Sangfroid: En un frío Edén (Relato corto)

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Summary

En un Edén donde las flores mueren al ser tocadas y el pecado se alimenta de manzanas rojas y carne sangrante, dos criaturas eternas se enfrentan al hambre más peligrosa de todas: la de sentirse. Frialdad y fuego conviven en cuerpos que se devoran para no quebrarse, en almas que se hieren para no desaparecer. Allí, donde el amor es una guerra y el deseo una confesión sin perdón, la sangre no solo mancha, también abriga. En otro tiempo (o quizá en el mismo) Marcel se adentra en un pueblo sin nombre, guiada por la curiosidad y un presentimiento que le susurra “regresa” y “continúa” al mismo tiempo. Entre una camioneta averiada, amigos que ríen demasiado y un bosque que observa en silencio, algo despierta en su interior: una sed, un miedo, una memoria que no recuerda haber vivido. Un extraño de cabellos blancos y huellas de lodo marca el inicio de una caída lenta hacia lo que se esconde bajo la piel de la realidad. Dos mundos se reflejan como en un espejo roto: el de las almas frías que se devoran para existir y el de una joven que comienza a sentir que su humanidad ya no le pertenece del todo. Porque hay paraísos que no salvan, bosques que no dejan salir, y verdades que, una vez mordidas, jamás se escupen.

Status
Complete
Chapters
6
Rating
n/a
Age Rating
18+

Sangfroid

En el frío Edén, donde las hojas son blancas y la flora muere cuando los únicos seres de la fauna respiran, se discutía:

- Mira lo que nos hemos hecho, no somos más que un solo sucio y gemebundo desastre, tú has manchado tu tersa y blanca piel en un remolino de acuarela carmesí con toques de suciedad de la tierra que los pecadores pisan. Nosotros.

- Y tú, tu cabello ya no es más blanco, es iracundo lo he manchado con mi sangre, se refleja en tus ojos el desprecio hacia mí, me odias y me consideras sucia, yo a ti no, a pesar de la igualdad de condiciones.

Él la contemplaba a metro de distancia como si de la cosa más sucia y despreciable se tratase, suspiraba ahogando el aire en el pecho donde su corazón lanzaba piedras con estrépito intentando romper el cristal de su gélido órgano.

Ella permitía que su voz se quebrara en el lapso de cada palabra interceptada con el corazón hecho destellos de dolor, mientras sus ojos soltaban lágrimas como tal niño lanza monedas al pozo de los deseos, por cada lágrima derramada una súplica de perdón desesperada.

Sus manos temblaban y los sentidos se le agazapaban para luego retomar fuerzas y estrellarse con la barrera de culpabilidad que los separaba.

- ¿Cuánto tiempo más nos devoraremos? - preguntó el joven con apremio y sospecha, deseando no ver a la hermosa criatura envuelta en la capa de sangre de dos amantes desesperados.

- ¿Cuánto tiempo más lo necesitaremos? - respondió contemplando montañas de altos altares donde el sol es testigo de lo que su calor no puede avivar.

- ¿Cuántas veces más me lo pedirás? - contratacó ahora aproximándose un poco más haciendo crujir blancas ramas y pálidas muertas hojas de los grandes robles que los abrigaban por largos días y desesperantes noches en las que los suspiros acompañaban a los susurros incitadores del viento.

- Hasta que dejes de resistirte y nuestras pasiones puedan unirse correspondiéndose en largos lapsos de cordura que nos permitan dejar atrás el deseo caníbal de deborar cuerpo, así finalmente podamos degustar nuestras almas - terminó esto desviando la vista al hombre de ojo carmín y ojo de hielo, que si bien es cierto significaba la destrucción y la salvación a los pecados que se cometen en la soledad compartida.

- Y qué tal si me gusta resistirme porque ese fue nuestro destino desde que la semilla de la frialdad se sembró en nosotros, que tal si sus raíces son tan profundas que no puedo desligarme de ellas - su ojo de llamas se avivó con las palabras antes pronunciadas, fueron las chipas perfectas para la declaración que cualquiera diría no haría derramar lágrimas al frío.

