Capítulo 01 | Cómo te va, mi amor
Un martes de junio.
Escarlata Vicario
—Asegúrate de conseguir una habitación sin inquilinos al lado, Alejandro.
—Claro, señorita Vicario.
—¿A qué hora tenemos la junta de mañana?
—Es cena, en realidad. A las diez.
—Perfecto, aún mejor.
Todo iba según lo planeado. En la noche de mañana habrá una cena —o como me gusta llamarlo, caza— de los empresarios filántropos más reconocidos por sus apoyos monetarios a la caridad.
Yo, junto una horda más de fundadores y directivos, tendremos que relacionarnos si queremos su apoyo en nuestras organizaciones sin fines de lucro.
Es sencillo. Soy bastante influyente y persuasiva en este tipo de juntas. Y sin la presencia de los estúpidos hermanos Del Toro, este viaje será un éxito.
Y lo habría dicho, pero hay un principio del cual soy fiel creyente.
“Jamás digas...
—Todo saldrá bien.
En voz alta”.
Como lo hizo mi asistente, Alejandro.
Porque lo condenas.
Ahora, algo terrible está por suceder.
Algo que incluso ni mis peores sospechas podrían prever.
—¿Escarlata?
🌩️🌩️🌩️
Horas antes...
Sonido de impresoras, clics de engrapadoras y pasos apresurados de empleados. Esa es la atmósfera que se escucha desde dentro de mi oficina.
Ahora mismo disfruto del excelente café queretano de la cafetería minimalista de la esquina. Hace poco inauguraron el local y es un verdadero deleite su sabor. Desde que mi asistente Alejandro lo pidió, no he probado otro mejor sabor en el mundo desde hace meses.
Mientras tanto, el empleado sentado del otro lado de mi escritorio, Luis —o eso creo—, espera mi respuesta con impaciencia después de haberme dicho la mejor excusa que se le ocurrió para no ser despedido. Su trabajo había sido excelente los últimos años, aunque últimamente estaba tan distraído que afectaba su rendimiento en el trabajo. Y una organización como Raíces Rojas no podría permitirse estos deslices.
—Joven Luis —pronuncio después de beber la última gota de mi delicioso café y dejar el vaso en el porta vasos de mi escritorio—, tal vez si tuviera once años me creería la historia de que su mascota se comió esos planos. Sin embargo, dado a que tengo más de treinta, no lo hago —el joven aparta la vista con vergüenza—. ¿Está usted consciente de lo que perdió, Luis?
—Sí, señorita Vicario —murmura con pesadez—. Planos, hechos especialmente para ampliar un orfanato.
Si fuera otro proyecto no tendría algún problema, todos los planos hechos a mano son revisados y digitalizados después, pero Luis, a cargo de eso, los perdió antes de pasarlos a la computadora. Ahora resulta que no hay fotos, o borradores de lo que fueron esos planos, y volverlos a hacer nos tomaría tiempo —más a mí— del que no disponemos. Había una fecha destinada para la construcción de la ampliación de aquel orfanato, y nosotros nos comprometimos en enviarlos antes de la fecha.
Yo también reacciono con pesar, el trabajo de todos los arquitectos de esta empresa es crear viviendas para acoger y ayudar a los más necesitados. Deja de sentirse como trabajo cuando lo haces de corazón, y por supuesto, fallarle a los niños del orfanato es algo decepcionante.
—¿Qué edad tiene, Luis? —pregunto al notar lo joven que es. No tengo idea de la vida de este empleado. Lo había visto antes y por supuesto que yo lo contraté, pero no recordaba que tuviera cara de adolescente.
—Acabo de cumplir de veintiséis años. Lo celebré con mi familia hace una semana —dice entre labios, sin dirigirme la mirada aún, su expresión de tristeza y pena por lo que pueda pasar es evidente.
—¿Sabes cuántos años tienen los del orfanato?
Niega con la cabeza, así que prosigo:
—El mayor de todos tiene nueve, y el menor acaba de cumplir un mes. Un recién nacido, Luis —remarco lo último con seriedad.
—Lo lamento tanto, señorita Vicario, no fue mi intención perder algo tan importante —menciona, y sus ojos se pintan de un color rojizo. Una llamada proveniente del teléfono de la oficina suena, en la pantalla aparece el nombre de Alejandro, pero la ignoro para acabar con esto de una vez.
—Lo sé. Y así como usted celebró su cumpleaños, se asegurará de que ellos lo hagan también —dicto.
—Discúlpeme, no entiendo lo que quiere decir...
—Tiene hasta la próxima semana para encontrar esos planos, Luis, o me aseguro de que no vuelva a trabajar en su vida.
Ser fundadora de la organización sin fines de lucro más reconocida a nivel nacional me ha forjado carácter. Aquí he aprendido de la vida más que en cualquier otro trabajo.
