La Ofrenda

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Summary

En un mundo subterráneo gobernado por vampiros, la humanidad sobrevive gracias a un pacto cruel: vida a cambio de obediencia. Anegreth es una doncella del amo Flabius. Su deber es servir, ofrecer su sangre y no hacer preguntas. Mirar a los ojos, desobedecer o sentir curiosidad puede costar caro… Pero Anegreth comete el error más peligroso: empieza a pensar. Mientras nuevas doncellas desaparecen, los castigos se vuelven más silenciosos y el poder se ejerce con una elegancia aterradora, Anegreth deberá decidir si seguir siendo una ofrenda dócil… o arriesgarlo todo para descubrir qué se esconde detrás del amo, de la sangre y de un mundo construido sobre mentiras

Status
Ongoing
Chapters
25
Rating
5.0 2 reviews
Age Rating
16+

Primera Parte

EL HOYO

CAPITULO I

Estaba corriendo por un bosque oscuro, ya pasada la media noche, el suelo se sentía húmedo y frió bajo mis pies descalzos, la tierra se aplastaba y dejaba huellas por todo el camino, ¿qué estaba pasando? Me esforzaba por continuar corriendo, aunque nadie me persiguiera. Una mano cálida sujetaba con fuerza la mía, y me obligaba desesperadamente a ir más rápido.

- ¡deprisa Anegreth!, no te detengas! -casi se oyó como un susurro.

Su voz era suave y me tranquilizaba, sentía que le conocía, apreté mis ojos y sin importar el dolor de mi cuerpo me apresuré; solo lograba ver la espalda de aquel niño guiándome por el camino. ¿Quién es él? No puedo recordar, tampoco sabía dónde estábamos ni porque debíamos correr tanto.

Mi corazón latía muy rápido, como una locomotora a punto de estallar y me estaba quedando atrás, él se alejaba cada vez más y más, no podía detenerlo ni seguirle el paso, no tenía la fuerza para seguir sujetándolo.

-¡ya no puedo más!- le supliqué que se detuviera, pero parecía no escucharme.

Entonces soltó mi mano, me aterraba no estar sujeta a él y desesperadamente grite su nombre. De un sobresalto de pronto me desperté <solo ha sido un sueño> dije para mis adentros con el fin de calmarme. despacio me senté sobre la cama frotándome el rostro para espabilarme, estruje mis ojos y los abrí, ya más despierta, me encontraba en mi habitación, mire a mi alrededor y para mi suerte todo estaba como debería, la puerta cerrada, la llave sobre la mesa, mis pantuflas puestas debajo de la cama, el armario de madera color salmón en frente, las caracolas colgando del techo, todo estaba tal y como lo deje antes de dormir la noche anterior, eso me confirmó que solo estaba soñando, sentí un poco de alivio pero una extraña sensación me ahogaba el corazón, con mi mano sobre el pecho intente relajarme pues aun mi respiración era agitada.

-todo parecía tan real.- susurre sin aliento, no era la primera vez que soñaba de esa manera,

Pero cada vez eran más frecuentes este tipo de sueños, siempre el mismo bosque y el mismo niño halándome de la mano. Tal vez se trataba de un vago recuerdo de mi niñez, no tenía muchos de esos, a penas y recordaba el rostro de mi padre y hermanos, o quizás solo eran recreaciones de mi propia imaginación, de una familia que nunca tuve, pues, son solo imágenes borrosas de sus sonrisas y miradas, no tengo idea de donde estén o que habrá sido de ellos, incluso sus nombres me son desconocidos. Lo único de lo que estaba segura era de que no estaban conmigo ahora.

El frio de la mañana logró alcanzarme, encogí mis piernas y las doble una sobre la otra para contener el calor de mi cuerpo, aún no me había levantado de la cama, ese sueño logro impresionarme lo suficiente como para meditarlo un momento. Toda la habitación seguía obscura, tenuemente iluminada por la luz de aquella lámpara de lava puesta sobre la mesa de noche. Tome el reloj que colgaba en la pared de mi cama y observe la hora.

