Cuarenta y Veinte||Kookmin

All Rights Reserved ©

Summary

Jungkook tiene 40 años y Jimin 20 años...

Status
Complete
Chapters
1
Rating
5.0 1 review
Age Rating
16+

ÚNICA PARTE

Jungkook tenía cuarenta años y una casa demasiado grande para una sola sombra.

Era una casa de dos pisos, de esas construidas cuando la gente aún creía en familias eternas. Madera oscura, escaleras que crujían con cada paso y ventanas amplias que dejaban entrar la luz como si intentaran convencerlo de que todavía había algo allá afuera. Jungkook vivía solo desde hacía tanto tiempo que ya no recordaba cuándo el silencio había dejado de ser incómodo para convertirse en costumbre.

Se levantaba temprano, preparaba café fuerte y lo bebía mirando el patio trasero, donde el pasto crecía sin que nadie lo pisara. Trabajaba, volvía, cenaba lo justo y subía al segundo piso cuando el cansancio vencía a los pensamientos. Era una rutina limpia, ordenada… y profundamente vacía.

No era infeliz.

Pero tampoco estaba vivo del todo.

Había aprendido a no esperar nada. A no ilusionarse. A no abrir puertas que luego costaban cerrar. A los cuarenta, el corazón se vuelve un archivo bien guardado: recuerdos clasificados, emociones archivadas, amor etiquetado como “riesgo innecesario”.

Eso creía Jungkook.

Hasta que Jimin apareció frente a su casa como una primavera sin permiso.

Tenía veinte años, una risa fácil y una energía que parecía desbordarse incluso cuando estaba quieto. Se mudó a la casa de enfrente con una tía, y desde el primer día Jungkook notó su presencia. No porque hiciera ruido, sino porque llenaba el espacio. Como si el aire cambiara de textura cuando Jimin estaba cerca.

La primera vez que cruzaron palabras fue trivial. Un saludo, una presentación rápida. Jungkook no le dio importancia. Los jóvenes siempre iban y venían. Eran pasajeros. No se quedaban.

Jimin, en cambio, sí se quedó.

Lo observaba desde lejos al principio. Desde su ventana. Desde la vereda. Desde la tienda del barrio. Jungkook caminando con pasos tranquilos, hombros cargados de años, mirada seria. Jimin no veía edad. Veía calma. Veía una tristeza suave, de esas que no gritan, pero pesan.

Y se enamoró.

No de golpe.

No como en las películas.

Se enamoró despacio, como se enamoran los que sienten de verdad. De la forma en que Jungkook abría la puerta. De cómo fruncía el ceño al concentrarse. De su voz grave, contenida, como si siempre midiera cada palabra antes de dejarla salir.

Jimin buscó excusas para acercarse. Ayuda con una caja. Preguntas absurdas. Conversaciones que empezaban pequeñas y crecían sin permiso. Jungkook lo recibía con cortesía, con distancia, con una barrera invisible que Jimin sentía… pero no respetaba.

Porque Jimin no creía en barreras que no se dicen en voz alta.

Una tarde de lluvia fue el punto de quiebre. Jimin terminó empapado frente a la casa de Jungkook, riendo de su mala suerte. Jungkook lo hizo pasar casi sin pensarlo. Dos tazas de té. Ropa prestada. Silencios compartidos.

—Tu casa es bonita —dijo Jimin, mirando alrededor—. Pero se siente sola.

Jungkook sintió el comentario como una mano presionando una herida vieja. No respondió. Jimin no insistió. Solo lo miró con una ternura peligrosa.

Desde ese día, la casa cambió. No físicamente, sino emocionalmente. La risa de Jimin quedó atrapada en las paredes. Sus pasos jóvenes rompieron el eco. Jungkook empezó a esperar inconscientemente esos golpes suaves en la puerta.

Y eso lo asustó.

Porque Jimin no era solo joven.

Era demasiado joven.

Jungkook lo sabía. Se lo repetía como un mantra. Veinte años. Vida por delante. Sueños sin romper. Jungkook no tenía derecho a ser un capítulo que marcara demasiado pronto.

Pero el corazón no obedece a la lógica.

Jimin confesó una noche tranquila, sentados en el sofá, con la televisión apagada y la cercanía hablando más fuerte que cualquier sonido.

—Me gustas —dijo, sin rodeos, porque el amor joven no sabe mentir—. No como un capricho. Me gustas de verdad.

El silencio cayó pesado. Jungkook sintió que el tiempo retrocedía y avanzaba al mismo tiempo. Pensó en sus cuarenta años. En sus errores. En su miedo.

—No es correcto —respondió—. No es justo para ti.

Jimin no bajó la mirada. No retrocedió.

—No decidas por mí —dijo con calma—. Yo sé lo que siento.

Jungkook se levantó. Caminó. Respiró. Se apoyó en la ventana como si el vidrio pudiera sostenerlo.

—Tengo miedo —admitió—. No quiero romperte.

Jimin se acercó. Tomó su mano.

—No soy de cristal.

Eso fue lo que quebró todo.

No se besaron esa noche. No hubo promesas ni juramentos. Solo una verdad compartida, cruda, honesta. A partir de ahí, el vínculo cambió. Se volvió más denso. Más real. Jungkook luchó, pero ya estaba perdido.

El primer beso llegó semanas después. Lento. Inseguro. Necesario. Jungkook tembló como no lo hacía desde joven. Jimin lo sostuvo con la seguridad de quien ama sin miedo al futuro.

La relación no fue fácil. Nunca lo sería. Hubo dudas, silencios, miradas largas cargadas de preguntas. Jungkook enfrentó sus propios prejuicios. Jimin aprendió que amar también implica paciencia.

Pero el amor creció.

Y se quedó.

La casa de dos pisos dejó de ser un refugio vacío. Se convirtió en hogar. Jungkook volvió a reír sin culpa. Jimin encontró un lugar donde descansar su corazón inquieto.

No era una historia perfecta.

Era mejor: era real.

Y a veces, el amor no llega para salvarte.

Llega para acompañarte.

FIN

Psd: La imagen de la portada no es mía, se estará reemplazando en pocos tiempo.