Dulces sueños.
El vínculo que formas con tu persona destinada lo es todo.
Eso fue algo que Adam aseguró muy pronto. Con ayuda de sus padres estudió cómo funcionaría su cuerpo una vez se manifestara su gen secundario, y cómo sería el cuerpo de su persona destinada cuando esta también creciera.
Una forma de repasar lo aprendido era responder a un par preguntas la primera noche de cada mes.
Todo aprendizaje se convertía en parte de un hermoso cuento que no deseaba olvidar.
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—Adam, ¿recuerdas cuántos subgéneros hay?
—Claro que sí, mamá: alfa, omega y beta. Un alfa es alguien como papá: fuerte e inteligente, ¿verdad?
Su madre asintió.
—Un omega es alguien como mamá: hermoso y talentoso.
Alborotaron sus cabellos.
—Te olvidas de uno.
—¡Ah! —exclamó Adam, abrazando los muslos de su madre—. ¡Los betas! Mi amigo William dice que todos en su familia lo son…
Adam hizo una pronunciada mueca. Algo parecía cruzarle la mente.
—No parecen ser tan hermosos como tú, mamá.
El elogiado soltó una leve carcajada.
—Los betas son personas que no obtuvieron la gracia de Fatum, cariño —respondió—. Sin embargo, existe una sola cosa que los tres subgéneros comparten, mi pequeño Adam. Recuerda: no importa si es hombre o mujer, cualquiera de los tres puede traer vida a este mundo. Claro que, para personas como mamá, las cosas son más sencillas —dijo, tocando la pequeña punta de la nariz de Adam.
—¿Porque mamá es hombre?
—No —respondió tras reír—. Es porque soy omega, Adam. Los omegas como yo fueron bendecidos por Fatum con la capacidad de tener más hijos y con mayor rapidez.
—Igual que los conejos —sentenció el pequeño, convencido de sus palabras.
Un hombre al que poco le faltaba para chocar la cabeza con el marco de la puerta entró al cuarto, y se sentó en un banco de madera a un costado de la pequeña cama.
—Comprenderás mejor lo que dice mamá cuando crezcas, así que presta mucha atención, porque tu destinado, Adam, también será como mamá.
—Lo sé —rodó los ojos—. Solo los alfas y omegas tienen un destinado, y siempre será lo opuesto a mí: si soy alfa, mi destinado será un omega; si soy omega, mi destinado será un alfa.
Adam parecía cansado de repetir tantas veces la misma frase.
—Estamos seguros de que serás un magnífico alfa, Adam. Después de todo, es gracias a papá que el mejor gen de la humanidad corre por tus venas: el dominante. Será como tener un súper poder —exclamó su madre con alegría.
A Adam le brillaron los ojos tras escuchar aquellas increíbles palabras salir de los labios de su madre.
—¡Y entonces podré proteger a mi destinado de todo!
Adam subió a su cama y saltó sobre ella con una gigantesca sonrisa antes de que su madre lo sujetara para recostarlo, no sin antes darle un dulce beso en la frente. Inundado de una inconmensurable felicidad, tomó su mantita y se cubrió hasta el cuello. Cerró los ojos y sus padres abandonaron la habitación.
En sus sueños, verse con una larga capa mientras tomaba de la mano a su destinado para protegerlo de un enorme y malvado dragón de cartón sería lo mejor que le sucedería ese día.
Pasaron poco más de ocho años. Adam perdió sus dientes de leche; la talla de sus pantalones y zapatos cambió con rapidez, y sus facciones dejaron de ser las de un niño.
El mayor miedo de Adam ya no era aquel enorme dragón de sus sueños infantiles. Su temor más grande ahora era no ser el alfa dominante que sus padres esperaban.
Había llegado el día: el momento en el que todo joven de trece años presentaría el examen anual para la revelación del subgénero. Un evento de suma relevancia para la humanidad y causante de la preocupación de muchos jóvenes que estaban por descubrir cuál sería su futuro. Adam era uno de ellos.
No importó cuánto se mentalizó; ese día no logró comer un solo bocado de su desayuno debido a los nervios. Apenas pudo asimilar lo que estaba por sucederle cuando, de pronto, se encontró frente a la enfermería. Sus dedos estaban fríos y la vista se le nublaba. Intentaba tranquilizarse cuando una risa lo paralizó.
William lo observaba, como si se divirtiera al verlo contener el vómito.
—Déjame tranquilo, ¿quieres?
—¿Acaso tienes miedo? —preguntó.
El silencio de Adam cortó en seco su tono burlesco. Luego, William le sujetó el hombro.
—Tranquilo; todo estará bien.
Una vez dentro de la enfermería, Adam tomó el sobre que el médico le extendió y salió de la institución sin decir una palabra, sin apartar la vista de aquel sobre color manila que sostenía como si se tratara del mayor descubrimiento de un arqueólogo.
Hoy es el día, pensó.
Seguía sin creer que algo tan pequeño pudiera contener el futuro de su vida, pero era una realidad. Debía estar ahí, en algún punto de esa hoja que yacía dentro del sobre. Al principio o al final, daba igual. El destino que tanto deseaba estaba a un desdoble de distancia.
«¿Debería abrirlo?»
La indicación de su profesor había sido clara: debía hacerlo al llegar a casa y con sus padres presentes, pero…
«La espera me está matando…»
La yema de sus dedos se aferraba al sobre con más intensidad de la que creyó posible. El sudor perlaba su frente y el interior del sobre comenzó a bañarse con una tenue luz blanca… pero dudó.