-son las seis de la mañana.-este lugar era tan silencioso que me obligaba a hablar sola.

-¡bien! me levantare- dejé mis pies caer de la cama y a ciegas comencé a buscar mis pantuflas, demoré un tanto, pero termine hallándolas dispersas una de la otra. Levanté mis brazos al aire y los estiré lo más que pude, dejé escapar un chillido al tiempo que mi cuerpo se tensaba.

Estaba de pie ya, eso era un avance, aun llena de pereza comencé a atravesar la habitación hasta llegar al baño, sus resplandecientes porcelanatos de cerámica me encandilaron la visión al encender la luz. Arrugue mis ojos y poco a poco me acostumbre a la iluminación, un espejo guindado en la pared me mostró mi desaliñado reflejo.

Piel blanca, labios gruesos, cejas finas, ojos pequeños y de color miel, cabello castaño, liso y despeinado con la nariz redondita; Esa soy yo. Abrí la pila y llené un pequeño pozo de agua en mis manos que luego avente sobre mi rostro, aseé mis dientes y tomando la toalla que colgaba del sostenedor la frote sobre mi cara.

Salí del baño más espabilada luego de eso, el agua fría había hecho bien su trabajo, el cuarto se había iluminado por sí solo, a medida que transcurren las horas se encienden gradualmente las luces de mi habitación, esto me ayuda mucho para no pasarme de las horas debidas de sueño cuando no soy bruscamente despertada por una pesadilla; es un lujo que pocos pueden permitirse en un mundo como este pero soy afortunada.

Abrí mi ropero y observé con cuidado la vestimenta que usaría hoy, me gusta estar hermosa y presentable, después de todo ese es mi trabajo. Decidida por un vestido hermoso de color melón, lo saque del ropero y avente sobre la cama. Sabía que zapatos y accesorios usaría aquélla vez para combinarlos perfectamente, perlas, fue mi primera opción, fui al peinador y tome dos aretes junto con la gargantilla que hacían juego, son hermosos, obsequios del amo cuando llegue, sabe lo mucho que adoro el mar y todo lo que tenga que ver con él, su sonido, su color, el sabor salado del aire, su aroma; es mi paisaje favorito. Me los coloque y observe por un instante su belleza, peine mi cabello en un sencillo moño que me enseño Ivonne, maquille mi rostro, muy suavemente, casiimperceptible y ya estaba lista, solo faltaba el vestido.

De pie junto a la cama lo tome entre mis brazos y comencé a ponérmelo, era un vestido enorme pero ligero, con aire de antaño, magas largas, corte imperial y lleno de encajes al final de la falda. Me sentía preciosa, mi parte favorita del día es esta precisamente.

Salí de mi habitación y atravesé el enorme pasillo infinito y siniestro; mi dormitorio era el antepenúltimo de todas las doncellas, vi las puertas de mis compañeras, una por una, es curioso, ya que aunque yo haya sido una de las última en llegar aquí, siempre resulto ser la primera en estar lista, ansió ver con que atuendo saldrán vestidas hoy, casi a diario apostamos a quien halagaría el amo ese día, espero que sea a mí, complacer al amo es nuestra prioridad, pues se lo debemos todo. Caminé hasta llegar a la cocina, junto a la estufa se encontraba Greta, el ama de llaves, hirviendo un estofado con ciruelas que olía exquisito.

-pero que bien huele.- me acerque atraída por el vapor de la cocina.

-¡ho! Anegreth.- la adorable anciana se sobresaltó al notar mi presencia.

-como lo siento Greta, es que huele delicioso y no pude evitar acercarme.- me disculpe con una pequeña sonrisa.

-no se preocupe niña Anegreth, ¿quisiera probar un poco?- me ofreció de la cuchara de madera que sujetaba con su temblorosa mano, asenté y con cuidado bebí del tibio caldo.

-delicioso como siempre.- me limpie los labios con un pañuelo blanco.

