Duele Querer

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Summary

Hay historias que no se leen, se sienten. Que atraviesan el corazón con la delicadeza del viento y el peso de la verdad. Duele Querer es una de ellas. Una obra que no solo habla del amor, sino de todo lo que viene después: la pérdida, el perdón, el tiempo y esa misteriosa capacidad que tiene el alma para recordar lo que un día la hizo temblar. Esta historia, escrita con el pulso del Caribe y el alma de la poesía, nos invita a mirar dentro, a entender que amar no siempre significa quedarse, y que a veces la verdadera historia comienza cuando aprendemos a soltar. Ambientada en Lomisa, una ciudad ficticia de la República Dominicana —urbana, costera, viva—, Duele Querer se desarrolla en tres momentos esenciales: el descubrimiento, la herida y la memoria. Seis etapas que reflejan el recorrido universal del amor humano: bajo la lluvia, lo que no dijimos, Lucía, Elías, lo que el tiempo no borra y cuando el alma recuerda. Más que una historia romántica, Duele Querer es una obra emocional, espiritual y humana, una travesía por las profundidades del alma donde el amor deja de ser una historia y se convierte en aprendizaje.

Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
5.0 1 review
Age Rating
16+

Cuando la lluvia lo dijo todo

Lomisa olía a sal y a café, como si el mar y las madrugadas hubieran decidido quedarse a vivir en cada esquina. Era de noche, y la ciudad tenía ese brillo mojado que convierte las luces en ríos. La lluvia caía con paciencia, dibujando líneas en los cristales, sacando de las aceras un humo liviano que se mezclaba con los faros, con las bocinas a lo lejos, con la música baja de un colmado que seguía abierto como si el tiempo no tuviera reloj. Valeria caminaba sin apuro, con la mochila pegada al cuerpo y los audífonos apagados, porque esa noche prefería escuchar la lluvia. Se sentía acompañada por ese ruido, por esa manta líquida que le daba permiso para estar en silencio.

No había decidido el rumbo. A veces hacía eso: se dejaba llevar por las calles de Lomisa como quien se monta en una guagua sin mirar el cartel, y al final, donde llegaba, allí estaba bien. Tenía veintiún años y una forma suave de mirar el mundo; no porque no le doliera, sino porque había aprendido a respirar hondo cuando el pecho le apretaba. Ese día, la universidad le había dejado un cansancio raro, como un peso en los hombros hecho de tareas y recuerdos. Quería caminar para soltarlo. Y caminó, cruzando la Avenida Costa Norte, bajando por la San Aurelio hasta que la brisa del malecón le dijo: “oye, quédate un rato aquí”.

Se detuvo bajo el toldo de una cafetería de esquina, “La Campana”, un sitio con suelo ajedrezado y olor terco a pan recién horneado. Dentro había risas, parejas que se contaban secretos con las manos, estudiantes que discutían proyectos sobre servilletas. Afuera, la lluvia. Valeria miró sus tenis húmedos y sonrió con esa timidez que le salía cuando estaba bien consigo misma. El mozo de la barra le saludó con la barbilla desde adentro; ella levantó la mano, en agradecimiento. No iba a entrar.

Le gustaba el borde de las cosas: ni adentro ni afuera, solo ahí, en la línea.

Entonces algo cambió, un detalle mínimo, como si el aire hubiera decidido moverse diferente. La esquina, la misma esquina de siempre, de pronto tenía otro peso, otra gravedad. Esas cosas Valeria las notaba, no porque creyera en el destino, sino porque el corazón, cuando se acostumbra a escuchar, se vuelve fino con los detalles. Fue una sombra primero, una figura acercándose desde la otra cuadra con paso firme, sin paraguas, con la camisa pegada al cuerpo por la lluvia. No corrió. No se escondió. Caminó como si conociera el ritmo de esa agua.