- Es una mentira, lo veo en tus ojos como tú los ves en los míos - haciendo pausa para enfrentar sus gélidos ojos grises como cubos de hielo frente a las dos diferentes esferas expectantes del joven. Una, un roce de la helada, otra la llama fervorosa de pasión, odio y también su oscuridad.

El joven avanzó un poco más y de sus labios hizo acopio una sonrisa que con la elasticidad de sus labios se fue ensanchando de una manera macabra decorados con el líquido metálico rojo. Sonrío como un demente, pero a la vez su sonrisa dio paso a seriedad y desprecio que acompañó con una mirada de pies a cabeza hacia la criatura de corazón también frío, ojos derrochantes de lágrimas. Porque hasta un alma fría y oscura derrama lágrimas por un dolor agónico.

Se alejó pues marchitando todo a su paso, las flores que volvían a brotar vida iban marchitándose con cada paso que el terco hombre daba. En el edén de los corazones fríos y almas perdidas en el océano antártico de la terquedad.

Ella limpió con brusquedad las gotas que habían comenzado a adherirse a su blanca piel, su cabello largo de ondas hermosas comenzó a brillar gracias a los rayos de la luz de la luna, algunos mechones de la cabellera carecían de vida esto era por la sangre del joven que la ensuciaba.

En la pequeña cascada envolvía el agua sus curvas talladas, esculpía su pecho y corría a través de las hebras de sus cabellos. Sonreía a pesar del altercado horas antes proyectado. En las sombras se refugiaba otra criatura que observaba a la joven con ojos devoradores, castos - aún - salvajes de deseo y llenos de ira... había algo más, pero no lo reconocía y hacía crujir sus dedos porque ella aparentaba saberlo. Ella no lo sabía, no había manera, se lo repetía tantas veces como fuese posible.

Tiempo incontable despues.

Una onda fría le envolvió los cabellos blancos y finos ahora ya limpios, observaba el gran precipicio inhóspito mientras con sus brazos rodeaba en un abrazo sus piernas. El sonido de la naturaleza muriendo llegó a sus oídos, supo que era ella la que se aproximaba. Siempre llegaba a él a pesar del odio y la frialdad albergada en esos cuerpos y en ese paraíso donde las flores volvían a renacer, pero en cuanto la presencia de cualquiera de estas dos criaturas se hacía presente morían, moría todo lo que les rodeara excepto ellos mismos. Solo ellos dos sabían el peso de sus vidas.

Ella le extendió una roja manzana, el fruto que seguía siendo rojo a pesar de contemplarse en sus labios, el fruto del pecado el único que podían consumir.

La aceptó, no sin antes dedicarle una gélida mirada que ella devolvió, pero al abismo, no podía permitirse devolvérsela a él y era lo que más odiaba su eterno compañero, que su odio no se correspondiera como debía. El hermoso ser a su lado que, al bañarse en las más heladas aguas del edén lo hacía con una extraña prisa, como si temiera congelarse o enfermarse, como si desease tener un amplio abrigo de pieles calientes que la arrullaran por la noche.

Deseaba que el color de sus labios no solo pudiera teñirse de la escala de tonos violáceos, sino un rojo, pero lo triste era que sus labios solo podían estar rojos cuando lastimaba a su joven caballero al que ella sabía también le dolía lastimarla.

Él, solo cubría sus largas piernas con un pantalón de piel blanca similar al cuero frío que se adaptaba como una segunda piel a su cuerpo, eso le bastaba, cuando el agua se escurría en su cuerpo no había manera de que se sintiera más pleno, porque el frío era la mejor parte de todo y esas cristalinas aguas cumplían con su necesidad.

Al primer mordisco del fruto ambos arrojaron un suspiro que fue seguido de un estruendoso trueno al otro lado de la tierra, donde el sol brillaba en su mayoría, ambos se miraron dedicándose una sonrisa traviesa que significaba complicidad, en el mundo de los Otros se aproximaba una tormenta, los Otros se molestaban por ello, podían sentirlo, mientras que estos dos jóvenes disfrutaban de la brisa que les llegaba enfriando aún más sus pieles que aunque estaban adaptadas al frío a veces se agrietaban.