En eso entró porla puerta Rosari, Luciendo un hermoso vestido color marfil, lleno de estampado de flores púrpuras por toda la tela, escote en los hombros y brazos, con pequeños guantes de tul hasta la muñeca, se veía sumamente preciosa a no ser por las cicatrices de sus brazos debido a las ofrendas de sangre que estamos obligadas a dar al amo, eso le restaba mucha clase y elegancia, por eso mis atuendos eran tan modestos, detesto ver las marcas causadas por las agujas en mi piel.

Estire disimuladamente mi brazo para cerciorarme de que estuvieran ocultas, y en efecto lo estaban. Pero ¿qué más da?, todas las tenemos, no era un secreto para nadie, solo que a mi parecer se veían horribles.

-Anegreth, ¿qué haces aquí?, las chicas y yo te buscamos por todas partes.-dijo casi histérica Rosari.

-ya voy, solo vine a saludar a Greta.-excusándome levante la falda de mi vestido unos cuantos centímetros y me acerque hasta Rosari dando pequeños pasitos, ella me tomo de la mano y me condujo hacia el cuarto de Penélope, la más joven de todas.

Al entrar las encontré reunidas, ¿le habrá pasado algo a Penélope?, el amo debería saberlo antes que nadie, tal vez sea simple malestar, hace poco fue su ofrenda de sangre.

-¿ha ocurrido algo?- pregunte impaciente.

-nada, es solo que Penélope tiene problemas para elegir su atuendo otra vez.-comento

April sentada en la cama junto a Penélope. Suspire y me aproxime hacia la delgada joven sentada a la orilla de su cama, con su espalda encorvada y algo avergonzada.

-¿qué te gustaría usar hoy?- le pregunte tocando su hombro.

Trataba siempre de ser muy cariñosa con ella pues de todas las doncellas a Penélope le había costado más adaptarse, incluso yo lo había conseguido, sin embargo, tal vez se debía a que ella fue la última en llegar.

-¡detesto usar esos vestidos!-chillo Penélope.

-pero al amo le gusta vernos usándolos, por eso los ha comprado, y a ti mas que ha ninguna.- afirmó Astrid de brazos cruzados.

-no me importa si a el amo le gustan, ¡yo los odio!-Penélope se puso de pie dándonos la espalda.

Aun llevaba puesta su bata de seda color rosa, parecía que hoy estaba resuelta a hacer enojar al amo, intentaba comprenderla, no debió ser sencillo para ella dejar a sus padres, aún era muy joven, pero estaba segura de que ahora vivía mucho más cómoda que antes, rodeada de lujos, además el amo jamás escatimaba en gastos cuando se trataba de ofrecer una dote por su doncella. Su familia estaría mejor sin ella.

-vamos Penélope, sabes que no tienes opción, solo escoge uno y ya.- clarisa abrió el armario de Penélope y le enseño un par de vestidos preciosos, pero ni siquiera dirigió su mirada para verlos.

-usaras este y fin de la discusión, no tienes derecho a estos berrinches, el amo es bueno y además generoso, deberías estar agradecida de vivir como lo haces, fue el amo quien te saco de la mugrosa pocilga donde te criaste, ¡no se te olvide!- otra doncella aventó sobre Penélope un vestido sencillo, sin armador ni corsé, pero esta vez Charlotte se pasó de la raya al lanzárselo sobre el rostro. Penélope rápidamente al sentirlo en su cara lo tiro con fuerza al suelo.

-¡pues entonces que sea el amo quien me obligue a usarlo!, ni él ni tu tienen derecho sobre mí, ninguna de ustedes lo tiene, ¡solo lárguense!-la mirada furiosa e inundada en lágrimas de aquella joven me hizo comprender que no a todas les hacía feliz vivir de esta manera, pero ya no era algo que una doncella se diera el gusto de elegir, una vez eres comprada por el mejor postor tu única opción es suplicar que sea un amo bondadoso como el nuestro. Las que estamos aquí hemos tenido suerte.