Valeria lo miró sin querer mirarlo. Y, sin embargo, cuando pasó bajo la lámpara del poste, fue imposible no verlo. El rostro tenía una calma rara, como quien aprendió a estar en paz en medio de ruidos. Tenía los ojos oscuros, una mirada que no empujaba ni reclamaba, que no invadía; más bien, invitaba a ver. El cabello, más mojado que lo prudente, le caía hacia la frente; se lo apartó con los dedos y sonrió muy poco, casi nada, como si la lluvia le hubiera contado un chiste bajito.

—Buenas —dijo él, al pasar frente al toldo.

No fue una palabra grande, ni un saludo de película. Fue un “buenas” de barrio, de noche mansa, de gente que se mira a los ojos porque sí. Valeria respondió con un movimiento leve de cabeza, una sonrisa cortita, y solo entonces se dio cuenta de que también había sonreído con los ojos.

—Buenas —contestó, y el eco de su voz sonó más dulce de lo que esperaba.

Él se detuvo un segundo, como si fuera a pedir dirección o fuego, y luego siguió. Fueron tres pasos. Cuatro. Cinco. Se iba. Valeria lo vio de espaldas y pensó que había algo en esa forma de avanzar que dolía un poco, una elegancia triste, como si se llevara con él una historia. Tal vez fue la curiosidad, tal vez el presentimiento, o tal vez que la lluvia tiene maneras raras de juntar a la gente, pero Valeria dio un paso hacia afuera del toldo. Sintió el frío en la nuca. La lluvia le mordió los hombros con cariño. Y entonces él miró hacia atrás.

Es una tontería, pensó ella. Qué voy a decirle. Pero él ya estaba ahí, a dos pasos, con la camisa goteando y las manos limpias de prisa.

—Perdona —dijo él—. ¿Ese colmado “Costa Azul” queda por aquí? Me dijeron que era cerca del malecón y creo que me pasé.

Valeria señaló con la mano, sin dudar.

—Una cuadra más arriba y doblas a la derecha. Vas a ver un mural con una palmera grande, no te lo pierdes. Ahí mismo.

—Gracias, mi amor.

La forma en que dijo “mi amor” no era un coqueteo. Aquí, en Lomisa, la gente llama así a las personas cuando agradece, un cariño heredado de tantas tardes de calor y vecindad. Pero a Valeria, esa palabra le hizo un ruido bonito. Le pasó por la piel como una luz.

—De nada —dijo—. Ten cuidado, que con la lluvia las aceras están resbalosas.

Él asintió. Y pensó en irse. Y pensó en quedarse. Y la duda, esa moneda que gira en el aire antes de caer, tardó un poco más de lo normal en decidirse.

—Soy Elías Navarro —dijo al fin, como quien ofrece una cuerda invisible para cruzar un río.

—Valeria Montes —respondió ella, sosteniendo sin miedo esa cuerda.

El mundo no cambió de color ni sonó música de fondo; la guagua siguió su ruta, el mozo siguió sacando cafés, la ciudad siguió siendo ciudad. Pero para ellos, algo

sí se movió, como una puerta que se abre apenas y deja entrar otro aire.

—Gracias otra vez, Valeria —dijo él. Hizo el gesto de irse, pero la mirada le preguntó algo más, sin palabras: ¿te quedas aquí mucho? ¿te gusta la lluvia? ¿qué haces cuando no estás aprendiendo a pronunciar mi nombre?

Valeria entendió sin saber cómo. Había aprendido a leer silencios. Y esa noche estaba lo suficientemente valiente como para no mentirse.

—A veces me quedo —dijo, señalando el borde del toldo—. Me gusta escuchar el agua. Y mirar la ciudad cuando se pone transparente.

—A mí también —dijo Elías—. Yo digo que la lluvia le saca la verdad a las cosas.

No era un piropo. Era una confesión. Valeria bajó la mirada, no por vergüenza, sino para guardar la frase como quien guarda una foto en el bolsillo. La sostuvo un segundo, le dio vuelta por dentro, y supo que le gustaba ese tipo de sinceridad.