A pesar de solo alimentarse con frutos de los manzanos poseían la fortaleza y contextura de dos grandes guerreros, que se enfrentan al peso de su frialdad.

Ellos dos eran los primeros y los últimos en pisar el edén frío, desde su génesis han sido dos en aquel lugar, dos seres que se alimentan de manzanos y de sus sangres en fuertes batallas que siempre terminan con enojo, batallas de cuerpo a cuerpo en la que devoran sus carnes dejando una que otra cicatriz en el cuello, brazos, piernas y pechos. El fin de estas guerras los coronan con peleas más fuertes, esas son las que implican sentimientos, estas que dejan cicatrices que llevan más trabajo sanar, son invisibles al ojo, pero perceptibles al corazón.

- ¿Qué sientes? - preguntó ella, luego de que sentía su pregunta no podía retenerse por más años. Era tan cansado abrirse ante alguien que rara vez lo hacía. Sin embargo, sentía la necesidad de despertar sus dudas, esta en especial.

Luego de un largo suspiro él habló con la pesadez y tonalidad de su juventud.

- ¿Lo entenderías? Porque parece que no entiendes nuestra vida.

- Eso espero, de no ser así el caso lo intentaré, lo prometo - él rió, pero no con el sentido de humor que implica una verdadera risa, sino más bien con la ironía de una nueva confesión.

- Empezaré por la parte física que es la que siempre nos debe importar para no desmoronar muros que es mejor estén altos - paciente ella asentía solo porque necesitaba una confesión, como cualquiera la necesita de vez en cuando.

- Hazlo.

- Mis huesos son tan pesados como aquellas dos gigantes rocas, fríos como el más gigante iceberg, por las noches cuando tus párpados se cierran, mis huesos crujen congelados por mi propio frío, temo se quiebren, no lo hacen, pero duele, es un dolor que merezco solo por ser parte de mí y de mi naturaleza - agregó una pausa no sin antes suspirar -. Mi piel se ajusta tan perfecta a este pantalón como otra piel, pero sabe que no es suya y temo de que sangre al quitármelo, mi piel lo necesita, mi verdadera piel lo necesita, quema de tanto frío soportado por mis raras venas, raspa como las hojas de que aquellos árboles que no mueren a nuestro paso ¿Por qué? Porque a pesar de ser los más fríos sentimos. Eso no es todo, mi ojo derecho siente lo que es el calor, el más infernal y abrasador calor que puede existir, al otro le sucede algo diferente, a este lo atraviesa una punzante espina que hace cruja mi iris contrayéndose de dolor, angustia y la peor de las agonías. Y el hecho de que vivas con esos dolores por mucho tiempo no quiere decir que te acostumbres a ello.

Finalizó el joven su confesión para luego dedicarle una mirada escrutadora a su acompañante que ahora se encontraba con los ojos desbordantes de pequeños torrentes de sofrías lágrimas balbuceando sin lograr soltar las palabras. Él estiró su mano para detenerlas en sus mejillas, el simple acto del tacto delicado la hizo estremecerse y es que... ¿Cómo es posible que un ser que alberga tanto frío pueda estremecerse? Sus contactos siempre eran fríos y salvajes a la vez. Esta era la excepción.

- Lo siento - soltó esas dos palabras inventadas para seres que sentían remordimiento y necesitaban una venda que tapara por un tiempo la herida hasta cicatrizar. Realmente sentía lo que a su compañero le pasaba, le gustaría aliviar su dolor, pero ella tenía que sanarse antes.

- ¿Qué sientes tú? - preguntó ahora él.

- Mi cabello es la soledad que me abriga cuando me miras con ese odio en tus ojos adoloridos, mis ojos la frialdad de mi creación que me permiten ser distante día a día en tus infranqueables barreras, llega hasta mi corazón para terminar desplegándose en mis sentidos hasta poder derramar lágrimas que se abrazan a mis mejillas, mi piel a pesar de ser fría me reclama calor, un calor que me parece imposible pero que avivo esperanzadamente día a día. Mis huesos no se sienten tan mal como los tuyos, pero si pesan porque necesitan más abrigo que esta pálida piel y más roce del que me dan estos simples cabellos. No sé porque me siento así exactamente, puedo decirte que nuestra frialdad necesita algo más para entenderse. No necesita dejar de ser fría para vivir, necesita complementar su frialdad eso es todo.

