Bailando sin Ropa

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La tenue luminiscencia de la sala de estar de Isabel era un bálsamo contra la fría realidad de la noche. El suave zumbido del aire acondicionado apenas lograba disimular el latido hipnótico de una lista de reproducción cuidadosamente curada en Spotify: "R&B Slow Jams Vol. 3". Las sombras danzaban sobre las paredes color crema, alargándose, acortándose, dibujando formas abstractas. El aire, denso y cargado, portaba un cóctel embriagador: la dulzura pegajosa de palomitas acarameladas recién hechas.

Isabel, una mujer de veintiocho años cuyo cabello oscuro y sedoso caía en cascadas ondeantes hasta el nacimiento de su culo, se movía con una gracia felina, su cuerpo en perfecta sintonía con el ritmo lento y sensual de la música. Su pijama rosa, un delicado tejido elástico con un patrón de estrellitas y corazones blancos, se adhería a su piel como una segunda epidermis, glorificando cada curva de su figura de reloj de arena: una cintura inverosímilmente estrecha que se ensanchaba en caderas generosas y poderosas (98 cm), culminando en un culo grande, redondo y prominente. Su piel lisa como el satén tibio, brillaba con una fina capa de sudor, y el tatuaje de una rosa entrelazada con espinas en su brazo izquierdo asomaba como un secreto prometedor. Cada giro, cada contoneo, liberaba su esencia personal.

Frente a ella, Mateo, su hijo de ocho años, emulaba sus movimientos con una energía inagotable, sus pequeñas manos aferradas a la cintura de su madre.

—¡Mamá, inclínate más! ¡Como en el TikTok de ayer, mueve tu booty (culo)!—, chillaba con sus ojos brillantes de diversión infantil.

Isabel arqueó la espalda, sus caderas girando en círculos amplios, el pijama contra su piel mientras su trasero prominente se balanceaba hipnóticamente.

El dulce idilio fue brevemente interrumpido cuando Mateo tropezó con sus propios pies, soltando una risita. —¡Mamá, mi estrella se despegó! ¡Pégala con magia!— Isabel lo envolvió en un abrazo, besando su frente salada. —¡Magia de mamá activada!— Rápidamente, con un hilo dental y una habilidad asombrosa, cosió la estrella de nuevo. —¡Listo, campeón! ¡Ahora eres la superestrella invencible!—

El timbre resonó de repente. Isabel jadeó, —¿Quién a estas horas? Mateo, ve a dibujar tu cohete espacial, ¿quieres? Yo iré a ver quién es.—

Mateo, aunque con un pequeño puchero, obedeció, dejando la puerta entreabierta de su habitación. Isabel se acercó, ajustando el pijama que se había subido, revelando la curva inferior de sus nalgas, su piel erizada por la brisa fresca del pasillo. Al abrir la puerta, el mundo pareció detenerse. Allí estaba Satoru Gojo, su nuevo vecino del apartamento contiguo, el ex-compañero de universidad, el hombre que había sido su crush platónico y reprimido hacía una década. Su figura imponente de 1.95 metros de pura musculatura atlética, su cabello blanco plateado revuelto con un aire de calculado descuido, sus ojos azules oceánicos ocultos tras unas gafas oscuras que no hacían más que intensificar su aura de misterio y peligro. Llevaba una sudadera negra holgada que no ocultaba el volumen de sus bíceps y unos jeans ajustados que delineaban sus muslos potentes. El aroma de su colonia, una mezcla de cedro ahumado y bergamota, inundó sus sentidos, embriagándola.

—¡Isabel! ¿Interrumpo una audición clandestina de baile en pijama?— Su voz, un ronroneo grave y juguetón, vibró en el aire, y los ojos de Gojo se deslizaron sin pudor por su cuerpo, deteniéndose en sus caderas anchas y en el culo que el pijama no hacía más que glorificar. —Escuché las campanas y las risas desde mi pared, que es tan delgada como mi paciencia. Woow, Isabel, ese pijama... ese pijama es una tentación. Y ese culo grande me pide a gritos ser agarrado, o quizá ser azotado. ¿Recuerdas la uni? Cuando tú me bailabas en las fiestas, después en mi habitación para hacer otro tipo de baile que incluía muchos movimientos de cadera.—

Un rubor ardiente subió por el cuello de Isabel, extendiéndose hasta sus mejillas. Cruzó los brazos bajo sus pechos, lo que solo sirvió para realzarlos aún más, haciéndolos parecer más grandes y tentadores.

