LA PRÁCTICA DE LA MENDICIDAD

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Summary

En el polvoriento caserío de Izcanal, la indigencia ha dejado de ser una carencia material para convertirse en una liturgia del espíritu. La práctica de la mendicidad narra el entrelazamiento de conciencias atormentadas que, bajo un sol implacable con aroma a tierra seca y bálsamo, buscan limosnas de redención en lugar de monedas. Siguiendo una estructura de polifonía radical, la obra explora cómo los secretos de la infancia se pudren en los bolsillos vacíos de los desposeídos, transformando el crudo realismo rural en una danza mística donde el barro tiene memoria y el hambre es el único lenguaje capaz de dialogar con lo divino.

Status
Ongoing
Chapters
21
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1: La Liturgia del Polvo y el Ángelus del Hambre

En Izcanal, el sol no amanecía; se derrumbaba. No era una ascensión gloriosa de luz sobre las montañas, sino el desplome de una sentencia incandescente, un juicio de fuego blanco que caía a plomo sobre los techos de teja y los caminos de tierra apisonada. Aquí, la pobreza había dejado de ser una estadística para convertirse en una atmósfera, densa y palpable como el aroma del bálsamo que sangraban los árboles heridos en las laderas. El aire olía a resina caliente y a olvido, una fragancia dulce y dolorosa que Claudia Lars hubiera reconocido como el perfume de una infancia eterna, aunque en Izcanal esa infancia se hubiera vuelto vieja y arrugada antes de tiempo.


Crisóstomo Véliz despertó con la boca llena de ceniza, o al menos eso le pareció. Era el sabor residual de las palabras no dichas, de las oraciones que se habían podrido en su garganta durante la noche. Se incorporó sobre el petate, sintiendo cómo sus articulaciones crujían con la precisión de un mecanismo oxidado, una protesta anatómica contra la gravedad y la existencia misma.


—*Corpus delicti* —murmuró, observando sus propias manos, nudosas y temblorosas, como si fueran ajenas—. Este cuerpo es el delito.


Crisóstomo no pedía pan. El pan se enmohecía, el pan era materia corruptible que solo servía para prolongar la agonía de la digestión y la excreción. Él, que había rozado con la yema de los dedos los misterios de la teología en un seminario de paredes altas y frescas antes de que la fiebre de la razón lo expulsara, buscaba algo más puro. Se ajustó el saco, una prenda que alguna vez fue negra y ahora ostentaba el color indefinido de la tierra seca, un mapa de manchas que narraba la historia de sus caídas.


Salió a la calle principal. El polvo de Izcanal no era suciedad; era memoria pulverizada. Cada partícula suspendida en el aire dorado de la mañana contenía el fantasma de un ancestro, el susurro de una promesa rota.


A unos metros, bajo la sombra raquítica de un árbol de almendro que parecía pedir perdón por su falta de follaje, estaba Oclasia de la Cruz. Oclasia no vivía en el tiempo cronológico de los hombres; ella habitaba un presente circular, una esfera de cristal donde siempre era la hora de la merienda de una niña de siete años. Llevaba una falda amplia, remendada con retazos de telas florales que imitaban un jardín imposible, y en su regazo descansaba su tesoro: una colección de piedras blancas, lisas, lavadas por un río que ya no existía.


—Buenos días, don Crisóstomo —canturreó Oclasia. Su voz tenía el timbre de una campana de plata, incongruente con su rostro surcado por arrugas profundas como barrancos—. Mire. Hoy el río me trajo hostias.


Levantó una piedra redonda hacia el sol. La luz la atravesó apenas, revelando vetas de cuarzo.


—Eso es una piedra, Oclasia —respondió Crisóstomo, apoyándose en su bastón de guayabo. Su tono no era de regaño, sino de una fatiga intelectual abrumadora. Le dolía la inocencia de la mujer. Le dolía como una astilla bajo la uña—. Las hostias se consagran. Eso es mineral. Materia muerta.


—Está calientita —insistió ella, acercando la piedra a su mejilla marchita, cerrando los ojos con un deleite sensual, casi místico—. Dios la calentó para mí. Si la chupo, sabe a leche y a miel. ¿Quiere una?


Crisóstomo sintió una punzada en el estómago, ese vacío voraz que Dostoievski habría calificado como el abismo donde el diablo lucha con Dios. El hambre física era una humillación, un recordatorio constante de su animalidad.


—No quiero tus piedras, mujer. Busco silencio. ¿Alguien te ha dado silencio esta mañana?


—Nadie da eso —rio ella, una risa que sonó como canicas rodando—. Todos dan monedas o gritos. Doña **Prudencia Lovato** me gritó porque me acerqué a sus gallinas. Dice que las asusto. Pero yo solo quería ver si ponían huevos de oro, como en el cuento.


Prudencia Lovato. Crisóstomo conocía el nombre. Una mujer de caderas anchas y corazón estrecho, que vendía maíz y frijoles con la avaricia de quien cuenta diamantes. Izcanal estaba lleno de esos personajes secundarios, seres que se aferraban a sus escasas posesiones materiales para no tener que mirar el vacío de sus almas. Pero ellos, los mendigos, eran la aristocracia del despojo.


