REIMAGINACIÓN DE SQUID GAME!!!!1!!!111!1!!!1

Summary

Si, es en serio.

Genre
Thriller
Author
Imçzka
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

“Un Mundo Injusto”


La garra bajaba por quinta vez al pozo de peluches.

Los muñecos se apilaban unos sobre otros como si también estuvieran cansados de perder.

—Intenta con el conejo ahora… —dijo Byung-gi, con la frente pegada al vidrio.

Yeong-su apretó los puños. La garra descendió lenta, torpe, tocó la oreja del conejo y volvió a subir vacía.

—¡Ugh! ¡Mierda! ¡Este juego está amañado! —explotó Yeong-su.

—Deja de quejarte y pon otra moneda —le respondió Byung-gi, sin despegar la vista.

Yeong-su suspiró, resignado, y obedeció.

La garra bajó de nuevo. Peor que antes. Ni siquiera rozó el premio.

—Bueno… ahí van mis últimos 500 wones —dijo Byung-gi con una sonrisa cansada.

Yeong-su soltó una patada frustrada a la máquina… y el golpe hizo que un peluche cayera por la rendija.

Los dos se quedaron mirándolo un segundo. Luego comenzaron a saltar y gritar como niños.

—¡Lo logramos! ¡JAJA! ¡LO LOGRAMOS!

Pero pongamos pausa un momento.

Este es Yeong-su. Un joven que busca la manera de salir adelante en un mundo que no deja espacio para los que no nacieron con suerte.

Y el que tiene al lado, el que ríe como si hubiera ganado la lotería, es Byung-gi:

recién despedido de su empleo, sin dinero, y con la absurda idea de que un peluche podría hacer sonreír a su hermana, aunque su madre esté peleando por su custodia.

Fin de la pausa

Ambos salieron del local.

Byung-gi sostenía el peluche entre los brazos, como si fuera un trofeo.

—¡Sabía que era buena idea esto! ¡Míralo! —dijo, poniéndoselo en la cara a Yeong-su—. ¡Es hermoso! ¡A Yu-ri le encantará!

Yeong-su lo apartó con una mueca.

—¿Buena idea? Perdiste 3 mil wones en eso.

—Oye —respondió Byung-gi, encogiéndose de hombros—, salió más barato que comprarlo en la tienda. Deja de ser tan amargado.

Yeong-su lo miró de reojo. Luego chasqueó los dedos, como recordando algo.

—¡Espera! En la madrugada juegan los equipos europeos, ¿No?. Podríamos ir a apostar mi dinero… capaz nos sale algo.

Byung-gi se echó a reír.

—¿En serio otra vez con eso?

—Vamos, no seas aburrido —dijo Yeong-su, ya echando a correr hacia la esquina—. Es solo una apuesta.

Byung-gi suspiró, pero lo siguió entre risas.

Cruzaron la calle, esquivando autos y charcos, hasta que de pronto Yeong-su se detuvo en seco.

—¡Mierda! —murmuró—. Tenía que ir a buscar a mi hermana a la escuela.

Byung-gi frenó detrás de él, aún sin entender.

—¿Tu hermana? ¿No está ya algo grande para eso?

Yeong-su bajó la mirada.

—Desde que mi mamá murió… las cosas no han sido fáciles. Si la voy a buscar, al menos tiene compañía.

—¿No se lleva bien con sus compañeros? —preguntó Byung-gi, más suave.

—No mucho. ¿Recuerdas lo callado que era yo en la escuela? Pues ella lo es más. —respondió Yeong-su, con una media sonrisa triste.

El ruido de los autos llenó el silencio que siguió.

Byung-gi no dijo nada más. Solo asintió, mirando el peluche entre sus manos, mientras trataba de entender cómo habían llegado a esta situación.

Los dos caminaban por la calle rumbo a la escuela.

El ruido de los autos se mezclaba con las voces de los vendedores ofreciendo golosinas y frituras en las esquinas.

—Oye… ¿tú vas a buscarla todos los días? —preguntó Byung-gi, mirando de reojo a su amigo—. El otro día, cuando fuimos a ese lugar, también tuviste que ir.

—Pues sí… ¿quién más iría? —respondió Yeong-su, con un dejo de fastidio—. ¿Intentas recordarme que no tengo familia aparte de ella?