Terminó esto viendo alos ojos al hombre que la miraba con extrañeza como si de un enigma se tratara,entonces supo que de nada ya servía seguir conteniéndose.

Era difícil de entender, pero lo era porque se negaba a ello. De ahí erradicaba el verdadero problema posiblemente.

Optando por la actitud áspera que lo convertía en más atractivo, habló.

- Cuando nos enfrentamos tu sangre calienta mi piel y se siente como se debería sentir la seda al deslizarse por la piel, tu carne aliviana mis huesos porque mientras daño tu físico estoy plenamente, en esa batalla me gusta mirarte a los ojos porque ahí la espina desaparece y el fuego se apacigua de maneras fantásticas que emanan corrientes de vida, la frialdad de nuestras existencias.

Tus cabellos son las mejores galas con las que me he vestido durante las noches mientras el dolor se ríe a cántaros de carcajadas en mi cara. Sé que si llegara a conocer a alguien más no me complementaría de la forma en la que lo hace tu frialdad. ¿Qué más tienes para enfrentarme?

Sus ojos ahora estaban pausados en la contemplación de los de él, indagando un alma que a veces consideraba inexistente, ¿Un cuerpo siempre necesita un alma? Y ellos eran dos cosas existiendo con pesadez y frialdad en la soledad de un paraíso completamente perdido.

- Actúo con algo llamado sentimientos, aun en la batalla que nos libramos como dos caníbales, cuando tu sangre se derrama por mi cuello, se convierte en el más hermoso vestido que me puede abrigar, tú me ves como una suciedad y me haces sentir como tal, pero las sensaciones no pueden negarse, cuando me desprecias es porque te has sentido tan bien que te asusta. Tu carne provoca en mi saciedad y a la vez dolor. A pesar de ser fría sufro cuando te lastimo. No te veo como suciedad sino más bien como el paraíso en el que nací y si llegase mi muerte ahí quiero morir. No te provocaré nunca más para que me devores ni tú lo volverás a hacer conmigo.

- ¡No! - esto animó las chispas para hacer más vivo el fuego en el joven que siempre mostraba desaprobación ante devorarse, pero que degustaba mucho hacerlo, puesto en pie decidido a lanzarse sobre la joven.

- No te acerques más - él la observaba herido pensando en que tal vez este era ya el límite de la mujer que ya había perdido la paciencia luego de batallar tantas veces en las que él la lanzaba por el precipicio de desprecios.

- Quiero hacerlo, esta vez quiero hacerlo no te lastimaré de la forma que tanto te duele lo... prometo - ella comenzaba a acercarse con lentitud y en los ojos de él se percibía el brillo de la emoción, hambre y súplica. - Te mostraré una forma diferente de calmar nuestros dolores físicos y encontraremos nuestras almas, cavaremos profundamente donde han estado enterradas.

Así se aproximaron lentamente, ella posó sus sutiles violáceos labios en los de él, no para comerse de la forma como antes lo habían hecho. Ahora no se dejarían cicatrices, las sanarían. Correspondiendo el besó con lentitud se entregaron el uno al otro, para palpar caricias y no rasguños, carne con carne sin hacerse daño. Entregándose placer uno al otro hasta explotar y descubrir que eso era lo que habían estado necesitando todos esos años.

Satisfacerse para complementar la frialdad, porque eran almas que necesitaban enlazarse para vivir en la soledad del edén en la que solo calmaban su hambre con manzanas y su propia sangre. Ahora se calman con caricias y besos suaves de sangre fría bombeando en dos corazones.

Los corazones con almas frías tienen necesidades que deben satisfacerse con un placer de fieras voraces que solo se entienden cuando enfrentan sus dolores.

El Edén de los fríos.