Prológo — El silencio de los dioses.
Hubo un tiempo en que los dioses caminaban entre los hombres.
No como símbolos ni como fe, sino como presencia tangible. Sus pasos marcaban la tierra, dejando un eco profundo que los hombres podían sentir en los huesos; sus voces decidían destinos, resonando como órdenes irrevocables; sus nombres eran pronunciados sin duda ni esperanza: solo como hechos inevitables. En los templos, los murmullos de los sacerdotes se mezclaban con la certeza absoluta de lo que no podía cambiarse.
Ese tiempo terminó.
Nadie recuerda el día exacto. Solo saben que, de un momento a otro, los dioses dejaron de responder. Los templos siguieron en pie, las oraciones continuaron elevándose al cielo, pero el mundo quedó en silencio. Un silencio pesado, antinatural, casi definitivo, que se colaba por cada grieta de las casas, de los pueblos y de los bosques. Incluso los ríos parecían fluir más callados, y el viento parecía contener la respiración.
Al principio, los hombres pensaron que era castigo. Luego, que era prueba. Después… algunos prefirieron no pensar más en ello. Se acostumbraron a mirar sin ver, a escuchar sin esperar respuesta, y a caminar bajo un cielo que ya no los bendecía ni los castigaba.
Fue entonces cuando aparecieron los portales.
Se abrían como heridas vivas en el mundo: grietas imposibles que vomitaban criaturas que no pertenecían a la tierra de los hombres. Luces violáceas y verdes parpadeaban en sus bordes, y un aire frío y metálico se colaba en las ciudades y bosques. El olor era un asco indefinible: hierro quemado mezclado con tierra muerta, un hedor que activaba el instinto de huida. Monstruos deformes, incompletos, débiles al cruzar… pero hambrientos y llenos de desesperación. Sus rugidos y chillidos resonaban por valles y callejones, como si el mundo gritara a través de ellos. No surgían con la fuerza que las leyendas prometían — como si el propio mundo rechazara su existencia — y aun así, cada criatura representaba un peligro tangible.
Algunos susurraban que los portales no habían surgido por casualidad. Que alguien, o algo, los había abierto. Pero nadie podía probarlo, y los dioses ya no respondían preguntas.
Pasaron los siglos. Los portales se volvieron parte del paisaje. Algunos crecieron hasta oscurecer montañas enteras. Otros desaparecieron, dejando cicatrices en la tierra que los hombres aprendieron a evitar. Ciertas criaturas, las que sobrevivieron el tiempo suficiente, reclamaron territorios enteros, convirtiéndose en depredadores más fuertes y astutos que cualquier héroe que intentara enfrentarlas. Aldeas enteras fueron devoradas, y los rumores de supervivientes narraban horribles escenas que nadie podía comprobar, pero que todos sentían como advertencia.
Y sin embargo, en medio del silencio, el mundo había cambiado.
El poder de los dioses ausentes se filtraba en la tierra, invisible pero presente. Los seres conscientes comenzaron a sentirlo, a aprovecharlo sin comprenderlo del todo. Y ciertos objetos — comunes a simple vista — despertaban, albergando fragmentos de lo divino. Con estos vestigios, las civilizaciones pudieron hacer frente a los monstruos. A duras penas, pero sobrevivieron.
Aun así, los dioses permanecieron ausentes.
Las religiones no murieron. Se fragmentaron en sectas que disputaban verdades que nadie podía corroborar. La fe no desapareció: se convirtió en conflicto, en fanatismo, en guerras silenciosas que devastaban pueblos y corazones. Y el rencor… encontró dónde crecer, alimentándose de la incertidumbre y la desesperanza.
Mil años después de la separación, los hombres ya no se preguntaban por qué los dioses se habían ido. Solo querían sobrevivir. Solo querían saber si alguna vez volverían. O si, en realidad, nunca se habían marchado del todo.
Los portales continuaban abriéndose en rincones imposibles: en medio de un desierto, bajo el mar, en lo alto de los bosques. Cada aparición era una promesa de peligro y un recordatorio de que el mundo ya no estaba bajo control humano. Algunos aldeanos se habían acercado demasiado, solo para desaparecer sin dejar rastro. Otros contaban historias de criaturas arrastrando aldeas enteras, dejando solo el eco de un rugido imposible.
Y en los cielos, sombras se movían donde nadie debía ver. La sensación de ser observados crecía con cada latido. Algo esperaba al otro lado de cada grieta. Algo que no podía ser ignorado, y que algún día volvería a cruzar hacia los hombres con fuerza y propósito.
Un primer contacto, silencioso y letal, estaba por cambiarlo todo. Y aunque nadie podía preverlo, la historia que comenzaba aquel día marcaría a héroes, villanos y mortales por igual.