—Oye, no lo tomes así —replicó Byung-gi con voz baja—. Sólo... Ya sabes, cuesta acostumbrarse a cosas así.

El silencio cayó entre ambos, solo interrumpido por el bullicio de la calle. Un vendedor gritaba el precio de las papas.

—Bueno, cambiando de tema —dijo Yeong-su con una sonrisa forzada, intentando aliviar el ambiente—, hoy tengo que salir a cenar con Song-i.

Byung-gi se detuvo de golpe.

—¿Qué?! ¿Song-i? Hace milenios que no escucho de ella... —exclamó, casi soltando el peluche—. Eeeeh, pillín… ¡así que finalmente te vas a coger a Song-i, eh?! ¡El mundo te sonríe!

Yeong-su soltó una carcajada incómoda y lo empujó con el hombro.

—Dios mío, Byung-gi… ¿Ves por qué nunca logras nada serio con nadie?

—Jeje, bueno… igual cuídate, ¿eh? Tener un hijo ahora te dejaría en la ruina.

Los dos rieron mientras retomaban el paso. El ambiente se relajó.

Ya podían ver la entrada de la escuela al final de la calle.

—Ugh... Mira la hora. Llegamos 10 minutos tarde... —Yeong-su se lamentaba, decepcionado de sí mismo.

Una silueta pequeña esperaba tras la reja del colegio. Estaba sola. Todos se habían ido menos ella. Y se veía claramente molesta.

Yeong-su tragó saliva. Cuando su hermana se enojaba, era mejor correr… pero igual se acercó, intentando sonar tranquilo.

—Oye... Mi-nyeon...

Ella lo miró con los brazos cruzados, una expresión más dura que una roca y la actitud desafiante de alguien que mide 1,58.

—Han Yeong-su... ¿Se puede saber dónde estabas? —dijo con tono de maestra.

Mi-nyeon notó a la figura detrás de él.

—Oh, oye… ¿Estabas fumando otra vez con Byeon-su?

—¡Pero ya dejé de fumar! —dijo Yeong-su, nervioso, levantando las manos.

Ella se acercó, olió su ropa, y lo miró con una mezcla de desagrado y decepción.

—Ok… te prometo que ahora sí dejaré de fumar... —murmuró él, derrotado.

Entonces Mi-nyeon giró hacia su víctima favorita.

—¡Tú! ¡Byeon-su! ¿Por qué siempre te vas a fumar con mi hermano?

—¡Oye! ¡Es Byung-gi! —protestó él, ofendido.

—Ash, como sea, Byung-gu.

Yeong-su soltó una carcajada que no pudo contener. Se dobló de risa mientras los otros dos discutían, una escena que se repetía más seguido de lo que quisiera admitir.

Finalmente, tras unos segundos más de quejas y bufidos, se despidieron de Byung-gi y tomaron rumbo a casa.

La casa de los dos hermanos estaba bastante cerca de la escuela de Mi-nyeon, aunque su barrio era, al menos, “curioso”. No era raro ver bolsas de basura en las esquinas, bicicletas sin ruedas apoyadas contra los muros, gatos peleando por los restos de comida o cigarros botados en la acera.

Cruzaron la vieja reja oxidada que separaba el barrio de la calle principal y caminaron por el estrecho pasillo hasta su puerta.

La casa era pequeña. Un solo cuarto ocupaba casi todo el espacio, con una mesa improvisada y una cocina a medio armar. Dos habitaciones mínimas al fondo: una para Yeong-su, otra para Mi-nyeon, más un baño que apenas cerraba bien.

Yeong-su abrió la puerta y soltó un suspiro al ver el desorden.

—Genial... parece que un huracán pasó por aquí —murmuró.

Mi-nyeon, sin decir nada, se acercó a la mesa y empezó a apilar los platos sucios.

—Tú también comes como un huracán, así que no te quejes tanto —le respondió, divertida.

—Hey, hey, no empieces —replicó Yeong-su mientras la ayudaba a recoger—. Yo trabajo duro todo el día, merezco descansar.

—¿Trabajar? ¿Ir a la casa de apuestas cuenta como trabajo ahora? —dijo con una sonrisa sarcástica.

Yeong-su se detuvo un segundo, sorprendido por el golpe bajo, pero terminó riéndose.

—Ya, ya... la próxima vez te dejo encargarte tú del dinero, genia.

