Caos
“Mamá, ¡mira! ¡Parece que la tierra está enojada!” gritaba una niña por ahí, tratando de hacerse oír por encima del bullicio que hacía el viento. Y justo al lado de ellas, una muchacha era empujada por esa ventisca en contra de su voluntad.
A ese paso llegaría en un minuto a donde quiera que pensara ir. Sin embargo, alcanzó a oír el grito de la niña. Cuando volteó, observó con terror cómo ella y su madre se aferraban a un paraguas que apuntaba para arriba, con la intención de salir volando como las aves.
Imagínate un paraguas convertido en pájaro, queriendo liberarse de las manos de su dueño.
La muchacha suspiró y agarró valor suficiente para nadar contra corriente, en el aire.
Cuando llegó a ellas, agarró el paraguas como si su vida dependiera de ello. Entonces sintió una gota de agua caer en sus lentes y, al segundo, una ráfaga que se los llevó por delante. Las tres gritaron en unísono, hasta que, repentinamente, un chico se abrió paso entre ellas. Por un instante, como si el tiempo se detuviera, él y la muchacha cruzaron miradas. A ella se le cortó la respiración y el latido de su corazón resonó en sus oídos. Él volvió su mirada hacia su objetivo rápidamente, atrapó las varillas del paraguas y lo forzó a cerrarse.
Con el ave más o menos enjaulada, la madre y su hija, aliviadas, se separaron adoloridas del agarre conjunto en el que, sin querer, estaban . Pero los otros dos... no dijeron nada. Sus manos permanecieron sujetas al mango del “ave” un segundo más de lo necesario. Él, por la emoción del momento. Ella... no estaba tan segura del motivo.
El alivio duró poco. La llovizna se volvió un horrible diluvio y el viento intensificó su fuerza. El chico entrecerró los ojos con dificultad cada vez mayor, maldecía por ello y, a la par, el viento lo censuraba.
La madre, aun en crisis, tomó a la niña en brazos. Los otros dos salvadores las rodearon con los brazos, empujándose todos hacia una panadería cuyas ventanas mostraban a gente alarmada haciéndoles señas.
Caminaron con esfuerzo mientras el clima iba en contra de ellos, hasta la puerta. Cuando la atravesaron, todo se volvió paz y tranquilidad.
—¡No había presenciado un clima así en toda mi vida! —empezó a decir el panadero.
El resto respondió afirmativamente, contando sus experiencias viviendo en la ciudad. Algunos eran extranjeros y otros locales, igual de sorprendidos por el clima. De fondo, las noticias hablaban de desastres aún más extremos en otras zonas del país: derrumbes e inundaciones. Esto captó la atención de todos.
Los nuevos invitados permanecían en shock, empapados y mudos en la entrada. Mateo fue el primero en reaccionar. Dejó el paraguas a un lado y se fue apresuradamente hacia el fondo del local, dejando al resto confundido. Aun así, la madre aprovechó y le agradeció por su ayuda a la chica, quien, avergonzada, aseguró no haber ayudado mucho, que fue el muchacho el que hizo todo.
—¡Señoritas! ¡Perdón por la tardanza!
Todas voltearon hacia la dirección del grito y vieron al susodicho avanzando rápidamente, cargando varias toallas para ellas.
Después de esto, todos se acomodaron en sus mesas envueltos en esas toallas. La madre no paraba de agradecerle a él, mientras la niña narraba lo “heroico” que fue el señor del paraguas. Él sonrió, y la chica captó esa sonrisa.
Ella sonrió de la misma manera, solo que con un sentimiento algo distinto, recién descubierto. Él la sorprendió mirándolo, y ella apartó rápidamente la vista, nerviosa, como si temiera que él descubriera ese sentimiento que se desprendía y brillaba en sus ojos desde el momento en que lo vio afuera, en ese caos.
Atracción.
La madre pidió los números de sus salvadores para invitarlos a cenar algún día. Fue entonces cuando intercambiaron nombres.
Él se volvió hacia la chica, que había permanecido en silencio. —Un gusto conocerte, Liz —le dijo—. Espero verte en esa cena.
Ella asintió tímidamente.
—Igualmente, gracias, Mateo.
Esa noche, todos se quedaron en la panadería. El transporte ya no funcionaba, las calles estaban inundadas y aún llovía, pero no era un problema grave. Todos habían agarrado confianza rápidamente entre ellos. El panadero y su hijo Mateo amablemente les dieron a todos algo de comer a cambio de que prometieran volver alguna vez. Y así, pasada la medianoche, todos dormían con el recuerdo de un día inolvidable, en especial alguien que lanzaba miradas furtivas a un cierto muchacho.