—¡Satoru Gojo! Profesor de física ahora, ¿eh? Creí que solo espiabas agujeros negros, no la privacidad de tus vecinos. Y sí, recuerdo eso, y también estaba bailando con Mateo.—

Él entró sin ser invitado, con esa sonrisa ladeada que le daba un aire de villano encantador. Se quitó las gafas con un movimiento fluido, revelando esos ojos azules que parecían perforar el alma, desnudándola por dentro.

—Entonces seré tu siguiente pareja de baile.— Sacó su teléfono, reiniciando la misma playlist de R&B. Las campanas repetitivas y el beat hipnótico volvieron a llenar la sala. —Baila conmigo. Como en la uni, pero esta vez, sin fingir que no queremos cogernos.—

La mano de Gojo tomó la suya. Sus cuerpos se alinearon: él, una torre de músculo y deseo; ella, un torbellino de curvas que se amoldaban perfectamente a su figura. El baile, que había comenzado inocente, rápidamente se transformó. Las manos de Gojo, fuertes y confiadas, se posaron en su cintura, deslizándose lentamente hacia sus caderas anchas, con una intención clara, sin disimulo. Ella sintió su erección crecer, dura y gruesa como una barra de acero, palpitando obscenamente contra sus nalgas.

Un pequeño murmullo desde el pasillo.

—¡Mamá, perdí mi lápiz!— Mateo asomó su cabeza, somnoliento desde su habitación. Gojo se pegó a la pared para que no lo viera, su erección estaba abultando sus pantalones de forma cómicamente obvia.

—¡Aquí tienes otro, mi vida! ¡Dibuja estrellas fugaces!— Mateo, con el lápiz en la mano, se retiró tarareando.

El baile escaló de nuevo, esta vez con una tensión casi insoportable. Sus miradas se cruzaron, llenas de deseo. Los labios de Gojo rozaron los de ella, un contacto suave que se volvió un beso voraz, salvaje, un huracán de lenguas entrelazándose con una pasión cruda y desatada. El sabor a chicle de menta de él se mezclaba con el dulce y salado de las palomitas en la boca de ella. Las manos de Gojo, ahora sin pudor, se hundieron en sus nalgas, amasando la carne suave y elástica con avidez.

—Sabes Isabel. Había olvidado lo grandioso que es éste culo tuyo. Grande, carnoso... quiero enterrarme en él hasta el fondo. Quiero cogerte hasta que te corras sin parar, hasta que tus piernas tiemblen y tu vagina me ruegue piedad.—

Sin una palabra más, Gojo la levantó en brazos como si fuera una pluma, sus tetas estaban presionados contra su pecho musculoso. El sofá gris mullido crujió bajo su peso combinado. —Aquí mismo te devoraré, diosa. Tu cuerpo es mío.— Con un desgarro seco. (shrrrip) el pijama rosa se rindió, deslizándose por su piel y revelando cada centímetro de su anatomía. Sus tetas pesadas, sus pezones erectos, duros como bayas, se alzaron a la vista; su vientre plano con un piercing plateado brillando discretamente; y entre sus muslos, una vagina depilada, sus labios hinchados y rosados, ya resplandeciendo con el brillo húmedo de la excitación, exhalando un aroma dulce y almizclado que Gojo inhaló con avidez. Él mismo se despojó de su ropa en segundos, mostrando su torso cincelado, sus abdominales marcados como tablillas, y un pene monstruoso de veintidós centímetros, venosa, ligeramente curvada, que goteaba pre-semen cristalino, palpitando con una vida propia. —Mira esta vagina... Sigue siendo perfecta y jugosa, y todavía sigue rogando ser chupada por mi. Huelo tu excitación desde aquí, Isabel, es como un afrodisíaco que me vuelve loco.—

Gojo la posicionó en un 69 sobre el sofá: él estaba encima, con la cabeza de su pene rozando los labios húmedos de ella; ella estaba debajo de él con su vagina frente a su cara, exhalando su perfume sexual.

La lengua de Gojo se deslizó desde el ano de Isabel, recorriendo el perineo sensible hasta el clítoris hinchado para sorberlo hasta dejarlo bien húmedo con su saliva. —“slurp slurp slurp”— El sabor era una mezcla embriagadora: salado, dulce, almizclado, un néctar primario que lo hizo gemir. Isabel arqueó la espalda

—¡Ahhh-fuuuck, Satoru! ¡Tu lengua… es más hábil… raspa todo mi clítoris…! ¡Se siente… bien rico… Fucccckkk!— Las vibraciones de sus gemidos resonaban contra su clítoris, intensificando el placer.

