Prólogo

El Primer Encuentro
La ciudad de Seúl despertaba a su propio ritmo mientras yo, Roxanne Martínez, me enfrentaba a mi primer día en la gran urbe.
El bullicio de una metrópoli que nunca duerme me envolvía mientras caminaba por las calles rumbo a mi nuevo trabajo.
Frente a mí, el imponente edificio de Lee & Partners se alzaba como una joya de cristal brillante, prometiendo un nuevo comienzo en mi carrera.
Allí, en ese bufete tan elegante y sofisticado, me esperaba mi destino profesional… o al menos eso esperaba yo.
A mis 28 años, había llegado a Seúl con un solo objetivo: demostrar que no soy solo otra cara bonita (aunque no es que me queje de eso).
Mi pasión por el derecho era tan fuerte como mi habilidad para andar con tacones altos en cualquier terreno, y estaba decidida a dejar una huella imborrable en este bufete.
Con una sonrisa decidida, me adentré en el elegante vestíbulo, donde cada paso resonaba con la confianza que intentaba proyectar (y, bueno, un poco de nerviosismo).
Sin embargo, lo que no esperaba era que mi primer obstáculo. —O tal vez debería llamarlo “distracción” —tuviera un par de ojos oscuros y una mirada que podría derretir el hielo más frío de un invierno coreano.
Y ahí estaba yo, intentando no tropezar con mis propios pies mientras nuestras miradas se cruzaban por primera vez.
Él parecía tan serio, tan profesional… tan absolutamente fuera de mi liga. Pero, claro, el corazón no entiende de ligas, ¿verdad?
Desde el primer segundo en que nuestras miradas se encontraron, algo dentro de mí se encendió. Una chispa. Un fuego.
La tensión que brotó dentro de mí fue inmediata, como un lazo invisible que me uniría, unía sin que ninguno de los dos pudiera.
—O quisiera evitarlo. —Sentí que el aire en el vestíbulo se volvía más denso, cargado de una electricidad que me erizaba la piel.
En mi mente, comenzaron a formarse imágenes prohibidas, ideas peligrosas que involucraban a ese hombre serio y distante, y una pregunta que no dejaba de resonar en mi cabeza: ¿Y si me atreviera a romper las reglas?
El destino, con su sentido del humor peculiar, decidió que Yesung y yo nos encontráramos esa mañana, marcando el inicio de una historia que ni en mis sueños más locos habría imaginado.
La atracción entre nosotros era innegable, casi como si el universo se empeñara en juntar a dos personas que, bajo ninguna circunstancia, deberían estar juntas en un bufete con reglas tan estrictas.
Pero, claro, ¿desde cuándo sigo las reglas al pie de la letra?
A medida que intentaba adaptarme a mi nuevo entorno, descubrí que Yesung era mucho más que el jefe distante y respetado que todos veían.
Yesung Lee. Solo mencionar su nombre en el bufete era suficiente para que todos se cuadraran.
Un abogado brillante, con una reputación impecable y una presencia que haría temblar a cualquier principiante.
Lo que no sabía hasta este momento era que Yesung no solo llevaba sobre sus hombros el peso de su prestigiosa carrera, sino también una tristeza profunda por la reciente pérdida de su esposa.
Y, como si eso no fuera suficiente, su hija adolescente, Mía, estaba atravesando su propia tormenta emocional.
Mi vida relativamente tranquila estaba a punto de encontrarse con un drama familiar, o más bien no tan familiar, digno de un guion de cine.
Había en él una vulnerabilidad que me intrigaba y una fuerza que me atraía como un imán. ¿Cómo podría no sentirme atraída por un hombre tan complejo y fascinante?
Sabía que estaba entrando en un juego peligroso.
Un juego que podría costarme mucho más que mi carrera si no lo jugaba bien. Pero algo me decía que valdría la pena.
Porque si hay algo que he aprendido en la vida es que, cuando el deseo se cruza en tu camino, lo mejor que puedes hacer es poner en pausa el juicio, ignorar las reglas (solo un poco) y disfrutar del caos que viene con él.
La gran pregunta ahora es: ¿podré encontrar un equilibrio entre mi vida profesional y los crecientes sentimientos que tengo por Yesung, o terminaré tropezando con mis propios pasos? Bueno, una cosa es segura. En este laberinto de emociones, desafíos y momentos incómodamente divertidos, cualquier cosa puede pasar.
Y francamente, no puedo esperar a descubrirlo.