Ella bufó, pero sin enojo. Lavaban los platos uno al lado del otro, en silencio, mientras se escuchaban las voces de los vecinos afuera y el sonido metálico del agua golpeando el fregadero.

Era una rutina simple, casi tranquila. Pero bajo esa rutina, algo se notaba: el cansancio en los hombros de Yeong-su, las miradas breves que Mi-nyeon le lanzaba, como si supiera que su hermano hacía lo que podía para mantener todo en pie.

—Oppa, tengo que llevar materiales el jueves a la escuela... —dijo Mi-nyeon mientras se secaba las manos mojadas.

—¿Otra vez? —respondió Yeong-su, sorprendido—. Ugh... ¿Cuál es el afán de chuparle el dinero a todos con sus estupideces de materiales...?

Tomó su viejo teléfono y abrió la aplicación del banco. La pantalla era casi un insulto: –141.560.000 wones.

—A este ritmo tendré que pedir otro préstamo más... —murmuró, con la voz cansada.

Mi-nyeon se quedó callada. El sonido del agua en el fregadero llenaba el silencio.

—Oye, minion —dijo Yeong-su, intentando cambiar de tema—. Hoy saldré a cenar con alguien.

Mi-nyeon lo miró con los ojos bien abiertos, y en un segundo pasó de seria a eufórica.

—¡¿Al fin tienes novia?!

—Oye, no te confundas —le advirtió Yeong-su con su tono tranquilo—. No somos ni seremos nada.

Pero ya era tarde. Mi-nyeon había empezado a cantar una canción de amor inventada, a todo pulmón, mientras saltaba hacia su habitación.

Yeong-su la miró irse, negando con la cabeza.

—Definitivamente, me tocó la hermana más insoportable del mundo... —murmuró con una sonrisa cansada.

Luego, Yeong-su recordó que debía alimentar a esa pequeña criatura.

—Oye, minion! ¿Quieres un ramyeon? Puedo ponerle cebollín… o el poco de japchae que sobró de ayer.

En menos de tres segundos, Mi-nyeon apareció desde su habitación.

—¿¡Sobró japchae!? ¿Cómo no lo vi? —preguntó con los ojos brillando.

Yeong-su soltó una pequeña risa mientras hervía el agua. Le preparó una cena improvisada, algo rápida, pero con el mismo cuidado de siempre. Quería salir pronto, aunque se notaba que disfrutaba esos pocos minutos tranquilos.

Cuando ya estaba por abrir la puerta para irse, escuchó la voz de su hermana detrás de él:

—No vuelvas tarde… y sobre todo, ¡no fumes! —dijo en tono amenazante, con los brazos cruzados.

—Como digas, enana… —respondió Yeong-su sin mirar atrás, sonriendo apenas antes de salir.

Ya caminaba solo por una calle vieja, el metro le quedaba lejos a pie, pero prefería andar. Estaba en su mundo: no veía a Song-i desde hace un buen tiempo, ya había olvidado gran parte del tiempo que pasó con ella. La tarde moría y la brisa empujaba el sol hacia el horizonte.

Al cruzar hacia una vía más concurrida —la entrada al metro— el bullicio lo envolvió: gente que salía del trabajo, vendedores, pasos apresurados.

De pronto escuchó su nombre a gritos.

—¡Yeong-su! ¿Eres tú? —una voz conocida cortó el ruido.

Se dio vuelta y la sangre se le heló, el prestamista al que le debía más de 100 millones de wones estaba allí, y no venía solo. Tres tipos grandes lo flanqueaban, con ojos duros y postura de predadores.

Yeong-su intentó retroceder, pero el llamado del prestamista se volvió persecución. Corrió entre calles y veredas, botó gente y esquivó charcos, hasta que un callejón sin salida lo obligó a frenar. Lo acorralaron.

—Tranquilos, tranquilos —balbuceó Yeong-su, pegado a la pared—. L-les voy a pagar…

El prestamista se acercó, sin prisa.

—¿Cuándo fue que me pediste todo ese dinero? —dijo, midiendo cada palabra—. Fue hace 2 años, ¿no? Mayo del 2021. Necesitabas el dinero para algo que no quisiste contarme.

No hubo más palabras bonitas. El prestamista le golpeó la cara con la palma: Yeong-su chocó contra la mampostería y el aire le salió en un jadeo. Dos matones lo sujetaron mientras el hombre le preguntaba, furioso.