Los dedos de Gojo se hundieron en su vagina, abriendo sus labios mayores y exponiendo el interior rosado y húmedo, penetrando su vagina con dos dedos y estimulando su punto G con una saña deliciosa. El sonido de su boca húmeda sobre el clítoris de Isabel se mezcló con sus gemidos.

Ella no se quedó atrás. Abrió la boca para envolver sus labios húmedos en la cabeza bulbosa de su pene, saboreando el pre-semen salado y almizclado.

—Mmm… mmm… qué verga tan gruesa... venosa, caliente, y deliciosa. La quiero toda.— Lo engulló centímetro a centímetro, con su garganta relajándose para tomarlo profundo —*glurk-glurk*—, su lengua girando alrededor del tronco venoso, mientras sus bolas pesadas (que olían a sudor limpio y virilidad) rozaban su nariz.

—¡Grrr, tu boca es… un horno húmedo! Me alegra que todavía sepas chuparme la verga como una experta, lame mis bolas... ¡sí, así, no pares! ¡Ah, no pares, no pares!—

Él siguió metiendo su lengua en su coño, con los dedos estimulando su punto G hasta el espasmo, mientras ella hacía una mamada profunda perfecta, la saliva goteaba por la comisura de sus labios, sus manos masajeaban sus bolas con una delicadeza feroz, apesar de la música R&B, también se escuchaba el “glurk-glurk… glurk-glurk…” de Isabel.

Isabel tembló incontrolablemente, con su cuerpo vibrando al borde del colapso con la verga todavía metida hasta el fondo de su garganta, Gojo sabía que se iba a correr, así que no se detuvo y siguió sirviendo —“slurp slurp slurp”— y moviendo sus dedos en su vagina.

Al mismo tiempo, Gojo soltó un gruñido gutural, con su pene palpitando en la boca de ella. Ambos llegaron al clímax simultáneamente, sus cuerpos se sacudieron en un espasmo de placer que se prolongó y los dejó sin aliento pero insaciables.

Apenas el eco de sus gemidos se desvaneció, una voz pequeña y somnolienta sonó.

—¡Mamá, tengo sed! ¡Y... qué es ese ruido raro!— Gojo se zambulló detrás del sofá, con su erección aún visible. Isabel, con el aliento entrecortado y con la boca conteniendo todavía restos del semen de Gojo, respondió: —¡Ya te llevo agua Mateo! ¡Mamá ya va!— Dijo con el corazón latiéndole a mil. Tomó una bata cercana, se la coloco y le llevó el agua a su hijo.

— Está dormido como un tronco. Ahora... ¿En dónde estábamos, profesor?— dijo ella quitándose la bata para mostrarse totalmente desnuda frente a los ojos de Gojo.

Gojo no esperó. La cargó de nuevo y la tumbó de espaldas en el sofá, Isabel yacía indefensa bajo él, con sus piernas elevadas sobre sus hombros anchos. La punta de él pene de Gojo rozó su entrada húmeda, estirándola con una lentitud que era casi tortura.

—¡Siente mi grosor venoso abriéndote, Isabel! ¡Voy a destrozarte!—

Empujó con fuerza, hundiéndola hasta el fondo con un sonido húmedo, y sus cuerpos resbaladizos por el sudor y los fluidos.—*plap-plap-plap*—, sus bolas azotando su trasero con un ritmo primario.

Ella arqueó la espalda mientras la penetraba, —¡Ahhh, me partes… aahhh… no pares… aahhh…— decía mientras su cérvix era golpeada con fuerza —¡Me vas a romper!— Sus paredes abrazaban cada vena de su pene. Gojo gruñó mientras aumentan el ritmo de las embestidas, *plap-plap-plap* mientras besaba su cuello, y lo mordisqueaba, sus tetas pesadas rebotaban con cada embestida. Con una mano libre, comenzó a propinar nalgadas rítmicas en su culo, dejando marcas rojas y ardientes que contrastaban con su piel.

—¡Sí, así! ¡Dime que te gusta mi mano en tu culo! ¡Dime que te gusta sentir el ardor!— Ella se aferró a su espalda con sus manos, y sus uñas se enterraban en su piel, gritando entre jadeos

—¡Cogeme… cogeme… cogeme más… duro profesor… ahhh… ahhhh…! ¡Quiero más nalgadas, que me dejes el culo rojo vivo!— El sonido de las embestidas se mezclaba con el de las nalgadas y sus gemidos, creando una cacofonía de placer.

