pues el dolor era intenso. Respiraba con fuerza, pero parecía que no era suficiente; incluso ya se había puesto pálido por la falta de aire.
—No tengo el dinero para pagar por ella—dijo cuando pudo sostener algo de aire, aunque las molestias seguían, lo que hacía que le costara hablar y respirar bien. — Estoy bien, solo deme lo que le pedí; ya me tardé de más y papá se va a enojar
. Don Ernesto hizo caso omiso a las reclamaciones del joven, por lo que agarró su mano y dejó la botella ya destapada en esta, obligándolo a agarrarla. Puso la silla detrás de él y le dio un golpe con el bastón que estaba recargado en un estante de pan, haciendo que Fran cayera sentado y, de paso, tirara algo de agua en su camisa. Dio media vuelta para empezar a poner en una bolsa las cosas que Fran había pedido.
—Nunca rechaces algo que un anciano te está dando; además, ve cómo estás, traes la boca toda seca y te ves más pálido de lo habitual. Anda, toma el agua y descansa mientras busco las cosas. Además, nunca te he cobrado lo que te he regalado; descansa cinco minutos, aunque sea.
—Gracias.
Le dio un gran sorbo a la botella de agua; aún estaba regulando su respiración, que poco a poco volvía a la normalidad. Mira al señor de sesenta años poner las cosas en la bolsa con cuidado para que, una vez Fran la cargue, no vaya a romper nada. Una sonrisa de ternura se le escapó a Fran al ver al señor, ya que don Ernesto era como el abuelo que nunca tuvo. Fue la única persona que vio por él y su hermana cuando su padre molía a golpes a su madre, la cual los sacaba de la casa apenas empezaban los gritos. Suspira; aún recuerda la primera vez que lo sacaron de su casa a los siete años, con su hermana de tan solo cinco años en sus brazos. Era una noche de diciembre; su madre le había pedido que saliera a jugar ya que su padre estaba algo enojado y le daba dolor de cabeza los llantos de la pequeña Emilia, que lloraba por un dulce. Aunque él sabía perfectamente que no era así, no eran dolores de cabeza, eran las botellas de licor que tenía en la mesa, aunque se notaba que faltaba una, pues ya había vidrios en el piso. Aún era muy joven para defender a su madre, así que solo obedeció. Al ser un niño diferente a los demás, no tenía amigos con quien ir, así que empezó a caminar por las calles con su hermana de la mano, mientras le mostraba las luces que adornaban las casas por Navidad; miraban cómo cambiaban de color. Al llegar a la tienda, se quedaron los dos viendo el pequeño pino adornado que había en la entrada. Al verlos, preguntó por sus padres; Fran solo contestó: “Papá está con dolor de cabeza”. El señor Ernesto fue el único que entendió su situación sin hacer más preguntas, dejándolos quedarse en su tienda unas horas mientras en su casa se calmaban las cosas o mientras a su papá lo dormía el dolor de cabeza. Les compró un ponche que vendían fuera de la tienda y les abrió una bolsa de panqueques para que cenaran algo. Puede decir que le debe la vida a ese señor, ya que fue quien lo defendió cuando un grupo de niños de la escuela lo venía correteando, con piedras, gritándole “marica” solo por ayudar a una compañera a barrer. El señor soltó escobazos para ahuyentar a los niños de tan solo 12 años que iban con algunas piedras para golpearlo. Una vez que se fueron, don Ernesto dejó que Fran descansara dentro de la tienda y, al parecer, fue el único que se dio cuenta de que el estado de salud de Fran se estaba deteriorando.
—Toma, Pancho, es un total de un peso con treinta. — Le extiende la bolsa que rápidamente Francisco toma con una mano; con la otra busca entre los bolsillos de su pantalón. Al no sentir las monedas, se volvió a poner pálido; busca en los bolsillos de atrás y, cuando apenas son los siente, vuelve a su color y empieza a reír, y se las da al señor, que empieza a reír al ver al joven así.
—Aquí están. Gracias, don Ernesto. Una cosa más; ya le dije una vez que no me gusta que me digan Pancho, mejor dígame, Fran. -Agarra bien la bolsa y sonríe.
