Capítulo 1: La oveja y el lobo
Solo un par de días separaban mis vacaciones del inicio del último año en la facultad. Para muchos era motivo de entusiasmo; para mí, apenas una rutina conocida.
Nunca me había costado relacionarme con mis compañeros. Bastaba con asentir, sonreír en el momento justo y repetir lo que querían oír. A nadie le interesa la verdad; lo que buscan es validación.
Aprendí rápido que decir “sí” es la forma más sencilla de pasar desapercibido. Los que discrepan terminan solos. Yo no estaba dispuesto a ser uno de ellos.
Así que cumplía mi papel. Escuchaba historias exageradas, celebraba logros ajenos y fingía interés. Funcionaba. Siempre funcionaba.
Gracias a eso, todos creían que yo era alguien amable, tranquilo, fácil de tratar. Nadie sospechaba lo poco que me importaban.
Ese día pensé que nada cambiaría. Me equivoqué
Estaba en mi trabajo cuando ella apareció ante mi vista como un destello inesperado. Llegó junto a su pequeño grupo de amigas, era imposible no distinguirla. Su manera de caminar, de vestir, de observar y de reír la hacía resaltar sin esfuerzo alguno. Todo en ella parecía singular.
A pesar de trabajar en un restaurante y ver personas elegantes todos los días, jamás la había visto antes. De haber sido así, la habría recordado; no era un rostro fácil de olvidar.
No podía perder la oportunidad de acercarme. En cuanto tomaron asiento, me aproximé para entregarles el menú. Y como las primeras impresiones marcan la diferencia, me esforcé al máximo para parecer serio y elegante.
—Buenos días, señoritas. ¿Cómo se encuentran el día de hoy? Les dejaré el menú y, cuando estén listas para ordenar, basta con que una de ustedes levante la mano y acudiré enseguida.
Tan pronto como tomaron los menús, me alejé y alcancé a escuchar sus murmullos en tono aprobatorio. Victoria... solo esperaba haber captado la atención suficiente para despertar su curiosidad.
No demoraron mucho. Y, a pesar de haber dado instrucciones claras, todas alzaron sus manos a la vez. Era evidente que se trataba de una broma.
—¿Ya están listas para ordenar? —pregunté.
—En realidad no —respondió una de ellas—. Estábamos conversando, pero no logramos ponernos de acuerdo. Entonces se nos ocurrió una idea: nos encantaría que tú nos recomendaras algo del menú.
—¿Yo? Claro, no hay ningún problema —respondí—. Antes necesito saber en qué basarme para recomendarles algo. ¿Tienen mayor inclinación por lo dulce o por lo salado?
—Mmm... dime, si nos miras bien, ¿podrías adivinarlo?
Todo el grupo comenzó a observarme de manera coqueta. En ese instante lo supe: estaban jugando conmigo. Por su manera de vestir y hablar se podía concluir eran hijas de padres adinerados, acostumbradas a ese tipo de dinámicas.
Decidí seguirles el juego, aunque solo por un momento. Un poco más, lo suficiente para conocerla a ella, a quien, sin darme cuenta, me quedé observando durante más tiempo que a las demás.
Estaba encandilado por el deslumbrante azul de sus ojos.
Cuando por fin regresé a la realidad, noté que reían y se miraban entre ellas.
—Lo mejor sería un pastel de fresas —dije.
—Nos encantaría —respondió ella.
—¿Algo más? Tal vez algo para beber.
—Café. Lo acompañaremos con café.
—Entendido, vuelvo enseguida.
El corazón se me había acelerado. Ese instante en el que me quedé congelado, sumado al breve intercambio de palabras, me agitó más de lo que hubiera imaginado.
Era evidente lo que estaba ocurriendo: ella me estaba cautivando.
Les entregué su pedido y luego me senté a esperar nuevas órdenes en el restaurante, cosa que no sucedió. No parecía ser un día particularmente concurrido. Mi lugar de descanso no quedaba lejos de la mesa del grupo de chicas, y desde allí podía escuchar gran parte de su conversación.
