El diablo huele armani
La recepcionista me sonrió apenas crucé la entrada de Vannuci Corporation, pero yo no podía devolverle el gesto. Estaba demasiado ocupada conteniendo las ganas de vomitar como una tonta.
Santo cielo. ¿Esto era una empresa o el lobby de un hotel cinco estrellas?
El mármol relucía bajo mis tacones. Las paredes estaban cubiertas de arte moderno que claramente costaba más que todo mi departamento. Y una fragancia embriagadora flotaba en el aire: madera, tabaco, poder. El tipo de aroma que no se compra en farmacias.
Apreté mi portafolio contra el pecho, agradeciendo mentalmente no haberme puesto aquel blazer aburrido para una empresa como esta. En cambio, llevaba una blusa negra de encaje que insinuaba más de lo que cubría, con un escote lo suficientemente atrevido como para llamar la atención, pero no tanto como para parecer desesperada. La había combinado con una falda ajustada que delineaba mi trasero generosamente regordete y tacones altos.
No era la típica contadora gris. Nunca lo fui.
—Señorita Ricci, por aquí —me indicó una asistente vestida de blanco impecable.
Seguí sus pasos por un pasillo silencioso. Me pregunté si sería el silencio de la eficiencia… o el de los secretos. Apreté los dientes. Era solo una entrevista.
Entramos a una sala de reuniones acristalada. Un hombre de unos cincuenta años, cabello peinado con gel y sonrisa ensayada, me esperaba junto a una carpeta abierta.
—Soy Danilo el encargado de contabilidad. Encantado, Emilia.
Estreché su mano y comencé a responder preguntas básicas. Lo hacía bien, dominaba los números, hablaba sin temblar, hasta que…
La puerta se abrió con un clic suave, pero el impacto fue inmediato.
Y ahí estaba. Él.
Camisa negra ajustada al torso como una segunda piel, las mangas arremangadas mostrando antebrazos marcados, reloj suizo en la muñeca y unos lentes que en lugar de suavizar su rostro lo hacían aún más intimidante. Su cabello estaba perfectamente peinado hacia atrás, y su aroma… era ese mismo que había flotado en el lobby. Armani, probablemente. Pero en su piel, olía a maldito pecado.
Me miró. No me saludó. Solo me miró, como si ya supiera todo de mí. Como si pudiera ver debajo de la blusa, debajo de la piel, hasta las partes que me dolían.
—¿Esta es la candidata? —preguntó con voz baja, ronca, casi perezosa. Su acento italiano tenía filo.—Sí, Alessandro. Emilia Ricci —respondió el otro, un poco incómodo por la interrupción.
¿Alessandro? ¿Él era… el dueño? Mierda.
—¿Experiencia? —me preguntó directamente, sin mirarme del todo, hojeando mi CV como si fuera basura reciclable.
—Cinco años trabajando en una firma mediana, especialización en análisis fiscal y auditorías internas.
—¿Por qué dejaste ese trabajo?
—Preferí renunciar antes que perder la cordura —respondí sin pensar. Él alzó una ceja.
—¿Problemas con la autoridad?
—No. Con la falta de ella —repliqué, con una sonrisa cínica.
Por el rabillo del ojo vi al otro hombre tensarse. Alessandro, en cambio, pareció más… interesado. Cerró la carpeta de golpe.
—Gracias. Eso sería todo —dijo, y se giró para salir como si yo fuera humo.
Me quedé sentada, confundida, mientras el otro me acompañaba a la puerta con una sonrisa forzada. Apenas crucé el pasillo, solté el aire que había estado conteniendo.
Genial, Emilia. Le hablas con sarcasmo al jefe de una empresa multimillonaria y le llevas las tetas en bandeja. Obvio que no te van a contratar.
Caminé hacia la salida con los tacones clavándose en el alma. Me ardía el orgullo.