—Pancho suena más varonil; no, que Fran suena como un nombre de joto. Además, es mejor así a que te vuelva a decir Panchito, ya que aún te comportas como un niño. Mejor ve a tu casa y deja de pelear con los ancianos.
sonrisa de incomodidad, se despide con la mano y sale de la tienda. Toma una gran bocanada de aire y empieza a caminar; no iba a arriesgarse a tener otro ataque como ese. Eran las ocho pm, así que había niños jugando en las calles. La noche había caído y había cubierto la colonia Doctores con un manto negro, con algunas estrellas que se lograban visualizar a pesar de los faroles. Los niños corrían tras la pelota o a atraparse entre ellos. De los camiones bajaban padres de familia que venían de trabajar; algunos de ellos ya los acompañaban sus hijos al trabajo, pues las familias aún no se recuperaban de la devaluación que tuvo la moneda hace tan solo dos años, lo que había orillado a algunas familias a interrumpir los estudios de los hijos para que fueran a trabajar, tanto hombres como mujeres, los cuales eran obligados a trabajar ya sea de obreros, pepenadores, albañiles, esto solo para los hombres, mientras que las mujeres se dedicaban a lavar ropa de gente con más poder económico, niñeras, costureras o de limpieza del hogar de las familias cuya economía era mucho mejor.
Para alguien de la clase social de Fran, la niñez es la mejor etapa. Eres tan ignorante sobre el precario mundo que te rodea que no eres capaz de dimensionar los problemas que están a tan solo unos metros de ti; tu visión llena de juegos, tareas y salidas los domingos al parque hace que ignores los problemas. Por lo menos hasta que eres consciente. Una vez te das cuenta de lo que pasa a tu alrededor, no hay vuelta atrás.
Desvió la mirada de los niños que estaban jugando la rueda de San Miguel para detenerse frente al perro que con anterioridad había pisado su cola. Aún seguía acostado en la banqueta; era un perro mestizo de una combinación de golden retriever, beagle y sabrá Dios qué otras razas más, pero era un perro mediano, con pelaje dorado y ojos cafés. Se inclinó y acarició la cabeza del perro, el cual solo respondió moviendo su cola. Sacó el pan de la bolsa y lo dejó enfrente de él
—Toma, güero, lo siento por lo de hace rato. La verdad, no te vi, así que te doy un bolillo a modo de disculpas, ¿sí? - acarició su cabeza mientras el perro comía, moviendo la cola sin levantarse—. Ya estás viejito, ni siquiera te quieres levantar, no seas flojo, debes hacer ejercicio o si no, al rato no podrás correr, así como yo. —Le dio otro bolillo, no sin antes acariciar su cabeza. Se levantó de la banqueta y caminó de nuevo hasta su casa.
Abrió el portón de la vecindad para entrar y dio unos cuantos pasos para adentrarse en esta; más que un patio, era un pasillo de aproximadamente dos metros de ancho. Había algunos tenderos de los cuales colgaba ropa recién lavada, algunas plantas que adornaban la entrada de algunas casas. Aquel pequeño edificio era de tan solo dos pisos, con escaleras de concreto que unían cada uno de los pisos al final del patio. Cada piso contaba con diez pequeñas casas en total, pues cada lado de la edificación tenía cinco casas, o, mejor dicho, cuartos, los cuales tienen diferente color en cada fachada. Había desde casas recién pintadas que al pasar a su lado olían a pintura fresca, aunque algunas otras solo trataban de verse lo más limpias posibles a pesar de la pintura desgastada de las fachadas. Pero había casas como la de Fran en donde la pintura empezaba a desprenderse de las paredes, la puerta de madera con astillas en algunos lados y ya sin barniz que le daba ese brillo. Las ventanas tenían alguna compostura con cinta y los barrotes de metal que las cubrían de los balonazos de los niños ya estaban rotos.
Caminó hasta su casa, viendo fijamente la puerta; había tardado más de diez minutos en ir a la tienda; su padre seguro estaría furioso. Al mirar por la ventana que daba directo a la cocina, pudo observar a su madre llorando mientras hacía de comer. La señora María, al ver a su hijo de pie afuera, se limpió rápido las lágrimas y se llevó el dedo índice a los labios, dando a entender que no hiciera ruido cuando entrara. Fran asintió y abrió la puerta de la casa con cuidado; el sonido de la radio le hizo morderse el labio. La entrada daba en el centro; del lado derecho estaba el comedor y del izquierdo la sala, en la cual se encontraba su padre sentado en el sofá principal; escuchaba con atención la radio, ya que estaban narrando el partido de fútbol. Vestía con la playera de su equipo, la cual ya tenía algunas manchas de salsa y gotas de cerveza que manchaban al caer por su hablar y beber al mismo tiempo.