De repente, una figura se recortó contra la luz cegadora del final de la calle. Caminaba con una cojera arrastrada, cargando un costal de yute que parecía pesar más que sus propios pecados. Era Nicéforo Barahona.


El aire pareció cambiar. Si Oclasia traía la brisa del jardín infantil y Crisóstomo la sequedad de la biblioteca en ruinas, Nicéforo traía el olor a hierro y a sangre vieja. El ex-terrateniente, el hombre que antaño había sido dueño del horizonte hasta donde alcanzaba la vista, ahora caminaba con la cabeza gacha, buscando deliberadamente el fango de las cunetas para ensuciar sus pies descalzos.


Nicéforo se detuvo ante ellos. Su rostro era una máscara trágica, con ojos hundidos que ardían con una fiebre perpetua, la fiebre del culpable que busca castigo y no lo encuentra suficiente.


—La paz sea con ustedes, aunque no la merezcamos —dijo Nicéforo. Su voz era grave, cavernosa, una voz acostumbrada a dar órdenes que ahora se quebraba en la súplica.


—La paz es un invento de los hartos para dormir sin pesadillas, Barahona —espetó Crisóstomo, enderezándose cuan alto era para mirarlo con desprecio intelectual—. ¿Qué traes en el costal? ¿Los huesos de tus peones?


Nicéforo no se inmutó ante el insulto. Al contrario, pareció recibirlo como un bálsamo, cerrando los ojos y asintiendo levemente.


—Traigo piedras, como Oclasia —dijo Nicéforo, dejando caer el costal con un golpe sordo que levantó una nube de polvo—. Pero las mías no son hostias. Son lastre. Cargo una por cada nombre que olvidé. Hoy pesa más. Hoy me acordé de **Eustaquio Montiel**.


—¿El que tenía el ojo virolo? —preguntó Oclasia, abriendo mucho los ojos—. Él me regalaba flores de izote.


—El mismo al que mandé azotar por robarme una libra de café en el cuarenta y dos —susurró Nicéforo, y una lágrima sucia trazó un camino por la mugre de su mejilla—. Murió de gangrena. Llevo su piedra aquí. Es la más grande.


El silencio se instaló entre los tres, un silencio denso, cargado de la electricidad estática del mediodía. El calor apretaba como una mano gigante. Las cigarras comenzaron su canto estridente, un chirrido monótono que taladraba los tímpanos y que parecía surgir de la misma tierra, como si el suelo gritara por la sed. Era la banda sonora de la locura.


Crisóstomo miró a Nicéforo con una mezcla de repugnancia y fascinación. Ahí estaba el drama humano en su máxima expresión: el verdugo convertido en víctima de su propia conciencia. Un Raskolnikov rural que no necesitaba Siberia porque llevaba el infierno en sus entrañas.


—Tu penitencia es vanidad, Nicéforo —dictaminó Crisóstomo, golpeando el suelo con su bastón—. Cargas piedras para que todos vean cuánto sufres. Es soberbia disfrazada de humildad. Si realmente quisieras expiar, te levantarías y caminarías como un hombre, dejarías de pedir lástima. La lástima es la moneda más falsa de todas.


—No pido lástima, Crisóstomo. Pido que me escupan —replicó Nicéforo con una intensidad febril, dando un paso adelante—. Cuando **Eulalia Paz**, la cerera, me tira las sobras de su almuerzo a los pies, siento un alivio momentáneo. Me siento... limpio.


—¡Están locos! —exclamó Oclasia, aplaudiendo con alegría infantil—. ¡Los dos están jugando a ser tristes! Miren, miren allá.


Señaló hacia la plaza del pueblo. Un remolino de viento levantaba hojas secas y polvo en una espiral danzante. Para Oclasia, eran ángeles invisibles jugando a la ronda. Para Crisóstomo, era la entropía del universo manifestándose en la física de los fluidos. Para Nicéforo, era el látigo de Dios.


—Tengo hambre —dijo Oclasia de repente, su tono cambiando de la euforia a un gemido lastimero en cuestión de segundos. La realidad biológica perforaba su fantasía—. La piedra no sabe a leche hoy. Me duele la tripa.


El dolor de Oclasia rompió la tensión teológica. Era un dolor real, inmediato, sin metafísica. Crisóstomo sintió una punzada de compasión que intentó reprimir de inmediato. La compasión era debilidad. Pero metió la mano en el bolsillo profundo de su saco y sus dedos rozaron algo duro y seco. Un mendrugo de pan dulce que había guardado del día anterior. Estaba duro como una roca, pero era comida.


Dudó. Su mente, esa máquina analítica y fría, le dijo que si se lo daba, él pasaría hambre. Que la caridad era un acto egoísta para sentirse superior. Pero luego miró los ojos de Oclasia, ojos líquidos y oscuros como pozas de agua de lluvia, ojos que reflejaban el cielo inmenso y cruel de Izcanal.


Sacó el pan y se lo tendió.


—Toma. Es el cuerpo de la harina. Mastica despacio o te romperás un diente.


