PIEL Y PLACER
Uhg —un pequeño quejido se escapó de su boca al sentir los cálidos labios de aquel albino de ojos perfectos y mirada celestial. Tenerlo encima suyo, percibir su agradable aroma, el tono de su voz, juguetón y sensual, cómo le susurraba al oído todo lo que le decía, era difícil poder seguir con su fachada de "sensei seria e inmutable".
—¿Qué fué eso, Utahime? —le preguntó al oído, un susurro suave y un tonito juguetón acompañaron esa pregunta—. ¿Ya te estás excitando con esto?
—En tus sueños, idiota —masculló Utahime ante las palabras del más fuerte, y del más bello hombre sobre la faz de la tierra. Tener al mismísimo Satoru Gojo encima suyo, jamás lo admitiría; pero era en ese momento la mujer a la que más envidia le tenían todas las demás.
Satoru sonrió, esa fechada seria pronto se vendría abajo con las acciones adecuadas, desaparecería tan pronto sus labios húmedos descubran dónde debía besar, tan pronto se dé cuenta dónde sus dientes provocaban más sensaciones electrizantes en el cuerpo de la semi primer grado.
Se desconocería tan pronto el peliblanco le haga sentir mujer de nuevo...
—Uhg, mmm, ahg..., G-Gojo —suspiraba inquieta al sentir los dientes del peliblanco en su cuello, por más que intentaba controlar la situación le era imposible. Era un idiota presumido, pero maldita sea, sabía cómo usar bien sus "conocimientos" sobre el cuerpo femenino.
Volvió a acercarse a su oído...
—Como me encanta cuando dices mi nombre así —una de sus hábiles manos terminó en su cuello, dando un muy, muy suave apretón. Mordisqueó su oreja y le susurró—. Gime más fuerte, Utahime..., eso me excita.
—No... —susurró cerrando sus ojos. Sus manos, sin saber cómo, terminaron sobre la espalda del peliblanco, y luchaban entre apegarlo más y al mismo tiempo, alejarlo.
—¿No? Jaja..., ¿Quieres entonces que te obligue a hacerlo? —le siguió preguntando al oído con ese tonito tan característico de él. Su lengua recorrió todo su cuello, bajó por su clavícula derecha y se deslizó hacia el lado izquierdo. Mordió su hombro y volvió a atacar su cuello delgado y de piel blanca.
Cerró sus ojos con fuerza, luchaba para no caer así de fácil, no quería que pensara que lo era, pero maldición, hacía trampa..., no, ¡Ah, mierda! Era difícil explicarlo, pero Gojo sabía cómo hacerla sentir viva, en las nubes, ¡Mujer!
Desde hacía un tiempo que estos dos se traían algo entre manos, sus peleas y discusiones cada vez que habían reuniones entre las academias de Tokio y Kioto cesaban.
Después de dichas reuniones, ambos desaparecían casi al mismo tiempo, y nadie sabía donde se metían...
Ignoraban dónde terminaba Satoru Gojo, y en qué situación acababa Utahime Iori.
En dicha habitación de hotel dejaban a un lado sus diferencias, sus pleitos, y se entregaban al otro. ¿Le caía mal él? ¡Sí! ¿Le gustaba gastarle bromas a ella? ¡Obvio! ¿Le parecía un niño inmaduro? ¡Claro! ¿Le parecía una mujer muy seria y amargada? ¡En efecto!
¿Le encantaba como su lengua exploraba su cuerpo desnudo? Sí, ¿Le excitaba como decía su nombre cada vez que lo introducía? Sí.
Afuera eran enemigos naturales, en la cama..., desahogaban su lujuria hasta decir basta.
La tomó por sus caderas, sus labios buscaron fervientemente su vientre plano. Ella mordió su labio inferior mirando como él, usando solo la punta de su lengua, dejaba un transparente rastro de saliva desde su cuello, pasando por enmedio de sus senos, hasta llegar a su vientre. La besó ahí, en varias zonas, dejando huellas que pronto se borrarían en el cuerpo; mas no en la mente.
—Gojo... Ughmm —le acariciaba sus blancos y suaves cabellos mientras él seguía atacando su vientre, besando cada zona, alrededor de su ombligo, mordisqueando cerca de sus caderas.
