La última carta que no vas a leer.
Ojalá pudiera decir que te odio,
pero sería demasiado poco.
Te deseo la soledad más larga,
esa que no grita,
solo susurra que nadie te quiere
mientras intentas dormir.
Me dejaste vacía,
y no en un sentido poético.
No, me dejaste sin ganas de vivir.
Hiciste que cada día doliera,
y aún tengo que fingir que estoy bien
para que el mundo no me pregunte por ti.
Te di mi confianza como si fuera oro,
y la enterraste en mierda.
Te di mis sueños,
y los convertiste en pesadillas
que todavía me despiertan a las tres de la mañana.
Jugaste conmigo como si fuera un chiste,
me enseñaste lo que es suplicar
y luego reíste mientras me derrumbaba.
No eras mi amor,
eras mi verdugo,
y yo era tan idiota que me arrodillé
para que pudieras cortarme mejor.
Si algún día me recuerdas,
que sea en tu momento más bajo,
cuando no haya nadie que te conteste un mensaje,
cuando tus manos estén vacías,
y cuando por fin entiendas
que el amor que te di
no lo vas a volver a encontrar
ni aunque vivas mil vidas.
Ojalá la culpa te despierte cada madrugada.
Ojalá la soledad se siente en tu cama.
Ojalá el peso de lo que me hiciste
te parta los huesos
hasta que desees no haber nacido.