Oclasia tomó el pan con ambas manos, como si recibiera un sacramento. No dio las gracias. En su mundo, los regalos caían del cielo o brotaban de la tierra; la agencia humana era irrelevante. Empezó a roer el borde azucarado.


Nicéforo observó la escena con avidez, no por el pan, sino por el gesto.


—Eres un santo, Crisóstomo —murmuró.


—¡Cállate! —bramó el ex-seminarista, su rostro enrojeciendo bajo la barba gris—. No me insultes con tu vocabulario de sacristía. Le doy el pan para que se calle, para que deje de gemir. Busco silencio, te lo he dicho. ¡Silencio!


Pero el silencio no llegaba. Del otro lado de la calle, se acercaba **Tiburcio Galindo**, el boticario. Un hombre enjuto, con olor a alcanfor y a fórmulas magistrales, que caminaba con la prisa de quien cree que el tiempo es dinero. Tiburcio representaba la ciencia, el orden, la negación de la mendicidad mística que ellos practicaban.


Al ver al trío, Tiburcio frunció el ceño.


—¡A trabajar, haraganes! —gritó sin detenerse, agitando un periódico enrollado—. El pueblo se cae a pedazos y ustedes ahí, adorando al sol como lagartijas.


—Trabajamos, don Tiburcio —respondió Nicéforo, alzando la voz con una dignidad extraña—. Trabajamos en recordar lo que ustedes quieren olvidar.


Tiburcio soltó una risotada seca y siguió su camino, levantando polvo con sus zapatos lustrados.


—Pobre hombre —dijo Oclasia con la boca llena—. Tiene el alma flaca. Como un gusano de seda que no hace seda.


Crisóstomo se quedó mirando la espalda del boticario. La interacción había agitado los sedimentos de su ira.


—Tiene razón, ¿sabes? —dijo Crisóstomo, más para sí mismo que para los otros—. Somos parásitos. Vivimos de los detritos de su sistema. Pero ellos no saben que su sistema está construido sobre un pantano.


—Yo construí ese sistema —dijo Nicéforo, sentándose sobre su costal de piedras—. Yo tracé los linderos, yo puse las cercas. Y ahora, mira. Las cercas están dentro de mí. No puedo salir.


El sol alcanzó su cenit. Las sombras desaparecieron, escondiéndose bajo las suelas de los zapatos, como si la tierra quisiera tragarse toda oscuridad. Era el momento más cruel del día, cuando la luz no dejaba lugar para esconderse. Todo era verdad. Cada arruga, cada mancha, cada hilo suelto de sus ropas era visible con una nitidez dolorosa.


En ese instante de claridad insoportable, Crisóstomo tuvo un flashback, una visión orgánica y violenta. Se vio a sí mismo joven, con la sotana negra impecable, arrodillado frente al altar mayor, pidiendo una señal. Y la señal había sido el silencio. Un silencio tan absoluto, tan aterrador, que había huido de la iglesia para buscar el ruido del mundo. Y ahora, viejo y roto, volvía a buscar el silencio, pero uno diferente: no el silencio de la ausencia de Dios, sino el silencio de la aceptación del mundo.


—Vamos a la plaza —ordenó Crisóstomo.


—¿A la plaza? —preguntó Nicéforo—. Allí hay gente. Hay ojos.


—Exacto. Vamos a ofrecerles nuestro espectáculo. Tú con tu culpa, Oclasia con su inocencia, y yo con mi nada. Vamos a recordarles que, bajo la ropa fina y la piel perfumada, todos son mendigos. Todos están pidiendo algo que no pueden comprar.


Oclasia se levantó, sacudiéndose las migas de la falda.


—¿Habrá música? —preguntó—. A veces, cuando el viento sopla en los cables de la luz, oigo violines.


—Habrá la música del hambre, Oclasia —dijo Crisóstomo, empezando a caminar—. Y esa es la única sinfonía que nunca termina.


El trío se puso en marcha. Tres figuras dispares, unidas por la costura invisible de la desdicha, avanzando por la calle polvorienta de Izcanal. El ex-seminarista marcaba el paso con su bastón, un metrónomo de madera seca. La niña-anciana bailaba a su alrededor, recogiendo flores imaginarias. Y el tirano penitente cerraba la marcha, arrastrando su costal de piedras, el sonido de su carga raspando contra la tierra: *crac, crac, crac*.


Era una procesión pagana, una liturgia sin dios conocido, pero con una fe inquebrantable en la realidad del sufrimiento. El aire olía a tierra quemada y a jazmines moribundos. Izcanal los observaba desde las ventanas entornadas, con esa mezcla de repulsión y reverencia que se reserva para los locos sagrados. Porque en el fondo, todos sabían que esos tres eran los guardianes del pueblo, los que absorbían el veneno del sol para que los demás pudieran seguir viviendo en la sombra fresca de su ignorancia.


Y así, bajo el sol implacable, comenzó la práctica. No la de pedir monedas, sino la de mendigar la propia existencia, minuto a minuto, latido a latido, en un diálogo mudo con lo divino que solo el barro y la sangre podían comprender.