Solo quiero hacerte feliz - Lo que oculta la sonrisa

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Summary

Hay verdades que solo se comprenden cuando el tiempo de jugar se termina. Zeven se convierte en el testigo de cómo el sistema de apariencias que construyó junto a sus compañeras se resquebraja ante el impacto de la vida real. En este cuarto volumen, la sonrisa ya no es un escudo, sino una herida que no termina de cerrar. Las protagonistas se encuentran en el punto de no retorno: es el turno de Marleen de luchar contra las sombras de un pasado que nunca terminó de hundirse; es el turno de Kanae de encarar un futuro que parece un lienzo vacío y aterrador; y es el turno de Erika de dejar de fingir que su presente es una batalla que puede ganar sola. Con los 18 años marcando el paso de algunos y acechando el de las otras, la madurez se presenta como una tormenta que las obliga a soltar sus últimas defensas infantiles. Zeven documenta esta transición, entendiendo que su papel no es salvarlas, sino tener el coraje de mirar lo que ellas ocultan. Es el cierre de una etapa de secretos y el inicio de una realidad donde cada decisión tiene un peso eterno y donde sobrevivir significa, ante todo, ser honesta.

Status
Ongoing
Chapters
24
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 98: El Secreto de un Nombre

El primer día de marzo amaneció con la indiferencia de siempre, ajeno a la complejidad de nuestras vidas. Marleen pasó por mi casa, un ritual que se había convertido en el ancla de mis mañanas. Nos saludamos con una sonrisa, un reconocimiento mudo de nuestra última conversación, pero con la determinación compartida de no dejar que su peso aplastara esta frágil normalidad.

Caminamos hacia la escuela tomados de la mano, un gesto que ya era nuestro. El silencio entre nosotros no era vacío, sino un espacio compartido. Al llegar al salón, la charla trivial sobre las clases nos sirvió de escudo.

Las clases transcurrieron con una monotonía reconfortante. Mientras los profesores impartían sus lecciones, dividí mi atención entre mis apuntes y ayudar a Erika. Su esfuerzo era palpable, un compromiso genuino que me llenaba de un extraño orgullo. La rutina académica era mi dique contra la marea.

Sonó el timbre del recreo. Kanae, con su sonrisa ahora más segura, se deslizó en un asiento vacío en nuestro salón y compartió su desayuno mientras la conversación fluía, ligera.

No pasó mucho tiempo antes de que Paulina cambiara el curso de la plática.

—Y bien… —dijo, con una chispa de curiosidad—. ¿Cuándo les toca el registro?

—¿Registro? —preguntó Erika, confundida.

—Sí —explicó Paulina—. El de las escuelas. Empiezan esta semana.

—A mí me toca hoy —interrumpió Marleen con resignación casual.

—¿En serio? —pregunté, sorprendido.

—Claro, Zeven —respondió, su tono ligero—. Mi apellido empieza con B.

—Vaya… no lo había pensado… —murmuré.

Fue entonces cuando Paulina me miró, con una expresión de asombro que me heló la sangre.

—Zeven… —dijo, su voz cargada de una incredulidad peligrosa—. Dime el nombre completo de todos los que estamos aquí.

—Claro —respondí, sintiendo un nudo en el estómago—. Marleen, Kanae, Paulina, Erika y yo.

—Los nombres completos, Zeven —insistió, su voz firme, casi autoritaria.

Un silencio denso cayó sobre el grupo. Mi mente se quedó en blanco. Variables. Siempre fueron variables en un sistema. Nombres, no personas. Me quedé inmóvil, paralizado por la magnitud de mi descuido. ¿Cómo pude ser tan ciego?

Paulina rompió el silencio.

—Tienes que estar bromeando —exclamó—. Casi tres años juntos y ¿no sabes mi nombre?

—Bueno… —El calor de la vergüenza me subió por el cuello—. Nunca me interesó… —Las palabras sonaron huecas, una excusa patética para una verdad más profunda. Era mi vieja armadura, la que creía haber abandonado, aferrándose a mí.

Paulina no pareció sorprendida.

—¿Y Marleen? ¿Kanae? ¿Al menos Erika? —su desafío me acorraló.

—Tampoco… —admití, la vergüenza era un sabor amargo.

La desaprobación en la mirada de Paulina era un juicio.

—Zeven, esto es básico.

De repente, Erika soltó una carcajada.

—Vaya, Zeven, no sabía que eras tan idiota —dijo, su diversión genuina aliviando extrañamente la tensión.