-vamos, fuera niñas, necesita tiempo para estar sola.-comento Hanne con dulzura en su voz y las diez doncellas salimos del cuarto de Penélope. ¿Qué pasara si el amo preguntaba por ella?, una doncella en todo debía esforzarse por ser recatada, llena de gracia, obediente, devota y respetuosa hacia su amo, Penélope no lo había hecho bien últimamente, recuerdo que la última vez se negó a tomar las clases de etiqueta correspondientes durante una semana.

Ya no quedaba nada por hacer, el último intento por persuadirla resulto un desastre, el amo seria quien decidiera como dar fin a su rebeldía, aunque no terminaba de inquietarme la idea de que pudiera ser muy duro con ella. El desacato es considerado traición y castigado como tal, no deseaba que le hiciera daño ni que la humillara, como quisiera poder hacerle ver que estar aquí realmente no era tan malo, era un poco solitario sí, pero siempre estaban las demás doncellas para hablar, el frió y la oscuridad era algo que se podía manejar con luces y calefacción, las ofrendas de sangre eran solo una vez al mes y no demoraban en sanar, las clases de etiqueta y protocolo solían ser muy aburridas pero luego como ayudaban en las memorables fiestas que realizan durante la noche de Amnistía.

Nada demasiado malo como para odiar vivir aquí, la comida abundaba y era exquisita, los vestidos elegantes, las joyas y gemas, en general todo era maravilloso comparado con la vida de afuera.

Ya eran las nueve de la mañana, lograba verlo desde el enorme reloj recostado sobre la pared de la sala común haciendo “TIC TAC”, faltaban solo treinta minutos para comer, todas esperábamos algo tensas el desayuno, cada comida la degustábamos frente al amo pero ahora una de sus doncellas favoritas a lo mejor no se presentaría, la sola idea nos perturbaba a todas.

Dieron las nueve y media y el sonido de la campana desde el comedor nos anunció que la hora había llegado, todas en el orden que habíamos sido reclutadas caminamos hacia el gran salón, pero yo seguía aún más nerviosa por Penélope que antes, el recorrido se hacía pesado y silencioso, como la primera vez que estuve aquí. Por fin llegamos, en medio de la sala se encontraba un enorme comedor de acero, cubierto en el centro por un precioso camino de mesa dorado.

Cada silla puesta para las once doncellas invitadas, tomamos asiento siempre cumpliendo con el mismo protocolo aunque el amo no estuviese presente aun, cuando llego mi turno de sentarme lo hice con calma y las observe a todas, ninguna podía comenzar a comer sin que el amo se presentase. La mesa estaba servida y se ve magnifica; llena de comida con las frutas, con el estofado, los panes dulce y tibios, el puré de papaya, la bebida chocolatada, el manjar de naranja, todo en general se veía delicioso, pero había perdido el apetito.

De pronto la puerta principal se abrió de par en par, como era de costumbre el amo salió detrás de ella, un hombre caucásico de cabello negro con un lunar de mechón plateado sobre la oreja derecha, coleta de caballo baja que le colgaba por la espalda, vestido con traje de color madera y guantes blancos en las manos, zapatos clásicos patentes de tacón medio, ojos profundos, quijada fina y de nariz perfilada.

Todas nos pusimos de pie y le ofrecimos una reverencia, él se aproximó hacia el comedor y tomo su lugar en la cabecera, cada una hizo lo mismo y esperamos su permiso para tomar bocado. Sentado allí solo nos observó por unos minutos de manera enigmática, su mirada se detuvo en una de las doncellas, se dibujó una sonrisa en sus pálidos labios.

-luces preciosa hoy, Doria.-dijo con su misteriosa voz. La joven sonrojo sus mejillas e inclino su cara con las manos juntas sobre su regazo

-gracias amo.- contesto avergonzada. Era la primera vez que le halagaba, pero se lo gano, el amo tiene buen juicio, lucia sumamente encantadora, con sus bucles dorados y ese vestido azul cielo de tul brillante, como toda una princesa.