—¿Quieres entrar? —preguntó ella, aunque ella misma se había prometido quedarse afuera—. Te puedo invitar un café. Digo, si no tienes prisa por el colmado.

Elías miró el colmado imaginario, el mural de palmera que no conocería todavía. Pensó en el motivo por el que iba, en la lista corta de lo urgente. Luego volvió a mirarla. Había en los ojos de Valeria algo que no era una oportunidad, sino una paz. Y él necesitaba eso más que otra cosa.

—Me quedo —dijo.

Entraron. La Campana tenía ese calor amable que tienen los sitios donde pasan cosas pequeñas y grandes todos los días. Se acomodaron en una mesa cerca de la ventana; la lluvia hacía del vidrio una pantalla en movimiento. Valeria dejó la mochila en la silla de al lado y se soltó el cabello, que olía a agua y a champú de coco. Elías se peinó hacia atrás con la mano, sin vanidad, como quien ordena lo que el agua desordenó.

—¿Vives por aquí? —preguntó ella.

—Más arriba, por la Universidad del Mar. Estoy en arquitectura. Bueno, terminando ya. Y tú… ¿estudias?

—Psicología. Segundo año. Me gusta, pero a veces siento que cargo con demasiadas historias. Y me pregunto si sé qué hacer con las mías.

Elías sonrió. Había en él una ternura tranquila, una paciencia de las que no se aprenden rápido.

—Diache, te entiendo —dijo, bajito—. A mí la arquitectura me gusta porque dibuja refugios. Y uno también necesita uno por dentro, ¿verdad?

—Sí —respondió ella—. Un lugar donde quepa lo que duele sin romperlo todo.

Los cafés llegaron. El vapor se enredó en el aire como otra lluvia que sube en lugar de bajar. Brindaron sin brindar, con un gesto mínimo de tazas. Y entonces se hizo ese silencio bueno, el que no obliga a hablar. Afuera, a una pareja se le cayó una servilleta y se rieron; un señor mayor leía un periódico como si todavía fuera 1998; una muchacha practicaba una coreografía mirando su reflejo en el vidrio de la puerta.

—¿Y qué ibas a buscar al colmado? —preguntó Valeria, sonriendo—. Si no es indiscreción.

—Nada grave —dijo Elías—. Una libreta. Las cosas que se me ocurren cuando llueve se me olvidan si no las anoto. Y hoy… —miró su taza, como si ahí estuviera

escrita la palabra que buscaba— …hoy siento que necesito escribir algo que no sé todavía qué es.

Valeria pensó que ella también tenía cosas para escribir. Que tal vez el mundo era más fácil cuando los pensamientos tenían dónde vivir. Buscó un bolígrafo en su mochila y lo puso en medio de la mesa.

—Si quieres, puedes usar este. Hasta que llegues al colmado.

Elías tomó el bolígrafo como quien recibe un regalo que no es objeto, sino permiso. En una servilleta, dibujó una línea vertical, otra horizontal, un ángulo, y debajo escribió: “Refugio”. Lo miró un segundo y se rió un poco de sí mismo.

—Perdón —dijo—. Estoy sonando profundo y apenas nos conocemos.

—No, oye, está bien —respondió Valeria, con una calidez que no necesitaba esfuerzo—. A veces la vida nos pone frente a quien entiende una palabra antes de explicarla. Como si la lluvia hiciera la traducción.

Elías levantó la mirada. El vidrio estaba lleno de gotas ascendiendo y descendiendo como si tuvieran voluntad. Detrás, la ciudad parecía un cuadro en movimiento. Elías no supo cómo decirlo, pero le pasó por dentro una gratitud rara, una sensación de descanso que hace mucho no visitaba. Valeria, sin saberlo, había empujado una puerta que él mantenía cerrada por costumbre.

—¿Siempre vienes a esta cafetería? —preguntó él.

—Cuando necesito respirar distinto. Aquí las cosas se sienten más… suaves.