Marleen, sin embargo, se encogió sobre sí misma, su energía visiblemente mermada.

—Zeven, pensé que nos conocíamos mejor —dijo, su voz cargada de una tristeza que me golpeó con fuerza.

Kanae intervino. Su voz era suave, pero con una firmeza nueva.

—Paulina, ya entendió. Erika, no es gracioso, lastimas a Marleen. Y Marleen… —su mirada se suavizó—, es solo un nombre, pero es tuyo y es bonito. No dejes que esto te afecte. —Se giró hacia mí—. Zeven, solo apréndetelos, ¿quieres?

—Sí —respondí, mi voz temblaba—. ¿Podrían decírmelos? Prometo recordarlos.

Tras un momento, Paulina asintió, aún molesta.

—Está bien. Pero que no se te olviden.

Una por una, se presentaron, sus nombres llenando el aire con una nueva solemnidad.

—Marleen Rosemary Brown.

—Erika Martínez Olvera.

—Kanae Yamilet Solís Hernández.

—Y yo soy Magda Paulina Bustamante Moreno.

Grabé cada sílaba en mi memoria, sintiendo el peso de aquel simple acto.

Fue Erika quien rompió el momento.

—Jajaja, ¡sabía que eras una princesa, Marleen! —soltó—. Pero ¿por qué ese nombre tan raro?

Marleen no se divirtió.

—Cállate, Erika. No es raro.

—¿Cómo no? ¿Eres extranjera o qué?

—Soy tan mexicana como tú —replicó Marleen, su voz firme, con un toque de orgullo herido.

—Entonces, ¿qué onda con el nombre?

La pregunta la golpeó. El rostro de Marleen se contrajo, sus ojos se llenaron de lágrimas y, con un sollozo ahogado, salió corriendo del salón.

—¡Marleen, espera! —grité, corriendo tras ella.

Mientras me alejaba, escuché a Kanae.

—Buen trabajo, Erika.

—¡Oye, no es mi culpa que su nombre sea raro!

La discusión se desvaneció por el pasillo. La encontré en las escaleras del segundo edificio, sus hombros temblando.

—Marleen… —dije suavemente—. Lo siento.

Levantó la vista, sus ojos rojos.

—No es tu culpa, Zeven. Solo… necesito un momento.

—Tómate el que necesites.

Nos quedamos en silencio. Finalmente, habló, su voz teñida de rabia y tristeza.

—Esa estúpida de Erika. No debería meterse.

—No lo hizo con mala intención —dije con cuidado—. Probablemente no se dio cuenta…

—Lo sé —admitió con un suspiro frustrado—, pero igual duele. Siempre he sabido que mi nombre es diferente. He aprendido a vivir con ello, pero a veces me siento… fuera de lugar.

—Tu nombre es único, como tú. Te hace especial.

—Aunque lo digas, Zeven, desde que llegué a México he sufrido por él.

—¿Por qué te afectó tanto? Es solo un nombre.

Suspiró.

—Porque cada vez que lo escucho… me recuerda a ellos.

—¿A tus padres? Pero si tu madre te adora.

Negó con la cabeza, una lágrima solitaria rodando por su mejilla.

—No a ella, Zeven. A los otros.

La palabra “otros” quedó suspendida en el aire.

—¿Los otros? No te sigo.

Me miró, y en sus ojos vi un dolor tan profundo que me heló.

—Rosemary —susurró, como si el nombre fuera un secreto doloroso—. Es por mis verdaderos padres.

—Pensé que te habían adoptado de una agencia…

—Te mentí.

—Entonces, ¿no eres adoptada?

—Claro que lo soy —respondió—. Solo que… no te tenía la confianza para contarte la verdad en ese entonces.

—Estoy confundido.

—No tienes que entender —dijo, poniéndose de pie—. Vámonos.

—¿Estás segura?

Se quedó callada, intentando decir que sí, pero el sonido se atascó en su garganta.

—Marleen, si necesitas hablar, estoy aquí —le aseguré, mi voz firme—. No importa el tiempo que tome ni lo difícil que sea. Estoy aquí para ti.

Asintió, pareciendo aliviada. Sus hombros se relajaron un poco.

—Entonces ponte cómodo —dijo, su tono ligero, pero cargado de significado.

Y mientras me acomodaba a su lado, supe que este momento marcaría un antes y un después en nuestra relación, un paso hacia una comprensión más profunda. Estaba listo