Algunas le miraron con recelo, menos yo, se toman esto de agradarle al amo muy enserio y casi siempre resultaba siendo una absurda competencia que en lo personal me desagradaba en extremo.

<Buen trabajo> pensé al momento que le lanzaba una mirada de felicitaciones a la gentil

Doria, pero en eso el amo señalo el asiento vació de su derecha.

-¿dónde está Penélope?- pregunto frunciendo el ceño. ¡Lo había hecho!, ¡había preguntado por Penélope!, ¿ahora que diremos?, no solo podíamos decir que rabiosa se rehusó a asistir a nuestro desayudo, eso sería venderla, condenarla pero tampoco podíamos mentirle al amo por causa de ella, ninguna de las doncellas se arriesgaría a su desprecio por el engaño, ni siquiera yo.

-mi señor, ella está en su habitación un tanto indispuesta.-de la nada surgió la voz de Cristi justificando la ausencia de su doncella favorita, al menos una de la más prudentes intervino por Penélope, sin decir nada a su favor pero tampoco perjudicándola, el amo medito un minuto sobre su respuesta.

No pareció enojado, más bien preocupado, lo sabía, era incapaz de hacerle daño, los actos ruines y crueles no son propios de él. Deje escapar un suspiro de alivio algo notable, pero nadie había dicho nada sobre eso, el amo dio la orden y las doncellas nos apresuramos a comer, cada una sirviendo puñados de todo un poco sobre sus platos de cerámica, bajo ellos una estufa imperceptible los mantiene calientitos para nuestro deleite. Yo me concentre en terminar mi estofado primero, luego vería si me quedaba espacio para el resto, bebí de mi copa de agua y fue entonces cuando la percibí, la mirada del amo sobre mí, ¿por qué me miraba con tanto detalle?, ¿me habría colocado mal la gargantilla?, disimuladamente con mis dedos acaricie las perlas para cerciorarme de que estuviera todo en su lugar y en efecto así era; el amo sonrió al verme hacerlo, eso solo me puso más nerviosa pero tratando de disimular continué comiendo.

Él no había tomado bocado, era normal en él, jamás lo hacía, todas las mañanas solo se sentaba a observarnos comer, era lo mismo con casi cada una de las comidas, a excepción de las meriendas que tomamos fuera en el jardín solo las doncellas.

Rebosante de osadía lo mire de vuelta, no podía evitar pensar en lo misterioso que era aquel hombre, mientras Viena comentaba sobre lo hermoso de su vestido, el amo y yo aún manteníamos miradas, quería pero no podía dejar de hacerlo, me refiero a verlo, sus ojos color escarlata me llenaban de temor y al mismo tiempo fascinaban gran parte de mí.

Creo que lo sabía, lo extraña que esto me hacía sentir y atrajo la atención sobre el con un chasqueo de sus dedos. Greta se aproximó y espero órdenes, la demás doncellas también lo miraron a la expectativa.

-trae una de mis botellas, cosecha veinte y un años.-solicitoó él sin dejar de verme.

¡Esa es la mía!, ¿qué rayos?, ¿piensa beberla delante de mí?, normalmente no lo haría, ¿por qué ahora es distinto? Tal vez fue una advertencia a mi retadora mirada.

<Que estúpida> dije para mis adentros, y trate en lo posible de no mirarlo otra vez pues lo menos que deseaba era provocarlo aún más. Greta trajo la botella en sus manos, alargada de color verde oliva y sin etiqueta removió el corcho con cuidado y acercándole la copa de vino al amo el espero a que le sirviera. Continuaba mirándome, creo que estaba esperando ver mi reacción. Entonces llevándose el borde de la copa a la boca bebió de su interior deleitándose en el exquisito sabor como si nada más en el mundo tuviera un gusto como el de aquella copa de vino, eso me hizo sentir ansiosa y un poco aterrada.

Después de todo era mi sangre la que estaba bebiendo en ese momento.