—Me gusta esa palabra —dijo él—. Suave. Mi mamá la usaba mucho. “Suave, Elías, suave, que todo cae por su peso”.

—¿Y cae? —preguntó Valeria, con curiosidad sincera.

—A veces sí. A veces no. Pero uno aprende a esperar sin desesperarse. O lo intenta.

Valeria miró sus manos. Estaban un poco frías todavía, a pesar de la taza. Las acercó al borde del café. No sabía por qué, pero quería contarle algo que casi no contaba. Y se contuvo, no por desconfianza, sino por cuidado. Era la primera noche. Estaba aprendiendo el sonido de esa voz, la forma en que decía su nombre, el ritmo de su respiración. No había prisa.

—¿Sabes? —dijo, al cabo de un rato—. Me gusta cuando la ciudad se pone sincera. La gente camina menos rápido, habla más bajito. Siento que las cosas se parecen más a lo que son.

—A mí también —respondió Elías—. Por eso salí sin paraguas. Quería mojarme un poco la cabeza. A veces uno necesita que el agua le acomode las ideas.

Valeria rió suave. Le gustaba esa forma de mirar la vida, sin drama innecesario, con humor discreto y una esperanza que no gritaba. Nunca había pensado que la lluvia podía “acomodar ideas”, pero ahora que lo escuchaba, tenía sentido.

—Y dime, Elías —preguntó con una chispa—, ¿siempre le dices “mi amor” a gente que acabas de conocer?

Elías abrió los ojos con una sorpresa genuina y se llevó una mano al pecho, teatral, ligero.

—Perdón, Valeria. Se me sale lo dominicano. Pero te prometo que lo digo con respeto. Es cariño de buena gente, no de confusión.

—Tranquilo —dijo ella—. Aquí eso es casi un abrazo. Y a veces uno lo necesita, aunque venga en una palabra.

Hubo un segundo de silencio en que las miradas se quedaron quietas, como si entendieran el límite y el permiso. No fue incómodo. Fue, más bien, un acuerdo. Afuera, la lluvia comenzó a ceder, y la música del colmado subió un poquito, como si alguien le torciera la perilla al volumen de la ciudad.

—¿Quieres caminar? —preguntó Valeria—. Cuando baja la lluvia, el malecón queda con olor a película.

—Vamos —dijo Elías.

Pagaron. Salieron. El toldo dejó atrás su borde amable y se metieron a la calle, que ahora era un espejo largo. Valeria se arremangó la chaqueta. Elías metió la servilleta en la cartera: “Refugio”. Caminaron en dirección al mar. El rumor de las olas llegaba como una respiración grande. Las luces de los carros se estiraban sobre el asfalto como serpentinas. La ciudad, en ese tramo, parecía hecha para que la gente se encontrara sin plan.

—¿Te gusta el mar? —preguntó Elías.

—Mucho. Me calma. Me recuerda que soy pequeña, pero no insignificante.

—Qué lindo eso.

—Es que el mar habla. Uno tiene que aprender a escucharlo. Como a las personas.

Elías asintió. En su cabeza, sin decidirlo, comenzó a construir una estructura imaginaria: columnas de viento, paredes de agua, ventanas de sal. Pensó que, si pudiera, haría una casa mirando al malecón, con un balcón grande para ver llover. Pensó que, si pudiera, le pondría a esa casa un nombre que no diera vergüenza, una palabra sencilla y verdadera. “Refugio” volvía como una paloma.

—Valeria —dijo él—, yo no soy bueno con las presentaciones largas. A veces me tardo mucho en hablar de mí. Pero, si quieres, podemos… no sé, caminar y dejar que el camino vaya contando. ¿Está bien?

—Está muy bien —respondió ella, aliviada—. Yo tampoco me presento con lista. Soy más de dejar que la noche decida qué se puede decir.

Siguieron. Pasaron frente a un mural con una muchacha de cabello rizado que sostenía una flor azul. Pasaron frente a una barbería que tenía la radio alta. Pasaron frente a un edificio de balcones llenos de plantas. Cada cosa parecía tener una historia. Y entre historia e historia, sin darse cuenta, iban tejiendo una que era de los dos.