La casa por dentro estaba pintada de un color verde, que con el tiempo había tomado una tonalidad de verde menta. De las paredes colgaban algunos cuadros religiosos; un Cristo adornaba el centro de la pared de la sala; era de unos 50 cm, acumulaba polvo tanto en la cruz de madera como en la cabeza y brazos, tenía una mirada de agonía y tantos rasgos de sufrimiento en la cara. A Fran aún le cuesta entender cómo es que su madre encuentra paz en la figura de un hombre sufriendo. Agachó la cabeza al ver que su padre lo miraba y fue directo a la cocina. Apenas entró la mujer, le quitó la bolsa y empezó a sacar las cosas.
—Tu padre se está muriendo de hambre y tú apenas llegas; te di una lista pequeña que ni eso puedes hacer.
—Perdón por tardaren la tienda había mucha gente.
—Siempre son excusas. ¿Cuándo será el día que hagas las cosas bien? Ve a la habitación a ayudarle a tu hermana con la tarea; todavía que tu padre se mata trabajando para que los dos estudien, no eres capaz de hacer un simple favor.
—Perdón, no volverá a pasar.
Camino solo unos cuantos pasos hacia su habitación, la cual estaba frente a la cocina, abrió la puerta y vio a su hermana con sus cuadernos sobre el piso; cuatro libretas sostenían las puntas de la cartulina; la estuchera estaba a un lado y ella en medio poniendo color al título para hacerlo más llamativo. Su habitación no era la más amplia que digamos; tenían una litera; él dormía en la parte de abajo y Emi en la de arriba; un gran closet ocupaba casi toda la pared que estaba frente a las camas, un espejo al lado de la ventana que daba hacia la calle, algunos peluches en la cama de arriba; en la pared que estaba con la puerta había un cristo pequeño y una virgen, ambos en una repisa; a los dos hermanos no es algo que les guste, es algo que tienen porque su madre los obligó. La decoración era sin chiste; las paredes estaban pintadas del mismo color menta, había uno que otro dibujo como estrellas o flores en estas; él había hecho las flores, aunque Emilia se llevó el crédito. Había libros en algunas repisas que se hacían pasar por suyos cuando en realidad eran de Emilia.
Se sienta en el piso a un lado de ella mientras revisa la información; no es alguien realmente inteligente, su promedio siempre ha sido de ocho, pero se defiende, sabe lo necesario y él está bien con eso; sin embargo, su hermana siempre ha sido la más inteligente de los dos; es a ella a quién recurre cuando no entiende algo, la inteligente de la casa. A diferencia de él, su promedio siempre ha sido de diez, tenía reconocimientos y medallas que él jamás tendría y eso, en vez de causarle celos, le llena de orgullo. Al darse cuenta de lo que hablaba la exposición, se puso algo tenso tan solo con leer el título.
> ¿LA HOMOSEXUALIDAD ES UNA ENFERMEDAD? <
—Emi, no está bien que escribas eso; si mamá se da cuenta de esto, te va a regañar y si papá se entera… no quiero ni imaginar.
—Fran, si yo no toco esos temas, ¿quién más lo hará? Hoy en la secundaria le pegaron a un compañero solo porque tenía en su bolso un pintauñas negro; lo llamaron marica, joto, puto, enfermo, por un maldito pintauñas que al final ni era suyo. He estado investigando en los libros de la biblioteca y no hay nada que avale que la homosexualidad sea una enfermedad; es más de gustos.
Fran pasó sus manos por su cara para terminar jalando su cabello. Su hermana era mejor que él, y eso que tenían dos años de diferencia; ella parecía la mayor, la que razonaba, la que actuaba con cautela y no por impulso como él. Y no es que le molestara que su hermana fuera mejor, sino que le causaba incomodidad los temas que tocaba; siempre tenía cómo fundamentar lo que dijo; a diferencia de él, que leyó la Biblia por obligación, ella lo hizo por curiosidad a los nueve años. Sabía que sí un tema le llamaba la atención a Emi era porque había cosas que no encajaban en su mente y parece que esta vez fue ver cómo le pegaban a alguien más por la culpa de un objeto.
—¿Quieres que hablemos del tema? Sé que hay algo ahí que te da incomodidad y no es el solo hecho de que hayas visto que le pegaran; puedes contarme lo que pasó.
—Ya vas a empezar de sentimental; en ocasiones solo lo hago por el único hecho de saber más. Pero. —Fran sonrió al ver que había dado en el clavo a pesar de que le aterraba la idea de imaginar que su hermana fuera como “ellos”; aun así, estaba dispuesto a escucharla y hallar una solución juntos antes que las cosas se salieran de sus manos. Se acomoda a su lado acostándose, usando la mochila como almohada. —Siéntate, es de mala educación no mirar a la otra persona cuando están hablando. —Sí, también era la más educada de los dos.