Entre mordiscos y besos, bajó tanto que se topó con la mejor parte del cuerpo de ella, aquella zona que le hacía sentir tanto placer, dónde podía desatar toda su carga una y otra y otra vez. Zona donde quedaba la última prenda de ropa.
—¿Puedo? —preguntó con tanta caballerosidad. ¿Él siendo un caballero? Sí, podía serlo también de vez en cuando. Utahime asintió con la cabeza, su corazón se aceleraba cada vez más y más, era inevitable no hacerlo.
Gojo sonrió, deslizó sus dedos por debajo de ese interior blanco, mismo que tenía una hermosa y llamativa mancha transparente. Al retirarlo, observó algo hermoso, algo bello enserio, aquello por lo que su lengua podía volverse loca en solo unos instantes.
Tomó sus muslos y los besó con cautela, unas piernas delgadas pero perfectas para él. No quería admitirlo pero, todo en la pelinegra era..., perfecto.
Pronto Utahime cerró con fuerza sus ojos al poder sentir como aquel idiota bromista deslizó su lengua por sus labios —y no hablo de los labios superiores— lentamente, probando de nuevo su sabor, sintiendo su humedad y la sinceridad de su cuerpo. Negaba sentirse atraída por Gojo, pero el cuerpo era sincero, no puedes engañar a tú propio cuerpo.
Poco a poco con la lengua fué explorando cada parte de su vagina, incluso esa pequeña prominente y sensible parte que, al estimularla correctamente, podía llevar a cualquiera a las estrellas.
Sus muslos comenzaron a temblar cuando el peliblanco aumentó el ritmo, y su lengua se volvía más salvaje.
—Me encanta como usas tú lengua —finalmente confesó la verdad, era absurdo seguir negando eso. Sus manos, encima de los cabellos de Satoru, no hacían nada más que volverlo prisionero de su intimidad, sin dejarlo escapar, quería seguir sintiendo las habilidades del albino.
Las manos de Gojo acariciaban sus piernas, mientras que, su lengua, se encargaba de estimular y explorar cada parte de su vagina más que humedecida. Jadeó fuerte, cerró sus puños agarrando el cabello despeinado del albino, sus caderas comenzaron a temblar...
—Utahime, tú sabor me encanta... —dijo Satoru, volviendo sus lamidas cada vez más salvajes e intensas.
—Gojo, espera..., me voy a..., ¡Me voy a..! —intentó avisarle, pero él no escuchaba razones, no ahora que su lengua no tenía freno alguno. Apretó con sus muslos la cabeza del peliblanco, su espalda se arqueó hacia arriba sin quererlo y dió un chillido muy agudo.
No se detuvo, no, siguió usando su lengua hasta mas no poder...
—¡Gojo, enserio, espera..! —sin embargo, por más que intentó aguantarlo, le fué imposible.
Dobló su cintura logrando escapar del albino; su cuerpo tembló fuertemente y sus ojos los cerró con brusquedad. Respiraba muy agitada, sentía como el sudor caía lentamente por su sien, y otra pequeña gota por el tabique de su nariz. Gojo, sonriendo victorioso, se recostó a su lado, pasó su mano por sus piernas, tenía la piel de gallina y sudorosa, pero no era suficiente.
Todavía no era suficiente sudor...
—Este sí fué intenso... —le sonrió con dulzura.
—Eres..., un..., idiota —le dijo, un rostro que demostraba todo lo opuesto a cualquier sentimiento de enojo. Tenía enfrente suyo al hombre que logró llevarla al orgasmo usando solo su lengua. Su mano la colocó en su mejilla, dándole una caricia suave.
Sin esperar mucho tiempo, volvió a colocarse encima suyo.
—Pero soy el idiota que deseas tener adentro, ¿Verdad? —le preguntó al oído, seguido de un suave mordisco. Cómo le encantaba morderla, marcar lo que era suyo.
Le asintió con la cabeza, viéndolo a los ojos, y solo mirando sus ojos, sin apartar la mirada, sus manos retiraron el cinturón y el pantalón del peliblanco, dejando únicamente su ropa interior negra que pronto sería historia...
—Hazme sudar de nuevo como aquella noche —le susurró mientras le abrazaba por el cuello y le plantaba un beso en los labios.
Mordió su labio inferior, ella también sabía dónde, como y cuando debía morder lo que era suyo.
Eso era lo mejor de todo, que él era suyo, y nadie tendría por qué enterarse en la academia o fuera de ella.