Peuali: Origen
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Capítulo 1
Peuali: Origen
Todos siempre volvemos al origen. ¿Dime, Quién eres tú?
No me gustaban los funerales. Bueno, creo que a nadie. Pero yo odiaba tener que asistir a uno donde todas las personas presentes —aunque aún respiraban— también llevaban la sombra de la muerte sobre los hombros. Y no hablo de las pistolas que cargaban en los cinturones ni de la seguridad privada que cercaba los flancos, sino de que sus actividades ilegales ya les habían puesto fecha de expiración.
Si bien desde muy niña sabía que mi papá era una persona importante, fue hasta después de mi primer fuego cruzado —mientras iba camino a la escuela— que entendí que también era peligroso. Pero nadie decide en qué familia nacer, ¿no? Aun así, eso no resolvía la carga moral que llevaba sobre los hombros al saber quiénes eran realmente los miembros de la mía.
En palabras sencillas: éramos parte de un cártel.
Qué clase de mercancías comprábamos o vendíamos no lo sabía; solo que no eran mujeres ni niños. Eso lo dejaron de hacer después de la muerte de papá, justo cuando Madre, con ayuda de mi hermano, asumió el liderazgo.
No recuerdo bien qué pasó después de su funeral. Según mi psicóloga, tuve algo parecido a un “bloqueo selectivo”. Solo conservo el olor penetrante de la sangre, el ruido de pistolas martilladas y los casquillos cayendo al suelo como campanas… o al menos eso le hice creer a mi hermana menor para que pudiera dormir, cuando aún nos llevábamos bien.
Después de la muerte de papá se distanció mucho de mí. Bueno, no es como si desde pequeña no hubiera sido una mocosa presumida y mimada, pero con el tiempo se volvió más… vacía. Sin alma.
Recuerdo una de esas noches en las que nos metían al “cuarto seguro” y nos cubríamos con la sábana hasta la cabeza, como si eso nos protegiera de los disparos. Antes de quedarse dormida, mi hermana me dijo que una parte de ella la había enterrado con nuestro padre. Tal vez no fue una parte, tal vez fue su alma entera.
No es que yo no hubiera llorado su muerte. Aunque nunca fuimos cercanos, siempre fue amable conmigo. Sabía que me amaba; hasta el corazón más corrupto puede amar… o al menos eso creía yo.
Me preguntaba por la escuela, por los libros que quería leer, si ya había terminado el que estaba leyendo. Casi como un padre “normal”.
Pero de algún modo no podía perdonarlo. A diario veía las noticias: mi ciudad cada vez estaba peor. Soldados muertos, drogas, secuestros. Una vez decretaron toque de queda y nadie pudo salir durante más de cuatro días. Era horrible sentarme a cenar frente al hombre que, en mi mente, era el autor intelectual de todo aquello que me erizaba la piel.
—La sangre no es de atole, mi Takotzi —me dijo una vez Mamá Pancha.
Él no dejaría de ser mi padre y yo su hija y algún día tendría que pagar por ello. ¿Lealtad filial o pecado de omisión? He ahí la cuestión.
A Javier, mi medio hermano, y a Jaz, mi hermana menor, nada de eso parecía afectarles. Ellos podían sentarse a la mesa y hablar de películas, partidos y trivialidades como si no hubiera una maldita guerra en las calles.
Tal vez por eso fueron más cercanos a papá.
Él nunca me obligó a convivir; siempre me dio mi espacio. ¿Sabes? Creo que lo entendía. Entendía por qué yo evitaba su presencia.
Aun así, siempre le daba un abrazo fuerte y un beso cuando salía de casa, como si presintiera que algún día sería el último. Poco después de su muerte, Madre nos mandó con Mamá Pancha, mi abuela. Yo ya estaba acostumbrada al pueblo; en vacaciones iba cada vez que podía. Mi hermana se negó rotundamente, así que terminé yendo sola.
Esos meses junto a Abu me llenaron el corazón.
Me acercó a la naturaleza. Me enseñó a cuidar animales, a curar con hierbas: desde secar un resfriado hasta recibir un bebé. Porque sí, mi abuela era curandera, partera y guía espiritual del pueblo.
Solo trabajaba con magia blanca, con lo que la Madre Tierra regalaba, sin codiciar más. —Solo lo necesario —decía. No mataba nada ni a nadie… salvo algunos pollos ocasionalmente para comer. No sin antes agradecerles y luego guiar su alma de regreso a la tierra. Era fascinante su conexión con la naturaleza y lo místico.
Tenía libros en náhuatl increíblemente bien preservados que databan de la época colonial. Estar en el pueblo, con Mamá Pancha, era como vivir dentro de un cuento de fantasía donde los árboles y las plantas hablaban.
De niña pensaba que era como estar en El libro de la selva. Yo era Mowgli y Abu, Baloo.
—Si sigues riéndote sola en medio de un funeral, la gente va a creer que heredaste lo bruja de tu madre.
La voz angelical susurró a mi izquierda.
Isabella.
Mi mejor amiga de toda la vida, bueno… la única.
Me cubrí la boca con el pañuelo.
—Nada que no digan ya —respondí en el mismo tono.
Al girar la cabeza, vi que ella también se cubría la boca, sonriendo como modelo de comercial. La risa se nos escapó sin remordimiento.
Nos congelamos cuando un par de ojos se fijaron en nosotras. Dios.
La mirada de Madre podría congelar al sicario más despiadado del país. A mí me helaba la sangre. Esos ojos casi negros que, según las malas lenguas, embrujaron a papá cuando se conocieron. Las mismas lenguas que intentaron minimizarla y dejarla fuera del “legado” que había dejado el gran Abel García, el Bronco.
