Capítulo 1: la decisión
Ya había decidido que iba a conseguirme un bad boy.
No porque lo necesitara. Ni porque estuviera enamorada. Tampoco porque me sintiera sola de una forma dramática y digna de novela.
Simplemente porque quería una historia.
Una de esas que siempre terminan bien.
El día en que tomé esa decisión no fue especial. No hubo música de fondo ni una revelación profunda frente al espejo. Fue un día fallido, como tantos otros. De esos en los que nada sale mal del todo, pero nada sale bien tampoco. Y aun así, mientras caminaba por el pasillo del colegio, pensé que tal vez ese era el momento perfecto para empezar algo.
Sabía que no iba a ser fácil. Esto no era un libro romántico ni una historia escrita por alguien con demasiada fe en los finales felices. Esto era la vida real. La puta realidad.
Aun así, no pude evitar compararla con esos libros que había leído más veces de las que me gustaba admitir. Los del cliché de siempre: la chica tranquila y el chico rebelde. El tipo de historia que todas decimos odiar, pero que igual seguimos leyendo.
Historias donde él era un desastre y ella, de alguna forma inexplicable, lograba cambiarlo. Donde todo el daño quedaba justificado por un pasado triste. Donde el amor era suficiente. Donde, al final, todo tenía sentido.
Yo quería eso.
Quería ser esa chica ingenua que no sabía muy bien dónde se estaba metiendo. La que se enamoraba sin medir consecuencias. La que creía que podía con alguien complicado sin salir lastimada en el intento.
Quería ser la chica tranquila, tímida, la que no llamaba la atención. No porque fuera misteriosa, sino porque siempre terminaba siendo invisible.
Mis padres no ayudaban mucho. Trabajaban todo el tiempo. No preguntaban demasiado. No miraban de cerca. Supongo que eso también facilitaba las cosas.
En mi cabeza, la historia estaba clara. Yo conocía al chico malo. Él no era buena persona, pero conmigo sería distinto. Discutiríamos. Chocaríamos. Nos lastimaríamos un poco. Pero al final terminaríamos juntos, ignorando detalles incómodos como su falta de límites o mi tendencia a justificarlo todo.
Suena horrible cuando lo pienso así.
Pero no era por el sexo. Ni por lo atractivo que pudiera ser. Tampoco porque me gustara sufrir o hacerme la víctima.
Era porque esas historias siempre prometían algo que la vida real rara vez ofrecía: un final feliz.
O al menos algo que se le pareciera.
Así que me prometí conseguirme un bad boy. No para salvarlo. No para cambiarlo.
Solo para vivir mi historia cliché.
No pensé demasiado en cómo empezaban esas historias. Solo en cómo terminaban.
Y aunque algo dentro de mí sabía que estaba ignorando demasiadas señales, decidí no esperar a que las cosas pasaran solas.
Si iba a equivocarme, prefería hacerlo a propósito.