Se levantó y se acomodó de manera que quedara frente a frente; es en estos momentos donde se da cuenta de que su pequeña Emi ya creció. Eran totalmente opuestos, tanto en personalidad como en apariencia.
Fran mide aproximadamente un metro sesenta y cinco. Su cuerpo, aunque delgado, no muestra una definición clara; más bien parece frágil, aunque no necesariamente desnutrido. Su rostro es una mezcla singular de rasgos delicados y cautivadores: a pesar de ser hombre, sus facciones son suaves y armoniosas. Sus ojos, de un profundo color miel y ligeramente caídos, pueden reflejar tanto una mirada apacible como una expresión intensa y amenazante, según el momento. Las cejas, de un castaño oscuro, resaltaban haciendo más expresiva su mirada. Su mentón carece de una definición marcada, aportando un aire de suavidad a su perfil. La piel de Fran, de tono oliva cálido, resaltaba cualquier rasgo de color que en él habitaba. Bajo los rayos del sol, algunos mechones de su cabello castaño adquieren destellos dorados que parecen brillar con vida propia. Todo este conjunto se completa con una sonrisa encantadora y casi perfecta, capaz de conquistar a cualquiera que la contemple. Muchos aseguran que Fran es el vivo reflejo de su madre, y bromean diciendo que, en realidad, no estaba destinado a ser varón, sino mujer, debido a la delicadeza de los rasgos que heredó; parecía su clon, salvo por la diferencia de género.
Su físico más su personalidad delicada y atenta hacia los demás daba de qué hablar a la gente de la vecindad. Sobre todo, a doña Elena, esperamos que un día Dios la guarde y se le olvide dónde. Ella fue quien delató a Fran cuando tenía tan solo seis años de haberlo encontrado peinando a una de las hijas de una vecina; desde entonces, la hija de aquella mujer y su hermana no volvieron a traer algún peinado lindo; en realidad, ninguna niña de aquella vecindad volvió a lucir algún buen peinado.
Emi tocó el brazo de Fran al ver que tenía la mirada solo en el título de la exposición; no decía nada y parecía que se había perdido en sus pensamientos; sus hombros se notaban tensos y su respiración era lenta. Volvió a moverlo y esta vez, logrando que su mirada fuera hacia los ojos de su hermana: estos, a diferencia de los de Fran, eran de un color oscuro; casi ni se notaba dónde empezaba la pupila y dónde el iris. Emi le sonrió y revolvió el cabello de Fran, sacándolo de sus pensamientos; se acomoda a un lado de él y recarga la cabeza en su hombro; ambos miran la cartulina con detenimiento. El silencio entre ambos decía más de lo que podía admitir uno de los dos. El silencio de pronto fue cortado por Fran, que, sin separar la mirada del título, preguntó.
—¿Por qué te interesa ese tipo de personas? ¿Por qué no simplemente hacer tu exposición sobre un animal? O qué sé yo, ¿por qué debe ser de ese tipo de personas? —Su voz sonaba confusa, y su mirada tenía un toque de melancolía tal vez algo de curiosidad. Agachó la cabeza evitando ver el título una vez más, pues si lo seguía leyendo iba a creer que ser así no era malo. Pero lo que no esperaba era que la contestación de su hermana lo dejara sin habla.
—Todas las personas merecen respeto, independiente de su orientación sexual, creencias o clase social; todas merecen amar sin tener que esconderse. Ser homosexual no es una enfermedad contagiosa, es más nadie elige serlo, es algo que simplemente se siente, o que naces siendo así, es algo que se siente. Es algo que es solo tuyo y no está mal; es la sociedad que está mal. ¿Quién dice que el amor es malo? El amor es solo amor; somos nosotros quienes nos empeñamos en ponerle etiquetas a cualquier cosa a pesar de que no la entendamos a la perfección. Ser homosexual no está mal, sentir atracción por alguien de tu mismo género no debería ser un pecado, en la biblia dice << Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis los unos a los otros.>>
Fran soltó un gran suspiro; no era necesario que Emi preguntara más cosas, conocía a Fran mejor de lo que se conoce él mismo. No solo es su hermano, es su mejor amigo; sabe lo que decían de él en la secundaria y lo que dicen las malas lenguas de la vecindad, pero prefiere callar y esperar que el mayor esté listo para hablar; ella siempre estará para escucharlo. Al escuchar lo último soltó una risa
—Te recuerdo que también dice en no me acuerdo en qué Levítico: << Si un hombre se acuesta con otro hombre como con una mujer, ambos han cometido una abominación; serán condenados a muerte; su sangre caerá sobre ellos.>>
Emi le soltó un golpe y niega; su mirada va hacia el librero buscando con la mirada la Biblia; al encontrarla, se levantó y fue por ella. La saca con cuidado, intentando no mover libros para no desacomodarlos; regreso con Fran, que hacía lo posible por no leer la información que su hermana había empezado a redactar en la cartulina. Se sienta de nuevo a su lado y abre el gran libro, va pasando página por página hasta que llega a la que estaba buscando.