—“plap-plap-plap…-plap-plap-plap…-plap-plap-plap…”—

Sus embestidas no cesaron, sino que se hicieron más profundas y rápidas mientras la la tenía inmovilizada sobre su peso.

—“plap-plap-plap…-plap-plap-plap…-plap-plap-plap…”—

—¡No te voy a soltar! ¡Vas a correrte otra vez! ¡Y otra! ¡Hasta que no puedas ni pensar!—

—¡Nooo, Gojo! ¡Basta, por favor! ¡Es demasiado! ¡Ahhh, duele… pero me encanta… aahhhh!— Pero él solo intensificó su ataque, el placer se volvió doloroso, ella sentía un ardor insoportable que la llevó al borde del desmayo, mientras su polla golpeaban su punto G una y otra vez, hasta que Isabel explotó en un squirt múltiple, un torrente de fluidos que empapó el sofá. Justo cuando Isabel creyó que no podía más, había llegando a un orgasmo explosivo,

Gojo la volteó, colocándola sobre él a la inversa, con su trasero grande y jugoso frente a su cara, agarró sus nalgas, separándolas para ver su ano y su vagina abierta, roja e hinchada por el asalto anterior, Gojo, con la palma de la mano, comenzó a propinarle azotes rítmicos en los glúteos, dejando nuevas marcas rojas.

—¡Qué nalgas tan perfectas! ¡Tu vagina chorrea por mí, me la quiero comer toda!— Lamió su vagina húmeda de arriba abajo, sin ninguna piedad, sus manos amasaban sus caderas anchas con ferocidad.

Ella giró sus caderas en círculos cada vez más amplios para placer de ambos. —¡Más…! ¡Más…! ¡Lame más… la quiero más adentro… Satoru!—

Ella bajó su cabeza para ir tragando su pene entero de una sola bocanada, profunda y húmeda, soltando un gemido gutural, sintiendo el estiramiento de su boca. Su clítoris frotando su pubis con cada movimiento.

Luego ella se sentó encima de su pene, dejando que éste se deslizara dentro de ella.

—¡Carajo, me clavas hasta el alma! ¡Me rompes por dentro! ¡Siempre me has cogido así en la uni!— Empezó a rebotar más rápido y salvaje, el sonido de su carne chocando resonando en la sala, los jugos salpicando por todas partes con cada embestida.

—plash-plash…plash-plash…plash-plash…—

Gojo, con la palma de la mano, comenzó a propinarle azotes rítmicos en las nalgas.

Lamió su espalda sudorosa, con sus manos amasando sus caderas anchas con ferocidad. Ella giró sus caderas en círculos cada vez más amplios, gritando de placer. —¡Más! ¡Más! ¡Tira de mi cabello, hazme gritar tu nombre, Satoru! ¡Quiero sentirme tuya, completamente tuya!— Él le agarró del cabello con fuerza, tirando hacia atrás, controlando el ritmo de sus embestidas, mientras ella saltaba sobre él, una y otra vez al borde del orgasmo.


Isabel se arrodilló en el sofá, arqueó la espalda, presentando su trasero prominente como una ofrenda a su dios del sexo. Gojo escupió en su ano para lubricar.

—Isabel. ¡Voy a expandir tus orificios de par en par!— Empujó con fuerza, sintiendo su vagina engullirlo con una avidez salvaje. Ella sintió la plenitud total de su pene golpeando su punto G con cada embestida.

—¡Sí… si… cógeme así… oohh! ¡Me vuelves loca! ¡Más profundo… Satoru…más profundo… ahhh!— Él embistió de manera salvaje, el sonido de la carne chocando resonó en la habitación, sus manos se hundían en sus nalgas tras apretarlas con fuerza y vibraba con cada choque.

—¡Qué nalgas! ¡Son tan grandes que mis dedos desaparecen en ellos!—


Sin soltarla, Gojo la puso boca abajo en el sofá, con sus piernas temblorosas colgando del borde. Él se puso de pie detrás de ella, penetrándola desde arriba como un pistón implacable.

—¡Mira cómo tu vagina se abre para mí! ¡Labios hinchados, clítoris palpitante y rojo! ¡Eres una puta máquina de placer, Isabel!— Frotó su clítoris con su pulgar mientras la cogia, sintiendo sus contracciones.

Ella jadeó. —¡Tu dedo... oh, voy a correrme! ¡Siento cada vena de tu pene raspando dentro de mí! ¡Me vas a romper! ¡Me vas a matar de placer!—

Él besó su espalda tatuada, y su lengua trazaba las espinas de la rosa. Sintiendo el sabor de sal y vainilla, mientras su pelvis rebotaba contra su culo.