—¿Tienes idea cuánto me debes? —le escupió, luego le clavaría un rodillazo en el estómago, haciéndolo llorar de dolor.—. Son 115 millones. Pero desde hoy las cosas cambian.

Uno de los matones sacó un papel arrugado: un contrato. Yeong-su apenas lo vio. «RENUNCIA DE DERECHOS FÍSICOS», decía, con una letra fría.

—A partir de hoy tienes dos meses para pagar todo —dijo el prestamista—. Si no, vendremos y te quitaremos el hígado y los riñones como paga, quizás también un ojo. ¿Qué te parece?

Yeong-su asintió con la cabeza, las lágrimas calientes rodaban por sus mejillas.

—S-sí. Te pagaré… —murmuró.

Lo obligaron a apoyar el dedo: necesitaban su huella. Yeong-su levantó la mano temblorosa.

—Necesito tinta —balbuceó, ingenuo.

Un golpe le rompió la nariz; la sangre le llenó la boca.

—¡Ja! ¡Ahí tienes! ¡Tinta natural! —vociferaron los matones entre risas.

Con la mano ensangrentada y el corazón martillando, Yeong-su estampó su huella en el papel. Después, los matones se marcharon, dejándolo tendido en el suelo del callejón, sangrando y temblando, mirando cómo la ciudad seguía su marcha indiferente.

Yeong-su se levantó del suelo. Sentía la cabeza pesada, el sabor metálico en la boca y las piernas temblorosas. La sangre seguía bajando por su nariz, tibia, hasta mancharle el cuello de la camisa.

Caminó sin mirar atrás. No pensó. Solo avanzó, arrastrando los pies hacia la estación más cercana.

En el metro, la gente lo observaba de reojo. Algunos se apartaban, otros bajaban la mirada. Él solo veía su reflejo en la ventana: un rostro hinchado, cansado, irreconocible. Ni siquiera trató de limpiarse bien. ¿Para qué?

El viaje duró una eternidad, pero al fin llegó. El lugar del encuentro era un pequeño puesto callejero, con luces amarillas y olor a aceite viejo. No era elegante, pero a Yeong-su le parecía casi un refugio.

Esperó diez minutos, quizás más, hasta que una silueta se acercó entre la multitud.

—¡Sunny? ¡Aquí! —gritó, forzando una sonrisa.

Ella apuró el paso, pero al verlo se detuvo de golpe. Su expresión cambió en un instante.

—¿Qué te pasó en la cara?

—Nada importante —respondió él, bajando la mirada.

El resto de la cita fue tranquila, casi incómoda. Comieron poco, hablaron de todo y de nada. Song-i reía a veces, pero Yeong-su no terminaba de estar ahí. Su mente seguía en aquel callejón, oyendo aún la voz del prestamista entre golpes y amenazas.

Aun así, por un momento, se permitió olvidarlo.

—Oye, Yeong-su... —dijo ella, con cierta timidez—. ¿Recuerdas cuando pasábamos todo el día juntos en la plaza? ¿Quieres un día de estos ir a cenar a mi casa? Mis padres te extrañan.

Él la miró sorprendido, con los ojos repentinamente vivos.

—¿Qué? ¿En serio? Obvio... cuando quieras —contestó, y por primera vez esa noche, sonrió de verdad.

Song-i se despidió poco después. Yeong-su la observó alejarse hasta perderla entre la gente.

Entonces, viendo los autos pasar y la calle semi-vacia, recordó lo que tuvo que firmar en ese callejón.

Su sonrisa se deshizo lentamente.

Caminaba de vuelta por la fría calle pensando en qué le iba a decir a Mi-nyeon cuando lo viera. En ese estado, era casi seguro que haría un escándalo. Además, había fumado y bebido con Song-i. La niña lo iba a matar.

Bajaba por las escaleras del metro con la respiración corta. Mientras lo hacía, escuchó como el tren se acercaba. Corrió a toda velocidad, pero justo cuando estaba por llegar, las puertas se cerraron.

—Esperen! Por favor! Mierda...— decía mientras golpeaba el cristal de la puerta con el puño.

Se sentó en una de las bancas frías de la estación, resignado. La sangre en la nariz todavía le dolía, y la cerveza y el humo le hacían girar un poco la cabeza.