Abatido el líder del cártel del Norte por el Ejército Mexicano, decía la prensa amarillista.
Cuando por fin apartó la mirada hacia el sacerdote, Bella me dio un codazo.
—Tienes que preguntarle dónde compró ese vestido y el chal. Es precioso.
—Sabes que todo lo manda hacer a medida en el pueblo. Odia las marcas americanas; dice que le pican la piel.
Sí, aunque Yuri, la Bruja del Norte, comenzó como una adolescente secuestrada de diecisiete años que, camino a la frontera para ser vendida, fue bajada de un tráiler con solo una blusa que le llegaba a los muslos y sin zapatos… terminó cautivando al entonces imparable Bronco. Ahora viste exclusivamente prendas nacionales, hechas a mano y a su medida.
Una vez, en una pijamada con Bella, no noté que Madre estaba apoyada en el marco de la puerta mientras yo decía que con cinco de sus vestidos podríamos pagar la deuda externa del país. Fue la primera y última vez que la escuché reír. Grabé ese sonido en mi memoria. Solo negó con la cabeza y se fue. Mujer de pocas palabras.
No podía negar su porte: jamás la vi desarreglada ni sin sus joyas de oro y jade —sí, jade, como una princesa azteca—. Claro que ese porte lo heredó la mimada Jaz, a quien, por supuesto, se le permitió no asistir a este lúgubre funeral. Yo heredé la “mirada embruja-sicarios cinco mil”, según papá; me lo repetía cada vez que podía, como si no tuviera espejo. Decía que esa fuerza no era una maldición, sino un regalo. Claro, papá. Díselo a todos los chicos que huían de mí. Nunca he tenido una cita. Ni novio. Virgen a los veinticinco. Simplemente ridículo.
—Si estabas pensando en mí, deja de hacerlo, porque ya estoy aquí, enana.
Lo único que me faltaba. El sudor corriéndome por la espalda bajo el sol, los zapatos matándome, mis ganas de llegar a casa para tumbarme en la cama después de usar a mi nuevo amigo vibrante color rosa —recién añadido a mi colección—… y ahora mi hermano. Javi apoyó el brazo sobre mis hombros como si yo fuera su bastón.
—Y a todo esto, ¿quién es el muertito? Solo recibí el mensaje de Madre diciendo que fuera puntual.
—¿Se te pegaron las sábanas, hermanito? Madre va a estar de mal humor por tu culpa.
Le di un codazo para que se apartara. Javi era lo que se describe como un semental salvaje: más de 1.80, puro músculo, piel clara, barba y cabello castaño con tintes rojizos, ojos aceitunados heredados de su madre biológica y una sonrisa encantadora. Inteligente, carismático y con una lista interminable de novias. Vistiera de vaquero con sombrero de campo o con sus trajes importados, era toda una ilusión para las mujeres.
Cedió el puesto a Madre porque así lo dispuso papá en su testamento, y no pareció importarle, le tenía una lealtad filial a Madre, lo crió desde muy pequeño, además él prefería los negocios… y su libertad. Y la cereza del pastel: Bella estaba perdidamente enamorada de él desde que nos conocimos en el instituto. Sospecho que por eso buscó mi amistad.
—Pregúntale —susurró Bella, apretando mi mano.
Suspiré y mire al cielo como si alguien bajara ayudarme.
—¿Vas solo a la fiesta o te acompañará una de tus chicas?
—Llevaré a Mina. Su mamá quiere fotos para las revistas de chismes.
—¿Van en serio?
—Guarda silencio y reza por el pobre de Jacinto.
—¿Cómo sabes que se llama así?
—Me lo acabo de inventar, tonta.
Me dio un golpecito con su dedo índice en mi entrecejo, sonriendo y se alejó para dar instrucciones a un guardia. Mala señal. Entonces lo vi.
—¿Qué hace aquí? —murmuró Bella.
— Si no lo sabes tú que eres su sobrina menos yo — me dieron escalofríos.
Juan Sebastián Botero, empresario colombiano. Iba y venía entre su país y el mío como si nada, dejando una estela de corrupción… y acoso hacia mi persona. Lo conocí en la graduación del instituto y desde entonces no dejó de mirarme como si fuera su propiedad. Odiaba el olor de su habano, su colonia cara, su tacto insinuante. Me hacía sentir sucia.
Al terminar el funeral corrí hacia la camioneta con Bella. No lo suficiente rápido, no para él. Su mano fría se cerró en mi cuello.
—Mi preciosa niña, ¿por qué tanta prisa?
Besó mi mejilla demasiado cerca de mis labios y me paralicé.
—Tío, ¿qué hace aquí? —intervino Bella.
—No me estarás cuestionando, ¿verdad, pequeña?
—No creo que lo cuestione, señor Botero. Pero ¿no debería estar su hermano en la cena con los Vitelo? —dijo la voz grave de Javi detrás de mí.
Advertencia clara. Botero sonrió.
—Hoy vine en su nombre… y quién sabe, quizá me lleve un bello recuerdo de su pintoresco país.
Un mal presentimiento me golpeó el estómago.
—Vamos, Bella —dijo Javi—. Yo las llevo a casa. Y señor Botero… el único recuerdo que se llevará esta noche será el centro de mesa.
Nos condujo hacia la camioneta.
—Ya lo veremos, muchacho —respondió Botero.
Y yo, en silencio, ajusté mi dress code imaginario para la parrillada: vestido negro, medias, zapatillas, chaleco antibalas, mi semiautomática —regalo de papá en mis XV— y una cruz de madera… por si algún día necesito clavársela en el corazón a ese viejo rancio.