—Isabel… quiero llenar tu vagina con mi esperma hasta que rebose!— El sudor goteaba de su frente, empapando su curva lumbar.

Gojo la tomó por el cuello, ejerciendo una presión suave pero firme, no dañina, sino controladora. Ella arqueó la espalda mientras daba gemidos ahogados. Él gimió, mientras todavía se la cogia.

Ella decidió montar a Gojo, cara a cara, mientras el tenía sus tetas en su boca. Gojo mamó sus pezones con fuerza mientras sus dientes rozaban el tejido sensible.

—¡Qué tetas tan suaves y deliciosas!—

Sus caderas chocaban con choques rítmicos, con el sudor resbalando entre sus pieles, y el aroma a sexo salvaje llenando el aire. Ella sentía como su pene golpeaba su punto G una y otra vez con cada embestida.

—¡Satoru… me haces… explotar… ahhh!—

Satoru todavía jugaba con sus pezones con una sonrisa en su rostro, controlaba el ritmo de las penetraciónnes, y estaba negándole el orgasmo, llevándola al borde una y otra vez, hasta que ella lloriqueaba de frustración y placer. Sus manos en sus nalgas la guiaban a sentir cada embestida, cada golpe, hasta que su cuerpo se convulsionó bajo él

Isabel yacía plana en el sofá, su trasero levantado, expuesto. Gojo se puso encima, penetrándola con fuerza, mientras sus manos se alzaban y caían en un azote rítmico, fuerte y doloroso, sobre sus nalgas.

—¡Tus glúteos enrojecidos son arte, Isabel! ¡Firmes, temblando, rogando por más castigo!— Ella gimió, su voz estrangulada por el placer y el dolor.

—¡Azótame más! ¡Tu pene me parte en dos! ¡Quiero sentir tu mano en mi culo una y otra vez! ¡Hazme tuya!—

Gojo la cogió con saña, su pulgar estrujando su clítoris sin piedad, llevándola al límite del dolor y el placer.

—¡Siento cada embestida en mis entrañas... tu piel contra la mía es éxtasis! ¡Satoru, hazme chillar de placer!— Gojo deslizó un dedo en su ano, masajeando su próstata, haciendo que ella se retorciera y gemiera con una intensidad desconocida, un sonido gutural que nunca había emitido antes.

—Ahora, le toca a tu presioso culo sentirme hasta el fondo!—

Gojo escupió suficiente saliva en su ano, y sus dedos abrieron m su ano con una hábilidad deliberada. Entró lentamente, la quemazón inicial se disipó en una plenitud prohibida. Embistió gradualmente, sintiendo la resistencia ceder, transformándose en una entrega total.

Agotados, colapsaron en un enredo sudoroso y palpitante, sus cuerpos pegados, sus respiraciones agitadas. El sofá, ahora un campo de batalla de placer, estaba empapado de sudor, fluidos y la esencia cruda de sus cuerpos. Gojo besó la frente de Isabel.

—Eres increíble, Isabel. Tu cuerpo... es una puta adicción. Quiero follarlo hasta el fin de mis días.—

De repente, las luces de la sala se encendieron con un "clic" audible. Mateo apareció, no somnoliento, sino vestido con su pijama azul de superhéroes, ahora adornado con pequeñas luces LED que parpadeaban aleatoriamente. Llevaba su osito de peluche y una sonrisa traviesa.

—¡Mamá! ¡Mira! ¡Soy el Superbailarín de las Luces! ¡Soñé que bailábamos en la oscuridad con destellos mágicos! Pero... ¿por qué el sofá huele a... a algo raro? ¿Y está todo mojado? ¡Tío Gojo! ¿Estás jugando a las escondidas desnudo con mamá? ¡Eso no vale! ¡Y... por qué mamá tiene cara de haber vomitado mucho helado?—

Gojo e Isabel se congelaron, sus cuerpos tensos, cubriéndose torpemente con sábanas y cojines. Gojo, con su erección aún prominente bajo la sábana, soltó una risa ahogada. Isabel, con las mejillas ardiendo y la voz apenas un susurro, respondió.

—¡Sí, campeón! ¡Era una lucha épica! ¡El perdedor paga el helado real mañana! Y tu mamá... sí, se comió todo el helado ella sola.—

Mateo aplaudió, sus luces LED parpadeando con entusiasmo.

—¡Yay, Helado! ¡Qué bien! ¡Entonces, mañana comemos helado.—