El próximo tren no pasaría hasta dentro de 10 minutos. Se hundió en ese tiempo como en un pozo: las amenazas, la casa, Mi-nyeon sola, el contrato. No quería pensar, así que dejó que la ciudad lo arrullara con su indiferencia.

Un hombre se sentó a su lado sin pedir permiso. Vestía un smoking más caro que cualquier cosa que Yeong-su hubiese visto en su vida, el cabello peinado con exceso, un maletín negro impecable en la mano. Sonrió con demasiada calma.

—Joven, ¿tiene un minuto? —dijo el hombre.

Yeong-su lo miró, seco.

—No quiero hablar de Jesús —respondió, cortante.

El extraño alzó una ceja, divertido.

—No es de eso —replicó—. ¿Le gustaría jugar un juego conmigo?

Abrió el maletín con un movimiento teatral. Dentro había dos ddakjis —uno azul y otro rojo— y un fajo de billetes que relucía bajo la luz amarilla.

—Si usted gana, le doy 100 mil wones —propuso el hombre.

Yeong-su lo miró incrédulo. 100 mil. Bastante para comprar comida de verdad, para pagar el transporte casi todo el mes. Pero para nada más que eso. Para él era una cantidad que no existía en su mundo.

—¿Y si usted gana? —preguntó, con la voz áspera.

—Me da 100 mil —respondió el hombre, sin perder la sonrisa.

Yeong-su dudó. Lo entendió todo, el miedo, la necesidad, la sensación de estar siendo usado como una pieza más.

Pero el hombre insistió, acomodando los ddakjis en la palma como si fueran cartas marcadas.

—Dejaré que usted empiece primero. —ofreció—

Yeong-su finalmente y ya algo cansado, asentiría con la cabeza.

—Qué color le gusta más?

***

El ddakji rojo ya estaba en el suelo, Yeong-su, rígido por los nervios, lanzó el azul con fuerza, con toda la fé que le quedaba... y el rojo no se movió.

—Mierda —murmuró.

El hombre se inclinó, recogió el ddakji rojo, lo plantó con calma y con un solo golpe volteó el azul. Yeong-su sintió el baldazo de la derrota como un frío en la espalda.

—¿No tiene cómo pagar? —dijo el hombre, bajando la voz, entretenido—.

Yeong-su volteó a ver a otro lado, como si estuviera evaluando la posibilidad de escapar corriendo.

—Puede usar su cuerpo para pagar.— diría el hombre con su sonrisa inquebrantable.

La frase cayó como un golpe inesperado. Yeong-su lo miró, buscando que fuera una broma, un malentendido.

—¿Mi cuerpo? —balbuceó.

Una mano que no tenía intención de ser amistosa le partió la cara con una cachetada. La mejilla le ardió, la cabeza le dio vueltas. Se tambaleó hacia atrás.

—Cada cachetada le descontará 100 mil wones —dijo el hombre, frío—. ¿Le parece?

Por un segundo, la posibilidad de arrancar dinero con cada bofetada brilló en la mente de Yeong-su como una luz absurda. Sus dedos buscaron el ddakji en el suelo, lo agarraron. La vergüenza lo golpeó más fuerte que la bofetada. Pero la obligación, la casa, Mi-nyeon, empujó por encima del pudor.

Le ardían las mejillas, pero una ráfaga de decisión atravesó sus dedos.

—¡Una más!

Yeong-su levantó el ddakji azul del suelo otra vez. Tenía los ojos encendidos, la respiración agitada. Se preparó, lanzó con fuerza… pero el rojo ni se inmutó.

El hombre trajeado sonrió, recogió su ficha y de un solo golpe volteó la azul.

Cachetada.

—¡Una más! —gritó Yeong-su.

Otra bofetada le estalló en la mejilla.

—¡Una más!

Otra.

Y otra.

Cada golpe era más fuerte que el anterior. El tren ya había pasado, pero él lo ignoró por completo; no podía irse, no todavía. Su rostro ardía, hinchado y rojo, pero seguía intentando, con una mezcla de frustración y obstinación casi infantil.

Las miradas extrañas no tardaron en llegar. Algunos transeúntes observaban aquella escena absurda, pero nadie hacía nada. Nadie se metía.

—Una más... —murmuró Yeong-su, jadeando.