—Proverbios 26:4: <> —levanta el dedo para evitar que Fran rezongue y sigue leyendo—. Proverbios 26:5: <> Es un libro, Fran, hay gente que lo utiliza para justificar sus actos de odio hacia el prójimo. Este libro ha hecho grandes matanzas; ¿qué me dices de la Inquisición? Mataron a miles de personas; es más, el propio “todopoderoso” de aquí hizo un gran genocidio con el diluvio. Nunca dejes que alguien te diga qué hacer y qué no hacer en base a este libro. Amor es solo amor, sin etiquetas, es solo amor.
—¿Entonces nacemos defectuosos? —recarga su cabeza arriba de la de Emi y toma su mano, quitándola del libro que sostiene, mira las manchas de gises, evitando su mirada en todo momento. Emi suelta una leve risa y niega.
—Nacemos amando, no somos una máquina para nacer defectuosos, no es algo que se arregle con aceite, en el corazón no se manda. Y en cuanto a sentir atracción sexual por alguien de tu mismo género, no creo que sea algo malo. Malo las personas que se sienten atraídas por niños; eso sí que es de enfermos, pero a ellos incluso su familia los oculta y los trata como si no fueran unos malditos enfermos. Si ponemos a la gente a elegir entre salvar a un homosexual o un homicida, ¿a quién crees que salvarían? ¿Y por qué al homicida?
Mira a Fran y acaricia su mejilla con ternura, deja un beso en su frente; este cerró los ojos mientras se deja querer.
—El amor no tiene reglas, el amor es solo amor. Así que no pasa nada si eres gay, yo te voy a apoyar.
Abrió los ojos de golpe y se aleja rápidamente de ella. Sus mejillas estaban sonrosadas. Emi soltó una carcajada a verlo así.
—¿Qué? ¿Yo? ¿Cómo sabes? Que diga. ¿Quién dice que soy gay? Para nada, es que el primo de un amigo.
—Sí, ajá, ¿el primo de ese amigo no se llama igual que tú?
—Sí… somos tocayos.
—Aja, hagamos de cuenta que te creo.
La menor se levantó del piso para empezar a juntar sus cosas, juntando los colores y después los plumones para meterlos en su estuche; la mete en su mochila y la cartulina la empieza a enrollar. Fran aún está en el suelo mientras la mira con el rabillo del ojo lo que hace.
—¿Entonces si yo fuera así no me dejarías de querer?
En menos de lo que pudo reaccionar la cartulina chocó con su cabeza; después, su hombro, de nuevo su cabeza y una vez más en su brazo. Intenta cubrirse de los golpes que su hermana le daba; apenas se detuvo, levantó la mirada para ver que Emilia fruncía el ceño mientras volvía a tomar vuelo para la siguiente ronda de golpes.
—Creí que solo tenías la cara de idiota, pero me doy cuenta de que no solo lo aparentas, sino que también lo eres, pues claro…Que…no…— cada pausa significaba un golpe ya se
en la cabeza u hombros, después de los golpes que le dio hubo unos minutos de silencio, mira al mayor y suspiro— Independientemente de tus gustos, yo siempre te voy a querer, solo quiero que seas feliz —suelta la cartulina y lo abraza. — es más fácil que deje de querer a mamá y a papá que a ti, idiota.
Fran sonrió y acaricia su mejilla con delicadeza y gratitud, el saber que no sería visto como un bichos raro por su hermana le da más paz del que debiera
—Gracias.
Una vez dejaron las cosas en orden de nuevo, salieron a cenar lo que su madre les había apartado, pues cuando padre estaba en ese estado, lo mejor era que ninguno de los dos saliera a menos que alguno de los mayores se lo pidiera. Cenaron en silencio, pues el mínimo ruido podía crear una gran avalancha.

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