Pertenecían a un sector acomodado de la ciudad: hijas de empresarios, acostumbradas a reuniones en restaurantes de alto calibre. Aquella vez habían decidido merendar en un lugar menos concurrido y asfixiante, así fue como llegaron allí.
Desde mi asiento podía escuchar fragmentos de su conversación, risas que se superponían unas a otras. No necesitaba esforzarme demasiado para distinguirlas; cada una ocupaba su lugar con naturalidad.
Naia quien parecía ser su amiga más cercana ya que cada anécdota y mueca era inconscientemente dirigidos hacia ella, compartieran un idioma propio. No hacía falta preguntar cuánto tiempo llevaban juntas; había gestos que solo se aprenden con los años, con la infancia.
Salma hablaba poco de sí misma, pero bastaba una mención a los animales para que su voz cambiara. Era de esas personas que creen estar salvando algo más que perros callejeros.
Lucy prefería observar. Reía tarde, bajaba la mirada, como si temiera ocupar demasiado espacio. Su silencio decía más que cualquier anécdota.
Julieta, en cambio, sabía exactamente cuándo estaba siendo observada. Había aprendido a usarlo a su favor. No todas nacen con ventajas; algunas aprenden a fabricarlas.
Y Zoé... no necesitaba esfuerzo alguno. No buscaba atención, y aun así la tenía. Su presencia era distinta: contenida, casi medida, como si supiera que mostrarse demasiado siempre tiene consecuencias.
Solo me ausente por unos minutos para ayudar en la cocina pero para cuando había vuelto, el grupo se había marchado, resignado me levante a retirar las cosas de la mesa que habían ocupado.
Una vez terminado mi turno, emprendí el camino a casa. Ya en el metro, solo quedaba esperar a llegar a la parada más cercana a mi domicilio. El vagón se fue vaciando estación tras estación. Yo esperaba la mía cuando la vi, sentada a unos metros de distancia.
Zoé.
Dormía. El movimiento del tren parecía no afectarla. Su cabeza se inclinaba apenas con cada sacudida, como si confiara demasiado en ese trayecto.
Mi parada llegó. No bajé.
El vagón quedó casi vacío. Me mantuve a distancia, observándola. Nadie más parecía reparar en ella.
Dormía profundamente.
Me acerqué un poco más. No llevaba demasiado maquillaje; aun así, su rostro era sereno. Un mechón de cabello le caía sobre la frente, interrumpiendo su descanso.
Lo aparté con cuidado.
En ese instante se movió. Me alejé de inmediato y bajé la mirada, ocultando el rostro bajo la gorra.
Despertó sobresaltada. Miró la hora en su teléfono y descendió con prisa en la siguiente estación. La seguí a distancia, sin apurar el paso.
Al salir, hizo una llamada. Un auto la recogió pocos minutos después.
Cuando comprobé que se marchaba, retomé finalmente mi camino. Ya era tarde.
Dos días después de nuestro encuentro, comenzaba el semestre. La facultad se llenó de rostros conocidos a medias, saludos forzados y conversaciones que intentaban resumir meses enteros en un par de frases triviales.
Las clases terminaban temprano ese día, lo que me permitía llegar antes al trabajo y, con algo de suerte, volver a cruzármela.
Me uní a la conversación con rapidez, evitando quedarme al margen y poniéndome al corriente. Fue sencillo. Como nunca hacía grandes cosas durante el verano, halagar y “celar” las vacaciones de los demás generaba un ambiente falsamente grato y, al mismo tiempo, alimentaba su seguridad. En cuanto a mí, relatar lo que había hecho resultaba aún más fácil: decir que trabajaba y leía libros de vez en cuando reforzaba la imagen de un joven educado y agradable, alguien fácil de digerir.
Gracias a ello, todos creían que yo era un muchacho amable, de bajo perfil, capaz de relacionarme bien con cualquiera. Nadie sospechaba que, muy dentro de mí, los detestaba a todos y a cada uno de ellos.
En una de las primeras clases, desde Bienestar Estudiantil propusieron una dinámica simple: escribir una carta dirigida a nosotros mismos. En ella debíamos anotar nuestros objetivos para el año y, al final, formular la pregunta inevitable: ¿lo logré?