Tomó el ddakji del suelo, se posicionó, lanzó con todas sus fuerzas… y esta vez, el rojo se volteó.

Saltó de alegría como un niño.

—¡¿Vio eso?! ¡Lo hice! ¡¿Lo vio?!

El hombre solo sonrió, aplaudiendo con calma.

—Bien. Ahora le toca a usted —dijo Yeong-su, levantando la mano, listo para devolverle una bofetada.

Pero el hombre no se movió. En lugar de eso, sacó dos billetes de 50 mil wones y se los tendió.

—Felicidades, señor. Usted ha ganado.

Siguieron jugando un rato más. Cuando por fin se sentaron, Yeong-su tenía un pequeño montón de billetes en las manos. Sonreía de oreja a oreja, contando el dinero una y otra vez, incrédulo de su suerte.

—Puede ganar mucho dinero jugando juegos estos días —dijo el hombre—. ¿Le gustaría probar su suerte otra vez?

Yeong-su soltó una risa cansada.

—¿Esto es una estafa piramidal o algo así? Si es así, se equivocaron de tipo. No soy tan ingenuo como cree.

—¿De verdad va a dejar pasar una oportunidad así? —insistió el hombre, con esa sonrisa perfecta que no se borraba nunca.

—Oiga, ya le dije que no. Además, si para ganar esto me dejaste la cara como tomate, ¿qué me harán para ganar más? ¿Matarme? —dijo con sarcasmo.

El hombre se puso de pie. Su tono cambió.

—Han Yeong-su… hoy firmó un contrato de renuncia a sus derechos físicos.

Yeong-su lo miró en shock.

—¿Qué…?

El hombre comenzó a recitar, palabra por palabra.

—Han Yeong-su, 20 años de edad. Vive con su hermana de 14. Su madre falleció hace 3 años, su padre desapareció hace 8. Tomó préstamos que no pudo pagar para cubrir los tratamientos de su madre. Actualmente sin trabajo fijo. Debe 115 millones a un prestamista ilegal y 141 millones al banco.

Yeong-su se levantó de golpe, temblando.

—¿Quién eres tú? ¿Cómo sabes todo eso?

—Esta es su última oportunidad para cambiar su vida, no la desperdicie.

El hombre sacó una tarjeta dorada de su bolsillo. En la parte superior, tres símbolos: ◯△□.

—Aún quedan bastantes lugares —dijo mientras le tendía la tarjeta—. Piénselo bien.

Luego subió al tren y desapareció entre la multitud.

Yeong-su miró la tarjeta. Al reverso había un número de teléfono. Tragó saliva.

El reloj marcaba más de medianoche.

Yeong-su se encontraba dirigiéndose a su casa, tarareando una canción mientras una sonrisa cansada se le dibujaba en el rostro. Después de todo lo que había pasado, al fin tenía algo de dinero en los bolsillos, y por primera vez en mucho tiempo, el mundo parecía un poco menos cruel.

Recordó que debía comprar algo para su hermana, y justo entonces pensó en el puesto de comida de una amiga. Aunque ya eran casi las dos de la madrugada, ella y su madre solían mantenerlo abierto hasta tarde.

—♪ Me dio sed a mitad de la noche... ♪ —canturreaba Yeong-su, moviendo la cabeza al ritmo mientras se acercaba.

—¡Oye, Min-eul! ¿Te queda calamar para llevar? —gritó desde la otra acera.

La chica levantó la vista, sorprendida.

—¿Yeong-su? ¿Qué haces aquí tan tarde?

Pero él ni la escuchó, seguía con su canción.

—♪ Abrí el refrigerador... ¡y no había nada! ♪

Min-eul suspiró, cortando el calamar con gesto resignado.

—¿Estás borracho o qué? —preguntó con media sonrisa.

—¡No, no, no! —negó Yeong-su agitando las manos—. No estoy ebrio… solo feliz. ¡Feliz porque gané dinero! —sacó un pequeño fajo de billetes, unos 300 mil wones en total, y lo agitó frente a ella.

Min-eul lo miró con el ceño fruncido, su sonrisa se desvaneció.

—¿En serio Yeong-su? ¿Volviste a apostar?

—¡No! ¡No lo gané apostando! —respondió él, ofendido—. ¡Lo gané honestamente!