En una esquina, la lluvia volvió a caer, más finita, como si se hubiera arrepentido de irse del todo. Valeria levantó la cara y dejó que el agua le tocara los párpados.

—Me gusta cuando la lluvia regresa con humildad —dijo.

—Sí —respondió él—. Vuelve como quien pide disculpas.

—O como quien recuerda que todavía nos falta decir algo.

Se miraron. Fue un segundo, no más. Pero en ese segundo el mundo respiró distinto. Elías sintió un impulso raro, no de acercarse con prisa, sino dequedarse, de escuchar mejor. Valeria también lo sintió. Supo que ese encuentro no era una casualidad bonita y ya. Había algo más profundo, una línea que venía de antes de esa noche y que ahora se había vuelto visible.

—¿Sabes qué? —dijo Valeria, con una valentía que no solía usar tan temprano—. Si quieres, podemos vernos mañana. No digo que sea una cita ni nada. Solo… seguir esta conversación sin lluvia. O con lluvia otra vez, uno nunca sabe.

Elías sonrió, no con euforia, sino con gratitud.

—Me gustaría. ¿Te parece aquí mismo, a las seis?

—Me parece.

Intercambiaron números. No hubo promesas de más. No hubo juramentos ni frases grandiosas. Hubo un plan sencillo y la paz de haberlo dicho. Caminaron un poco más hasta el borde mismo del malecón. El mar estaba oscuro y vivo. Valeria apoyó los codos en la baranda y cerró los ojos. Elías miró hacia el horizonte, donde las luces lejanas parecían barcos que no iban a llegar, y sintió que algo en el pecho se le acomodaba.

—Gracias por quedarte —dijo Valeria, sin abrir los ojos.

—Gracias por invitarme a entrar —respondió Elías.

La lluvia se detuvo otra vez, como si entendiera que la escena necesitaba una pausa. En algún punto de la ciudad, sonó una campana. Ellos no supieron de dónde, pero la escucharon como una señal discreta.

No era amor todavía. Era algo distinto, más delicado y peligroso a la vez: una promesa sin palabras, un rumor, una cuerda que acababan de soltar al río para cruzarlo sin saber qué había al otro lado. Y ahí, en ese borde, decidieron quedarse un momento más, mirando el mar, dejando que Lomisales respirara alrededor, con su acento suave, con su música lejana, con su manera de decir “mi amor” cuando quiere decir “estoy contigo”.

—Mañana —dijo ella.

—Mañana —repitió él.

Y esa palabra, puesta en el lugar exacto, se volvió un puente.

***

Al día siguiente, el cielo de Lomisa amaneció con nubes generosas, como si las cortinas del teatro siguieran corridas sobre la ciudad. Valeria despertó antes de lo habitual, con una claridad dulce detrás de los ojos. Había soñado con una casa abierta y un sonido de lápiz sobre papel. Se quedó mirando el techo un rato, sin prisa. No quería espantar el recuerdo. Cuando por fin se levantó, la casa estaba tranquila. Su mamá ya se había ido al trabajo. En la mesa de la cocina había un papelito: “Te dejé arepitas en el horno. Cuídate, mi amor.”

Valeria rió sola. La palabra viajaba de boca en boca con la misma ternura. Comió despacio, pensando en su clase de las diez, en el trabajo que tenía pendiente, en la conversación de la tarde. No quería “idealizar”, esa palabra que en psicología a veces suena a alarma. Pero tampoco quería desconfiar a lo loco. Había aprendido a poner las cosas en un sitio justo: ni arriba del todo ni abajo del todo, sinoal nivel de la mirada.

Se vistió con jeans claros y una blusa que le gustaba por sencilla. Se recogió el pelo a medias. Cuando se miró al espejo, no buscó perfección, buscó reconocerse. “Suave”, se dijo. “Suave, Valeria.” Y salió.