—¿Qué haré si soy un beta?
Adam comprendió que solo abriéndolo eliminaría su angustia. Se animó a reunir el coraje necesario y, con manos temblorosas, retiró el papel con sumo cuidado. Fue directo al último renglón, a la última palabra.
—Un alfa… ¡Soy un alfa! —vociferó tan alto que su voz se quebró.
Cuánta satisfacción. Cuánto alivio. Adam había asegurado a la persona con la que formaría un vínculo de por vida: a su destinado.
Al llegar a casa notó dos siluetas intranquilas. Cuando sonrió y asintió, su madre se dejó caer en el sofá, mientras que su padre respondió con un gesto de aprobación. Minutos más tarde celebraron la buena noticia con una deliciosa cena, hablando del futuro como si se tratara de una premonición.
Pasada la medianoche, Adam se fue a su habitación. Tenía algo de sueño, pero sus pensamientos no lo dejaban en paz. Estaba feliz. Su fuerza, inteligencia, belleza y todas las habilidades que desarrollaría como alfa las puliría con un solo propósito: cumplir con las expectativas de su destinado. Su mente imaginó un sinfín de posibilidades para su futuro, y en alguna de ellas se quedó dormido.
Despertó al día siguiente con una sonrisa de oreja a oreja, deseoso de contarles a todos sus amigos los resultados. Decirles que era un alfa. Uno dominante.
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—Bien por ti, ¿no es así, Adam? Ya no tendrás que convivir con betas como nosotros.
—¿De… de qué estás hablando, Will?
—Alfas y betas no pueden mezclarse, lo sabes muy bien.
—Hablamos de esto hace tiempo, ¿recuerdas? Que si tú…
—¡¿No lo entiendes?! ¡Nunca podría ser amigo de alguien como tú!
William cambió de asiento antes de que comenzaran las clases, y segundos después, uno a uno de sus amigos fue desapareciendo también de su lado.
🍁
Dividieron a los jóvenes de la institución por grupos según su subgénero. Los betas fueron los únicos aislados en un edificio que hasta hacía poco estaba abandonado. Adam, aún sin comprender lo ocurrido, siguió con su vida sintiendo un vacío constante. Nadie parecía pensar como él.
¿Qué tenía de malo seguir siendo su amigo?
Las respuestas siempre venían acompañadas de expresiones de extremo escepticismo.
“No son de tu clase.”
“Te dan mala reputación.”
“Ni siquiera deberían existir.”
Adam no volvió a preguntar. Aquello le revolvió tanto el estómago que decidió parar. Sonrió y observó cómo todo a su alrededor cambiaba drásticamente. En silencio, tragó sus lágrimas. Fue duro, pero la pérdida se volvió ligera.
Pensar en su persona predestinada fue lo que impidió que Adam se hundiera más. Era mejor olvidar aquel día, reemplazándolo con deseos, con los momentos que estaba seguro de que pronto viviría. Recordar los instantes felices junto a William antes del sobre también era reconfortante.
Atesorar los días previos a su estúpida idea de contarles a todos que era un alfa.
—¿A quién engaño? —murmuró—. Se habría enterado tarde o temprano.
¿Cómo podría ocultar los colmillos recién crecidos? ¿Cómo esconder su aroma o su temporada de celo?
No podría.
Pero era un alfa, y estaba orgulloso de ello. A pesar de las consecuencias negativas de su manifestación, se sentía feliz. Uno de sus mayores deseos se había cumplido; solo restaba encontrar a su pareja destinada y entonces todo habría valido la pena.
—Solo pido no tener que esperar tanto para conocerla…
Adam estiró los brazos y se levantó de la silla. El estudio nocturno había terminado.
—Hora de un refrigerio.
Bajó a la cocina y tomó un trozo de gelatina. Antes de subir de nuevo a su habitación, se detuvo al ver el televisor encendido. Una oscura silueta descansaba sobre el sofá en absoluto silencio. Curioso, dejó la gelatina en el comedor y se acercó de puntillas hasta su madre, que no apartaba la vista de la pantalla.
“Betas de todos los países han presentado alteraciones en su cuerpo, convirtiéndose en alfas u omegas. Hasta el momento se desconoce el motivo de este extraño acontecimiento. Los expertos sugieren que…”
La voz del presentador se fue apagando para Adam… hasta desaparecer. Incluso su madre sostenía una mirada consternada hacia él.
Tampoco podía creerlo.
—¿Qué carajos está pasando…? —cuestionó Adam.
La pregunta no fue para sí mismo ni para su madre. Fue para su dios. Para Fatum.
Fue inútil. Fatum no acostumbraba responder.
Los pensamientos de Adam eran un caos. Su pecho se sentía hueco. Miró sus dedos, pero no obedecieron cuando les ordenó detenerse: seguían temblando.
Esa noche, Adam no logró apartar la mirada de su teléfono. Páginas repletas de preguntas, de incertidumbre. Miles de teorías.
Dudar era tan extraño como un pato con manos. ¿Era posible creer que Fatum se había apiadado de los seres más desfavorecidos del mundo? ¿De William?
Pasó la noche en vela imaginando esa posibilidad, y otra no tan alentadora, y mucho más realista: su destino podría estar comprometido.