—Eso haré, jefa. Con su permiso —se despide y escapa rápidamente de mi oficina, antes de poder decirle que cierre la puerta al salir.
Los menores son los más complicados.
El teléfono vuelve a sonar y esta vez sí contesto por su insistencia.
—Mande, Alejandro —digo.
—Señorita Vicario, su madre llamó, dice que vendrá a verla.
¿Ahora con qué excusa saldrá?
—¿No le dijiste que volaremos a Puebla en dos horas?
—Pensé que no quería que se enterara, señorita.
Y tiene razón. Tengo la excusa de no visitarla por la distancia, apenas puedo librarme de ella en este estado, pero en Puebla estaría por horas más cerca de mi hogar.
—Dile que estoy ocupada, y dile a tiempo, antes de que se suba a un avión.
—Entendido, señorita Vicario.
Cuelgo, y unos minutos después vuelve a sonar el teléfono, otra vez es Alejandro.
—¿Ahora qué, Alejandro?
—Me temo que ya está aquí, señorita.
Madre santa, ¿por qué?
—Está subiendo por el ascensor —es lo último que escucho antes de aventar el teléfono fijo y saltar del escritorio para cerrar la puerta antes de que logre entrar.
Pero es tarde.
—¡Escarlata! —exclama mi madre tras aparecer por el umbral, sosteniendo dos vasos de café que reconozco perfectamente pues son los de la cafetería de la esquina—. Ni creas que me vas a cerrar la puerta.
—Jamás podría hacerte eso, Alicia —miento.
—¡Claro que sí! —corrige molesta—. No te he visto en semanas y me quieres evitar. Y mira nada más como estás de descuidada. Tienes unas ojeras horribles, por dios...
Detesto que siga siendo sobre protectora como cuando tenía nueve años.
Y quince.
Y veintitrés.
—Alicia, estoy bien —aclaro como intento de calmarla—. He tenido mucho trabajo por eso me veo así.
Que yo no consideraba que lucía mal hasta que llegó.
—Me haces falta en casa,mija.
—¿Por qué de repente...?
—Hay una fuga de gas y no puedo repararla —explica.
Ah, por eso.
—Alicia, prometo que en cuanto tenga tiempo iré a visitarte —aseguro.
—¿Y eso cuando será? —se cruza de brazos, esperando una respuesta positiva.
—Pues no tengo contemplado ir este año.
Me iré en menos de dos horas pero no te lo diré.
—No me hagas jalarte de las greñas, Escarlata —advierte.
—¡Tengo trabajo! —explico frustrada—. Ocurrió un problema, pero tengo todo bajo control, así que no tienes que preocuparte tanto por mí. Yo estoy bien, en cambio tú... —hago una pausa para apreciar a mi vieja con más canas y arrugas en la frente. A pesar de cuidarse la piel, mi madre no puede ocultar los cincuenta y seis años de vida—, estás más bella que nunca.
—Ándale, que así no me harás olvidar el coraje.
Sonrío. Le quito los vasos de café para ponerlos en mi escritorio y poder abrazarla luego de tanto tiempo sin verla. Realmente la extrañaba, a pesar de todo. Es la mujer que me crió de la mejor manera posible.
—Te quiero, madre, pero realmente estoy muy ocupada. No tenías que venir desde Jalisco solo para verme. Ya te he explicado cómo hacer video llamadas.
—A esas cosas yo no les entiendo y lo sabes —sí, lo sé—. Además, no es lo mismo verte en persona que verte a través de una pantalla, mija.
—De acuerdo, no discuto eso —rendirse ante ella siempre es la mejor opción.
—Tus primos preguntan por ti, y tu tía Chela está de visita en la casa.
—¿Entonces por qué estás aquí si hay visita?
—Por lo mismo —explica, rodando los ojos. Los hijos de mi tía son un torbellino.
Se encamina al escritorio a sentarse en mi silla roja, así que yo me siento donde antes estaba sentado Luis.
—En fin, ¿qué problema hay que te tiene tan malhumorada?
—Un empleado perdió los planos para un proyecto que iniciaba en dos meses, por eso estoy muy ocupada, porque en caso de que no los recupere tendré que disculparme con todos los niños a los que le prometí nuevos dormitorios y canchas.
La pena amarga de prometer cosas antes de tiempo.
—Ay, mija, no tienes de que preocuparte, no es tu culpa.
—Lo es, mamá, era mi proyecto, yo debía cuidarlo.
—Estoy segura de que podrás solucionarlo.
—Bueno, sí, no es lo peor que me ha pasado.
Y esos recuerdos son más amargos aún.
—¿Y sobre otros aspectos de tu vida? —cuestiona mi madre, y la observo confundida.
Ya cambiamos de tema. Al que realmente le interesa.