La universidad olía a libros usados y a filtro de café. Los pasillos estaban llenos de gente que se saludaba con prisa, que se prestaba cargadores, que discutía exámenes de otros semestres como si fueran partidos viejos. Valeria se sentó en el aula, cerca de la ventana. La profesora hablaba de procesos emocionales, de duelos, de cómo el cuerpo guarda lo que la mente no sabe nombrar. Y Valeria, sin planearlo, pensó en Elías, en la palabra “refugio” escrita en una servilleta, en la manera en que él había mirado la lluvia como si le dijera unsecreto.

Se puso a tomar notas con más cuidado. No es que él estuviera en ellas, pero algo de esa conversación de anoche le había despertado una atención distinta, una delicadeza para escuchar no solo lo que se dice, sino desde dónde se dice.

Cuando la clase terminó, salió con paso tranquilo. En la plaza central, un grupo de música ensayaba un merengue suave; dos bailarines improvisaban unos pasos que parecían sacados de una fiesta. La ciudad, pensó Valeria, tiene días en que te enseña a quererla de nuevo. Y también tiene noches en que te regala una mirada que te da paz.

Elías, por su parte, ya estaba en el taller de la facultad de arquitectura desde temprano. La noche anterior, al llegar a casa, sacó una libreta vieja. Volvió a escribir “Refugio” y le dibujó un trazo nuevo, más concreto: una casa con patio central, paredes altas y una ventana al mar. No sabía por qué esa palabra insistía tanto, pero decidió no pelearse con ella. En la mesa de trabajo, entre reglas, escalas y lápices, lo interrumpió la risa de sus compañeros. Le hicieron bromas, le pidieron que ayudara con una maqueta que se negaba a pegar. Elías ayudó. Repartió paciencia. Se dejó querer por la rutina.

Pero a media mañana, cuando el sol le metió un dedo de luz por la ventana alta, pensó en el café de La Campana, en el toldo, en la lluvia. Pensó en Valeria diciendo “me gusta escuchar el agua”. Y se encontró sonriendo sin darse cuenta. Tomó su celular, miró la hora. Faltaban muchas para las seis, y sin embargo, el día parecía haber empezado a caminar un poco más rápido.

Almorzó con prisa y se quedó en el taller hasta media tarde. Hizo un plano que le estaba costando. Lo terminó con una satisfacción cansada. Recogió. Guardó la servilleta en el bolsillo. Y salió, caminando hacia el malecón como quien regresa a un lugar donde dejó un libro abierto.

Valeria llegó unos minutos después. El cielo había decidido bajar el calor y dejar un viento tibio. Ella sintió esa felicidad sencilla de estar llegando al lugar correcto a la hora correcta. No lo llamó. No quería forzar la escena. Miró el mar unos segundos. Y entonces lo vio venir, con la camisa limpia, el cabello tranquilo, la sonrisa que se aprieta para no decir demasiado.

—Llegaste —dijo ella.

—Llegaste tú —respondió él.

Se rieron un poco de sí mismos, de esa torpeza bonita de los inicios. Caminaron un rato sin decidir hacia dónde. El malecón tenía el sonido justo. La ciudad, ese día, estaba del lado de ellos.

—Hoy no llueve —dijo Elías.

—Pero huele a que llovió —respondió Valeria—. Eso también me gusta. Como si quedara una memoria en el aire.

—Una especie de… —Elías buscó la palabra.

—Sí —dijo ella—. Una especie de promesa.

No hicieron planes grandes. No se contaron toda la vida. Pero dieron los pasos necesarios para que ese encuentro dejara de ser accidente y empezara a ser historia. Y en algún punto entre las seis y las ocho, cuando las luces del malecón empezaron a encenderse y la música de los carros se volvió más lenta, Valeria pensó que había cosas que uno no elige, que lo eligen a uno.

Y aunque todavía no sabía por qué, entendió que esa noche, bajo esa primera lluvia, algo había decidido quedarse.

Y le dio la bienvenida.