Y sin embargo… no pude evitar sonreír al recordar su mirada. Esa especie de furia silenciosa en sus ojos oscuros. Como si no supiera si deseaba despedirme o desnudarme.
Qué contradictorio es el Diablo cuando viste de negro.
Alessandro
El día ya venía jodido.
Una entrega se había retrasado en Sicilia, uno de mis contactos en aduanas pedía más dinero, y el maldito capullo que debía encargarse de revisar a los nuevos empleados de contabilidad me había enviado tres CV que daban ganas de prenderles fuego.
Pero cuando mi asistente me mencionó el nombre de la cuarta candidata, algo en el tono con que lo dijo llamó mi atención.
—Ricci… —murmuré, hojeando por encima su archivo.
Excelentes notas, premios académicos, sin contactos poderosos detrás. Mujer joven. Demasiado joven.
No suelo inmiscuirme en entrevistas. Para eso pago a incompetentes. Pero esa mañana tenía una necesidad visceral de controlar algo. Y si no podía dispararle a nadie sin hacer ruido… al menos podía asistir a una maldita entrevista.
Entré sin pedir permiso. Porque no lo necesitaba.
Y entonces la vi.
Demonios.
El encaje negro se adhería a su piel con una descarada inocencia. La falda abrazaba un cuerpo generoso, sin pudor ni artificio. Su boca tenía una curva desafiante, como si disfrutara provocando, pero sus ojos... sus ojos no estaban ahí para complacer a nadie. Me sostuvo la mirada como si no supiera quién era yo. O como si no le importara.
¿Y ese escote?¿Era estúpida, o simplemente peligrosa?
Me acerqué al escritorio con paso lento. No sonreí. No saludo. No lo hago nunca. Pero sentí algo arder bajo la piel cuando noté que su respiración se cortaba un segundo.
Ella también lo había sentido.
El aire entre nosotros cambió. Se volvió más espeso.
Le hice preguntas básicas. No para conocer sus habilidades —ya las había leído—, sino para ver cómo reaccionaba. La mayoría de las candidatas tartamudeaban o intentaban complacerme. Ella, no.
Cuando dijo “preferí renunciar antes que perder la cordura”, casi sonreí.Y cuando me lanzó “problemas con la falta de autoridad”, sentí el leve tirón en la mandíbula de contenerme.
Esa maldita mujer no sabía con quién estaba hablando.
Pero me gustó. Me gustó más de lo que debía.Y eso me jodió.
Cerré la carpeta y salí sin decir una palabra más. Caminé por el pasillo de mármol como si no sintiera nada.
Pero la imagen de su figura... esa mezcla de descaro y fuego… me siguió hasta mi oficina. Hasta mi maldito subconsciente.
Abrí una botella de whisky. Eran las once de la mañana. Me importó una mierda.
—Contrátala —ordené por el intercomunicador.
—¿Está seguro, señor Vannuci? Apenas duró cinco minutos con usted…
—Contrátala —repetí.
Porque quería tenerla cerca. Porque quería verla perder ese coraje. Quería saber hasta dónde resistía antes de quebrarse.Y porque, por primera vez en mucho tiempo, una mujer me había hecho olvidar quién demonios soy.
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Emilia
Eran las siete de la tarde y yo ya me había resignado. La entrevista había sido un desastre, y yo... una bocona con escote.
Estaba en el sofá, en pantuflas y con una taza de té cuando sonó el teléfono.
—¿Señorita Ricci?
—Sí…
—Le llamamos de Vannuci Corporation. Ha sido seleccionada para ocupar el puesto de contadora.
Me senté recta.
—¿Disculpe?
—Empieza el lunes. Llegue a las 8:00 en punto. El señor Vannuci detesta la impuntualidad.
Colgué sin poder decir mucho más.
¿Qué demonios acaba de pasar?
Sonreí. Luego fruncí el ceño. Luego sonreí otra vez.
Había conseguido el trabajo.Y sin saberlo, también había firmado un pacto con el mismísimo demonio.