—Nada nuevo o interesante ha pasado que no sea laboral, Alicia —respondo al suponer de qué va, ese maldito tema de nuevo.
—¿Ni una cita? —pregunta, confirmando lo que ya sabía.
—Mi proyecto es más importante que cualquier cita.
Incluso la que tengo con mi doctora en dos semanas.
—¿Por qué no lo intentas siquiera, Escarlata? —pregunta volviendo a enfadarse. Estos cambios son comunes en mi madre, así que solo es cuestión de acostumbrarse—. Tienes que explorar otros ámbitos en la vida, no te puedes atascar por siempre.
—Alicia, no tienes una idea de lo que me pides —asevero.
—¡Se trata de tu futuro! —exclama con más molestia de la que tenía antes antes de entrar.
—¡Esto es mi futuro! —exclamo en el mismo tono—. ¡Y el futuro de los niños depende de mí!
—Pues deberías empezar por preocuparte por tus futuros niños también, no es recomendable tener hijos a tan avanzada edad.
—Tengo toda una vida por delante que no incluye niños.
—Lo entiendo, mija, pero...
—No —la interrumpo—, no lo entiendes.
—No me vuelvas a interrumpir —dicta—. Te he organizado una cita —genial—. Es una linda chica que seguro te agradará.
—No conoces mi tipo, madre.
—Lo conozco y sé cómo deben de ser —afirma.
—¿Y ahora en dónde encontraste a la víctima de tus juegos? —molesto. Discutir con tu madre es un terreno peligroso al que nadie entraría jamás, pero me estoy arriesgando con la vida que me queda después de esto.
—Es barista de una cafetería bonita cerca de aquí —responde y adivino enseguida de cual habla. La cafetería verde de la esquina. No, por favor. Todos los que trabajan ahí son menores que yo por años—. Así que hazme un favor y dale una oportunidad —se levanta con la intención de marcharse, pero cuando creo que lo va a hacer se detiene en la puerta—. Y espero que me visites pronto —y se va, azotando la puerta.
Al menos está vez sí la cerraron.
Es una pesadilla que a la edad de treinta años tu madre te organice aún las citas. Si vino a regañarme, fácilmente lo pudo hacer por llamada, incluso un mensaje hubiera bastado. Después de tantos años, su insistencia por conseguirme novia no ha cesado. Esperé que cuando cumpliera treinta se rendiría de esposarme con cualquiera, pero no fue así.
Dos toques en la puerta interrumpen la tensión de mi oficina que dejó mi madre hace un segundo.
—Señorita Vicario, ¿está ocupada? —pregunta el culpable de todo, del otro lado de la puerta.
—No, adelante —contesto sin ánimos.
—Es solo para avisarle que el chofer ya llegó —menciona desde el umbral—. Vendrá a recoger sus maletas en un momento.
El viaje de negocios, cierto.
—No es necesario, Alejandro. Yo misma puedo hacerlo —contesto. No tengo de otra, necesito ir a ese viaje.
—La espero abajo, señorita —escribe algo rápido en la tableta que porta en las manos y se retira.
Es hora de irnos.
🌩️🌩️🌩️
—¡Que emoción! —exclama Alejandro al llegar al aeropuerto. El chofer hace el ademan de bajar mis maletas pero insisto que no es necesario y le agradezco con propina—. ¿Sabía que es la primera vez que me subiré a un avión, señorita?
—Jamás lo podría haber imaginado —le respondo solo por amabilidad. No he despegado la vista de mi teléfono, estoy esperando el correo del que me perdió los planos. No quiero sacar ese problema de mi mente ahora, me ayuda a distraerme del lugar en el que estamos.
Detesto los aeropuertos. Es el segundo lugar más deprimente después de una funeraria. Todo el mundo llora por sus seres queridos, me parece absurdo. Al menos alguien los espera en otro lado, al menos ellos sí se verán de nuevo.
—Desde pequeño me emociona la idea de viajar. De hecho, tengo una anécdota muy graciosa sobre eso. ¿Quiere escucharla, señorita?
No le quiero matar la ilusión, así que acepto lo que tiene que contar, después de haber hecho check-in. De igual manera lo borraré de mi memoria en cuanto me suba a ese avión.
—Pues resulta que mi sueño siempre fue ser astronauta. Adoraba a los aviones y siempre los veía volar en el cielo —¿que tiene que ver una cosa con la otra?—, incluso estudié todos los planetas y constelaciones. Sin embargo, crecí y me enteré que en realidad son los pilotos quienes vuelan los aviones. Desperdicié toda mi infancia estudiando algo que ni era.
—No veo por qué aprender sería un desperdicio —comento. Una anécdota un poco tonta pero le ayudó a ser más listo.
