Capitulo Único
Satoru Gojo no era un hombre sutil. Nunca lo había sido. En el universo de los mortales comunes, Satoru era una anomalía estadística: un rascacielos de pelo albino, ojos que parecían robados de una postal del cielo del Caribe, y una confianza en sí mismo que ocupaba más espacio que su propio cuerpo. Caminar por un centro comercial con él era como escoltar a una estrella de rock, un modelo de alta costura y un niño de cinco años con sobredosis de azúcar, todo en un mismo paquete de casi dos metros.
—¡Satoru, deja de tocar eso! —exclamó Itati, dándole un manotazo en la mano antes de que pudiera derribar una pirámide de perfumes caros.
Ella, por otro lado, era el polo opuesto. Si Satoru era un rascacielos, ella era una joya de bolsillo. Con su vestido floral ajustado, sus gafas elegantes y una coleta perfectamente peinada, Itati caminaba con una determinación que compensaba cada centímetro que le faltaba. En el video que acababa de grabar para sus redes, lo había dejado claro: "Soy de bolsillo para su conveniencia".Pero Satoru no parecía entender el concepto de "conveniencia".
—¡Pero Itati-chan! —protestó él, agachándose tanto que su cara quedó a la altura de la de ella, forzándola a dar un paso atrás—. Mira el tamaño de este frasco. Es casi tan grande como tu cabeza. ¿No te parece fascinante?—
Itati suspiró, ajustándose las gafas.
—Lo que me parece fascinante es que aún no te hayas golpeado la cabeza con el techo de la entrada.—
—Tengo un radar natural para las estructuras bajas —presumió él, volviendo a erguirse y dejando a Itati mirando, una vez más, sus rodillas—. Además, ser alto tiene sus ventajas. Puedo ver el futuro... o al menos, puedo ver quién viene por el pasillo de comida desde aquí.—
Se dirigieron hacia la zona de cafeterías. La dinámica siempre era la misma: Satoru caminaba con zancadas que para Itati eran prácticamente maratones, y ella tenía que trotar ligeramente para mantener el ritmo, lo cual solo alimentaba el ego del peliblanco. Al llegar a una mesa, Satoru cometió el primer error táctico del día. Se sentó en una de esas sillas de diseño moderno, minimalista y, sobre todo, bajas. Sus piernas, que parecían no tener fin, terminaron dobladas de tal manera que sus rodillas estaban casi a la altura de su pecho.
—Esta silla es ofensiva —declaró Gojo, intentando acomodarse sin éxito—. Es una discriminación sistemática contra la gente de mi calibre.—
Itati se sentó frente a él, cruzando las piernas con una elegancia natural. A ella la silla le quedaba perfecta, se veía cómoda, soberana en su pequeño reino.
—A ver, "calibre" —dijo ella, apoyando la barbilla en su mano—. ¿No eras tú el que decía que venir en tamaño normal haría que "mi vaca muriera de miedo"? Pues aquí estás, siendo derrotado por un mueble de IKEA.—
Gojo sonrió, esa sonrisa que derretía glaciares (y corazones, aunque Itati jamás lo admitiría en voz alta). Se quitó las gafas de sol oscuras, revelando esos ojos azules que siempre parecían estar viendo un chiste privado del que nadie más formaba parte.
—Es un sacrificio que hago por ti. Si fuera más bajo, el mundo no podría apreciar esta línea de mandíbula desde el ángulo correcto—. respondió él, estirando un brazo para robarle un sorbo a su batido.
—¡Oye! Pídete el tuyo, gigante.—
—El tuyo sabe mejor porque tiene el toque de "bolsillo" —bromeó él.
La tarde continuó entre bromas pesadas. Decidieron grabar un video juntos para el canal de Itati. La idea era simple: ella recitaría sus líneas icónicas sobre su estatura mientras Satoru intentaba entrar en el encuadre de la cámara.
—¡Acción! —dijo Itati, poniéndose en posición. —Eres tan... tan inspirador... ¡Chiquito!"—, empezó ella, haciendo sus gestos dramáticos. De repente, una sombra blanca cubrió toda la luz. Satoru había intentado asomarse por detrás, pero como era demasiado alto para el ángulo del trípode, solo se veía su torso.
—¡Satoru! —gritó Itati, deteniéndose—. ¡Pareces un poste de luz sin bombilla! Tienes que agacharte más.—
—¡Me estoy esforzando! —se quejó él desde algún lugar por encima de la atmósfera—. Mis vértebras están crujiendo como ramas secas.—
Finalmente, Gojo se puso de rodillas detrás de ella. Aun de rodillas, seguía siendo casi tan alto como ella de pie. Itati continuó con su diálogo: —"Claro, soy de bolsillo para su conveniencia. Si viniera en tamaño normal, tu vaca moriría de miedo".—
En ese momento, Satoru no pudo evitarlo. Envolvió a Itati en un abrazo de oso, levantándola del suelo como si fuera un peluche de feria.
—¡Suéltame, rascacielos! —chilló ella, riendo mientras agitaba las piernas en el aire.—
—Jamás. He decidido que eres el accesorio perfecto para mi outfit de hoy.— declaró Gojo, caminando por el centro comercial con Itati bajo el brazo—.
—"Gojo Satoru y su Llavero Humano", ¡será tendencia en Twitter!—
_¡Me las vas a pagar!— amenazó ella, aunque por dentro estaba disfrutando del caos.
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Después de que Satoru finalmente la bajara (y recibiera un buen bolso en el hombro como recompensa), terminaron el día en un mirador. La ciudad se extendía ante ellos, iluminada por las luces de neón.
Satoru se apoyó en la barandilla, mirando el horizonte. Por un momento, el bufón desapareció y quedó el hombre que realmente veía el mundo desde una altura solitaria. Itati se puso a su lado, sintiéndose pequeña pero extrañamente protegida por esa sombra alargada.
—¿Sabes? —dijo Satoru en voz baja—. A veces ser así de grande es aburrido. Todo parece muy lejos. Pero cuando estoy contigo, el mundo se siente... a la escala correcta.—
Itati lo miró de reojo. Sus mejillas se tiñeron de un rojo que no era por el frío.
—Es el discurso más cursi que has soltado hoy, Gojo. Y eso es decir mucho.—
Él se rió, recuperando su tono juguetón.
—Lo sé. Pero admítelo, te gusta tener a alguien que pueda alcanzar las cosas del estante de arriba sin usar una escalera.—
—Solo te quiero por tu utilidad logística.— respondió ella con una sonrisa traviesa.Satoru se inclinó, dándole un beso rápido en la frente.
—Y yo solo te quiero porque eres la única que no tiene miedo de decirle a una "vaca" de mi tamaño que se comporte.—
Bajaron del mirador de la mano. Satoru tenía que agachar la cabeza para pasar por la puerta de salida, e Itati tenía que dar saltitos para alcanzar su mano, pero en ese desequilibrio de centímetros, habían encontrado el ajuste perfecto. Al final del día, no importaba si eras un rascacielos o una joya de bolsillo; lo importante era que, cuando se miraban a los ojos, siempre estaban a la misma altura.