—Claro… —murmuró ella, notando las marcas en su rostro—. Entonces, ¿qué te pasó en la cara? ¿Ahora te metes a peleas?

—¡Obvio que no! —replicó, con una risa tensa—. Oye, ¿dónde está Min-ho? Hace siglos que no lo veo.

—Durmiendo, como cualquier persona normal a esta hora.

—Aaay, ese malagradecido… —se quejó Yeong-su, levantando los brazos—. Yo fui quien lo ayudó a entrar al equipo de vóley, ¿sabes? ¡Entrenaba con él cuando éramos niños! Incluso Byung-gi lo sabe. Y también consiguió empleo gracias a mi... y nunca me invitó ni a beber... dile a ese malagradecido que me llame aunque sea alguna vez.

—Ya, ya… basta con tus dramas nocturnos. —le dijo Min-eul, tendiéndole la bolsa de calamar—. Llévaselo a tu hermana y vete directo a casa. A casa, ¿me oíste? No a un bar.

—¡Claro, claro! —respondió Yeong-su, sonriendo de nuevo. Le entregó dos billetes de 10 mil—. Quédate el cambio.

Min-eul lo miró alejarse, tarareando y tambaleando un poco.

—Eran 25 mil... —susurró para sí, decepcionada.

Yeong-su ya iba llegando, con el cielo cubierto y el aire frío golpeándole las mejillas.

—♪ Mi madre saló la caballa... y se fue a dormir a su cama... ♪ —cantaba en voz baja.

La reja de su casa apareció al final del pasaje. La luz de la entrada estaba apagada.

El eco de su canción se perdió en la noche.

Abrió la puerta.

Mi-nyeon estaba aún despierta, tomando té en la mesa. Iba a regañarlo por llegar tan tarde, pero al verle la cara, la preocupación fue inmediata.

—Yeong-su… ¿qué te pasó en la cara?

Pero él estaba demasiado feliz como para tomárselo en serio.

—Nada importante. ¡Mira! Compré calamares para cenar.

Unos minutos después, ambos comían en silencio.

Mi-nyeon no dejaba de mirarlo, intranquila.

—Oppa… ya dime. ¿Te peleaste con alguien?

Yeong-su seguía masticando, sonriente.

—No, ya te dije que no es importante. —Sacó unos billetes del bolsillo y los dejó frente a ella—. ¡Toma! Es para ti.

El rostro de Mi-nyeon cambió al instante.

—Yeong-su… ¿de dónde sacaste esto? No entiendo… ¿acaso volviste a apostar?

La sonrisa de Yeong-su se borró un segundo.

—No lo gané apostando.

—¿Entonces… esto —señaló el billete— se lo robaste a alguien?

Él la miró con un dejo de fastidio.

—No lo gané apostando ni lo robé. Lo gané trabajando duro y de forma hon-

—¿Entonces qué mierda te pasó en la cara!? —gritó Mi-nyeon, casi al borde del llanto.

Yeong-su se quedó en silencio.

Mi-nyeon respiró hondo, temblando.

—Hace como una hora vino alguien con una carta… ¿sabes qué es?

Le lanzó el sobre, con los ojos llenos de lágrimas.

El encabezado decía: AVISO DE EMBARGO.

Era una advertencia del banco: si no pagaban su deuda en un mes, embargarían la casa y todas sus pertenencias.

141 millones de wones.

Yeong-su se quedó inmóvil.

—¿Qué vamos a hacer? —dijo ella, desesperada—. Yeong-su, dime por favor…

Pero él no tenía respuesta. Solo el recuerdo del hombre del metro, y la tarjeta dorada en su bolsillo.

¿Sería una buena idea?

—Mi-nyeon… ve a dormir. Lo solucionaré mañana. Lo juro.

Unos minutos después, cuando ella ya dormía, Yeong-su sacó la tarjeta del bolsillo.

Tomó su viejo celular.

Y marcó el número.

—¿Quién habla? —respondió una voz al otro lado.

—Soy con quien jugó esta tarde, en el metro.

—¿Le gustaría participar?

—S… sí.

—Indique su nombre y fecha de nacimiento.

—Han Yeong-su. 4 de abril… de 2003.

—Mañana, a las 10 de la noche, en la calle Gwangsam-ro, Gwangmyeong, Gyeonggi. Un vehículo lo esperará. La contraseña es “Luz roja, luz verde.”