PRÓLOGO
La penumbra en aquella helada habitación podría resultar asfixiante para cualquiera, pero no para él. Erick Salazar, nombre del joven que yace ahora acostado sobre las sábanas negras de su cama, permanece profundamente dormido.
Adora la oscuridad, el frío y la soledad.
Aquella recámara sumida en sombras es su santuario, el sitio donde se siente reconfortado tras un día banal y aburrido.
Pic, pic, pic…
De pronto, un leve golpeteo interrumpe su paz. El sonido se asemeja al choque de un par de copas de cristal antes de un brindis.
Pic, pic, pic...
Los ojos de Salazar se abren ligeramente. Si hay algo que detesta más que nada, es que interrumpan su sueño. Sus motas marrones se clavan en el techo, aunque le es imposible verlo, tal es la oscuridad que, incluso si extendiera la mano hacia arriba, no podría distinguirla.
Pic, pic, pic…
La esperanza de que aquel molesto sonido se detenga se disipa. Suspira, más agotado mental que físicamente. Se endereza sobre la cama con el torso desnudo, sintiendo el frío del dije de metal golpear su pecho. Los espesos rizos oscuros acarician sus mejillas. A pesar de quedarse un breve instante en esa posición, el sonido vuelve a repetirse.
Pic, pic, pic…
El muchacho decide levantarse de la cama. Sus pies descalzos tocan el alfombrado que cubre todo el suelo y comienza a arrastrarlos en una dirección específica. Aunque no puede ver más allá de un casi palpable color negro, lleva tantos años durmiendo en penumbras que conoce a la perfección su alcoba y la ubicación de cada uno de sus muebles.
Extiende su largo brazo hacia donde sabe que se encuentra la cortina. Al hacer contacto con el terciopelo, la toma y corre la larga y espesa tela de un tirón.
De inmediato, Salazar abre un poco más los ojos al observar cómo una figura oscura se aparta de la puerta de cristal. Es como si volara, flotara o sencillamente se difuminara, mezclándose con las sombras que ofrece la noche. De pronto, se detiene justo sobre la balaustrada del balcón.
El joven entrecierra los ojos. Erick nunca se ha molestado en encender la luz de la terraza, pero la luna llena lo ilumina de frente. Hay sombras, oscuridad. Los árboles visibles desde la ventana se mecen con la brisa otoñal, y aquel astro natural ilumina lo suficiente para brindar una clara vista de aquel ser que se ha postrado frente a ella, como si la misma luna fuera su aura, digna de una pintura gótica de tiempos antiguos. La ligera lluvia torrencial agrega un tono místico a la escena.
Aquel ser, que lo observa desde una distancia prudente, es más grande de lo que Erick sabe que debería ser. Su plumaje negro, bajo el baño de luz de la luna, refleja tonos verdosos, es hermoso. Su pico es largo, con una extraña curvatura más pronunciada que la del resto de su especie. Su cabeza es pequeña, y sus llamativos ojos redondos, de color dorado, destacan en la oscuridad.
Erick se queda perplejo por un instante. Para ser un cuervo, este irradia un aura extraña. Sus características encajan a la perfección con esa especie, pero sus deformaciones son tan evidentes que no podría asegurar que realmente sea uno de ellos.
Intrigado, con un sentimiento de curiosidad que no recuerda haber experimentado en muchos años, toma la manija de la puerta y decide abrirla.
El viento sopla, haciendo que su espeso cabello flote sobre su cabeza, mientras las gotas de lluvia tocan delicadamente su rostro, como una serie de amorosos besos.
El ave grazna, y Erick percibe de inmediato su peculiaridad. Ese sonido es diferente, dulce pero a la vez amenazante. Un segundo graznido, un tercero, y de pronto, una serie de sonidos brotan de la garganta de la criatura, como si tratara de decirle algo. Aunque podría parecer una idea absurda, el hecho de que los ojos del cuervo se turnen para mirarlo directamente, hace que Erick sienta que lo está reconociendo, que le habla, que sabe quién es y que tiene un mensaje para él.
Erick da un paso al exterior, con la planta de su pie tocando la fría y húmeda superficie de los mosaicos, alejándose del reconfortante calor de su habitación. Pero entonces, el ave extiende sus grandes alas, pareciendo mucho más grande y robusto de lo que parecía.
El cuervo grazna por última vez y, repentinamente, alza el vuelo. Como si fuese humo, se desvanece de su vista.
Los ojos caoba del muchacho buscan al ave en el cielo, pero el cuervo ha desaparecido.