El tratado de sangre

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Summary

Rhevalis es princesa de Rheon, un reino debilitado por años de guerra y traiciones. Cuando la paz parece imposible, su nombre es escrito en un tratado que no pide consentimiento: casarse con el rey de Auren, el reino enemigo. ConvertidaAide en moneda de cambio entre dos coronas, Aide deberá elegir entre sacrificar su libertad por la estabilidad de su pueblo o huir de un destino sellado por otros. Pero escapar no significa ser libre, y la paz nunca es tan limpia como promete el papel que la impone. Entre alianzas forzadas, secretos y un rey cuya reputación lo precede, Aide descubrirá que el mayor peligro no siempre es la guerra... sino el poder.

Status
Ongoing
Chapters
4
Rating
n/a
Age Rating
16+

El llamado del rey

Avancé con paso lento pero firme por el pasillo que conducía a la sala del trono, tratando de no dejar que la inquietud se reflejara en mi rostro. Cada uno de mis pasos resonaba contra el mármol pulido, amplificado por el silencio solemne del palacio.

El llamado de mi tío, el rey, me había tomado por sorpresa. Éramos cercanos; él me había criado como a una hija desde que tengo memoria, por lo que nunca necesitó recurrir a formalidades excesivas conmigo. Sin embargo, esta vez había sido distinto.

El mensaje fue breve, seco y autoritario. Esa sola diferencia bastó para sembrar una inquietud profunda en mi pecho. Nada bueno podía salir de una convocatoria así.

Al llegar, me encontré con el salón custodiado por cuatro oficiales.

Permanecían erguidos, inmóviles, con el uniforme azul oscuro tradicional de Rheon, impecable como siempre, y el lema del reino bordado con orgullo en el pecho. Su presencia reforzaba la sensación de que aquello no era una conversación familiar, sino un asunto de Estado. Crucé las puertas con la espalda recta y la mirada al frente.

Allí estaba el rey, sentado en su trono, elevado sobre los escalones que simbolizaban no solo poder, sino distancia.

La corona descansaba sobre su cabeza con un peso que parecía ajeno a él. Siempre me había parecido demasiado ostentosa: un aro alto de oro macizo, adornado con rubíes y ámbar que relucían bajo la luz del salón. Para mí, nunca fue un símbolo de honor, sino de todo lo que se exigía a quien la portaba.

—Sobrina —dijo en tono neutro, a modo de saludo.

Bajé la cabeza e hice una reverencia respetuosa, como se esperaba de mí.

—Majestad —respondí, cuidando cada palabra.

El rey se levantó del trono, un gesto poco común, y descendió los escalones hasta quedar frente a mí. Ese simple acto tensó aún más mis nervios.

—Tengo algo que decirte —anunció—, pero antes demos un paseo por los jardines.

Asentí, aunque una sensación helada se instaló en mi estómago.

—Sí —respondí, consciente de que nada de aquello era casual.

Algo andaba mal. Para que abandonara el trono y me hablara con un tono tan distante, lo que fuera a decir no podía ser leve.

Caminamos por los pasillos del palacio en completo silencio. El eco de nuestros pasos parecía marcar el tiempo, y con cada segundo que pasaba sentía cómo la presión aumentaba, oprimiéndome el pecho.

Mi mente comenzó a divagar. Pensé en mi secreto. En todo aquello que había ocultado durante años. Diez años eran demasiado tiempo para creer que nadie había notado nada. Tal vez alguien habló. Tal vez él ya lo sabía. Si se enteraba, no lo aprobaría. Jamás lo haría.

Quizá no llegaría a encerrarme en mis aposentos, pero estaba segura de que me prohibiría continuar con mi entrenamiento. Y aquello, más que cualquier castigo, sería una condena.

Llegamos al jardín, mi refugio. Aquel lugar siempre había sido sinónimo de calma y paz para mí. El aroma de las flores me envolvió de inmediato; los lirios, mis favoritos, destacaban entre la vegetación cuidadosamente cuidada. Caminamos unos minutos sobre el pasto húmedo hasta llegar a una fuente de piedra rodeada de bancos de mármol.

—Nos sentamos —propuso el rey.

—Claro —respondí, obediente.

—Me recuerdas a mi hermano —dijo de pronto, observándome con atención.

Guardé silencio. Sabía que no era del todo cierto. Tenía los ojos de mi madre, pero el resto de mis rasgos se parecían mucho a los de mi padre, al menos según los retratos que había visto. No llegué a conocerlo. Mi madre murió al darme a luz y mi padre cayó en un ataque del reino enemigo hace quince años. Apenas conservaba recuerdos de su rostro, pero sí recordaba el vacío que dejó su ausencia.

El rey volvió a hablar, rompiendo el silencio.

—Sabes que la última guerra cobró muchas vidas. También sabes que, si vuelven a atacarnos, no resistiremos. Hay problemas en la frontera. Auren siempre ha sido una amenaza.

Asentí lentamente. Ya intuía hacia dónde se dirigía aquella conversación, y aun así, una parte de mí se aferraba a la esperanza de estar equivocada.

—Por eso hice un trato entre los reinos de Auren y Rheon.

Sentí cómo el presentimiento se confirmaba, pesado y oscuro. Aun así, reuní valor y pregunté:

—¿Cuál es el acuerdo?

El rey me miró fijamente antes de responder, como si quisiera asegurarse de que comprendiera cada palabra.

—El rey de Auren y tú se casarán.