Nos dijeron que la carta sería devuelta al finalizar el ciclo académico. Me pareció innecesario... hasta que supe exactamente qué escribir.
Lo pensé durante un buen rato. ¿En qué objetivo podría enfocarme? Graduarme de la universidad no me parecía uno; era, más bien, el único camino posible, una obligación disfrazada de meta. Tal vez entablar algún emprendimiento... ¿pero de qué? No encontraba una respuesta clara, a excepción de una.
Zoé.
Quería a Zoé, una tarea que parecía imposible, dadas las diferencias sociales que existían entre nosotros, pero que no dejaba de rondar la cabeza.
Entonces lo comprendí. Durante el resto del año me dedicaría a ello. Aprendería de ella: a qué se dedicaba, qué le gustaba, qué odiaba, cuáles eran sus metas, qué era lo que más anhelaba. Todo con un único propósito: hacerla feliz... y hacerla mía.
De camino al trabajo me fijé en que, en el parque central, había un grupo dedicado a la observación de aves. La mayoría estaba equipada con binoculares. Me llamó la atención la paciencia con la que observaban, el tiempo que se tomaban para registrar cada movimiento, cada gesto. Algunos incluso dibujaban a las aves en pequeñas libretas, detallando sus rasgos más mínimos. Parecía tratarse de un estudio meticuloso, casi devocional.
Por un momento creí que Salma estaría entre ellos. Tal como ella lo describía en sus perfiles; Un amante de los animales, supuse que formaría parte de esa actividad. Pero no fue así. Al parecer tal actividad no llamaba tanto la atención en redes sociales, ya que de las muchas actividades animalistas que publicaba en sus redes sociales la observación de aves era la única que no aparecía en su Instagram.
Al llegar al trabajo noté una figura inquietantemente familiar sentada completamente sola en una mesa. Era Zoe. Había regresado. Comía pastel de fresas, el mismo que le había recomendado días atrás. No quise parecer evidente, así que comencé a limpiar las mesas cercanas para acercarme con sutileza. Estaba absorta en algo que leía con atención. ¿Le gustaban los libros? Era posible, aunque lo que sostenía entre las manos no parecía uno.
—Disculpa —dijo de pronto—, ¿eres el chico que nos atendió a mis amigas y a mí el otro día?
—¿Yo? Sí... creo que sí.
—No sabes cuánto me alegra verte. Desde ese día he querido pedirte una disculpa. Creo que te pusimos un poco incómodo. Espero que no tengas una mala impresión de nosotras; a veces se exceden con sus bromas.
—¿Incómodo? No, para nada. Han sido muy amables como clientas, en comparación con otras experiencias.
—¿De verdad? Aun así, quería disculparme.
—No hay de qué... —No quería que la conversación terminara, así que decidí indagar en sus gustos—. ¿Te gusta leer?
—¿Qué? —preguntó, mirando las hojas que llevaba consigo—. No, bueno... no del todo. Es un libreto. Soy parte de una obra y tengo que memorizar estos tontos diálogos.
—Ya veo. No he escuchado de muchas personas que actúen en obras —comenté.
—Últimamente se ha dejado de lado. Ya no se aprecia el arte de expresar —respondió—. ¿Y tú? ¿A qué te dedicas?
—¿Yo? No actúo, tampoco he asistido a alguna obra... aunque sería interesante ir.
—¿Tú crees? —sonrió—. Podrías venir a la que actuaré. Tal vez descubras nuevos gustos. Mis amigas no suelen ir, así que no te molestarían.
—Tal vez vaya —dije.
No era un sentimiento nuevo. Lo reconocí con una claridad inquietante, como se reconoce un lugar al que se ha regresado demasiadas veces. La diferencia era que ahora entendía mejor cómo debía hacerse. Con paciencia. Con cuidado. Sin apresurar.
—Por cierto, mi nombre es Zoé. Zoé Ferrer. Mucho gusto.
—El gusto es mío, Zoé. Soy Damián Varela. Es un placer.
Ella era la indicada, mi alma gemela.
Y estaba dispuesto a llevar ese amor hasta sus últimas consecuencias.