Llegamos a la sala de revisión. Nos despojamos de todo lo metálico para pasar sobre el escáner de mano que tienen los de seguridad. Estoy por recoger mis cosas cuando el escáner alerta luz roja en Alejandro.
—Te tenías que quitar todo lo de metal, ¿qué más tienes encima? —le pregunto mientras el hombre de seguridad le pide sacar lo que tiene en el bolsillo trasero del pantalón.
—Solo es un Game Boy —muestra inocentemente el juguete ochentero al hombre—. No pensé que sonaría, tiene cubierta de plástico.
—El aparato es de metal —responde el de seguridad, juzgándolo con la mirada.
Retiro lo que dije sobre que era listo.
Después de ese contratiempo, logramos subir al avión. Alejandro me preguntó si podía visitar la cabina, a lo que le contesté que solo era posible para los niños. No fue mi intención herirlo, pero al menos se quedó callado el resto del viaje, y yo pude dormir lo que no pude en toda una semana.
Y cuando llegamos, no hizo falta que me despertaran la euforia de Alejandro.
La brisa de Puebla me recibió...
No, mentira. Sí fue Alejandro.
Si detesto el aeropuerto de Yucatán, odio aún más el aeropuerto de aquí. No es mi estado, estoy lejos por horas de Jalisco —mi hogar con Alicia—, pero aún así es como estarlo. No sé si sea normal el miedo de encontrarte con un conocido, porque lo tengo cada vez que regreso.
Un chofer del hotel nos espera afuera. Todo este viaje lo organizó Rafaela Valderrama, la cabecilla de todos. La apodé como la Gran Dama. Una señora de la tercera edad que logró su fortuna gracias a varias fundaciones. Tendré la oportunidad de conocerla mañana. Ella es la mujer de carga pesada que todos quieren tener.
Y solo yo seré capaz.
—Pensé que habría un clima cálido, pero parece que lloverá —comenta con decepción, Alejandro, al llegar al hotel.
—Según compañeros que tuve en la universidad, es símbolo de abundancia. Siempre aprobábamos los exámenes cuando llovía.
—Pocas veces habla sobre sus compañeros, ¿el clima le recordó a ellos? —pregunta con interés.
Cierto, nunca hablo de eso. No sé por qué lo mencioné.
—¿Te aseguraste de conseguir una habitación sin inquilinos al lado, Alejandro? —cambio de tema.
—Por supuesto, señorita Vicario.
—¿A qué hora tenemos la junta de mañana?
—Es cena, en realidad. A las diez.
—Perfecto, aún mejor.
Conseguiré esas inversiones. Estoy segura de mi capacidad. Y todas las empresarias y empresarios lo descubrirán en este viaje.
Será un éxito.
—Todo saldrá bien, señorita.
Será un fracaso.
Condenó mi suerte. Ahora, algo terrible está por suceder.
¿Las juntas con los filántropos?
¿Diré algo incoherente a la señora Valderrama?
En algo debo arruinarlo.
No, no me preocuparé.
Es una tontería.
¿Qué podría pasar en un viaje de siete días?
—¿Escarlata? —escucho que me llaman. Una voz femenina, dulce. Similar a la de la mujer que he estado evitando por más de una década, y ahora está detrás mío esperando que volteé.
No, no puede ser ella. De todos los sitios y hoteles de este país... no es posible que hayamos coincidido en el mismo lugar.
—Sí, es la señorita Vicario —contesta Alejandro por mí, sin tener una idea de lo que acaba de hacer.
Está bien. Soy una adulta ahora. Y el problema que tengo con esa mujer fue por un malentendido cuando estábamos jóvenes. Esto no arruinará el viaje para nada.
Volteo a verla, enfrentando mi doloroso pasado. Sigue siendo preciosa, y como era costumbre, la necesidad de saltar a ella para abrazarla y preguntarle cómo le ha ido, hace presencia. Es lo mi cuerpo quiere, mi corazón late hacía su dirección. Pero no está sola. Ajusto mis anteojos para apreciar al hombre que está a su lado, tomando con autoridad su mano. Como si quisiera demostrarle al mundo lo que le pertenece.
Ahora el clima frío no es nada comparado a mi temperatura corporal.
Sigo estando bien, no pasa nada. No me afecta ennada.
—¿Se conocen, cariño? —pregunta el hombre. Ambos se intercambian miradas, y ya que ella no piensa presentarlo, él lo hace por su cuenta al extender la mano—. Mucho gusto, soy Osvaldo. El novio de Margarita.
Su novio.
Recibo su mano por respeto, y señal de madurez. Mientras que Margarita no es capaz de quitarme la mirada de encima.
Ay, Margara.
No has cambiado nada.
Y por la fuerza en la que entierro mis uñas en la piel de su novio, supongo que, después de todo, yo tampoco he cambiado mucho.