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El olor no era a incienso antiguo, sino a antiséptico y carne quemada. Charlotte corría por un pasillo infinito de baldosas blancas que se resquebrajaban bajo sus pies. Las alarmas de incendio gritaban en un tono agudo, casi humano.
El humo negro se arrastraba por el techo como un animal hambriento. Ella sabía a dónde ir; su cuerpo se movía por un instinto que no le pertenecía.
Derribó la puerta de la habitación 402. Allí, atrapada entre los restos de un techo colapsado y una cama de hospital, estaba ella.
Tenía el rostro cubierto de hollín, pero sus ojos —densos, oscuros, cargados de una luz que Charlotte no encontraba en el mundo despierto— brillaban con una súplica silenciosa. Charlotte no lo dudó, usó una barra de metal para hacer palanca, sintiendo cómo sus propios músculos crujían bajo el esfuerzo. El fuego lamía sus talones, pero solo le importaba liberar a la mujer.
—Confía en mí —susurró Charlotte.
Logró sacarla justo antes de que el oxígeno estallara, la cargó en sus brazos, sintiendo el peso real de su cuerpo, el calor de su piel contra la suya. La mujer escondió el rostro en el cuello de Charlotte, y en ese contacto, Charlotte sintió una descarga eléctrica que le recorrió la espina dorsal.
Por un segundo, el mundo en llamas desapareció y solo existió ese abrazo.
—Te encontré —murmuró la mujer en su oído, con una voz que sonaba a seda y lluvia.
Entonces, el suelo desapareció, Charlotte despertó con un grito ahogado que se quedó atrapado en su garganta. Se sentó de golpe en la cama, con las sábanas empapadas de sudor frío. El aire helado de Londres entró en sus pulmones, pero la sensación de asfixia no se iba.
Empezó a temblar violentamente, se llevó las manos a la cara, sintiendo sus mejillas húmedas, estaba llorando.
Lloraba por una mujer que no existía, por un incendio que nunca ocurrió y por una conexión que se sentía más real que la cama de roble bajo su cuerpo.
—¿Por qué? —sollozó, abrazando sus rodillas—. ¿Por qué otra vez?
La incertidumbre la carcomía, ese sueño no era una simple fantasía; era una herida abierta que se reiniciaba cada noche. Miró hacia la mesa de noche.
Allí, bajo la luz tenue de la luna que se filtraba por la ventana de su habitación en la mansión de su padre, descansaba un pequeño bote de plástico naranja.
Se estiró con dedos temblorosos y lo tomó, estaba lleno.
—Mierda —susurró. Había olvidado tomar su dosis de Zolpidem la noche anterior. El tratamiento que su psiquiatra le había recetado para "silenciar el subconsciente" solo funcionaba si era constante.
Su padre, preocupado por sus episodios de sonambulismo y sus gritos nocturnos, le había advertido que si no mejoraba, tendría que dejar sus planes de modelaje y recluirse en una clínica de reposo.
Charlotte miró el frasco con odio, sabía que esas pastillas no solo borraban a la mujer del incendio, sino que también la dejaban vacía, como una cáscara durante el día.
Un ruido en el pasillo la hizo sobresaltarse, la puerta se abrió sin previo aviso, revelando la silueta alta y ancha de Thomas Petersen. Su novio entró con esa arrogancia silenciosa que solía disfrazar de "preocupación".
—¿Otra vez llorando, Lotty? —La voz de Thomas era gélida, no se acercó para consolarla; se quedó en el marco de la puerta con los brazos cruzados—. Son las tres de la mañana, mañana tienes la sesión de fotos para la revista de novias y tienes los ojos hinchados.
—Fue... solo una pesadilla, Thomas —respondió ella, escondiendo el bote de pastillas bajo la sábana, sabiendo que él odiaba que ella fuera "débil".
—Son tus nervios, Charlotte. Estás deteriorada —dijo él, caminando hacia ella. El miedo se instaló en el estómago de la joven. Thomas se sentó en el borde de la cama y le apretó el mentón con una fuerza que mañana dejaría una marca leve—. Si no puedes controlar tu propia mente, ¿cómo pretendes manejar una carrera? Quizás es mi culpa por ser tan permisivo, mañana vendrás conmigo después de la sesión. No quiero que salgas con tus amigas "modelos".
—Thomas, me lastimas —murmuró ella.
Él soltó su rostro con un desprecio mal disimulado.
—Te cuido, porque sin mí, estarías encerrada en un hospital psiquiátrico hablando con fantasmas, mejor toma tu medicina y duerme.
Cuando Thomas salió de la habitación cerrando la puerta con un golpe seco, Charlotte sintió que las paredes se cerraban sobre ella. Se convenció a sí misma de lo que los médicos decían: el estrés de su relación tóxica con Thomas, sus celos explosivos y sus episodios de violencia verbal estaban rompiendo su psique.
Los sueños eran solo fragmentos de su mente intentando escapar de una realidad donde era controlada.
Se levantó y fue al baño, abrió el grifo y se echó agua helada en el rostro, intentando borrar el rastro de Thomas, el rastro del miedo. Apoyó las manos en el mármol del lavabo y respiró hondo, mirando su reflejo en el espejo empañado.
—No es real —se dijo a sí misma—. Ella no es real.
Pero al cerrar los ojos para secarse la cara, la oscuridad de sus párpados no trajo paz. En el fondo de su retina, como una quemadura de sol que se niega a desaparecer, volvió a verla.
La mujer del hospital, la vio sonreírle entre el humo, extendiendo una mano que Charlotte, a pesar de todo su terror, deseaba volver a tocar.
Charlotte abrió los ojos de nuevo, encontrándose con su propia mirada aterrada. Estaba atrapada entre un hombre que la destruía en la vigilia y una mujer que la salvaba en sus sueños.








